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13 min
LOS FANTASMAS NO EXISTEN
Suspense |
02.03.15
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Sinopsis

Primer relato de una nueva serie de suspense... Aunque vuestras estrellas son siempre bienvenidas (en serio, se los juro, son muy bienvenidas) valoro con todo mi corazón a aquellos que se dan el tiempo de escribirme un comentario y ayudarme a ser mejor escritor. Gracias a ustedes que sé que lo harán.

 

Aquella loca madrugada de sábado, Renata López, jugó por primera vez a la Ouija. Eran los últimos días de febrero del año 2011 y la ciudad capital dormitaba bajo un cielo repleto de nubes que volaban a toda velocidad, arrastradas por el viento nocturno. Las frías luces de la ciudad parecían estrellas congeladas por todos lados, excepto en el espacio oscuro dónde debía de estar el lago, una preciosa masa de aguas bellísimas pero venenosas.

-¿Estamos lejos? –preguntó Ana.

-Un poco, nada más –mintió Tomás, quién, desde el asiento del conductor, dirigía aquella aventura desquiciada.

Tomás y Bayardo Valdivia eran dos hermanos que parecían gemelos aunque no lo eran. Altos, desgarbados, con los ojos rasgados de manera asiática y el carácter prepotente de los que tienen dinero por montón. Se rumoraba que su padre había hecho su fortuna en los noventa, justo después de la locura de la guerra, cuando había comenzado a comprar como baratijas las propiedades marcadas por el conflicto. Hasta ese entonces no era más que un abogado de aldea, un charlatán sin un centavo, pero pronto se volvió un genio de los bienes raíces cuando comenzó a vender en cien lo que le había costado diez.

El automóvil de Tomás llegó hasta en un punto cercano al aeropuerto y se salió de la carretera principal para comenzar a rodar por callejuelas sucias y desiertas en las que sólo se escuchaban los ladridos de los perros insomnes.

-¿Qué barrio es éste? –inquirió, preocupada, Renata.

-¡Tranquila, “Reni”! –dijo Bayardo-. Ya vamos a llegar al Cementerio.

Renata no sabía que existiera un Cementerio en ese lugar pero Managua era una ciudad enorme, y su rango de salidas era corto, por lo que no podía estar segura de nada. Por aquel entonces, Renata López, tenía 19 años de edad, era una joven de ojos y cabello negro que contrastaban maravillosamente con una piel tierna y blanca que desafiaba el furioso sol del verano en Nicaragua. Era alta y delgada y de rostro fino, pero tenía un carácter tenaz y una personalidad fuerte.

-Olvidemos esto –dijo-. Hemos bebido demasiado. Vámonos a dormir.

-¡Carajo! –rugió Tomás-. ¡Nada de mierdas a estas alturas!

Renata no dijo nada. Sabía que era inútil discutir con el grupo. Se acomodó en el asiento y se dejó hipnotizar por el paisaje móvil que se mostraba desde la ventanilla. Contempló las luces parpadeantes de un avión que surcaba el cielo, los callejones sucios y repletos de basura, las cabañas pobres y los árboles y colinas de un paisaje agreste que empezó a sustituir las visiones de la ciudad.

-¿Salimos de Managua? –murmuró Violeta, sobresaltada.

-Calma –volvió a decir Tomás, con tono de fastidio-. Ya casi llegamos.

No estaban, para nada, cerca. El automóvil se detuvo casi una hora después frente a una malla metálica derribada por el tiempo y por los drogadictos que se introducían a dormir entre los muertos. Tomás y Bayardo bajaron primero del auto y encendieron un cigarrillo en la oscuridad. Ana y Violeta les siguieron pronto. Renata descendió de última.

-Entremos –dijo Bayardo.

Nadie se atrevió a contradecirlo. Uno a uno, atravesaron la malla hasta el interior del pequeño y abandonado cementerio, solo para encontrarse en aquel lugar oscuro, silencioso y repleto de la atmosfera tétrica e insoportable de la muerte. La luz de la luna, interrumpida a intervalos por los gruesos nubarrones, iluminaba malamente aquel paisaje siniestro y la sucesión interminable de tumbas adornadas de flores tristes.

Tomás metió la mano en su mochila y sacó una linterna. Sin decir nada la encendió mientras ponía su mano sobre el foco para que sólo se pudiera filtrar una tenue luz.

-Ya estamos aquí –dijo, como para convencerse a sí mismo-, ya no hay tiempo para arrepentimientos.

Renata se encogió de hombros. No quería aceptar que tuviera miedo delante de sus compañeros de clase pero era casi imposible disimular sus emociones. Una mano fría y escuálida la tomó, de pronto, del brazo y ella no necesitó volverse para saber que se trataba de la mano de Ana, la siempre tímida y tranquila Ana. Era un poco baja de estatura y regordeta de vientre pero lo compensaba con unos ojos de esmeralda y un escote prodigioso.

-¿Tienes miedo? –le preguntó ella con un tono de voz angustiado.

-Para nada –mintió Renata-, los fantasmas no existen… Lo que me preocupa es que nos descubra la policía.

La voz de Tomás volvió a surgir de un punto oscuro, algunos metros más adelante:

-¡Cállense, carajo!

El grupo comenzó a caminar en fila india detrás del lucero opaco de la linterna de Tomás, tratando de no perderse en el laberinto de criptas y cruces de cemento. Un viento glaciar jugueteaba sobre las ramas de los árboles  e inundaba de sonidos desconocidos el cementerio. A lo lejos se podían observar las luces del tendido eléctrico mientras se percibía el sonido remoto de los automóviles en la calle y un sentimiento de soledad total parecía pesar sobre todos los corazones.

-En este lugar estará bien –dijo Bayardo, interrumpiendo el pesado mutismo.

Tomás sacó de su mochila el tablero de Ouija que portaba y lo colocó sobre el concreto frío de una tumba. Renata lo miró de soslayo. A pesar de que era la persona más supersticiosa del grupo se sintió un poco decepcionada al ver el aspecto de la famosa Ouija. La verdad parecía más un juego de mesa para niños que un instrumento místico de poder sobrenatural. Era un sencillo tablero  de cartón en el que aparecían todas las letras del abecedario, los números del 0 al 9 y las palabras “SÍ” y “NO”. Junto con el tablero había una pequeña pirámide de plástico que no parecía tener ninguna utilidad.

-Chicos, ya no quiero hacer esto –murmuró Violeta.

Violeta Sarmiento, de la misma edad que Renata, era la mujer más bella, no sólo de la Universidad, sino probablemente también de Managua. Alta, rubia, con un cuerpo de modelo y un rostro de actriz que causaban la admiración (y la excitación) de sus compañeros, podía darse el lujo de ser vanidosa e insoportable con todos.

Bayardo, quien estaba enamorado con locura de Violeta, igual que todos, se acercó a ella, le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia sí. Le dio un beso gracioso en la frente y le sonrió.

-¡Los fantasmas no existen, corazón! –le dijo-. Esto es sólo un juego.

-No me gusta este juego –replicó Violeta-. Quiero irme a casa.

La luz de un automóvil en la calle iluminó brevemente la escena y Renata pudo contemplar el rostro compungido de su compañera.

-Quiero irme –volvió a decir.

Tomás sacó de su mochila la vela de cera negra que les serviría en el ritual y la encendió dejando que su resplandor dorado expulsara las tinieblas que les rodeaban. Renata volvió los ojos hacia la luz y se quedó fascinada en aquella llama de oro que danzaba con el viento luchando por mantener su brillo. Era algo inevitable que le sucedía cada vez que observaba el fuego. Se concentró tanto en la danza de luz que no se dio cuenta como Bayardo logró vencer los miedos de Violeta.

-Está bien –dijo Violeta-. Pero sólo cinco minutos… Después nos vamos.

-Claro, corazón –dijo Bayardo.

-¡Cinco minutos, Bayardo! –volvió a sentenciar Violeta.

-Te lo prometo, nena.

Tomás Valdivia lanzó un bufido sonoro que lo mismo podía significar fastidio o impaciencia como miedo y nerviosismo.

-Si alguien quiere ir a cagar que vaya detrás de una tumba –dijo-, que si aquí se nos aparece la Llorona ya veremos si no cagamos los calzones.

Solo Bayardo se rio con el chiste.

-Hagan el círculo –ordenó Tomás, algo contrariado.

Eran cerca de las dos de la mañana y el grupo se juntó para hacer un círculo alrededor del tablero, mientras ponían las manos, unidas, sobre la pirámide de plástico. Renata había visto esa escena en infinidad de películas de terror pero era la primera vez que se atrevía a vivir algo como aquello. Tomás tenía una mano en la pirámide y la otra en alto, sosteniendo su celular del cual leía una oración en latín que había encontrado en Internet. A Renata aquellas palabras enrevesadas le parecían una blasfemia y sintió que le impactaban los tímpanos y le taladraban los sesos. Agobiada, cerró los ojos para tratar de no pensar en los misteriosos sonidos que parecían envolverlos a todos: “In nomine patris Astaroth, in nomine patris Belial, in nomine patris, Lillith, Asmodeo, Satanis…” La atmósfera se había vuelto pesada e intranquila y los nervios comenzaban a contagiar a todos.

Un remolino de viento y hojas secas se levantó detrás de la cripta y los envolvió furiosamente por un momento, pero sin apagar la vela ni tirar el tablero.

-¡Linda manera en que nos dan la bienvenida los difuntos! –rio Bayardo, pero nadie celebró el nuevo chiste de mal gusto.

-¿Y ahora qué hacemos? –preguntó Ana.

-Se preguntan cosas –explicó Renata-. Se supone que los espíritus usarán el tablero para comunicarse.

Renata miró los ojos de Violeta, cuyas verdes pupilas se habían abrillantado por la humedad de unas lágrimas que luchaban por no salir. Renata pensó en decirle que no se inquietara, que todo aquello no era más que una patraña, que los fantasmas no existían, pero pronto pensó en que sería hipócrita al decir cosas que realmente no estaba sintiendo.

-Pregunta si hay un espíritu aquí –dijo Bayardo, entusiasmado.

-¿Hay un espíritu aquí? –preguntó, Tomás, al aire.

La pequeña pirámide empezó a moverse por el tablero de manera sobrenatural. Renata sintió que “algo” movía aquella cosa debajo de sus manos y sintió el impulso de retirarla, pero las manos de Bayardo la inmovilizaban. Espantada vio como la pirámide se movía de manera inexplicable y apuntaba la palabra “SÍ”.

-Pregunta si es hombre o mujer –dijo Bayardo, con un tono divertido.

-Preguntá vos, cabrón –replicó Tomás, quién se veía algo nervioso.

-¿Eres hombre o mujer? –inquirió Bayardo.

La pirámide, de nuevo, empezó su recorrido espeluznante y se detuvo sobre la letra “M”. Bayardo soltó una carcajada que se oía demasiado macabra en aquel momento.

-Vámonos –dijo Ana-. Esto no me gusta.

-A mí tampoco –urgió Violeta.

-No podemos irnos sin pedirle permiso al espíritu –replicó Tomás-. Si lo hacemos nos va a perseguir para siempre.

-Espíritu, ¿nos das permiso de irnos? –preguntó Bayardo.

La pirámide volvió a moverse, arrastrando las manos de todos, hasta terminar en la palabra “NO”.

-¡Mierda! –bufó Renata.

-Ya la oyeron –dijo Bayardo, que parecía estar muy feliz-. No podemos irnos. Mejor aprovechemos para preguntar algo útil.

-¿Algo útil? –repitió Renata-. ¿A qué te refieres?

Bayardo clavó los ojos en ella. Las luces de la luna y de la vela alumbraban su cara y ella se estremeció porque el resplandor juguetón le daba un tinte demoniaco. El viento hacía crujir las ramas y un pájaro nocturno empezó a chillar de forma horrenda, pero nadie podía huir: ¡Eran rehenes de un fantasma!

La voz de Bayardo rompió el silencio lúgubre:

-¿Alguno de nosotros va a morir este año?

Todos se estremecieron al escuchar una pregunta cuya respuesta nadie deseaba saber. Renata pensó en decir algo, al menos mentarle la madre al pendejo de Bayardo, pero no pudo hacerlo. El triángulo de plástico comenzó a moverse sobre el tablero y se paralizó en la palabra “SÍ”.

-¿Qué estás haciendo?  -gritó Ana-. ¿Por qué preguntaste eso?

-¡Cállate, gorda! –murmuró cruelmente Bayardo y luego elevó la frente para preguntarle al aire-: ¿Alguno de nosotros morirá en este mes?

La pirámide dio un giro rápido en el tablero y volvió al punto de partida: La palabra “SÍ” era nuevamente señalada.

-Basta, hermano –dijo Tomás, visiblemente asustado-. Ya no preguntes nada más de eso.

Bayardo no le hizo caso.

-¿Alguno de nosotros morirá esta noche? –inquirió nuevamente.

La pregunta era rotunda, maldita, inexorable. Nadie quería saber la respuesta pero un sentimiento de morbo paralizó a todos mientras la pirámide parecía moverse en otro círculo despiadado. Ya estaba a punto de volver a colocarse en el “SÍ” nefasto, en el “SÍ” que todos temían, cuando algo inesperado sucedió.

La vela, que no se había apagado ni con los vientos más fuertes, se apagó de súbito sin explicación dejando al grupo de brujos improvisados en las tinieblas. Aterrorizada, Violeta dio un grito, se levantó de pronto y separó sus manos de las del resto. Antes de que alguien pudiera reaccionar había empezado a correr entre las tumbas gritando como loca y perdiéndose en la oscuridad.

-¡No la dejen irse! –gritó Renata-. ¡Hay que detenerla!

Pero nadie le hizo caso.

En menos de un segundo cada miembro del grupo comenzó a correr en una dirección distinta, huyendo de sus propios terrores. Renata miró a Bayardo adentrarse aún más en el Cementerio. Tomás, por su parte, corrió hacia dónde se había ido Violeta, mientras Ana aceleraba hacia la malla metálica. Hacia allá se dirigió también Renata. Sin preguntarse por la suerte de sus compañeros comenzó a correr, con todas sus fuerzas, con toda la angustia de su alma vibrando en cada músculo de sus extremidades, con cada parte de ser pidiéndole a gritos salir de ahí. No tardó mucho en poder vislumbrar la malla metálica y las luces fugaces de un automóvil y se enrumbó hacia ella a toda velocidad, con la respiración entrecortada.

Ya comenzaba a saborear la libertad cuando un traspié la hizo rodar por el césped lleno de guijarros. Confundida y lastimada, Renata se sentó para mirar en que había tropezado y la luz de la luna iluminó la masa tibia y llena de sangre de un cuerpo humano. Un chillido de pavor absoluto brotó de su garganta y Renata vio los ojos que se apagaban rápidamente y las heridas de las que brotaba un río escarlata y la mano que trataba de aferrarse a su pantalón antes de caer inerte en el suelo.

Cuando llegó la policía, Renata todavía estaba llorando sin apartar sus desorbitados ojos del cadáver frío de Violeta Sarmiento.

 

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