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5 min
Los perdedores. Emma
Drama |
14.05.13
  • 5
  • 1
  • 1973
Sinopsis

Hace cinco años Emma tenía una vida repleta de amistad. Pero un día se torció cuando explotó de rabia creyendo que nadie la escuchaba y menos su mejor amiga, Sara, que se había hecho confidente de Carlos, su novio desde siempre. Insegura y desprotegida, Emma presenció el final de la amistad del grupo y en vez de pedir perdón y salvarlo hizo caso a su orgullo y decidió callar y sonreír ante su destrucción. Ella se coronaba reina y vencedora de los ganadores en sus sueños pero perdió más que nadie. Todos serían perdedores de algo, eso estaba claro, pero la que más salió perdiendo fue ella. Un grupo de cinco amigos ven la vida desde cinco edades distintas y todos perdieron algo aunque solo fuesen a ellos mismos y su amistad entre ambos.

Peinaba sus rizos negros una mañana tibia de mayo. Se había despertado entre sábanas frías. Sin él. Vestía un pantalón de pijama verde y una camiseta de manga corta que le estaba grande y no le pertenecía. Estaba preocupada, como siempre. Volvía a estar enfadada, como siempre. Se asomó a la ventana del piso que compartían en Almería. No vio el coche aparcado. No le vio a él. Pero de repente sonó el teléfono que había en la mesilla del recibidor. 

-¿Si? - Su voz sonaba dudosa- ¿Cuántas veces te he dicho que cuando te vayas, dondequiera que lo hagas, me despiertes? ¿Es que no te das cuenta de que la que se preocupa de los dos soy yo? -Su voz entonces ya empezaba a sonar violenta- Es que no te das cuenta de que si te pasa algo yo me muero y como eres tonto del culo, no te das cuenta tampoco de los problemas que tengo y lo que me pasa.

Llevaban peleando nueve años. Pero el amor que los retenía era mucho más fuerte. Bueno era eso o el deseo de ella por cambiar la mentalidad de un hombre de cuarenta años, de ojos azules y piel clara. A ella le gustaba estar con él pero a veces la ponía nerviosa. Una vez estaban tan enfadados el uno con el otro que hasta empezaron a pegarse como niños pequeños. Pero una fuerza más poderosa los separó y los hizo entrar en razón. Sara. Aquel nombre le producía escalofríos. Cada vez que pensaba en ella le venía su sonrisa y las largas conversaciones que mantenía con ella cuando algo en su vida iba mal. Pero entonces sacudió la cabeza, como si así pudiese borrar su recuerdo por unos minutos. Corrió hacía el baño y lo primero que se le vino a la cabeza fue preguntarse cómo había llegado donde estaba. Hace cinco años vivía en un piso compartido con un chico con el que no se llevaba muy bien. Fran era un chico moreno de pelo rizado no más alto que ella, y ella media uno cincuenta y tres. Tenía gustos extravagantes que no armonizaban en nada con los de ella. Emma se decía que era rara. Le gustaba el fútbol, Dragon Ball, leer y cantar, aunque lo hacía fatal. Sin embargo pintar se le daba bien pero no le gustaba. Estudiaba por aquel entonces un grado medio en un instituto que quedaba cerca del piso donde vivía, pero lo había dejado todo cinco años después para irse a vivir con Carlos a un piso compartido en Almería, que era donde vivía Ada, otra de sus mejores amigas, con su novio, José. Después de lo que había pasado con Sara tenía que cambiar de aires y de clima. El grado que estudiaba no le proporcionaría muchas salidas, además ella solo quería casarse y tener hijos con Carlos, después de conocerle comprendió que había nacido únicamente para eso, para nada más, aunque se llevasen once años.

El piso en el que vivían rozaba los límites de la realidad. Era pequeño de apenas dos dormitorios, un baño, una cocina y un salón. El sueldo de ambos no daba para más. Pero en contra posición a esto, el piso estaba bien iluminado, no tenía ni terraza ni balcón como el de Sara pero estaba bien. Las paredes del salón eran verdes, las de un dormitorio moradas y las del otro azules. Era un piso bastante colorido de no haber sido por los azulejos de la cocina que eran marrones verdosos y por la pintura del baño que se caía a pedazos debido a la humedad que había. Las baldosas eran de color beige. Emma todavía recordaba el día en que entraron por primera vez en la casa. Carlos y ella desenfrenados por el dolor y el descontrol que les había causado su ardiente falta de sexo en quince días, hacían el amor como una pareja de lobos hambrientos de carne pecaminosa. Emma con ese recuerdo en mente encendió la ducha. Otra vez se había vuelto a estropear. Corrió hacia el rellano y por la escalera y a gritos llamó a Desiderio, el portero y conserje del bloque de pisos donde vivía. Le recibió envuelta en una bata naranja que le llegaba a mitad de muslo. Se sentía poderosa con aquel batín. El conserje que arreglaba la ducha no pintaba más de los cuarenta, sin embargo su pelo estaba teñido con algunas canas lo que provocó que Emma pensara que era porque tenía hijos. Hijos. Emma soñaba con eso todos los días. Bajo la ducha, haciendo la manicura a alguna clienta que la aburría con sus historias de divorcios o simplemente hablando con Carlos. Iba a meterse en la ducha cuando se oyó el ruido de unas llaves que abrían la puerta.

-Cariño estoy en casa. Dice Pedro, mi compañero de trabajo, el chapista, que quiere llevarse a Rocío a ver Toledo el fin de semana que viene no al otro.

Al no obtener contestación y oír solo el ruido del agua caer en la ducha comprendió que había vuelto a pasar. Miró el reloj. Se había retrasado media hora. Lo supo al instante, otra vez enfadada. Nunca sabía cuánto durarían. Su última guerra duraba ya cinco años y no era con él. A saber cuánto duraría la suya.

 

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Soy estudiante. Me gusta viajar, los idiomas y la música rock. Escribiendo estos relatos mi intención es desahogarme y mejorar mi técnica de escritura.

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