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6 min
Los perdedores. Sara.
Drama |
13.05.13
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Sinopsis

Hace cinco años Sara tenía una vida. Pero un día se torció cuando su mejor amiga explotó de celos. Carlos, su novio desde siempre, pedía consejo o mediación a Sara entre ambos para arreglar los enfados infantiles que Emma tenía. Pero un día la mediación de Sara salió mal y ésta también explotó salpicando a todo el que había alrededor. Mudándose a otra ciudad, decidió empezar de cero, aunque los fantasmas del pasado la persiguiesen. Sara suponía que el día que todo acabase, todos serían perdedores de algo, pero la única que salió perdiendo fue ella. Un grupo de cinco amigos ven la vida desde cinco edades distintas y todos perdieron algo aunque solo fuesen a ellos mismos y su amistad entre ambos.

Permanecía allí. De pie. Callada. Sólo se oía el palpitar de su respiración fría. Iba vestida con un camisón de crepé azul y un chal de lana blanco. Miró por la ventana. Allí estaba. Petrificada, como sin vida. El gris de sus ojos mostraba el anhelo de un tiro en la nuca. Se sentía morir. El mundo se resquebrajaba a sus pies y el centro era ella. Lo perdía todo, lenta y dolorosamente y no se dio cuenta hasta ese momento. Fue entonces cuando llamaron a la puerta. Era Carlos, un rapero insignificante y delgaducho, de piel blanca y ojos azules que estaba loco por los coches. Carlos miró a su alrededor. A pesar de que Sara vivía allí desde hacía meses todavía no era capaz de pasar página y comprar muebles de calidad. El piso donde vivía era un piso de esos de los que no te puedes quejar. Estaba bien situado y aunque la iluminación no era muy buena, por la escasez de ventanas más que nada, el parquet relucía como los botines de un banquero después de haber sido tintados con canfort. Tenía una sola ventana con balcón, las cortinas blancas estaban deshilachadas y en el salón sólo había un sofá de tres plazas que era donde Sara pasaba las noches intentando dormir. El piso tenía una habitación, en la que únicamente había un caballete, el único color de esa habitación era el que le daba una paleta de pintor situada encima de un taburete de madera. La habitación contigua estaba repleta de estanterías de libros. Los armarios de la cocina estaban vacíos y la cocina impecable. A las paredes del baño se le caían los azulejos, Carlos tenía un buen recuerdo recuerdo de aquel baño, recordaba como un día mientras que Sara se duchaba le caían una tonelada de azulejos en la cabeza, ese día estaba todo bien entre los tres, nada era frágil, excepto la brecha que Sara se hizo en la cabeza.

Desde el momento de la ruptura, Sara había cambiado su manera de vivir. Se despidió del trabajo, desechó el móvil que tanto dinero le había costado, dejó de hablar con todo el mundo, le cambió la cara. Dejó de sonreír. Se decía así misma que tenía que cambiar de aires, pero Carlos pensaba que el aire que proporcionaban las cuatro paredes de aquel piso que se moría en la penumbra no eran ni mucho menos los apropiados, pues en el momento que esto pasó las paredes todavía olían a pintura. 

-¿Carlos? ¿Se puede saber qué estás haciendo aquí? -dijo con una mezcla de furia y desconcierto en la mirada, pues llevaba cinco años sin verlo.

-¿Donde están tus sueños, Sara?

-Emma se los quedó. Con su enfado consiguió recluirme en esta cárcel de lágrimas y miedo.

-¿Miedo?

-Sí, miedo. Miedo a que me hagan más daño. La única amiga que tenía la perdí. Perdí a Emma. Me prometiste palabras de aliento que nunca obtuve.

-Es mi novia, ¿que querías que hiciera?

-Era mi hermana, erais mis mejores amigos y en vez de ayudarme a entrar me ayudaste a salir. He perdido a Esteban, a Daniel, a Emma y a ti. Lo único que me queda ahora es este piso, mis libros, los recuerdos y una familia que vive en un pueblo que ya no visito por miedo a encontrarme con ella y que me mire pero no me vea. 

-Sara siento lo que pasó yo... 

-Arreglé todas vuestras peleas o al menos lo intenté. Estaba tan acostumbrada a perdonarte a ti que a mí ya no me perdonó nada. Todo el mundo comete errores, ella la primera, lo que pasa es que nadie tenía suficientes agallas para decírselo. Yo actué en un acto de furia, no estaba en mí el día que le dije lo que pensaba. Y ahora todo se acabó, me arranco el alma y se llevó con ella todos los recuerdos.

-Te equivocas si piensas…

-No. Cometí errores que no se me perdonaron cuando yo perdoné millones, perdoné enfados, reproches y rabietas pero se acabó. Me lleva tres años y parece que le lleve yo diez. Hace cinco años que discutimos y aún no me ha llamado, tú me dijiste que la dejara en paz, que se le pasaría, ahora ya no espero nada, ni de ella ni de ti, ni de nadie. Espero que entiendas que te quiero fuera de mi casa. 

-Te entiendo. ¿Qué le digo?

-Que sigo pintando igual de mal, que todavía estoy soltera y que ya no espero nada de nadie. Cuídate Carlos. 

Cerró de un portazo. Acto seguido se sentó en el sofá y con los brazos rodeando sus piernas, rompió a llorar. Cuando levantó la cabeza recordó lo que había sido de adolescente y comprendió entonces que no quedaba de ella ni el reflejo en el espejo de lo que un día fue. De repente se levantó y con el semblante de un soldado británico empezó a vestirse y salió a la calle. Comprendió que estaba arta de llorar y de compadecerse a sí misma.

Lo primero que hizo al cruzar el umbral del portal de la calle fue respirar hondo y mirar  hacia ambos lados. Llevaba puesto un vestido verde y unos tacones muy altos color beige que llevaban una correa atada al tobillo. Andaba por la calle con libertad y garvo. Estaba cruzando la calle cuando se dió cuenta de que un chico, mas o menos de su edad, que venía de frente la ojeaba de arriba a abajo como si fuese una obra de arte. A pesar de que Sara no estaba delgada ni era alta, le gustaba saber que era atractiva todavía. El llanto se había ido y los malos recuerdos también. Lo primero que compró con todo lo que había ahorrado fue pintura de color blanco, para tres de las paredes del salón y pintura fucsia para la que quedaba restante. Después compró azulejos para el baño, pues al rascarse recordó el accidente que había tenido años atrás y un televisor para el salón. Mientras estaba comprando cacerolas y utensilios para la cocina recordó que Esteban siempre andaba metido en la cocina experimentando con la comida y que hiciera lo que hiciese todo lo que sacaba en sus manos estaba bueno, ella nunca llegaría a cocinar como él, entonces sonrió para sí misma y se dijo que su vida ya estaba un poco más completa de lo que había estado antes. 

 

 

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Soy estudiante. Me gusta viajar, los idiomas y la música rock. Escribiendo estos relatos mi intención es desahogarme y mejorar mi técnica de escritura.

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