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13 min
Los hombres en el espejo
Ciencia Ficción |
29.10.14
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Sinopsis

Perseguir a un hombre que no es un hombre se torna cada vez más complicado. Es como perseguir sombras, siempre absorbiendo luz. Los hombres en el espejo buscan ponerle fin a una vida enclaustrada, a cualquier precio. Los hombres en el espejo-primera parte: Persiguiendo sombras

Los hechos

 

23 de marzo de 2002, minutos después de las 21 horas.

Adrianne Lesoimier recorrió el hediondo pasillo de la comisaría al sur de Nueva Delhi rogando en silencio que el viaje de 15 horas no fuese en vano. No como Estrasburgo, Pekín, Caracas y Alicante: los otros cuatro avisos que había recibido en los últimos tres años y que habían terminado siendo meras burlas del ladrón de tulipanes. De una de las celdas emergió un policía local llevando a empujones a un hombre que pateaba y relinchaba como un caballo cimarrón. La directora de la división patrimonio cultural de la Interpol los esquivó sin mucha dificultad. A su lado, el agente Almeida trataba de no perderle el paso, aunque eso significara correr. Al final del pasillo avistaron a un hombre de boina negra y traje militar que les alzó la mano y les abrió la puerta. El cubículo parecía un horno y apestaba a cloaca. Dos oficiales jóvenes y corpulentos se alzaban como dos alfileres: el más bajo tenía una nariz prominente y un bigote mal distribuido, el otro presentaba ligeras despigmentaciones en ciertas partes de la cara y, pudo advertir Adrianne, en las manos. Ambos custodiaban a un hombre de no más de 40 años, de aspecto birrioso y cabellos grasientos. En la base del cuello lucía el extremo de un tatuaje verdinegro; que bien podría ser la cola o la lengua de un lagarto. Del otro lado de la habitación, una caja de madera, que en una etiqueta blanca rezaba las medidas 170x138 dormía apoyada sobre la pared.

  • ¡Ábranla!- ordenó Adrianne y su voz retumbó en la ratonera.

Uno de los policías se acercó con una palanca en la mano. Aplicó presión el lado externo de la caja y la tapa cedió sin la menor contemplación. Al retirar la máscara se materializó un óleo de matices apagados: en el lado derecho del cielo se aglutinaban nubes oscuras hasta asfixiarse; por debajo, la marea iracunda y espumosa abría sus fauces para engullir a una barca llena de hombres con rostros acongojadas que se aferraban a las astas, a las velas y a los remos. Aquella obra maestra tenía más de 400 años a cuestas.

Al ver el óleo, todos los presentes guardaron silencio, como si una autoridad hubiera irrumpido en la habitación. Almeida se acercó obnubilado a la caja y se agachó en son de reverencia. Lesoimier luchó por no hacer lo mismo.

  • ¿Cuál es su nombre?- dijo al fin Adrianne Lesoimier dirigiéndose al individuo.
  • Bernard Baptiste, muñeca- respondió el desaliñado individuo mientras se relamía con la figura de la directora. El policía de la piel desteñida articula para golpear al reo pero Lesoimier lo detiene con la palma extendida.
  • Señor Baptiste-muñeca- dijo Adrianne sin inmutarse; que a pesar de sus escasos 25 años ya estaba acostumbrada al acoso de criminales- ¿Sabe qué es eso?- apuntó a la etiqueta blanca.
  • ¿Las medidas de la caja?- dijo el individuo con desenfado.
  • Además de lo obvio- dijo Adrianne deambulando por la habitación- las medidas 170x138 es la primera y única pista conectada al mayor robo de arte de la historia. Verá Baptiste-muñeca- la voz de Lesoimier se había apoderado del cubículo- el Rembrandt que tenemos delante fue robado, junto con otras 12 obras de arte, del museo Isabella Steward Gardner de Boston el 18 de Marzo de 1990. Dos años después, apareció en un registro de la estación de tren Back bay de la misma ciudad, un objeto con las medidas 170x138…
  • ¿Y eso qué?- irrumpió Baptiste.
  • Pues que el óleo que tiene usted delante mide exactamente 10 cm menos de ancho y de largo, es así como obtuvimos la conexión, y ahora, cada vez que alguien registra una caja de 170x138 en cualquier lugar del mundo se convierte en sospechoso. Ahora, dada la estúpida expresión en su rostro puedo advertir que es la primera vez que escucha esta historia; de hecho puedo apostar mi pasaporte que es la primera vez que ve la Tormenta en el mar de Galilea, así que ¿Por qué no empieza diciéndome quién le pagó para traer este cuadro?

Baptiste se reclina sobre su silla y se rasca la cabeza con ambas mano, sin perder la expresión petulante en el rostro.

  • No sé su nombre y nunca lo he visto.
  • ¿Cómo lo contactó?- Adrianne Lesoimier empezaba a perder la paciencia.
  • Apareció el objeto –Baptiste señala el cuadro- y las instrucciones al pie de mi cama, yo solo obedecí. Es lo que hace uno cuando recibe una orden de él, la ejecuta con la cabeza baja y la boca cerrada.

Adrianne sabía que Baptiste decía la verdad, puesto que ya había escuchado antes a hombres referirse al ladrón de tulipanes con el mismo temor. Distintos idiomas, distintas caras, pero la misma tensión estrujándoles el cuello.

  • Apuesto que conoce a alguien que conoce a alguien que lo ha visto.
  • Se dice- Baptiste afila la mirada- que si se le llega a ver el rostro es porque estás muriendo o a punto de hacerlo.
  • Así que- Adrianne chasquea los dedos y Almeida le entrega un folder- no tiene ni la más mínima curiosidad en saber quién le depositó medio millón de euros en una cuenta a su nombre.
  • El hombre no es un cínico, sabe recompensar si le sirves bien.
  • ¿Te parece una recompensa terminar en la cárcel?- Adrianne lo fulmina con la mirada pero Baptiste a penas se inmuta.
  • Prefiero pasar 10 años de mi vida en una pocilga Hindú antes que terminar mutilado en algún callejón de un lindo vecindario de Europa o como festín de cuervos en alguna montaña olvidada.
  • No termino de entender- Adrianne baja el tono de voz y dirige sus palabras a Almeida que sigue admirando el Rembrandt- porque todos le tienen tanto miedo.

Bernard Baptiste resopla y voltea los ojos, como no creyendo lo que está escuchando.

  • Le voy a contar una historia, muñeca- Baptiste fricciona los dientes antes de proseguir- Había una vez un ladrón italiano llamado Ferucchi, un tipo de poca monta, que entraba y salía de la cárcel como los policías de mi vecindario entran y salen de la zona rosa. Pues este Ferucchi se le reclutó para trabajar en la economía subterránea, uno de los tantos negocios manejados por su “ladrón de tulipanes”. Se dice que Ferucchi tenía que supervisar un cargamento de plata que venía de Japón y partiría a Sudamérica, un trabajo sencillo. Pues bien, al muy idiota  se le olvidó cortarse las uñas esa noche, y decidió quedarse con un octavo de barril, por las molestias, según cuentan. Al día siguiente apareció el cuerpo del italiano estirado de las cuatro extremidades y el rostro cubierto de plata fundida. El muy infeliz se había tomado la molestia de llenarle cada orificio de la cara…Ahora si me pregunta a mí, ese es un tipo al que se le debe tener miedo.

Adrianne sentía que no llegaba a ningún lado.

  • Si yo fuera usted- prosigue Baptiste- dejaría de perder el tiempo y me andaría con más cuidado, la persona que busca no es un simple ladrón de cuadros.

Adrianne se inclina hasta estar a escasos centímetros del individuo. Los alientos se confrontan hasta confundirse.

  • Lo voy a atrapar.
  • O él va a atraparla, si es que ya no lo ha hecho.
  • ¿De qué hablas?
  • Él siempre está vigilando- la voz de  Baptiste se torna sombría y empieza a escanear las cuatro paredes de la habitación- Apuesto que nos está viendo ahora mismo.

Aquella idea le traspasó la cabeza a Adrianne como la bala de una escopeta.

  • ¿Hay algo de utilidad que quiera decirme?

Baptiste se inclinó de hombros. Lesoimier levantó la mano ordenando a los guardias que se lo llevaran. Cuando estuvieron a punto de cruzar el umbral el hombre se detuvo en seco.

  • Quizás haya algo…-Adrianne dio media vuelta encarando a Baptiste- un regalo, para usted- y el individuo se metió la mano dentro del pantalón, ante lo cual el guardia con la piel despintada asestó un puñete en la boca del estómago, Baptiste tosió y escupió mientras se doblaba.
  • ¡Hey!-dijo Baptiste tratando de controlar la respiración- ¡Si quieres lo puedes sacar tú! …O usted muñeca.

Adrianne ordenó que lo dejaran y Baptiste extrajo un pequeño papel enrollado y con una mirada lasciva se lo entregó a la directora. Sin miramiento, Adrianne desenrolló  el mensaje y al leerlo una ola de rabia se apoderó de ella. Almeida, que se había mantenido contemplando el cuadro durante toda la conversación, se acercó y leyó el mensaje.

  • ¿Rayos X? ¿Qué significa?

Adrianne Lesoimier sabía perfectamente lo que significaba, arrugó el papel y lo tiró al piso. Baptiste esbozó una sonrisa fugaz hasta que la tos se volvió a apoderar de él, cada vez con más fuerza.

  • Almeida, consígueme un laboratorio ¡Ahora!

El individuo intenta decir algo pero sus palabras se atoran en su garganta y mueren antes de llegar a sus labios. Baptiste inca una rodilla antes de derrumbar la otra. Un fluido carmesí empieza a emanar de su boca ante la impávida mirada de los presentes. Baptiste se samaquea furibundo y de un momento a otro se tensa como una cuerda. Segundos después el cuerpo del individuo yace exánime en el suelo del cubículo.

Un hilo de sangre culebrea por el pavimento y besa la base del Rembrandt.

****

El bochorno se asentó dentro de las paredes del laboratorio; el fragor de la ciudad, sin embargo, rebota inútilmente contra las ventanas.

La doctora Manju aprieta un botón y la cámara se ilumina de un azul artificial y cegador y mientras espera murmura lo mucho que odia trabajar a deshoras. Una gota de sudor desciende por su frente atezada. Afuera, Adrianne Lesoimier espera impaciente mordiéndose las uñas. Frente a la puerta, Almeida habla por teléfono y su acento cantarín se hace latente. En otro tiempo, escuchar hablar al joven agente Portugués le arrancaba a Adrianne una sonrisa, hoy no. Almeida cuelga el teléfono y se acerca a Lesoimier.

  • De la morgue adelantan que Baptiste fue envenenado antes de tomar el avión. El golpe del oficial solo aceleró el proceso.

A Adrianne no le interesa en lo más mínimo los análisis post mortem.  Almeida lo advierte pero decide continuar. Las interrogantes rondando en su mente no le permiten hacer otra cosa.

  • Baptiste dijo que el mensaje era para ti. ¿Crees que de verdad iba dirigido exclusivamente para ti?
  • No lo sé- mintió Adrianne.
  • ¿Crees que de verdad nos estaba viendo?
  • No lo creo.
  • ¿y qué piensas encontrar con este análisis?- Almeida señala la máquina.

Adrianne no tiene tiempo de responder. La doctora Manju les abre la puerta. Adrianne y Almeida ingresan a la sala. La doctora les entrega unas radiografías. El sudor de la mano de los agentes rechina contra las placas. Almeida frunce el ceño.

  • ¿Qué rayos es esto?- pregunta confundido.
  • Lo que te puedo decir es que no es esto: Un Rembrandt.

Lo que vieron en la placa era un cuadro totalmente distinto. Una mujer en hábito y de rostro acongojado se arrodillaba y con las manos cruzadas en el pecho miraba a un crucifijo de madera que se elevaba radiante, el cual despedía un único hilo más claro que parecía penetrar la frente de la mujer.

  • ¿Quién es?
  • Es Santa Rita de Casia- dijo Adrianne sin dejar de examinar la radiografía- una de las monjas que sufrió más penurias en la historia de la iglesia católica. Cuenta la historia que Santa Rita padecía de estigmas en forma de estacas de maderas en la frente, y por más que se curara las heridas, estas volvían haciendo estragos cada noche, esto es lo que representa el hilo de luz- Adrianne señala la línea.
  • ¿Pero por qué el ladrón nos enviaría esto? ¿Se está burlando de nosotros?
  • Es un mensaje.

Almeida clava su mirada sobre Adrianne esperando respuestas, la joven mujer no deja de mirar la lámina que tiene entre manos.

  • Santa Rita es una Santa muy peculiar: La Santa de las causas perdidas.
  • Entonces el ladrón de Tulipanes nos está diciendo que perseguirlo es una causa perdida, que nunca lo atraparemos.

Me está diciendo- piensa Adrianne mientras acaricia la estampita de San Judas Tadeo que recibió en su oficina una semana atrás anónimamente. San Judas Tadeo- Adrianne sigue sumida en sí misma- también es el patrón de las causas perdidas. El mensaje es muy claro.

Adrianne extrae la estampita y la examina esperando encontrar algo más.

En un oscuro departamento ubicado en el edificio contiguo un hombre se quita la camisa de policía y con una franela empieza a limpiarse el maquillaje de la cara, o lo que quedaba de él, debido al calor. El hombre extrae unos binoculares de una mochila negra, donde descansa complacido un anillo que atesora una punta afilada empapada en ponzoña y que horas antes habían puesto fin a la vida de un peón, el hombre se recuesta sobre el tibio piso de cemento y observa a la hermosa agente unir cavos, su cabello largo y castaño se derrama hasta sus hombros, sus ojos redondos buscan respuestas. El hombre puede oler el miedo emanando de sus cansados poros.

El hombre dibuja una sonrisa y se regodea en la victoria por unos segundos, después se desviste completamente y se mete bajo la ducha. El agua deja ver sus rasgos caucásicos, tan pálidos como la nieve que lo vio nacer, y sus ojos oscuros, tan opacos como su vida misma.

El individuo sale del edificio con un pantalón de tela y un polo gris que se ciñe a sus pectorales perfectamente esculpidos. El hombre le echa una última mirada a la ciudad. En la calle del frente dos taxistas se gritan en Hindi y se van a las manos.

El ladrón de Tulipanes se pierde entre las sombras de Nueva Delhi.  

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  • Está buena la historia, me gusta la narrativa y lo personajes... quizás podrías describir un poco más los lugares pero en general me encantó! ÉXITOS =)
  • Perseguir a un hombre que no es un hombre se torna cada vez más complicado. Es como perseguir sombras, siempre absorbiendo luz. Los hombres en el espejo buscan ponerle fin a una vida enclaustrada, a cualquier precio. Los hombres en el espejo-primera parte: Persiguiendo sombras

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