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8 min
Los Premios de Uriel
Suspense |
29.10.19
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Sinopsis

El Centro se encuentra bajo el cobijo del misterio y la sangre.

18 de mayo de 2008, 18:32 horas.

Centro de Investigación Tecnológico y Biológico, en algún lugar de México.

 

 

Laura, quien concentrada en un cuadernillo y anotando sus observaciones sobre una prueba de ADN, realizaba su investigación. Hasta que fue desconcentrada por Pedro, el asistente del director del Centro.

 

  • Doc., la solicita el doctor Linares. Dice que es urgente.
  • Créame, - puntualizó, aun escribiendo en su cuadernillo, - no hay nada más importante para una científica que su mismo experimento.
  • Mire, solo soy el secretario de Uriel, no su vocero – se quejó, molesto.
  • Está bien, ‘Godínez’ – respondió, despectiva – iré en un momento. Pero dígale que no quiero ver condones tirados en su oficina o daré por cancelada la reunión.

 

Pedro, extrañado, solo asintió y cerró la puerta del laboratorio de Laura. La mujer, quien tenía un doctorado y una maestría en la Universidad Nacional, tenía habilidades interpersonales excepcionales; esa agilidad cognitiva y premonición, (sobre una base científica), le sirvieron para recibir méritos del Centro de Investigación durante unos 6 años. No estaba casada y no tenía hijos; ella solía decir que no tenía tiempo para ‘maridos machistas’ y para ‘niños mimados’. Lo suyo era la ciencia.

 

Le dedicó buena parte de su vida a la investigación y a las metodologías que científicos, (mujeres y hombres por igual), habían logrado al paso del tiempo. No era la típica feminista que se ofendía por el simple hecho de que los hombres tengan más éxito que las mujeres; ella estaba decidida a la superación personal que a demostrarle al mundo de que las mujeres tenían un papel ejemplar, (y claro que lo tenían).

 

Cuando obtuvo los resultados y anotó las ultimas observaciones, guardó con esmero sus instrumentos y sus materiales. Tenía cierta metodología para clasificar y alfabetizar sus pertenencias, (inclusive, su ropa estaba clasificada por talla, color y fecha de compra, siendo casi una obsesión de orden). No solía prestar sus cosas, pero no era por el simple egoísmo científico en sí; simplemente era una desconfianza que originaron sus compañeros de trabajo de la escuela, (tanto como profesora como estudiante). A decir verdad, subjetivamente, podría tratarse de ese simple egoísmo que caracteriza a la humanidad.

 

Cuando su laboratorio estaba ordenado, salió, dando un último vistazo al mismo, al encuentro con su poco ortodoxo jefe del Centro. Algo curioso la dejo desconcertada: no había científicos en el pasillo. Es poco relevante decir, que la ciencia no coincide con la teología en lo absoluto. Pero, Laura ya había experimentado sucesos extraños en su campo. Creer en lo inexistente es una ironía que hace a la ciencia mojar los pantalones y cagarse de la risa.

 

El silencio dominaba el pasillo; los focos de luz empezaban a parpadear, prediciendo el fin de sus mismas existencias.

‘Que estupidez’ – pensó Laura.

El semblante le cambió cuando, desde uno de los laboratorios se escuchó un seco alarido. La mujer, sin pensarlo dos veces, se dirigió al origen de ese grito de auxilio.

 

Al llegar al Laboratorio 5, pateó la puerta y sacó una pistola, (aparte de científica, tenía cierta apariencia de una agente de seguridad). Estaba oscuro.

 

Trató de buscar el interruptor, palpando en la pared. Al encontrarlo, lo accionó y ocurrió:

 

  • ¡Buuuh!

 

Laura disparó; era un milagro.

 

  • ¡Hey! – exclamó horrorizado, Luis - ¡¿Estás demente, Laura?!
  • Eres un imbécil, Luis – maldijo la mujer a su ‘simpático’ compañero – Es una lástima que haya fallado – se lamentó después.
  • ¡Oye! – la encaró, ofendido.

 

Laura esbozó una sonrisa maliciosa, pero así era el trato entre los científicos de ese único Centro.

 

  • ¿No sabes por qué este Centro parece un cementerio? – cuestionó la doctora a su compañero.
  • No tengo puta idea – le respondió, enfadado – podrían estar lamiéndole los testículos al doctor Uriel y yo aun no tendría idea de lo que sucede a mi alrededor.
  • Eres todo un estúpido, Luis.
  • ¡Jódete!

 

Laura salió del laboratorio, pero eso no disipó las dudas. A decir verdad, alguien, (o todos), deberían haber escuchado el disparo de la pistola de Laura. Pero no había nadie en el pasillo; parecía no haber nadie aquel día.

 

Se dirigió al final del pasillo de laboratorios hasta llegar a la escalera que la guiaba al segundo piso. Tomó el barandal, sintiendo el frío metálico del soporte en su palma.

Las luces del segundo piso estaban apagadas. Se quedó estática y pensativa unos instantes; la sombría oscuridad parecía formar siluetas menos opacas y eso comenzó a sugestionarla. Era una contradicción que una científica experimentara con tales sucesos.

El interruptor se situaba en la parte derecha de la puerta doble y lo accionó. Los foquitos parpadearon, lo cual motivó a Laura a exclamar:

 

  • Uriel, ¿qué haces con todo el dinero que te dan?, - pensó un poco y después afirmó – Claro, las prostitutas.

 

Las puertas de los laboratorios parecían estar apagados; podría decirse que nadie asistió aquel día. Laura se asomó por las pequeñas ventanas de las puertas para poder divisar algo.

 

No había nada, y eso no la calmaba en lo absoluto.

 

Subió al último piso: donde se encontraban las oficinas de los directivos del Centro. Todo parecía la genérica situación de una película de terror ochentera o inclusive del siglo XXI.

 

El cuerpo de Laura se enfrió unos grados, pero el miedo la mantenía a una temperatura estable. Sus dedos comenzaban a entumecerse y decidió quitarse el listón que sostenía su cabello. A decir verdad, Laura era una mujer bella: su pelo color café y sus ojos negros le habían proporcionado una cantidad decente de hombres. Se mantenía saludable y no se obsesionaba con su físico, tenía una figura perfecta.

 

Prosiguió a investigar las oficinas: solo una parecía tener a un inquilino y era la del director Uriel. Para su suerte, aún mantenía su pistola en el bolsillo.

 

Tomó la perilla lentamente, mientras su corazón palpitaba más rápido. Abrió la puerta y encontró al doctor Uriel realizando anotaciones en su bitácora de actividades.

 

  • ¿Qué está sucediendo, Uriel? – cuestionó al líder del Centro.
  • Simple, Laura. Renunciaron.
  • Es una coincidencia que TODO el maldito personal haya renunciado hoy mismo – reprendió a Uriel, quien lo miraba atentamente.
  • Mire, hay cosas más turbias en las que estoy metido. Si quiere, renuncie usted también. Y avísele a su amigo que también lo espero con su renuncia.
  • Es usted un imbécil – sentenció Laura, mientras le daba la espalda y decidió salir de la oficina.
  • Es un placer servirle, Laura – respondió Uriel, quien después de ver a Laura cerrar la puerta de su oficina, prosiguió con su bitácora.

 

Por la noche, Uriel había terminado la bitácora del día y acomodó con esmero su oficina: sus libros estaban en una esquina del escritorio, formados en una fila de abajo hacia arriba.

 

Sus lapiceros estaban a la derecha e izquierda de su bitácora y tenía un pequeño cesto de basura debajo del escritorio. Se preparó un café y observó por un momento el paisaje de la ciudad por la ventana.

 

Esbozó una maliciosa sonrisa y, a paso ligero, se lanzó sobre el cajón de su escritorio. Su revolver fue la mejor opción para eliminar a traidores y soplones del Centro. Lo admiró unos instantes y cerró nuevamente el cajón; la aseguró con una pequeña llave y se dirigió al compartimiento secreto que tenía tras el librero.

 

Cuando tomó la perilla, su temperatura se elevó y el frenesí se agudizó una vez más: abrió la puerta y ahí estaban sus premios. 39 cadáveres, (incluyendo a su asistente), colgados del cuello y con una marca en la sien de sus cabezas, amordazados de las manos y pies. Uriel, con una mirada profundamente psicótica observó sus premios y, como si de una bomba nuclear explotando en su cabeza se tratase, su sed de sangre lo tomó una vez más.

 

El personal del Centro era un obstáculo para sus planes, y estaba dispuesto a deshacerse de quien se atravesase en su camino.

 

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