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9 min
Los héroes de Castelnuovo
Históricos |
29.10.14
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Sinopsis

Nueva aventura de Vermudo esta vez en el legendario sitio de la plaza fuerte de Castelnuovo en el mar Adriático por parte del temible corsario Barbaroja y sus legiones interminables de otomanos.

¡Buuum! ¡buuum! el estrepitoso ruido de cañonazos, es lo que escucha Vermudo nada más llegar del azaroso viaje que le deparó el orbe,  sentía los impactos cerca de donde se encontraba y aún aturdido logra dirigirse a un torreón donde veía muchos soldados heridos a los que fue esquivando lo mejor que pudo, entró al recinto corriendo tapándose las orejas para amortiguar el ruido de los disparos que le estaba rompiendo los tímpanos.

Sube corriendo a lo más alto de la torre para mirar lo que estaba pasando, estaba en una plaza fuerte, veía humo y fuego por todos lados, pero lo peor era  que la barbacana había caído, los muros también estaban derruidos por varios lados a causa de los disparos de artillería, en ellos alcanzaba a ver a soldados a los que identificó como españoles de los tercios por las banderas con la cruz de Borgoña que pudo ver izadas en la la atalaya desde donde estaba mirando.

La lucha se extendía por todas partes, Vermudo miraba asombrado como unos pocos defensores contenían a oleadas de asaltantes que por sus ropajes de tela holgados eran fácilmente identificables, eran ¡turcos! y había miles de ellos.

Los españoles aprovechaban las entradas estrechas para hacer "embudo" a los asaltantes y valla que hacían bien su trabajo, armados con daga y espada mataban a innumerables enemigos pero eran demasiados, por cada español morían diez otomanos no obstante cada vez eran menos los defensores.

Los heridos desde la torre arcabuceaban  para ayudar a sus compañeros aunque nada podía parar la gigantesca marea musulmana, los disparos provocaban bastantes bajas al enemigo sin embargo la suerte de la batalla estaba echada.

Vermudo vio como en el exterior el oficial que parecía estar al mando de los defensores, ordenó cerrar las puertas  para que los enemigos no llegaran hasta la última defensa española. En esos instantes el empuje de los asaltantes obligaba a  los españoles a retroceder hasta casi las mismas murallas del edificio en el que se encontraba .

—¡Tirar una soga para subir al maestre!—gritó un soldado desde lo alto de la torre, al poco colgaba del muro una cuerda para que fuera usada como escala.

—Nunca quiera Dios que yo me salve y mis capitanes muera—Fue lo último que dijo el maestre antes de morir en el campo de batalla junto a todos los hombres que estaban con él.

Eran pocos pero seguían en formación, los españoles aprovecharon una esquina para atrincherarse,  colocaron picas al frente y espadas y vizcaínas  listas para atravesar a los que se acercaran, desde las ventanas los defensores del torreón les cubrían para que los turcos no pudieran disparar desde lejos.

El maestre  iba a vender cara su cabeza, con disciplina férrea él y sus hombres estaban listos para morir, sabían que no verían un nuevo día, pero no hubo ni una queja, ni un lloro y ni una lágrima. Eran españoles de los tercios, la mano de Dios en la tierra, no se rendirían, no suplicarían e irían al encuentro con la muerte de frente sin miedo.

Los musulmanes llegan, cargan sin piedad son cientos de ellos, pero entre los disparos desde la torre y la inquebrantable barrera de picas se ven obligados a retroceder, en el suelo queda un reguero de muertos pero ninguno es español.

Los turcos vuelven a cargar pero corren la misma suerte, los soldados españoles son  la capilla Sixtina del arte de la guerra, ni un paso atrás, ni un momento de duda, son profesionales de su profesión, una máquina de matar perfecta.

El enemigo ya no se atrevía a atacar de nuevo, sus capitanes vociferaban para que se movieran pero ellos no les hacían caso, el paraíso no les parecía suficiente recompensa ante el horror que tenían delante, los españoles no eran humanos, para ellos eran demonios de la guerra.

Barbarroja al ver la escena no lo duda, manda a traer piezas de artillería, se van colocando a lo lejos donde no puedan ser arcabuceadas, con paciencia van llegando los temibles cañones turcos porque sus soldados no tenían cojones para atacar a los españoles.

Ante esto los españoles se miran, asumen su sino, pero no iban a morir en un callejón como perros, se santiguan o se maldicen su suerte y al grito de ¡Cierra España! cargan con el aspa de Borgoña al viento.  Vermudo lloró al escuchar el grito valeroso de los españoles.


Fue una carga épica los musulmanes miraron desconcertados, los españoles corrían en dirección a Barbarroja, este manda a su guardia personal unos doscientos fieros jenízaros para luchar contra los cincuenta españoles que quedaban, fue un combate de honor el almirante turco admirado por el valor español mando a sus mejores tropas y prohibió el uso de las armas de fuego. 

Ganaron los musulmanes pero sólo quedaron en pie veinte y ninguno de ellos intacto. El último español en pie fue el maestre bandera en mano y vizcaína en la otra defendiendo el honor no de España, ni de de Dios, luchó hasta el final por el honor de sus compañeros caídos. 

El enemigo estaba dentro de la fortaleza, habían cesado los cañonazos,  querían atrapar a los últimos españoles con vida, pero estos no se rendían y lo harían jamás, nunca caerían en la deshonra de abandonar la lucha cuando su maestre había luchado hasta el final.

Vermudo a todo esto estaba muy asustado, desde que viajaba nunca había estado en una situación tan apurada, mientras el combate seguía, se dedicó a dar pan mojado en vino a los soldados que seguían luchando.

La situación estaba estancada. los turcos eran miles pero no querían entrar al asalto a la torre, querían a los españoles vivos, en concreto un capitán vizcaíno, marinero de gran valía que Barbaroja quería reclutar para sus filas, además los turcos se lo pensaban dos veces antes de atacar a los españoles, solo hacía falta mirar en cualquier dirección y ver a cientos de sus compatriotas muertos.

El ataque parecía inminente, pero un giro del destino quiso que los musulmanes encontraran un grupo de monjas escondidas en la capilla y no dudaron en  llevarlas ante los españoles amenazando con matarlas si no se rendían.

Después de unos minutos de silencio, los españoles se rinden con la condición que se respetara a los civiles y miembros del clero, término al que el almirante turco accedió dando su palabra que no correría la sangre de nadie si capitulaban.

Se abren las puertas y salen lo que quedaba de los defensores, la mayoría de ellos estaban heridos gravemente pero en sus ojos no había ni miedo ni sumisión, solo odio al  enemigo e impotencia por dejar la lucha donde sus compañeros habían perecidos porque los soldados de los tercios solo capitulan después de muertos.

Barbaroja se acercó y ofreció al capitán vasco que se uniera a su flota o que muriera allí mismo, al cabo de unos segundos cae la cabeza del español decapitada. No fue la suerte que recibieron todos, algunos fueron cogidos prisioneros para trabajar en las galeras de los turcos.

Vermudo escuchaba todo lo que pasaba desde lo alto de la torre, sentía que estaban registrando todos los rincones de la torre en busca de soldados. Estaba en una especie de despensa dentro de un armario, debía aguantar hasta que el cristal se agotara pero cada vez estaban más cerca, su corazón latía a mil por hora, sus latidos eran tan fuertes que pensó que lo podrían delatar. Escucha como abren la puerta de la habitación, se oye como registran todo y de repente silencio absoluto era como estar en el ojo del huracán, tras unos segundos que habían parecido horas parece que se retiran.

Se abre la puerta por sorpresa, mira horrorizado como un soldado turco le apunta con su mosquete y le dice que salga a gritos, el miedo lo tiene paralizado no se puede mover su captor levanta el arma y le apunta, Vermudo cierra los ojos y nota  como se le agota el tiempo del viaje, vuelve  temblando acurrucado lo último que vio antes de volver fue el fogonazo de un disparo.


1539 El temible corsario turco Barbaroja, asedia la plaza de Castelnuovo (costa Adriático) defendida por el tercio viejo de Nápoles bajo el mando de Francisco de Sarmiento.

5 0.000 otomanos con su legendaria artillería sitian a 4000 españoles, una diferencia de más de 10 a 1 cifras habituales para un español de los tercios. Aun así conocedores del tamaño gigantesco de los huevos españoles y en esta ocasión asistidos por unos 300 hermanos portugueses, el almirante turco ofreció salvoconducto hasta Italia para los defensores, con el fin de evitar la contienda, a lo que contestó el oficial español "que vengan cuando quieran".

Los tercios españoles nunca se rinden por eso dominaron Europa durante 200 años y no iba a ser menos ante Barbaroja y sus 50000 soldados en los que se incluían los temibles jenízaros.

La plaza fuerte fue tomada por "el turco", ningún español se salvó, la mayoría murió en la contienda aunque algunos fueron tomados como prisioneros pero los seguidores de Alá perdieron 24000 almas unas 6 por cada de los nuestros.

 

¡Nos meamos en los 300 y sus Termópilas!

 

Nunca temeré si va en columna el tercio

 

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