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11 min
Los trazados de Saturno
Terror |
16.01.14
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Sinopsis

Hace unos meses visité el Museo del Prado y, de entre todas las obras de arte, hubo una que me llamó bastante la atención. Este relato está inspirado en lo que me transmitió aquel cuadro que, incluso meses después, me sigue conmoviendo.

Luis se plantó delante del siguiente cuadro. Desde que había entrado en la sala se había sentido atraído por él. Ahora que podía verlo de cerca, resultaba aún más aterrador. Elisa le pasó el brazo por la cintura suavemente, para que continuara andando a su lado.

     – Sigue tú, ahora te alcanzo – Afirmó, sin apartar la vista del cuadro. Elisa asintió con la cabeza, aunque él no se percató, y continuó caminando a lo largo del profundo pasillo mirando a un lado y a otro, sin prestar mayor atención. Curiosamente, la idea de haber ido aquél día al museo había sido de ella. Pero su concepto de arte distaba mucho de la del visitante estándar de un museo.

Luis permanecía absorto ante la pintura, sumido en una especie de trance que lo evadía del entorno que le rodeaba. Las conversaciones de los demás visitantes le llegaban de fondo, como ecos lejanos. La intensa luz que reinaba en la sala parecía haberse atenuado hasta quedar reducida a un pequeño halo que envolvía el marco dorado del fresco. Estaba sorprendido por la atracción que le producía aquel cuadro. No es que no le gustaran los museos, de hecho no era el primero al que iba, aunque sí al primero que iba con su pareja. Pero era de los que se reía de la gente que se la daba de entendida y hablaba durante demasiado tiempo sobre una pintura que consistía básicamente en cuatro manchurrones de colores. En cambio, se encontraba ante algo diferente a todo lo demás. Y no eran la belleza y la perfección lo que destacaba, sino todo lo contrario. Deformidad y oscuridad. Y sobre todo esos ojos…

 

Elisa continuaba caminando, saliendo y entrando de una sala a otra, sin encontrar nada que le llamara la atención. Ahora que lo pensaba, casi se maldecía por la idea que había tenido. Hubiera sido mejor haber hecho una escapada al campo o ir al cine. Incluso ir a casa de sus suegros era mejor que aquello. Al menos allí le prepararían una buena comida. De repente, le entró un hambre voraz. Se maldijo de nuevo.

 

Pese a la aparente sencillez a simple vista de la pintura, Luis creía encontrar detalles nuevos cada vez que volvía a repasar el trazado. En principio, solo había dos figuras sobre un fondo negro. Pero esa negrura escondía algo y si se acercaba, casi era capaz de discernir otras formas. La desnudez de ambos personajes le incomodaba, no por pudor, sino porque le transmitía una sensación extraña, como de vulnerabilidad. Era como si al mirar aquellos ojos malévolos, la ropa comenzara a desprenderse de su propio cuerpo. Podría incluso desnudarse él mismo, si esos ojos se lo pedían. Sintió un escalofrío y dio un leve respingo, suficiente como para que algunas de las personas que se encontraban alrededor lo miraran extrañados. Claro que él no se dio cuenta. Volvió a centrarse en la pintura, con el ceño fruncido. Algo lo había asustado. Había parecido que…pero no, era absurdo pensar tal cosa. ¿Cómo era posible haber creído que aquellos ojos se habían movido para mirarle directamente? <<No Luis, no. Tu mente te ha jugado una mala pasada>>.

Y, sin embargo… ¿no parecía que aquella figura estuviera abriendo la boca? << ¡Dios mío, sí que se está moviendo! ¡Y me mira!>>. Aquello, que parecía más algún tipo de engendro monstruoso que una persona, mordisqueaba un cuerpo humano, al que le faltaba la cabeza. La sangre brotaba a borbotones y se deslizaba pegajosa por el cuerpo de la víctima. Pese al terror y la repugnancia que le producía tal escena, Luis no podía apartar la mirada. Era como si tuviera el poder de atraerlo hacia sí. De hecho, sin darse cuenta, cada vez estaba más cerca del cuadro.

 

Los visitantes comenzaban a agolparse alrededor de Luis, extrañados por el insólito comportamiento del hombre. Uno de ellos fue en busca de algún vigilante, temiendo que se tratara de un loco que quisiera dañar tan grandiosa obra de arte. Pero cuando llegaron de nuevo a la escena, Luis ya había desaparecido.

 

Elisa empezó a hacerse un hueco entre la multitud. La gente hablaba muy alto y sus voces resonaban entre los muros casi huecos, creando un efecto ensordecedor. Algunos gritaban, pero era casi imposible entender lo que decían. Algo sobre Saturno. Algo sobre un tal Goya. Continuó avanzando con dificultad, aprovechando cualquier recoveco que veía. Podía distinguir una zona despejada un poco más adelante. ¿Qué estaba pasando? No tardaría mucho en averiguarlo.

Un grupo de vigilantes había colocado un cerco alrededor de un cuadro y a nadie se le permitía cruzar el límite. Uno de ellos parecía estar estudiando con detenimiento aquel cuadro. Y cuando Elisa vio de cuál se trataba, pegó un grito. Era el mismo en el que Luis se había parado. Solo que él ya no estaba.

 

Luis miró a su alrededor e intentó discernir algo entre la oscuridad. Estaba completamente confuso y aterrado. ¿Qué había ocurrido? Lo último que recordaba era acercarse al cuadro, mientras observaba con espanto como en el rostro de aquel ser empezaba a formarse una sonrisa malévola. Y entonces, aquel destello, como si una cámara de fotos gigante hubiese lanzado un flash cegador. A parte de eso, nada más. ¿Pero cómo había llegado a aquél lugar? ¿Y dónde estaba exactamente? Era un lugar tremendamente oscuro y olía a putrefacción. Luis recordó por un instante el repugnante olor que había tenido que soportar al encontrar a su pobre gato muerto en su casa tras llegar de un viaje. Pues en aquel lugar olía a algo parecido. Instintivamente se llevó una mano a la boca para intentar retener una arcada, lo que no consiguió.

Sus oídos se activaron cuando un fuerte estruendo resonó en algún lugar próximo a él. Guiado por ellos, se giró sobre sí mismo intentando atisbar algo. Había sido como un crujir de huesos, pero bastante más fuerte. Comenzó a moverse arrastrando los pies, totalmente a ciegas, hacia donde él creía que estaba la fuente. No debía de haberse equivocado, puesto que el sonido se hacía cada vez más intenso conforme avanzaba. Otros sonidos, más débiles, como de fondo, envolvían el lugar. Más adelante, quizás un poco a su izquierda, podía percibir unas gotas (¿de agua?) golpeando el suelo. No muy lejos de allí, unos suspiros roncos acompasados. Y mucho más lejos, casi imperceptibles, gritos inhumanos.

Luis aceleró sus pasos cuando comenzó a divisar una especie de esfera blanquecina que, si bien no tenía ni idea de lo que era, al menos emanaba algo de luz. Y luz era precisamente lo que necesitaba. Nunca hubiera imaginado que la oscuridad le provocara tanto temor. Pero estaba verdaderamente asustado. Justo cuando casi creía poder tocar aquella cosa esférica, el suelo comenzó a temblar de manera brusca, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo. Un suelo terriblemente frío y húmedo. Al instante, algo bajo tierra empezó a moverse. La esfera se alzó en el aire y junto a ella, otra exactamente igual la imitaba. Luis descubrió entonces que aquello no eran esferas, sino ojos. Los ojos del engendro de la pintura. Ahora todo estaba claro: estaba dentro del cuadro.

Aquella cosa iba aumentando de tamaño conforme salía del suelo rocoso. Sus facciones eran aún más repugnantes que las que, tan sólo varios minutos antes, había estado observando en la pintura. Una boca inmensa, plagada de dientes afilados y retorcidos, se abría para dejar salir unos chillidos atronadores y un aliento pútrido de descomposición. Su cuerpo era como un gigantesco trozo de carne inmunda y deforme, bajo la que se podía apreciar un esqueleto casi humano. Con una mano sostenía un resto de cadáver, seguramente el que había estado mordisqueando minutos antes. Pero al ver a Luis, tiró el cuerpo y se abalanzó sobre él.

Luis retrocedió y comenzó a correr en dirección contraria lo más rápido que pudo. Sin embargo, en aquel lugar todo parecía ir a una velocidad distinta y sus piernas se movían como a cámara lenta. Echó una rápida mirada hacia atrás y vio horrorizado como aquella cosa se había puesto a cuatro patas y lo perseguía, sediento de sangre. Ahora todo volvía a estar oscuro. Corría hacia ninguna parte, temiendo que llegara al final de aquel lugar y chocara con algún muro. El golpe sería tan fuerte que lo dejaría medio inconsciente, convirtiéndolo en presa fácil. Claro que otra opción era que en lugar de muro hubiera un precipicio.

A su alrededor habían empezado a surgir unas risas perversas que parecían ser de niños. <<Todos se ríen de mí, porque saben que haga lo que haga, él me atrapará>>.

De repente, un leve resplandor anaranjado apareció al fondo. No lo dudó un instante y se dirigió hacia allí, pensando que era su única posibilidad. Mientras, la bestia lo seguía de cerca. Podía escuchar sus fuertes pisadas que hacían temblar los cimientos de aquel lugar, podía oler su aliento fétido y escuchar sus espantosos chillidos.

La luz difusa se fue haciendo más clara conforme se acercaba a ella. Era como un pequeño círculo suspendido en el aire. Y a través de él podían apreciarse otras formas, menos nítidas pero más esperanzadoras. Luis corrió con todas sus fuerzas, creyendo haber visto algo. O a alguien.

 

Elisa forcejeaba con los vigilantes que no le permitían que se acercara al cuadro. Había cruzado el cerco y automáticamente se le habían abalanzado. Pero necesitaba saber qué había pasado con Luis, aunque le costara moratones y algún hueso roto. Sacando toda la fuerza que era capaz, empujó a uno de los vigilantes que acabó por los suelos, y golpeó con la mano libre a otro de los que la sujetaban por el otro brazo. La confusión sirvió para que Elisa tuviera la oportunidad de acercarse un poco más a la pintura y mirara a través de ella. Y el pánico la atenazó.

 

Luis vio a Elisa al otro lado del círculo luminoso. Parecía tener problemas. Aunque, a decir verdad, no tan graves como los suyos. Pese a estar muy próximo, daba la sensación de que avanzaba a paso de tortuga. Y su perseguidor era la liebre, acercándose a una velocidad pasmosa. Tan sólo faltaban unos metros y todo acabaría. <<Puedo conseguirlo, ya falta poco. Solo un sal…>>.

Algo tremendamente poderoso se aferró a su tobillo y lo empujó hacia atrás. A tan sólo un salto de su salvación, la bestia había dado con él. Escuchó como sus huesos crujían bajo la fuerza de unas vigorosas garras y un inmenso dolor le recorrió todo el cuerpo. Intentó gritar pero estaba tan exhausto que solo emitió un leve gemido lastimoso. Se vio atraído hacia unas inmensas fauces negras plagadas de afiladas cuchillas, y su lucha por zafarse fue en vano.  Solo vio algo más antes de que todo se volviera oscuro. Aquellos ojos…

 

La muchedumbre gritaba atemorizada. Algunos corrían buscando la salida, otros se habían apartado para vomitar, alguna que otra mujer se había desmayado…Elisa, en cambio, permanecía petrificada viendo como Saturno devoraba un cuerpo decapitado y embadurnado en sangre. El cuerpo de Luis.

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Comentarios
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  • El terror no es de mis preferidos. Pero el suspenso que creas es muy bueno. Voy a buscar una foto del cuadro......A lo mejor me da ganas de domar a la bestia. Un abrazo
    Buen cuento de terror con una fantasía admirable, Tu relato no sólo deja gélido el ánimo del lector sino que, además, uno no puede dejar de leer, aunque quisiera, casi al igual que Luis, tu personaje. Se disfrutó, apesar del estrecimiento posterior..Estuve observando unos instantes "El cuadro de Satruno"...Saludos, escritor.
    Suspense, terror y un cuadro muy bien elegido, es macabro y oscuro y encaja de perlas en tu relato con el que vuelves a darnos un buen ejemplo de terror clautrofóbico y algo gore, muy buen trabajo y gracias por tu último comentario, eres un exagerado pero te lo agradezco un motón.
  • Breve reflexión sobre las relaciones personales actuales

    La escritura del alma nunca podrá borrarse.

    Humilde y breve reflexión sobre la vida.

    Es curioso lo que puede llegar a hacer la música. Llevaba más de año y medio sin escribir absolutamente nada. De pronto eschuché LA canción en EL momento idóneo y los dedos comenzaron a moverse solos.

    Una escena que pudo darse o no, allá por los años veinte.

    Hace unos meses visité el Museo del Prado y, de entre todas las obras de arte, hubo una que me llamó bastante la atención. Este relato está inspirado en lo que me transmitió aquel cuadro que, incluso meses después, me sigue conmoviendo.

    La curiosa visión del amor de Tío Alberto.

    Un relato que escribí hace algún tiempo...siempre me ha interesado hasta dónde puede llegar la mente humana cuando está sometida a algún tipo de presión, amenaza, etc. Locura, desesperación...(Los que me lean ya se habrán dado cuenta) En éste caso, está inspirado en algo que me ocurrió.

    Hay cosas que significan tanto que hacen que la distancia se acorte. Dedicado con todo mi cariño a una de las personas más importantes de mi vida y a un pequeño granujilla, aunque él no podrá saberlo.

    Inspirado en algo que me contó mi abuelo hace ya algunos años. A él le dedico esta historia.

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