cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

9 min
Los Fantasmas del Corazón.
Amor |
10.08.15
  • 0
  • 0
  • 706
Sinopsis

Historia de amor, tragedia, drama y suspense. Éste es el relato de una joven llamada Jane quien se ha prometido a un hombre a pesar de las circunstancias, jurándole amor eterno.

Las campanas sonaron más allá del campo. Ella, horrorizada ante la posibilidad de no llegar a tiempo, corrió tan deprisa como pudo, arriesgando su vestimenta tan pulcra y elegante al atorarse entre unos arbustos y desgarrar la tela. Su vestido blanco ya no era más blanco, sino marrón por el barro que la lluvia comenzaba a formar en el suelo. Jane corrió y pronto vio el sacro santo alzarse frente a su vista, llegó a las puertas de la Iglesia con el corazón encalmado y el rostro rosado por la agitación. En parte por correr a campo traviesa y en parte por el nerviosismo de llegar tarde a su propia celebración nupcial. Pero, ¡oh, decepción! Al abrirse las puertas su amado William no estaba ahí, en cambio un aire gélido y un olor a humedad y moho se percibía en el aire, todo espacio que debiera estar ocupado se hallaba vacío y helado. Ningún alma se encontraba, sólo estaba ella, frente al pasillo que debiera conducirla al altar, vestida de blanco sin un esposo esperándola al final.

-¡No! –Gritó, al tiempo que su propia voz le despertaba de la ensoñación.

-Mi querida, Jane. –Escuchó a su esposo decir, quien por los gritos de la pesadilla terminó por despertarse. -¿Estás bien, amada mía?

-Sí, sí. –Contestó apenas con un hilo de voz.- Necesito un poco de aire, esposo mío. –Salió de la cama envolviéndose en una bata de invierno, tomó la mano que su esposo extendía hacia ella y la besó.

-¿Te acompaño? Es muy tarde para que pasees tú sola por los campos de Green Hall. –Hizo ademán de levantarse y al instante Jane le detuvo.

-Serán unos minutos, no tardaré. –Le calmó sin darle tiempo a replicar.

Salió de la habitación principal y, en lugar de dirigirse a la salida para recorrer los campos de su casa, tal como había dicho a su esposo, siguió hasta el final del pasillo hasta llegar a una puerta que solía mantenerse cerrada durante todo el año, a excepción de aquéllas veces que, como en esa ocasión, se escabullía entre los pasillos para adentrarse en las penumbras de aquélla habitación. Abrió la puerta con la llave que había tomado de un pequeño juego que se encontraba en el filo superior del marco. Entró y cerró tras de sí la puerta del pasillo.

La habitación era pequeña y oscura, no había ventanas ni traga luz, era tan impenetrable como cualquier bunker militar. Estaba vacía y era tan pequeña que no le costó trabajo alguno llegar a la siguiente puerta, ésta se abrió sin necesidad de llave y ante ella haces de luces matinales le ofrecieron una vista clara de una escalera angosta e inclinada que la conducía al ático de la gran mansión. Subió las escaleras levantando su bata para no pisarla, y llegó al fin a su destino.

Se adentró en el ático de Green Hall, iluminado por una débil luz que alertaba a las criaturas del campo que el Sol estaba saliendo ya. Caminó hacia un gran ropero donde había guardado todas sus pertenencias al casarse, y sacó de un cajón una vieja caja llena de cartas y retratos dibujados de su vida pasada. Viejas cartas de amor, de su madre y de su hermana, retratos de su familia y de su amado William. Sacó una carta amarillenta y empolvada que no tenía firma, salvo una diminuta y solitaria “W”. Era una breve carta de amor, su favorita, escrita una noche antes de su boda con William. Decía así:

 

Querida, Srta. Thomas,

No encuentro palabras para describir la sensación tan grande que me invade en este momento. Desde la primera vez que la vi comprendí que en su mirada había algo que ninguna otra podría ofrecerme jamás, me sentí hechizado y horrorizado al mismo tiempo. Nunca una sensación tan fuerte se había apoderado de mis sentidos, y en el momento mismo en que lo entendí, entendí también que sería un absoluto imbécil si no le pedía que formara parte de mi vida. Hay una fuerza invisible e invencible uniéndonos, un lazo indestructible atando mi corazón al suyo, y si el suyo late a un ritmo lento, el mío latirá lentamente también, haciendo de dos melodías una sola, acompasada a un mismo ritmo. Cuento los minutos para recibirla en el altar, para tomar su mano y salir de la Iglesia como su esposo. Más he sabido antes que le pertenezco, que mi cuerpo, mi alma y mi espíritu le pertenecen, no obstante en esta Tierra donde las Leyes de los hombres nos limitan, me convenzo que no hay mejor ofrenda de mi amor por usted que llevarla al altar y hacerla felizmente mía hasta el final de mis días. Hasta que mi corazón no pueda latir más, y hasta que mi alma pueda descansar, pues más allá de la muerte soy suyo también.

 Suyo, de corazón y alma, W.”.

 

-Suyo, de corazón y alma, W. –Leyó en voz alta, con un nudo en la garganta y lágrimas ardientes descendiendo por sus mejillas.

William y Jane se habían comprometido al año de conocerse, se habían amado desde el principio hasta el final, hasta el día en que él no apareció en el altar. Simplemente había desaparecido de la faz de la tierra, ninguna persona de los alrededores lo había visto después de aquélla noche en que le entregó la carta. Su anciano padre, único familiar de William y, quien tan pronto como perdió la esperanza de encontrarle cayó enfermó y murió de tifo, había asegurado que aquélla noche se había acostado temprano pero que al amanecer simplemente ya no estaba.

Jane tomó la carta entre sus manos, apretándola con fuerza contra su pecho, y olvidando que podía romperse por su antigüedad. Hincada en el suelo como estaba, se inclinó al frente y apoyó su cabeza contra el cajón abierto de aquél viejo ropero, y por una vez desde que despertó de aquél sueño en el que recordaba la desgarradora escena, pensó en su esposo. Su generoso esposo, Fitspatrick.

Escuchó una voz llamar su nombre, levantó la cabeza y secó las lágrimas con el dorso de su mano. Colocó delicadamente la carta en la vieja caja, la cual cerró y después el cajón. Se ajustó la bata y bajó deprisa hasta llegar a la habitación, cerrando la puerta de las escaleras. Tomó las llaves y salió de la oscura y húmeda alcoba, para cerrar tras de sí la puerta del pasillo. Puso el juego de llaves sobre el marco y dio media vuelta. Caminó tranquilamente hasta llegar a la puerta de su habitación, pensó que quizá Fitspatrick estuviera llamándola desde allí, y así era. Lo vio de pie frente a la gran ventana que daba al lago de Green Hall, se acercó a él sigilosamente, como olvidando de pronto que era él quien le había llamado. Le rodeó la cintura por detrás y apoyó su cabeza en la espalda ancha de su esposo. Debían ser más de las cuatro y media de la mañana, nadie en la casa estaba despierto, el silencio reinaba aunque en media hora seguro eso cambiaría.

-¿Cómo estuvo tu paseo? –Preguntó. Algo en su voz parecía fuera de tono, a pesar de que había elaborado la pregunta tranquilamente.

-Frío. –Respondió ella.

Él se dio la vuelta y la miró. Si bien Fitspatrick carecía de cualidades básicas para enamorar, su simpleza y elocuencia solían maravillarla constantemente. Sus ojos carecían de la viveza e ironía que los de William poseían. Su carácter era tranquilo, más como el de un anciano que como el de un joven de su edad, no hacía bromas ni reía, hablaba poco, pero siempre que lo hacía era para emitir frases inteligentes y apropiadas. Su aspecto era atractivo, si bien no bello. Su piel era blanca, de gruesas cejas castañas, nariz puntiaguda y labios delgados. No era precisamente guapo, sino atractivo, de un atractivo sutil que acompañaba a su carácter y a su temperamento. Sus ojos marrones eran penetrantes, y en aquél momento inundaban los de Jane. Aquél hombre era perfecto en muchos sentidos, pero no era su William, su amado William. Y si bien sabía que jamás lo sería, había aprendido a apreciar a un hombre de honor y pulcritud que sabía, perfectamente, que con el tiempo llegaría a amar. Nadie podía ocupar el espacio de su amado, nadie entendería jamás lo que era cerrar ciertas puertas del corazón para no dejarlo expuesto y vulnerable, nadie podría hacerle olvidar lo que cada fibra de su ser se empeñaba en recordar noche tras noche, día tras día. Había accedido a casarse con un hombre y por Ley ser suya, pero su corazón aún tenía dueño y su alma siempre le pertenecería a un solo hombre. Si bien el tiempo haría crecer el afecto que ella se había dado la oportunidad de sembrar por su esposo, una parte suya jamás se rendiría, una parte suya seguiría esperando, anhelando que en aquél umbral, al abrir la puerta, pudiera encontrar a su amado esperando en el altar, al final del pasillo por el que jamás caminó.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • Este relato no tiene valoraciones
  • Diría adiós, así de simple.

    Tuve que anotar en un papel las cosas que necesito para volver a creer, ridículamente he escrito tu nombre y sin éxito alguno olvidé para qué lo había puesto ahí.

    Y escucho que llueve, y me pregunto de cuántos amantes ha sido testigo la lluvia, de cuántos encuentros clandestinos, de cuántas miradas indiscretas, de cuántos dolores y tormentos, de cuántas despedidas, de cuántos reencuentros.

    Dejé la vida nociva de ser siempre buena, y todo lo bueno empezó a llegar. Una noche era castaña y de repente ya usaba pendientes y me había aclarado el cabello, llevaba la insignia de "libre" puesta en la frente. La portaba con orgullo.

    Mi dulce adiós para mi primer y único amor. Te deseo lo mejor.

    "Éste es el momento. Nadie falta y nadie sobra, eso es entender que los tiempos de Dios son perfectos".

    "Hace algunos años existió una dulce niña de mirada cálida y sonrisa tibia. Tenía el poder de hechizar a cualquiera, de derretir hasta el corazón más frío, hasta el ser más insensible sentía con ella"...

    "Estoy mejor ahora que no estás, ahora que el segundero sigue caminando. Ahora que mis heridas están sanando".

    "Había esperado media vida para que ese momento llegara. Observó a su alrededor y todo lucía exactamente igual a como lo había imaginado, salvo por una única diferencia: el hombre que le esperaba en el altar no era el amor de su vida, ni siquiera se le parecía..."

    Caminaba con destreza, su mirada exigía atención, era una especie única, una joya excéntrica que merecía la pena...

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
19.09.18
25.05.18
Encuesta
Rellena nuestra encuesta