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7 min
Los Premios de Uriel II - El despegue sin retorno
Suspense |
31.10.19
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Sinopsis

El camino de sangre está a punto de terminarse, no sin antes atar algunos cabos sueltos.

24 de mayo de 2008, 07:00 horas.

Sureste de Chiapas, México.

 

El viaje en avión le daba cierta bonanza a Pedro, quien ya merecía un fin de semana alejado de los trabajos científicos que tanto mermaban su energía física y emocional.

 

Revisaba un folleto de una aerolínea que, en conjunto con una operadora turística, le ofrecía un paquete más que atractivo. Se acomodaba continuamente en su asiento, debido a que era de aquellas personas que no podían tener el trasero en un mismo sitio por horas.

Dejó el folleto en el apoyabrazos y ajustó el asiento para acostarse, sin fastidiar al pasajero detrás de él.

 

El vuelo tenía 41 pasajeros, quienes ya esperaban el aterrizaje en las playas chiapanecas. Los asientos eran cómodos y no presentaban rasgaduras; el pasillo de los pasajeros estaba impecable y las azafatas brindaban un excelente servicio. Para ingenuidad de muchos, había desde empresarios corruptos hasta líderes de Cárteles del crimen organizado; pero se mostraban serenos y no tenían la menor intención de lastimar a nadie, (a menos de que se tratase de un miembro de un Cartel enemigo o de un político que ‘soltó la lengua’).

 

Mientras observaba los campos chiapanecos, Pedro recordó aquella conversación con Uriel, unos días antes.

 

 

19 de mayo de 2008.

Centro de Investigación Tecnológico y Biológico, en algún lugar de México.

 

  • ¿Cómo demonios todo el personal renunció ayer? – señaló Pedro, confuso de tal suceso – Es evidente que algo no anda bien como para que todo el maldito personal se haya ido sin más del Centro.
  • Mira, Pedro – respondió cortésmente Uriel – Sé que la situación no va bien. El maldito gobierno parece importarle una mierda los avances científicos; y créeme que yo nada puedo hacer ante eso – mintió.
  • Ni crea que haré el trabajo de los 38 científicos del Centro; Laura es una gran mujer en su campo, pero ella tampoco aceptará tal encomienda – se quedó pensativo unos momentos y rectificó – Sí, claro que lo haría, pero eso no quiere decir que yo quiera permitirlo.
  • ¿Sabe qué? Tómese la semana libre y veremos si para esos días tengo personal.
  • No me diga estupideces, Uriel. Sabe que mucha gente confía en nuestros avances; no debemos tomar a la ligera nuestra profesión.
  • Mire, Pedro. No tengo que estar dando malditas explicaciones con usted. Acéptelo o déjelo, decida.

Pedro, molesto y pensativo, refunfuño:

  • Está bien. Me tomaré los días libres, pero más vale que haya científicos disponibles. De lo contrario y con todo el dolor de mi corazón, dejaré a Laura sola – nuevamente rectificó – No, peor para usted; disuadiré a Laura para irnos los dos de este Centro, ¿entendió?

 

Ante tal amenaza, el diplomático semblante de Uriel no desapareció:

 

  • Espero que eso no suceda, Pedro.

 

Después de que Pedro abandonara su oficina, Uriel solo siguió con sus anotaciones en la bitácora, pero dejó salir una pequeña pero perceptible sonrisa para sí mismo.

 

 

 

El avión anunció su aterrizaje; algunos pasajeros despertaron y comenzaron a prepararse para descender. El piloto daba indicaciones y las recibía de la Torre de Control; el copiloto informaba a los pasajeros que no debían quitarse el cinturón de seguridad hasta que el avión haya aterrizado sin ningún contratiempo.

 

El aterrizaje del avión no tuvo contratiempos y prosiguió a bajar las escaleras desplegables, los pasajeros tomaron sus maletines y comenzaron a descender. Para su sorpresa, el equipaje de Pedro no se encontraba en su sitio; el hombre observaba a todos lados, cautelosamente, el paso de los pasajeros durante su paso a la salida. Decidió esperar hasta que todos hubiesen bajado del avión.

 

Cuando Pedro se quedo solo en el pasillo, una azafata se le acercó:

 

  • Señor, ¿busca algo?
  • Sí, señorita. Creo que mi equipaje se extravió, razón por la que le solicitó que me espere unos minutos más mientras lo buscó, por favor.

 

La azafata accedió, y salió del avión. Los pilotos salieron de la cabina y le cuestionaron a Pedro el por qué no ha bajado del avión, a lo cual respondió lo mismo que a la azafata. Los pilotos no se inmutaron y decidieron seguir su descenso.

 

Miró detenidamente los compartimentos donde se colocaban los equipajes; llegó hasta el final del pasillo, cercano al baño. Encontró su equipaje y, antes de tomarlo, notó que había otro equipaje.

 

De entre las cortinas del espacio donde se encontraba el baño, salió una pistola con silenciador y disparó en la sien de Pedro, quien cayó muerto. Con esmero, Uriel tomó el cadáver y lo metió al baño; sentó a Pedro sobre la taza y se desinfectó las manos. En el espejo, Uriel observaba la herida de Pedro, quien aún mantenía una aparatosa hemorragia. Estaba controlado por el placer del poder y de la evidente enfermedad mental que padecía.

 

Uriel sabía que en cualquier momento alguien vendría y su plan se habría ido al precipicio del fracaso. Debía pensar algo antes de que el telón del espectáculo comenzase.

 

La azafata volvió a entrar en el avión, para ver la situación de Pedro y su equipaje; notó que no había nadie en el pasillo, hasta que se percató a alguien salir del baño:

 

  • Disculpe… - dejó salir de sus labios.

 

El hombre no respondió hasta que estuvo lo suficientemente cerca de la mujer. El sospechoso sacó su pistola y, realizando muecas alusivas a que el silencio era su salvación, la mujer no tuvo más remedio que seguir las órdenes del asesino.

 

Unos minutos más tarde, los pilotos de la aeronave llegaron y se dirigieron a la cabina de la aeronave. Se encontraron al sospechoso y a la azafata, amordazada de sus manos y brazos.

 

  • ¡Métanse! – ordenó Uriel a los pilotos.
  • Mire, podemos llegar a…
  • ¡Solo sigan las malditas instrucciones! – interrumpió tajantemente el hombre.
  • Está bien – los pilotos colocaron sus manos en la nuca y tomaron sus respectivos puestos en la cabina.

 

Los pilotos conversaron con la Torre de Control:

 

  • Aquí la unidad 041-B, procedemos a un despegue de emergencia.
  • Aquí Control, ¿cuál es el motivo del despegue urgente?
  • Tenemos a un enfermo que solicitó nuestro apoyo – respondió el piloto, con una pequeña interferencia.
  • Podemos transportarlo en un helicóptero médico del aeropuerto, espere un…
  • Negativo, Control. El enfermo no puede ser trasladado al helicóptero; está muy grave como para moverlo de posición.

 

El hombre a cargo de la Torre de Control accedió y dio el permiso para el despegue del vuelo.

 

En la cabina del avión, la tensión se calmó unos minutos hasta que el piloto cuestionó:

 

  • ¿Por qué hace esto, señor? – preguntó mientras el avión se estabilizaba en el aire.
  • No tengo por qué dar explicaciones – atajó – Siga su curso, yo lo guiaré.
  • Sabe que tenemos influencias en altos puestos, señor – amenazó el copiloto – Se arrepentirá de tal crimen.

 

Sin pensarlo dos veces y desde su lugar, detrás del piloto, disparó en la nuca del copiloto: los pedazos del cerebro se estamparon en el vidrio de la cabina; el piloto se desconcentró un segundo y después retomó el control del avión. El copiloto dejó caer su torso sobre el panel de control y sus brazos colgaron hasta casi tocar el suelo. La azafata, quien sufrió una parálisis a causa del miedo, se desmayó al final.

  • Supongo que el mensaje ha quedado claro, ¿o todavía no, piloto?
  • Ha quedado claro – respondió sin más preámbulos el piloto.

 

 

El avión surcó el cielo chiapaneco, dirigiéndose al Centro de Investigación. Uriel ya planeaba el siguiente paso para capturar a su última víctima. 

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