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13 min
Los Fantasmas de Savannah
Terror |
04.11.14
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Sinopsis

Atardecía y el gélido aire preñado de misterios coloreaba narices y cachetes. El ulular de algún que otro búho chillón de Georgia amenizaba el ambiente. Tomados de la mano con Doris avanzamos hasta la tumba del supuesto asesino de niños, deteniéndonos un par de minutos con los nervios pelados por el temor.

Durante la niñez y comienzos de mi adolescencia había ido varias veces al lugar de mis ancestros maternos, Savannah, capital del condado de Chatham, ubicada a orillas del océano atlántico sobre la desembocadura del rio que le da nombre. Aunque el viaje más largo y fructífero al sur de Georgia fue el último, realizado por causa del fallecimiento del tio Malcom, el mayor de los hermanos de mama. La acompañamos al funeral junto con mi hermana Doris y desde diciembre del 63 hasta marzo del 64, pasé los mejores meses en década y media de vida. Quizá los únicos recuerdos interesantes de un muchachito extremadamente tímido, con todo un catálogo de traumas y complejos.
A los ojos de un joven melancólico y soñador este poblado del sureste norteamericano estaba dotado de un encanto peculiar. Casas centenarias de madera y amplios balcones, plazas arboladas con el “spanish moss”, musgo español, colgando por donde vieras, oscuras calles silenciosas y todo un catálogo de relatos sobre aparecidos, brujas, reencarnados y demás yerbas sobrenaturales.

Cuando el escoces James Edward Oglethorpe llegó al área de la desembocadura del rio Savannah en 1733 le pareció un lugar ideal para fundar su ciudad. Con la ayuda de un numeroso contingente de colonos irlandeses e ingleses, luego se sumarían franceses y judíos de distintas partes de Europa, construyó el pueblo en base a un diseño de calles perpendiculares solamente, ubicando a cada dos cuadras un espacio verde. Veinticuatro de ellos engalanan el casco original, no he vuelto a ver una urbe con tantas plazas y tan juntas. La ciudad hechizada posee ochenta cementerios y medio centenar de sitios encantados.

En aquellas “vacaciones” y para mitigar el aburrimiento, nos propusimos con Doris recorrer cementerios y casas embrujadas. Estuvo frio, nublado y lloviznoso casi todo el invierno, lo que nos ofrendó un contexto perfecto para nuestras tenebrosas excursiones.

Recuerdo que a una decena de cuadras de la casa de mi difunto tío estaba el Colonial Park cementery. Una tarde, pisando la navidad, un viejito arrugado y petiso que mantenía el lugar nos contó, según él, la vida y obra del fantasma más famoso de Savannah. Primero describió con lujo de detalles la apariencia del espíritu. Chiquito con ropas grandes y cabellera desgreñada. Nos aseguró haberlo visto repetidas veces flotando sobre las tumbas. Mi hermana, con sus ojos extremadamente abiertos, me tironeaba la manga de la camisa rogándome que nos fuésemos. Fascinado como estaba por la historia de Rene Asche Rondolier, no me moví ni un centímetro. El tipo este a principios de los mil ochocientos fue acusado de matar dos niños, sus cuerpos aparecieron en el lugar donde nos encontrábamos. La gente furiosa lo lincho colgándolo del árbol más grande del Colonial Park.

—Pese a esto —nos siguió contando el siniestro jardinero con vos siseosa— siguieron apareciendo cadáveres por aquí, lo que venía a certificar la inocencia de Rondolier o quizá la culpabilidad de su fantasma.

 

Atardecía y el gélido aire preñado de misterios coloreaba narices y cachetes. El ulular  de algún que otro búho chillón de Georgia amenizaba el ambiente. Tomados de la mano con Doris avanzamos hasta la tumba del supuesto asesino de niños, deteniéndonos un par de minutos con los nervios pelados por el temor. Nuestro guía turístico había desaparecido y en la nochecita las plantas cubiertas del musgo español comenzaban a formar amenazantes figuras. Al fondo, contra el muro sobre la avenida Oglethorpe y bajo el centenario roble justiciero, de repente se recortó una pequeña silueta de pelo alborotado. Resta contarles que el kilómetro que nos separaba del caserón de los tíos lo hicimos en menos de cinco minutos  con el corazón saliéndosenos por los oídos

Sin embargo para nuestra suerte, la residencia más embrujada del país (como la llamaban los vecinos) se encontraba a solo cruzar la plaza Washington. La casa Hampton-Lillibridge en el 507 de la east Saint Julian Street fue construida en 1796. A lo largo de su existencia varias personas se habían suicidado viviendo allí. Estuvo vacía por años debido a la superchería de la gente que ahuyentaba a los posibles compradores. Hasta que días antes de nuestro arribo, un amigo del tío Malcolm, el anticuario Jim Williams la compró por un puñado de dólares.

En esa primera etapa de limpieza y remodelación nos gustaba entrar a la casona y observar las reliquias cubiertas de polvo y telarañas. Muebles, cuadros y hasta cortinas lucían como cargados de un tinte sobrenatural, por lo menos para nuestras jóvenes mentes. Mr Williams era un hombre bonachón amante de los niños, él mismo tenía como once nietos y no le molestaba para nada que anduviésemos curioseando por todos lados, aunque a veces teníamos que soportar las reprimendas de los trabajadores. Uno de ellos, el haitiano Jules, fue aplastado un lunes por el camión que transportaba materiales, echando a andar nuevamente  el tema de la maldición. La temerosa Doris no volvió a acompañarme a la casa Hampton, yo, haciendo caso omiso a los consejos de mi madre, volví al día siguiente de la tragedia, corría la primera semana de febrero.

Solía sentarme en los escalones del hall a leer un libro. Aquella mañana la neblina empañaba distancias aumentando mi aburrimiento, con un ojo leía el fantasma de Canterville de Wilde y con el otro curioseaba los movimientos de los obreros rompiendo pisos y paredes. En eso estaba cuando escuché el grito sofocado de Mike, el capataz. Me incorporé de un brinco acercándome al sitio de donde provenía el alboroto. Acababan de romper la pared que separaba la biblioteca del dormitorio y habían encontrado un entre muro de unos ochenta centímetros en que donde se emplazaba una cripta. Lo más espeluznante de la escena fue que la tapa aparecía corrida y no existía nada en su interior. Aun hoy de acordarme se me eriza la piel. Las marcas hacían pensar  que había sido desplazada poco tiempo atrás.    

Era una tumba de la época colonial, hecha de cal, arena y conchas marinas (estilo tabby), tipo de construcción muy usada en la costa atlántica en el siglo XVIII y principios del XIX. Estaba cubierta hasta la mitad por un agua helada y espumosa. Solo eso nada más, ni un hueso, ni un pelo. El señor Williams andaba de viaje por esos días y los hombres sin pensarlo dos veces sellaron la cripta e hicieron el nuevo entre muro. Nadie se había animado a destruirla.

Hoy me parece increíble haber vivido tantas experiencias sobrenaturales (o por lo menos sin explicación lógica) en tan poco tiempo. Jamás volví a experimentar algo similar.

 

En los días siguientes fui testigo de eventos que rara vez he relatado por miedo al ridículo. Escuchábamos, generalmente todos los atardeceres, una risa contagiosa  de niño que venia del cuartito más alto. Un viernes en que me marchaba, a punto de cruzar la plaza, algo me hizo virar la cabeza y observar la ventana del altillo. Un pequeño, vestido con un traje verde y moño negro, envuelto en un halo de luz blanca, me estudiaba con ojos vacíos. Era hermoso y pálido, con una cabellera rubia ensortijada. Entré corriendo a la construcción a buscar algún testigo, pero el risueño fantasmín ya no volvería a aparecer y solo logré infundirles más miedo a los atribulados trabajadores. Aunque lo mejor… o peor, aún estaba por ocurrir.

Un mediodía, a mediados de marzo, en la jornada anterior a nuestro regreso a New York, Jim Williams nos invitó a un barbecue de despedida en el patio de su casi terminada mansión. Nos ubicamos en el boscoso jardín donde había gastado yo tantas horas leyendo. Tenía senderos de piedra que rodeaban una fuente de tres niveles con un cupido de arco roto en su cima. El verdor y la frondosidad de aquel jardín eran narcotizantes; helechos, crotos, potus, bromelias, enredaderas de mil tipos, palmeras, sicomoros, cañas, ficus, etc. creaban un laberinto fresco y acogedor. Nuestro anfitrión creía que a la vegetación se la debía dejar crecer naturalmente, con el menor control posible y que nosotros debíamos adaptarnos a ella. Siempre me fascino ese concepto y traté de aplicarlo desde el momento en que tuve mi primer jardín.

Además de mamá y Doris, nos acompañaban mis dos primos, Peter y Karl, estudiantes de abogacía en la universidad de Augusta y que habían llegado con la idea de llevarse a mi tía con ellos. Por pedido del dueño de casa, Karl entró a buscar el vino, el jugo y el pan. Entretenidos como estábamos contando historias de aparecidos (para variar) y subyugados por la belleza que nos rodeaba, pasaron quince minutos hasta que, al escuchar un grito despavorido, caímos en cuenta de el no retorno de mi primo. Entramos en tropel para encontrarlo despatarrado en el suelo entre el living y la cocina con un enorme chichón en la frente. Sollozaba tembloroso y tenía las ropas húmedas, sucias y hediondas a cloaca. Al arrastrarse había dejado una huella que comenzaba en la base de la chimenea. Después de un sedante acompañado por un té de tilo se le destrabó la lengua y al fin pudo detallarnos lo sucedido. Se hallaba buscando los líquidos en la heladera cuando sintió voces en la planta alta. Tras un instante de duda, pues sabía que todos estaban afuera, junto valor y subió las escaleras. En el rellano se detuvo en seco y sintió como los testículos le subían por la garganta. Una voz de ultratumba lo llamaba desde el cuarto en el que terminaba el pasillo, una luz verde azulada emergía de su interior. Bajó trastabillando y solo a dos peldaños de la planta baja un fuerte empujón lo lanzó tres metros hacia adelante. Al aterrizar golpeó la cabeza contra el suelo y perdió el conocimiento por unos minutos. Cuando un manto de agua helada y putrefacta cubría su cuerpo rebalsando su boca y fosas nasales recobró los sentidos. No sabe como, pues todo era miedo y oscuridad, pero en un momento se sintió cayendo y apareció en el hogar bajo la chimenea, revolcado en cenizas. Se arrastró unos cuantos metros y allí gritó.

Resta decir que el almuerzo fue suspendido y nunca más volvimos a ver a Jim Williams. La casa Hampton-Lillibridge no volvió a ser habitada jamás. Dicen que el anticuario se marchó a Buffalo y allá se compró un departamento bien moderno.

 

No podría finalizar las memorias georgianas de ese último viaje a Savaanah sin hacer mención a mi encuentro con la famosa doctora voodo. Más tarde me enteré que así era llamada en el submundo de lo esotérico.

Una apacible siesta de febrero, acababa de comer y, como era costumbre, crucé a la plaza Washington a hacer la digestión leyendo a Oscar Wilde, debía ser “El retrato de Dorian Gray” si la mente no me engaña. Me volví un asiduo lector del irlandés durante mi adolescencia, quizá porque sentía cierta empatía con el alma del atormentado escritor. Salvando las distancias, en esa época también me consideraba un desubicado, un paria sensible al que podía lastimar hasta el simple vuelo de una  pluma.

La mujer se aproximó silenciosamente  deteniéndose a dos metros del olmo bajo el cual estaba ubicado. Intimidado por su expresión de pena y curiosidad me corrí al extremo más distante del banco.

 —Me acongoja tu aura pequeño —me dijo mientras se acercaba un par de pasos, un olor a incienso la acompañaba.

 Era una negra atractiva, de unos cuarenta y poco de años, cuerpo esbelto, pelo recogido en una gran trenza y unos ojos miel adormecedores. Su sonrisa franca disipó mi miedo infundiéndome una paz que evitó mi huida al momento de tenerla sentada junto a mí.

 —Tu espíritu está cargado de penas sin sustento niño mío. Todo lo que aprecias a tu alrededor es etéreo. Lo material vuela y se seca como el spanish moss. Nuestros ojos no alcanzan la realidad, solo tu corazón podrá apreciar las cosas verdaderas. Hay un mundo interior esencialmente hermoso. Libérate y disfrútalo antes que sea tarde. Te estas metiendo en una cárcel de la que no podrás escapar —terminó diciendo con voz acaramelada y antes de marcharse beso mi frente con cariño dibujando en ella con el índice la letra i mayúscula.

 

 Para mí fue una revelación el comprender que existía un universo paralelo al que reflejaban mis pupilas. Que ese gordo mofletudo y cabezón, atiborrado de complejos, con más pecas que piel y unos lentes culo de botella, era solo una representación temporal, pasajera. Que lo verdaderamente importante estaba contenido en el alma, en el espíritu y eso si se podía cultivar, embellecer.

Aunque solo logré visualizarlo años después, aquel viaje a la ciudad más antigua de Georgia cambiaria mi percepción del mundo para siempre

Volví a Nueva York con la autoestima en alza y el firme propósito de vivir algo a lo que pudiese llamársele vida. Pasaron cuarenta y siete marzos desde entonces y siempre añore regresar a mi brumosa Savanaah, a agradecerle la impronta que dejó en mí. Mas el destino me llevó a tierras lejanas. Apenas recibido de medico marché a sudamérica becado por la Unicef y allí eché raíces. Volví e EEUU solo en un par de ocasiones a visitar a mi madre y a Doris, siempre a las corridas. En Mendoza formé familia, una paciente esposa y cuatro adorables vástagos de los que estoy orgulloso.

Ahora, con sesenta y un años, sintiéndome más argentino que norteamericano, regresó a la ciudad donde comencé a conjurar mis más fieros fantasmas. Donde la letra i mayúscula de “Inside” se grabó en mi mente para siempre.

 

Espero hayan disfrutado este relato inspirado en un ensoñador viaje que hice el año pasado a la primera ciudad de Georgia. A quienes les interese ver más paisajes y palpar el clima que intento relatarles en mi historia, les sugiero vean la película “Medianoche en el jardín del bien y del mal” dirigida por Cint Easwood y basada en la genial novela “Midnight in the garden of good and evil” de John Berendt.

                            

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  • Considero que el relato termina cuando abandonan la casa. Todo lo que viene después no contribuye en nada al desarrollo de la historia sobre los fantasmas del Savannah. Me recuerda más bien a un epílogo al final de una extensa novela. Lo leí, pensando que darías otro giro a la historia, pero no fue así. Me dio la impresión de que la experiencia marcó la vida del personaje, cuando, al menos desde el punto de vista de la ficción, no fue para tanto (vaya, lo peor ni siquiera le ocurrió a él). Pero insisto, si se trata de anécdota personal de la vida real, bueno, supongo que la cosa cambia. Mi valoración (3 estrellas) fue para una historia ficticia de horror. Saludos.
    No me quedó claro si la historia es real o no, pues está catalogada como horror. Si lo es, tal vez deberías colocarla en el género de Reales. Opinaré sobre ella como una obra de ficción: tus descripciones son muy buenas, tu estilo clásico es ameno, pero se me ha hecho algo lento en su ritmo. Fue muy interesante conocer sobre esta ciudad, que me recordó bastante, por como la pintas, a Nueva Orleans o alguna otra ciudad de Louisina. Me pareció algo exagerado que el viejo Jim Williams abandonara la casa, una inversión considerable, tras el episodio del primo, que aunque perturbador, daba pie a pensar que todo fue un sueño derivado de la caída. Vaya, tampoco es un poltergesit.
  • El agua, el hambre, el hacinamiento, las enfermedades y las guerras pusieron a la raza humana en el vértice de la extinción. Fueron décadas oscuras, salvajes, de retroceso, donde solo los más dotados físicamente sobrevivieron. Cuando la inundación al fin cesó, quedaban en la tierra solo seis millones de los ocho mil existentes al comienzo de la catástrofe.

    —En síntesis —pensó divertido el mercp de Morgandus— no soy más que un puto e insignificante microente en un mundo capsular. Algo con lo que una parva de hijos de perra se divierten allá, mil años en el futuro.

    La nano ingeniería genética se desarrolló de tal forma que, en los pasados siete años, en las competencias ya se recreaba el mundo en su totalidad y se llegaban a poner en la cápsula hasta seis mil millones de marcps corporales. O sea una reproducción precisa del planeta pre-inundación, mil y pico de años atrás.

    Mientras buscaba la libretita más el grabador y acomodaba su glock 9mm bajo el sobaco, rogó que el joven tuviese razón y que el asesino de los golpeadores, como lo bautizó un reportero del New Times, hubiese aumentado el número de víctimas. El psicópata se había cargado veintinueve hombres en el área de los condados de Dade, Broward, Palm Beach y Monroe, en los pasados seis años...

    Podría haberse arrojado de una vez y acabar rápido con su agonía, pero, además de querer gastar sus últimos 500 dólares, sentía un placer morboso por desgastar sus horas postreras en esa plena conciencia de víctima, repasando su no-vida sobre esta tierra. Un último ajuste de cuentas con un individuo timorato, acomplejado, holgazán y depresivo en el cual ya casi no se reconocía. De repente parecía anestesiado, observándose desde otro plano, más moral y ético, como si el tomar la decisión de acabar con esta bazofia humana lo hubiese imbuido de un aura superior. 

    Es extraño, afuera llueve a rabiar y aunque los cristales están empañados, puedo ver la luna llena apoyada en una esquina de la ventana. Un lunón hermoso, intimidante, como el pasado que me asfixia y me obliga a descargar mis sentimientos en una hoja de cuaderno.

    Si se busca una zona en el sur hemisférico a la que pueda catalogarse como modelo de hacinamiento, narcotráfico y miseria, esa es la villa 31, en Retiro, ciudad de Buenos Aires. Miles de argentinos mesclados con bolivianos, peruanos y paraguayos atiborrados en apenas cien manzanas, en muchos casos sin acceso, ni siquiera, a los servicios básicos. Un barrio de diez mil familias, con basurales como únicas plazas. Donde bullen los niños y arroyuelos de agua servida serpentean por las calles. Allí, en un lugar diseñado más por Satán que por Dios, nació y vivió hasta los doce años Lucas Mariano Agüero.

    El bolso resultó ser una caja de pandora. Cualquier cosa podía salir de allí adentro. Entre otras inutilidades se encontraban: Un par de auriculares rotos. Un libro de Coelho con la mitad de las páginas arrancadas. Un puñado de tickets del subte de Buenos Aires. Una caja de condones que parecía tener varias unidades… ¿usadas? Un despertador a cuerda. Una tarjeta de biblioteca… ¿del servicio penitenciario nacional? El pasaje de Lan Chile junto al pasaporte y el D.N.I. ¡Ahh! y por suerte la llave magnética del hotel donde estaba Pablo alojado.

    —Hay un sitio de unos locos en internet que te pagan re bien por hacer cosas sinsentido, un primo mío ganó casi cien mil dólares un año atrás —le dijo Juanchila, el colombiano de Medellín que trabajaba con él en la cocina de un chicken kitchen. — Es arriesgado, pero sino querés perder el auto, la casa, tu esposa y tus tres hijos con ella, yo que vos lo haría parce. Total que más podés perder, si ya sos un muerto en vida Pepito.

    —La situación es extremadamente delicada —dijo el presidente intergaláctico y movió la cabeza mirando consternado a su hijo y a su primer asesor.— Como no propongamos ya una medida seductora y viable, no tendremos argumentos para seguir sosteniendo la existencia de este planetita tan problemático.

Walter Gerardo Greulach nació en Jaime Prats, departamento de San Rafael, Mendoza, República Argentina. En 1964.Cursó la secundaria en la E.N.E.T de General Alvear. Mas tarde se recibió de técnico en propaganda y publicidad y Licenciado en Comunicación social en la Universidad Nacional de Córdoba. Sus primeras armas en la profesión las hizo como crítico teatral, productor de revistas barriales y conductor de programas de entretenimiento en pequeñas emisoras radiales de Córdoba. A fines de los ochenta se mudó a Paraná, Entre Rí­os, contratado para trabajar en un novedoso proyecto radial (FM Capital). La década de los noventa lo encuentra en Aruba isla del Reino Holandes, desde donde colabora asiduamente a traves de arti­culos con publicaciones locales y extranjeras. Desde el 98 esta radicado en Miami y es columnista en diversos medios de la red. Pese a escribir poemas y cuentos desde su temprana adolescencia, recien en el 2008 tuvo la desfachatez suficiente para publicar El Guionista de Dios¿o del Diablo?, su primer libro. En el 2011 salió su segunda obra de relatos cortos, Awqa Puma, temporizador. En la actualidad se halla trabajando en la novela El quijote Verde, un thriller ecológico.

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