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17 min
Los Reyes del Universo.
Amor |
15.09.18
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Sinopsis

Grecia amanece con un nuevo emperador. El Imperio Basilénico había perdido a su emperador, Basil, tras una larga lucha contra una extraña enfermedad.
Su familia lo intentó todo, contactaron con todos los curanderos y sanadores de Grecia.
Usaron hierbas, ungüentos, infusiones pero nada le pudo salvar de su fatídico destino.
Tras su muerte su hijo, Karan, fue quién ocupó su lugar.
Karan nunca había querido ser emperador. Disfrutaba de la compañía de su padre, de acompañarle a actos sociales o de las conversaciones que mantenía con él sobre las funciones de un emperador y la importancia de las alianzas.
Karan era un joven con una gran curiosidad por todo.
Todas las conversaciones, todas las preguntas que le hacía a su padre eran por el mero hecho de aprender; disfrutaba más aprendiendo que imaginando que un día debería poner todo aquello en práctica. Él siempre supo que sería emperador algún día, pero siempre imaginó que sería más tarde que pronto. 
No se sentía preparado. No se sentía preparado para ocupar el puesto de su padre.
Basil había conseguido lo imposible. Había conseguido mantener una economía estable para su Imperio, había conseguido ejercer firmemente su poder y establecer alianzas muy importantes.
Pero su mayor logro fue la alianza con el Imperio de Anaxis.
Anax, su emperador, era el más importante de Grecia. Su Imperio había conseguido prosperar durante generaciones; su poder se había fortalecido y sus alianzas eran firmes como una columna de mármol.
Era complicado, por no decir imposible establecer una alianza con el Imperio de Anaxis. 
Anax era un emperador difícil de complacer, se le debía ofrecer grandes ganancias o bienes para establecer una alianza con él.
Basil no pudo ofrecerle nada destacable, ni sus riquezas eran abundantes ni en su Imperio había bienes de gran valor. Pero aún así, consiguió establecer una fuerte alianza con él y es que, para Anax, Basil era un emperador ejemplar.
Le atrajo el modo en el que ejercía su poder, como trataba a sus súbditos y como ellos le veneraban como si fuese un dios. Como el poder que le había sido otorgado hacía temblar a toda Grecia.
Karan estaba preocupado y asustado. No creía poder estar a la altura de su padre, pero aún así, pudo comprender el gran poder que los dioses le habían otorgado y quiso usarlo para beneficiar a todos.
Su padre siempre había usado su poder para su propio beneficio, nunca había pensado en el bienestar de su pueblo, en que con su poder podría ayudar a mucha gente.
Karan no quería ser así, no quería ser tan egoísta como su padre así que comenzó a dejarse ver por el pueblo y los campos. Quería tener una conexión mayor con su pueblo, quería que le tratasen como un igual y no como un superior, él no era ningún dios.
Al principio su presencia fue extraña, todos estaban atemorizados; las únicas veces que su padre se había presentado en el pueblo era por algún acto social o alguna ejecución. Pero con el paso del tiempo, los pueblerinos se acostumbraron a verlo más a menudo por las calles.
Karan estaba consiguiendo lo que quería, estaba usando su poder para marcar la diferencia; para que la gente supiese que no era un simple emperador, que podían contar con él como si de un igual se tratase.
Pero no todo era perfecto, su alianza con el Imperio de Anaxis estaba pendiendo de un hilo: Anax no toleraba el comportamiento de Karan.
— ¡No puede hacer eso! — gritó Anax.
Karan se había reunido con él al saber que quería romper su alianza con su imperio.
— ¿Por qué no? Los dioses nos han bendecido con este poder, debe de haber un motivo.
— ¡Se equivoca! Los dioses no quieren que uséis su poder para ser tratado como un igual, no quieren que su poder sea disfrutado por unos incultos campesinos. Ellos le han elegido por una razón, usted es más importante y superior que el restos de súbditos.
— ¡No! Los dioses quieren que cambie el mundo, que marque la diferencia. Puedo hacer mucho bien dada mi posición, puedo mejorar las cosas. ¿Por qué sino me hubiesen dotado con tal poder?
— Todo es una señal, ellos creen que está preparado para tal responsabilidad. Son inmortales, su poder no tiene límites. Te han creado a su imagen y semejanza, no puede usar su don con simples mortales como sus pueblerinos y granjeros. ¿Por qué cree que su padre falleció? Los dioses lo decidieron, saben que está preparado. Es su momento de actuar como un emperador.
Aquello hizo que Karan estuviese más convencido de que estaba destinado a hacer grandes cosas. Incluso si los dioses habían decidido que era el momento de su padre para marchar era porque sabían que él era especial. Que no era como los demás emperadores, que realmente podía cambiar el mundo.
— ¿Sabe porque me alié con su padre? — preguntó Anax. — Su padre era un emperador ejemplar. Impartía justicia con dureza y firmeza, asumía riesgos y problemas y mantenía sus alianzas incluso cuando resultaba imposible.
Sabía que era alguien superior, algo mayor que los propios dioses... Él era su propio dios.
No puedo permitir que mi imperio se vea afectado por sus insensatas decisiones. Me temo que debo romper mi alianza con su imperio.
Karan no podía permitir aquello. Era uno de los mayores logros (por no decir el único) que su padre había conseguido.
— No, por favor. Su alianza es la más importante que mi padre consiguió durante su periodo como emperador. Sería horrible perderla, una vergüenza para mí.
— Le propongo un trato. — dijo Anax. — Si usted deja de pasear por los sucios y andrajosos rincones de su pueblo, mantendré mi alianza.
Karan estaba entre la espada y la pared. No quería dejar sus visitas al pueblo, no quería perder su integridad. Sí, sería fatídico perder aquella alianza pero no podía permitir convertirse en su padre.
— Lo siento, pero no puedo aceptar. Mi propósito en este mundo, mi sino para los dioses es cambiar el mundo, hacer de mi pueblo un lugar agradable para todos.
Anax frunció el ceño. Karan estaba a un paso de perder lo más importante que su imperio había tenido jamás.
Entonces tuvo una idea: ¿y si podía mantener la alianza y su propósito de cambiar las cosas?
— ¡Espere! Le propongo un trato. — dijo Karan. Anax estaba a punto de desaparecer por el umbral de la puerta.
— Si no conlleva abandonar sus visitas no me interesa.
— Soy conocedor de que su hija aún no se ha desposado. ¿Qué le parece si usted mantiene su alianza y yo me caso con su hija?
Era un trato que Anax no podía rechazar. Su hija, Alysa, era hermosa e inteligente (todo lo inteligente que su padre le permitía ser). 
Su cabellera rubia llegaba hasta sus marcados omóplatos; sus ojos azules eran tan turquesas como el mar y su piel era blanca y tersa.
Una dama, cualquiera querría casarse con ella. Pero el problema no era ella, sino su padre.
Anax era un hombre despiadado, infundía terror allí por donde pasaba. Buscaba el beneficio y la perfección en todo, lo conservador y clásico.
Ningún pretendiente era bueno para él y, por lo tanto, no lo era para su hija.
Pero los rumores comenzaban a volar tan ligeros con una trozo de papel, las calles se llenaban del nombre de Alysa y de su incapacidad de conseguir un marido. De como el paso de los años pensarían en ella y, sobretodo, de lo incompetente que era su padre por no conseguir emparejarla.
Su pueblo estaba comenzando a perder el miedo y el respeto que tenían hacia él. Necesitaba hacer algo.
— De acuerdo. No retiraré mis apoyos. Pero debe prometerme que sus visitas cesarán, no puede permitir que le vean débil o como uno más, perdería autoridad.
Karan aceptó su petición. Podría seguir visitando a los campesinos (aunque no tan frecuentemente como antes) y mantener su alianza.
Todo parecía ir bien. Los preparativos de su boda con Alysa estaban casi terminados, tenía una conexión mayor con su pueblo y sus alianzas eran más fuertes que nunca.
Un día, en una de sus visitas, decidió desviarse a los campos. No había pasado mucho tiempo allí, siempre se había quedado en el pueblo.
Una vez allí pudo observar pequeñas aldeas y grandes campos verdes. Huertos, animales y cabañas.
El olor a leña y a pino inundaba el ambiente.
Fue visitando cada cabaña, no eran demasiadas, hasta que llegó a la última. Una joven de pelo color fuego y ojos tan verdes como el paisaje le abrió la puerta. Ella se quedó atónita. Él vio la mujer más hermosa del universo.
Más hermosa que su prometida.
Más hermosa que Afrodita.
No pudo evitarlo, con solo mirar a esos profundos ojos verdes rodeados de insignificantes pecas se enamoró pérdidamente.
La muchacha se presentó con una partida reverencia. 
Karan no quería de eso y mucho menos de ella.
— Por favor, incorporate. No es necesaria una reverencia.
Se irguió con rapidez y sonrió tímidamente. Karan le devolvió la sonrisa y por un momento, un microsegundo, sus miradas se encontraron y está vez fue ella quién se enamoró de él.
— ¿Cuál es tu nombre? — preguntó Karan.
— Adhara, señor. — respondió avergonzada. Su mirada estaba clavada en el suelo.
Adhara. "La más hermosa". Su voz era dulce y cercana. La más cálida que Karan había escuchado en mucho tiempo.
— Por favor, llámame Karan.
— No puedo hacer eso, usted es el emperador.
— Por favor, Adhara, llámame Karan.
Karan le sonrió y Adhara asintió, devolviéndole la sonrisa.
Aquella visita fue la primera de muchas. Karan disfrutaba ayudando a su pueblo, entablando nuevas amistades y ganándose la confianza de los campesinos; pero su parte favorita del día era visitar a Adhara.
No habían podido conversar demasiado, los padres de Adhara estaban siempre presentes durante las visitas pero con solo mirarse sus ojos gritaban aquello que que sus labios callaban.
De vez en cuando sus pieles se rozaban, puede que por accidente o casualidad. Se producía un roce imperceptible, prácticamente intangible que provocaba que un chispazo recorriese sus venas.
Karan no podía esperar más, necesitaba tocarla de verdad. Saber cómo de suave era su piel, como su voz se escuchaba cuando no susurraba, como era cuando no solo se limitaba a asentir y sonreír. Necesitaba ver más de ella.
Karan sentía que sus almas estaban conectadas de algún modo, que los dioses les habían unido con un fino hilo que nunca podría romperse por mucho que lo intentasen.
No dudaba en ningún momento que aquello que sentía por Adhara era amor. La quería como nunca había querido a nadie y eso le quemaba.
Le dolía pensar que, de algún modo, le estaba siendo infiel a Alysa. Su corazón no le correspondía a ella pero había hecho una promesa y no podía romperla.
Tenía miedo. Miedo de no saber que sucedería si esa promesa de partía en dos, miedo de que su imperio cayese, de que todas las miradas, visitas y roces con Adhara pudieran poner su vida en peligro. 
Sentía miedo de los dioses, de que su ira cayese sobre él.
Pero no podía evitarlo, quería Adhara. La quería hasta morir.
Un día, en una de sus visitas, guardó en las manos de Adhara un trozo de papel. Lo hizo cuando nadie miraba, en uno de esos momentos fugaces en los que sus miradas hablan por ellos.
En el papel citaba a Adhara en el puente del río que se situaba en el bosque.
Aquella noche ambos se escabulleron y se encontraron en el puente a la hora acordada.
En la penumbra se abrazaron y sonrieron. No podían ver sus rostros con claridad pero sus ojos aún sabían cómo encontrarse.
Decidieron ir a la orilla del río y sentarse, uno al lado del otro, tan juntos que parecían uno.
Estuvieron toda la noche contemplando las estrellas, admirando el brillar de ellas y la majestuosidad de la Vía Láctea.
Disfrutaron de aquella noche como si fuese la última. En aquel momento la ira de los dioses no importaba. No importaba si el cielo se caía o las estrellas explotaban, si la luna se rompía y la noche se partía en pequeños cristales. 
Nada importaba, solo estaban ellos frente al mundo.
Después de horas y horas conversando, escuchando sus voces y empapándose de ellas; después de escuchar a Karan contar mitos e historias de los planetas y estrellas, de escuchar a Adhara hablar de su vida y su infancia, después de compartir tanto hasta el punto de quedarse vacíos, un inmenso silencio inundó el bosque.
Solo se escuchaba el ruido de los grillos, las luciérnagas brillar junto a las estrellas.
Sus miradas volvieron a encontrarse en la oscuridad, como dos puntos brillantes; sus bocas dibujaron las sonrisas más sinceras de la historia y sus voces llenaron aquellos espacios silenciosos con un "te quiero".
Poco a poco se fueron aproximando hasta que sus labios se encontraron. De ellos emanó una luz dorada que iluminaba todo el bosque y cegaba a las estrellas. Se besaron como si el mundo fuese a acabar de un momento a otro, como si cada bocanada de aire que cogían entre beso y beso fuesen las últimas de su existencia.
Y por un momento fueron eternos, infinitos, intangibles. Invencibles.
— Te seguiría al fin del mundo. — susurró Adhara.
— Estaré contigo hasta el fin del mundo. — susurró Karan.
Sus frentes estaban pegadas, sus manos posadas en el rostro de Adhara. Por un momento quiso creer aquello que dijo.
Por un momento quiso ir con ella hasta el fin del mundo.
Pasaron los días, Karan seguía con su rutina y su compromiso con Alysa estaba a cada vez más cerca. No había día en que no pensase en cancelar todo y huir con Adhara, ni un solo día.
Una mañana, antes de partir hacia el pueblo, recibió la citación de una ejecución. Una mujer lujuriosa, adúltera. La ira de los dioses debía caer sobre ella.
Una mujer de pelo color fuego y ojos verdes. 
Una mujer con pecas intangibles.
Adhara.
El mundo de Karan se derrumbó. Aquello no era posible, no era real. Había sido muy cauteloso con sus visitas en casa de Adhara. Su cita con ella había sido en un lugar apartado.
¿Qué había podido salir mal?
"Todo esto es culpa mía" se repetía una y otra vez.
Lo último que quería era poner a Adhara en peligro, lo último que quería era perder lo único bueno que el mundo le había regalado.
"¡¿Por qué me hacéis esto?!" le preguntó a los dioses. ¿No podía tenerlo todo?
¿No podía ejercer su poder junto a la mujer que amaba?
Los dioses eran caprichosos, igual de inciertos que el destino.
Trató de descubrir quién había denunciado a Adhara. Interrogó a cada guardia y sirviente que trabajaba en su templo.
Nadie sabía nada.
Pensó que quizá podría ser obra de algún imperio enemigo que quisiera destruirle; o de Alysa, quién podría haber descubierto su infidelidad.
No descansó hasta averiguar quién había sido. Mandó a sus guerreros a investigar, a interrogar a cualquiera que le resultase sospechoso y a ser cruel si era necesario.
Ya no quería cambiar el mundo, no había mundo si Adhara no estaba en él.
Después de días interrogando al pueblo, llegó el día de la ejecución: Adhara había sido condenada a ser lapidada en la plaza. Aquel día, los guerreros volvieron con información: un sirviente del templo de Anax había sido pagado para seguir los pasos de Karan.
Todo había sido obra de Anax.
Karan no dudó en reunirse con él.
— ¡¿Cómo ha podido hacer eso?! Pagar a un sirviente para seguir mi rastro como si de un perro se tratase. ¡Cobrarse la vida de una inocente!
— Esa mujer no es inocente. Es adúltera y lujuriosa. No cumple con su papel en la sociedad, se ha desviado de su camino y la furia de los dioses debe caer sobre ella.
Karan no articulaba palabra. Lo único que quería era hacerle daño a Anax, quería hacerle sentir el dolor que el sentía.
— Se lo advertí.— prosiguió Anax. — Le advertí de los peligros y las consecuencias de sus acciones. No ha usado bien su poder, no ha sido responsable. Esto no es culpa mía, sino suya. Los dioses le están haciendo pagar por su error.
Y por mucho que le doliese, le quemase y le matase, tenía que darle la razón a Anax: todo era culpa suya.
Adhara falleció aquella mañana. Karan tuvo que asistir a la lapidación por ser el emperador. No vio su rostro, lo habían tapado con un saco y, en cierto modo, lo prefería así.
Si hubiese visto sus ojos una vez más, su rostro una vez más, no hubiese podido soportarlo.
Intentó recomponerse durante el día, eliminar la nube negra de su cabeza, el sentimiento de culpa, pero no pudo.
No había minuto ni segundo en el que su cabeza no repitiese una y otra vez "es culpa tuya".
No podía vivir con aquello. No podía soportar aquel dolor.
No quería vivir en un mundo donde ella no estuviese.
Karan no tardó en pensarlo y tomó la decisión. Aquella noche se escapó y fue al puente del río, donde se reunió con Adhara a solas por primera vez.
Donde la tocó por primera vez, la besó por primera vez y la conoció para siempre.
Donde hizo una promesa que nunca podría cumplir... Hasta ahora.
Se subió al borde del puente, miró a las estrellas con lágrimas en los ojos. La noche estaba más oscura de lo normal, era la noche más oscura del año.
Cerró los ojos mientras las lágrimas corría por sus mejillas y susurró "hasta el fin del mundo". Entonces fue cuando su cuerpo pasó a volar como una hoja, a pesar como una pluma y a disolverse en el agua.
Su alma ascendió al Olimpo, que fue encontrada por Afrodita.
Ella era conocedora del sufrimiento que Karan guardaba al perder a su amada.
Era consciente del sufrimiento que Adhara guardaba al perder a Karan. Sabía que lo que sentían el uno por el otro era real y verdadero, tanto que podía palparse.
Por ello, se apiadó de sus almas y decidió juntarlas para que pudiesen estar juntas siempre.
Para ello necesitó la ayuda de Astrea, diosa de las estrellas.
Ésta transformó las almas de Adhara y Karan en estrellas.
El alma de Adhara se convirtió en la estrella que más brillaba en el cielo nocturno y el alma de Karan se convirtió en la estrella más brillante de la Vía Láctea, convirtiendo a ambos en los Reyes del Universo.
Así cada noche Karan pudo cumplir su promesa. Uno al lado del otro, parpadeando y brillando, hasta el fin del mundo.

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