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32 min
Los Visitantes
Suspense |
23.03.15
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Sinopsis

Pedro Araya un modesto pescador ve la posibilidad de cambiar su vida, el día que encuentra en medio de su faena el cadáver de un hombre, que tenia una profunda herida en el cráneo ademas de joyas, dinero y un misterioso maletín sujeto a su muñeca por medio de unas esposas.

Los visitantes.

Cuidaré de mi rebaño

y  perdonaré sus pequeñas

faltas , pues son parte de

su alma imperfecta.

 

MUG.

Pedro Araya  era puyero, eso lo demostraba mostrando su tarjeta que le extendiera  la oficina del Sernap de Valdivia. Esta identificación  la hacía circular de mano en mano a sus vecinos, cada vez que las circunstancias así lo ameritaban, ya sea en un velorio o en  el cumpleaños  de algún lugareño, esto lo hacia sentirse bien. Cuando ya todos los presentes así lo comprobaban, la recuperaba y colocándola cuidadosamente en una vieja billetera, la guardaba  en un gran bolsillo de su gastada chaqueta.

Pedro vivía muy modestamente en una minúscula parcela en el sector  Sur Este de la Isla del Rey, herencia de su tío Juan, un solterón empedernido que lo llevó a su hogar cuando el muchacho sólo tenía ocho años y fue abandonado por su madre viuda, que partió al norte  detrás de su conviviente, que las oficiaba de afilador de cuchillos. En ese tiempo la parcela era mucho más extensa y su tío se dedicaba a la siembra y la crianza de ganado. Con el terremoto del año  sesenta la propiedad perdió las  tres cuartas partes de su superficie al quedar bajo el agua y sus labores se circunscribieron al cultivo de un huerto  y la engorda de algún cerdo, su supervivencia, a la modesta pensión que le otorgaba el Servicio del Seguro Social.

El muchacho asistía a la escuela de la isla y en el verano  ocupaba su tiempo mirando a los pescadores puyeros colocar sus chines  en las orillas del río Torna galeones.

Esta actividad al aire libre  con el mínimo de esfuerzo que se necesitaba para su captura, le agradaba al muchacho que no se explicaba como todos los componentes de un cardumen iban pasando al interior del chine sin reaccionar hasta que el puyero levantaba el instrumento y los vaciaba en una caja de madera.

Pedro terminó la escuela con muchas dificultades y sin más proyectos se quedó en la casa de su viejo tío, no le faltaban encargos entre los vecinos, pero éstos eran tan pobres como él, y el pago siempre consistía  en papas o un trozo de carne de algún carneo. Pero en verano llegaban los puyeros y él estaba firme con ellos. Diariamente llegaba un pequeño bote a motor, con el comprador y tras mucha conversa y muchos cigarrillos encendidos y quemados, éste se retiraba con las angulas y los pescadores con algunos pesos en los bolsillos. Estas cosas a Pedro le parecían excitantes.

Algunos pescadores, en sus botes traían algunas botellas de licor y todos participaban en la libason mientras conversaban de mujeres o de antiguas películas, que se exhibían en los cines de Valdivia.

Sobre los extensos terrenos inundados , la vida rápidamente empezó la colonización, primero fueron los totorales que llevados por las mareas, se depositaron en los anegados fondos de los que hasta ayer eran tierras de cultivo y solo dos años después  ya cubría la totalidad de los terrenos donde las aguas llegaban a un metro cincuenta de profundidad , luego las carpas y coipos encontraron hábitat apropiado para establecerse y posteriormente muchas clases de aves zancudas sentaron sus reales, pero lo que a Pedro lo fascinaba era la llegada temporal  de los patos silvestres, éstas aves le producían tal regocijo tanto al verlas planear para elegir el sitio donde acuatizar, como para emprender el vuelo y su comportamiento grupal en esas extensas lagunas. El muchacho se acercaba a la laguna por las tardes y escondido miraba el regreso de las bandadas  a sus dormideros. Siempre se preguntaba como se las arreglaban estos pájaros para encontrar el rumbo de regreso  en esos días de grandes neblinas.

Al séptimo año arribaron  a la laguna, diez parejas de cisnes de cuello negro y ahora ya las familias sumaban un centenar de miembros. Tanto mirarlas. Pedro ya podía  decirse que era un experto  en ánades y ocas.

Anegadas tierras, esto no lo tranzó con nadie y más de un problema tuvo que soportar. Se dio la maña para que la CONAF le aportara letreros sobre prohibición de caza que él mismo se dedicó a instalar y por su entusiasmo lo nombraron  inspector honorario de la flora y la fauna silvestre y hasta un pequeño artículo en el diario de la ciudad alusivo a su persona destacaba el hecho.

Los años fueron pasando y Pedro ya cuarentón, todavía no se decidía a casarse, pero eso tampoco le quitaba el sueño, porque sólo se las apañaba bien, y para descargar la conciencia  como a él le gustaba decir, estaba la viuda González que no le sacaba el bulto a nadie, siempre que aparecieran  por la casa con un par de cajitas de vino para amenizar la convivencia.

Con los años los puyeros fueron desapareciendo, por la poca pesca y el bajo precio. Llegó el momento que Pedro quedó solo en la vasta ribera y dueño de los mejores lugares para colocar el chine, sólo había un problema, el comprador también había desaparecido.

Con una voluntad a toda prueba, Pedro se trasladó a Valdivia y no regresó asta haber  conseguido un comprador, pero esta vez tendría que trasladarse asta el muelle de Carboneros y en la pasada de la última lancha con destino a Valdivia, el patrón pesaría  y pagaría el importe de la captura, esto significaba que tendría que andar a pié más de tres horas diariamente para ir al muelle y regresar a su casa. Total, el tiempo era lo que más sobraba por esos lados.

Así pasaron dos veranos más, con sus estaciones de cultivar la huerta, hacer trabajos para sus vecinos, observar los patos, cargar el chine y partir al río.

Fuera de la isla, el mundo se estaba cayendo a pedazos, los palestinos mantenían una porfiada lucha con el estado judío, en Yugoslavia, las ciudades de Sarajevo y Bosnia estaban prácticamente hecho trizas por las bombas  que en el nombre de sus respectivos dioses, los grupos étnicos se obsequiaban de exorsisador y en los caminos de ambos bandos se llenaban de mujeres, viejos y niños huyendo sin destino, mientras que en la televisión los lideres se acusaban mutuamente. En África, bandas de hambrientos aldeanos a causa de las grandes sequías, culpa del calentamiento global, atacaban  centros de sanidad dirigidas por monjas europeas, y las mataban a machetazos. En la India nace una ternera  con tres cabezas, lo que pone de rodillas a quinientos millones de hindúes  pidiendo clemencia a sus dioses. En la Unión Soviética, la caída de la dirección del partido comunista era acompañada por la destrucción del muro de Berlín.

En Europa Oriental, obscuros hombres se aprestaban a sacar algún provecho de estas nuevas situaciones, estrictos secretos que en un tiempo se guardaban con la vida de miles de hombres, hoy cualquier funcionario de medio pelo tenía la posibilidad de tenerlos en sus manos.

Algunos agentes rusos se apoderaron de reservados informes de secretos proyectos de cohetería, combustibles sólidos o sistemas de claves de comunicaciones. Se disgregaron por el mundo, con la esperanza de vender a las grandes potencias estos secretos, lo que les reportaría una vida agradable en las Bahamas, Polinesia o Río de Janeiro.

En la Isla del Rey  la vida se seguía midiendo por las estaciones, tal como sucedía cien años atrás, y Pedro, inmerso en su mundo, todas las mañanas tomaba su bolso que contenía una tortilla  de rescoldo, harina tostada y una botella de agua, echaba su chine al hombro y rumbeaba  a las orillas del Tornagaleónes para su diaria recolección de angulas

Cierto día, en que la marea estaba subiendo y las aves  bregaban para conseguir  su alimento, Pedro desde su puesto al borde del río fue cuando lo vio, los ojos del pescador quedaron pegados a lo que traía  la corriente. Al principio este creyó que era un animal ahogado que arrastraba la marea, pero cuando estuvo más cerca comprobó que el bulto era una persona. Instintivamente  soltó el chine y desató un pequeño lazo al cual le amarró una piedra. Después de hacerlo girar en el aire, lo lanzó al río en dirección del ahogado pero un poco más lejos, al recoger la cuerda, la piedra se afirmó en un costado del cadáver y así pudo acercarlo a la orilla. El hombre era bastante corpulento, vestía un traje gris, camisa blanca y corbata,  en su mano izquierda destacaba un hermoso reloj de oro, lo mismo que la pulsera.

El isleño escrutó concienzudamente el cadáver y comprobó que éste tenía una profunda herida en la parte posterior del cráneo. Tan severo fue el golpe que perdió parte de la maza encefálica, el cuerpo estaba rígido, lo que indicaba que el cadáver  tenía muchas horas en el agua.

En los apuros por atraer el cadáver a la orilla , Pedro había pisado y volcado el cajoncito que contenía los puyes capturados en todo el día de trabajo, por otro lado, ni un alma penaba por esos parajes y el reloj brillaba como un sol en la muñeca de alguien que ya no apreciaba esa preciosura, en dos segundos la situación estaba decidida, quitaría el reloj al cadáver y revisaría sus bolsillos luego dejaría que la corriente nuevamente se lo llevara, los zapatos y la ropa, seguramente le quedaría grande a cualquier habitante de la isla. Por otro lado el sabía la jodienda que significaba la denuncia del descubrimiento de algún cadáver en el río, declarar en la Gobernación Marítima, declarar en Carabineros, declarar en el juzgado y todos preguntando las mismas huevadas una y otra vez.

Pedro retiró el reloj de la muñeca y revisó los bolsillos, no encontró billetera ni  documento que acreditara la identidad del muerto, sólo en el bolsillo izquierdo del pantalón había una pinza de plata que sujetaba un buen fajo de billetes de a cinco y diez mil pesos, que rápidamente pasaron a cambiar de dueño. Pedro se aprestaba  a empujar el cadáver  con un palo para que la corriente lo arrastrara, cuando el cuerpo cambió de posición en el agua apareciendo el costado derecho, afloró el brazo cuya muñeca  estaba uncida por una esposa metálica y ésta por una fina cadena  a otra esposa  que a su vez atrapaba la manilla de un elegante maletín que al verse liberado del peso del cuerpo flotó mostrando sus ángulos grises y en el dedo, desafiante, un grueso anillo de oro con el tallado de un águila rampante.

El maletín le dio otro matiz al descubrimiento, haciendo de tripas corazón, tomó el cadáver por una manga y lo arrastró a la orilla, por efecto de la flotabilidad, la mitad del cuerpo reposó en la orilla  y de la cintura para abajo, metido en el agua.

Hizo girar el cuerpo y su brazo derecho (tieso por el rigor mortiz) quedó apuntando hacia el cielo y el porta documentos como bandera a media asta.

Pedro observó la esposa, la cadena que unía los dos extremos tenía veinte eslabones, tironeándola trató inútilmente de desprenderla, pero de nada sirvió, el maletín estaba unido firmemente a la muñeca del cadáver. Estas cosas no complicaban la vida del hombre, éste aseguró el cadáver  para que no flotara con la subida de la marea y cargando el chine se dirigió  a su casa, hoy no habría entrega de puyes, veinte minutos después  , guardaba el instrumento en el alero de su vivienda , observando  a todos lados para asegurarse de que estaba solo , sacó del bolsillo el brillante reloj pulsera , éste era una preciosa obra de arte de los artesanos suizos , su caja y su pulsera eran de oro macizo y la máquina Longine , una acabada obra de presición y el anillo era demasiado bello y misterioso que llegaba a atemorizar

Claro que de estas cosas Pedro no tenía la menor idea, sólo captó que estaba funcionando y marcaba las ocho de la tarde y veinte cuatro minutos. Saciada la  curiosidad, depositó el objeto sobre una banqueta donde estaba sentado. Sacó el pinche de plata  y con los nervios a flor de piel, empezó a contar los billetes, estos estaban pegados por estar mojados pero los fue depositando en la banca  para que se fueran secando. Total contó, nueve billetes de diez mil pesos, siete de a cinco mil y tres de a mil, esto sumaba, después de contarlos tres veces, ciento veinte y ocho mil pesos, una cantidad que Pedro no había tenido ni jamás tendría  en sus manos, no podía creer lo que estaba viviendo.

Después de dejar volar su imaginación, volvió a la realidad y tomando esos tesoros, los depositó en su colchón, tapándolos con una frazada de lana cruda.

En un rincón de la cocina estuvo rebuscando de entre unos cajones de su finado tío, que contenía herramientas. Al fin lo que encontró lo dejó satisfecho, buscó una bolsa de genero y en ella depositó un pequeño combo, un cincel bastante oxidado, una planchita de fierro de quince centímetros de largo y una pulgada y media de espesor una, sierra para fierro con su respectivo marco, todo bastante oxidado. Cerró la puerta de la casa asegurándola con una cadena  y cuando se disponía a partir, se detuvo y tomando al perro que en todos estos trajines, se mantenía pegado a sus talones , lo amarró con un cordel al collar y lo aseguró a un pié derecho del alero y con un parco ¡Cuida la casa!  Se dirigió a la orilla del río seguido por los desesperados  aullidos del cautivo animal.

Ese maletín no le podía ganar, no dudaba que en pocos momentos lo tendría sobre la mesa de su casa.

En esto Pedro estaba rotundamente equivocado, cuando llegó al lado del cadáver, sacó la planchita y la puso encima de una piedra grande, acercó la cadena de la esposa y la hizo descansar en la superficie de metal, premunido del combito y el cincel, intentó cortarla de un golpe, el cincel rebotó sobre ese brillante metal sin producirle el  menor rasguño, después de veinte violentos golpes, la cadena lucía  como recién salida de la fabrica y Pedro transpiraba por todos los poros. Con estupor y rabia se dio cuenta que la cadena de mierda estaba fabricada con algo más que acero. Abandonó esas herramientas  y tomando la sierra, trató de cortarla. Inútil intento, ya francamente enrabiado golpeó con el combito directamente sobre la plancha, la cadena seguía brillando sin ni siquiera rayarse. Sin darse cuenta, la noche se estaba dejando caer arreando su rebaño de estrellas, y la brisa que venía del mar traía olores a yodo y de los misterios de la vida.

Sentado en un tronco, Pedro definía que debería hacer, primero quiso arrojar el cadáver a la corriente y dejarlo ir, pero el dichoso maletín estaba ahí, como desafiándolo. Se puso de pié  y decidido trató de arrastrar un poco más arriba el cadáver y lo tapó con totoras secas, metió las herramientas en la bolsa y las escondió en un lugar seguro, dirigiéndose posteriormente a su hogar, mientras caminaba se sentía contento y también frustrado, porque una fortuna le había caído del cielo y no sabía que cosa podía reportarle el abrir ese dichoso maletín.

Ya en casa, coció un poco de tallarines y se los sirvió con un pedazo de chancho ahumado. Dejando todos los trastos sucios en una esquina de la mesa, volvió a contar los billetes a la luz del quinqué a parafina que ocupaba para alumbrarse y volvió a admirar el dorado reloj y el hermoso anillo.

Agotado por las emociones del día, se fue a la cama pero le costó conciliar el sueño y cuando lo consiguió, este fue agitado y con reiteradas visiones. Serían las cuatro de la mañana, cuando bruscamente se sentó en la cama totalmente despierta, y con ambas manos se golpeó la frente, de obscuras hondas cósmicas venía la solución del problema, tenía solamente que abrir el maletín, no había necesidad de cortar la cadena. Una vez revisado el interior, dejaría ir al muerto. Con una sonrisa en los labios y más calmado volvió a dormirse hasta las siete de la mañana.

Desayunó con bastante apetito y con un atornillador que cogió de la caja de herramientas, se dirigió al río no sin antes haber dejado amarrado al perro que no comprendía el proceder de su amo y se lamentaba a todo pulmón.

Al llegar al lugar en que reposaba el cadáver, le retiró los juncos que le cubrían y tomando el maletín, lo examinó detenidamente. Los seguros de las tapas no eran los tradicionales, prácticamente no existían. Pedro sólo encontró en el centro, una especie de hembra de enchufe eléctrico y nada más. Con el atornillador  intentó hacerle palanca, pero tuvo que aceptar el hecho que el maletín  estaba diseñado para no ceder a los propósitos  de cualquier hijo de vecino y nuevamente se encontró mirando el objeto sin atinar a hacer algo.

La vida de este hombre era tan previsible y simple  que nunca como  hoy se había encontrado con un desafío y esto lo tenía confundido. Se sentó en el tronco y no podía despegar la mirada  del dichoso artefacto, estaba seguro que llevándolo a su casa podría abrirlo y averiguar lo que contenía. Una idea le pasó por la cabeza pero la deshecho por descabellada, pero una hora más tarde, decidió que era la única solución. Cogió las herramientas y partió a la casa con ellas, para regresar más tarde premunido de un hacha. Desde la orilla del río se podía escuchar los lastimeros lamentos del perro que permanecía amarrado al alero.

Esta vez no se detuvo a pensar, acercó el tronco al cadáver y lo arrimó al brazo esposado, de un recio golpe cortó limpiamente la muñeca del muerto. La mano saltó girando por el aire, como haciendo señales de despedida y cayó a dos metros del tronco. Pedro se agachó y retiró la esposa del muñón, por fin ya tenía el maletín, éste no era tan pesado, le desprendió el barro pegado y lo deposito en un lugar seco. Con gran esfuerzo arrastró el cuerpo a la corriente y con un palo lo empujó al centro, tras un giro, se dejó llevar lentamente alejándole del lugar.

Pedro cogió el maletín y el hacha  dirigiéndose a su casa, tratando de alejar se lo más rápidamente posible del lugar, a mitad de camino, se paró en seco y regresó a la orilla del río. La mano, la maldita mano había quedado tirada, al llegar al lugar, la busco desesperadamente, finalmente la encontró, estaba fría y rígida. Algo helado le corrió por el espinazo, con todas sus fuerzas la lanzó al río, al tocar la superficie se hundió  formando círculos concéntricos que se extendieron llegando a tocar sus botas, dio media vuelta y regresó a su casa. Al llegar, soltó al perro que contento se dedicó a saltar alrededor de su amo, éste no le hizo caso, preocupado de buscar la manera de abrir el maletín.

Dos días alucinantes pasó el hombre tratando de abrirlo, hasta convencerse de que este era indestructible. Usó todo lo imaginable que tuvo a mano. Sierra, cincel, martillazos, fuego y hasta el hacha. La estructura se mantuvo incólume, desesperado, pensó en viajar a Valdivia para llevarlo a algún taller especializado, pero luego recapacitó, no era tan tonto como para no darse cuenta que esa condenada porta documentos no cuadraba con él y empezarían las preguntas.

El chine estuvo tres días colgado en el alero y Pedro sentado ante la mesa mirando al maldito, sin atreverse a tocarlo.

En alguna aislada y elegante mansión, ubicada en los primeros contrafuertes de la cordillera, en las  Perdices. La antena parabólica recibido las primeras señales y en los días siguientes ya no pararon. El encargado de la casa de seguridad, un ex sargento de los marines, integrante de la sexta flota norteamericana, estaba desesperado, el agente encargado de decodificar las señales, estaba en Colombia, donde había sido llamado en forma urgente con el propósito de regresar a los tres días, ya iban siete y el sargento estaba como loco tratando de ubicar  al tercer secretario de la embajada que era agente de la CIA encubierto, para resolver  sobre esa odiosa y repetitiva llamada. Por fin al tercer día dio con él y le explicó de qué se trataba,  hubo alarma en las filas y dos horas más tarde un jet militar despegaba de una pista de Arizona con un técnico a bordo con destino a Panamá, desde ahí saldría un turista con destino a Santiago de Chile con el proyecto de ir a pescar al sur, veinte horas más tarde el técnico le entregaba al marine una mochila de pesca y conservando un maletín se dirigió al sótano donde estaba el centro de comunicaciones de la CIA para el cono sur de América, precedido por el sargento.

Las luces violetas que producían los tubos fluorescentes de la gran sala, contrastaba con las luces verdes y rojas que parpadeaban en los paneles de comunicación.

El recién llegado pidió  la grabación de las señales captadas, las que le fueron entregadas inmediatamente, de su maletín extrajo dos disquete de computadora  y en una sala aislada donde la temperatura ambiental no superaba los cuatro grados, una hilera de computadores trabajaban, operadas por algunos hombres y mujeres. Dos computadoras más fueron encendidas y alimentadas con los diskets. Quince minutos más tarde, en una gran  pantalla apareció el mapa de  Sud América, las figuras se fueron ajustando y la zona del sur de Chile apareció en la pantalla, más ajustes y ya se podía ver un punto a las orillas del Pacífico. Mostraba el relieve de una isla y el parte sud este de la misma detallaba un punto rojo, en la otra pantalla, fotografías de acercamiento mostraba un punto en el río Torna galeones  y a un hombre de mediana estatura golpeando a otro al parecer con un martillo. Una impresora largaba una larga cinta de papel con todos los detalles que el satélite había filmado. La última escena que se proyectó fue la de una casa en estado ruinoso y del alero algo sobresalía, no lo definía pero estaba cubierto por una fina malla de hilo, parecía una red para cazar mariposas.

El técnico tomó las hojas que salían de la impresora y leyó el contenido. El maletín. sin duda era el maletín WZ 043 , que le fue entregado en la ciudad de Vancouver al ex espía ruso con el nombre de batalla Puskin, éste había hecho un contrato para vender informes y el contacto se haría en un conocido hotel  de Puerto Montt- Chile para dentro de los tres próximos días.

Sin duda y como mostraban las filmaciones, éste estaba muerto y un neófito trataba desesperadamente  de abrir el maletín,  accionando todas las alarmas que él poseía y fueron recogidas por el satélite y éste a su vez radiaba a la estación de rastreo.

A este idiota sólo la falta soltarle una granada.  Comentó efectivamente, la alarma se activaba, cuando el maletín quedaba bajo  las siguientes condiciones criticas.

  1. Por golpes de cierto grado de violencia.
  2. Por exposición al fuego.
  3. Por tratar de cortar su revestimiento de teflón.
  4. Por exponerlo a los efectos de una explosión.

Ya no quedaban dudas, sabían donde estaba y quién lo tenía, sólo había que ir a buscarlo. Ese mismo día, tres agentes que hablaban perfectamente el español, salían de un aeropuerto civil, en un cuadriplaza con destino al aeropuerto Las Marías en Valdivia. En  la sala de espera del club aéreo esperaron la llegada de un taxi que los trasladaría a la ciudad, éste los dejó en unos cómodos moteles con vista al río en el sector de General Lagos. Una vez posecinados de una agradable cabaña, se asearon y cambiaron sus ropas, solicitaron un taxi y le pidieron al chofer que les indicaran un lugar donde cenar, de preferencia un local de turismo. El locuaz conductor los llevó directamente  a un restaurante flotante que estaba situado en la rivera del río al lado de un puente. Cenaron abundantemente  y entablaron con el garzón un animado dialogo. Consultaron por los lugares más pintorescos de la  costa. Hasta tocar el punto de Isla del Rey. El garzón les indicó  como llegar, donde embarcarse y los horarios de salida y regreso. Terminada la cena se pasearon un rato por la costanera y posteriormente  se dirigieron a la plaza, tomaron un taxi y regresaron a la cabaña.

Temprano desayunaron, en un taxi embarcaron las mochilas y se dirigieron al muelle fluvial, a las ocho y treinta minutos estaban acomodados en la lancha que los trasladaría. El día se presentaba despejado pero el sol  todavía no calentaba mucho, a la hora indicada la lancha desatracó del muelle y puso rumbo a la costa. Cincuenta minutos más tarde, tras un agradable recorrido, desembarcaron junto a otros tres lugareños en el muelle de Carboneros.

Tomaron lentamente el camino de tierra que subía asta la planicie de la isla, asta que los lugareños se perdieron en un recodo de la vía. El que parecía ser el jefe, sacó un pequeño mapa y una especie de radio a pilas. Sólo tres minutos después  ya tenía señalado el lugar exacto en donde tendrían que llegar, con seguridad siguieron el camino por quince minutos y después giraron a la derecha donde había un camino vecinal, lo siguieron y cuarenta minutos más tarde tenían a la vista la casa de Pedro, se sentaron en un tronco y el jefe con un par de poderosos prismáticos examinó la vieja vivienda, del cañón de la cocina salía una tenue columna de humo, indicando que había gente en la casa. Afuera, sólo un perro  negro y lanudo se paseaba inquieto ante la cerrada puerta.

Los visitantes no sabían con cuantas personas se encontrarían en la casa, así que esperaron, por el camino no transitaba un alma y sólo se escuchaba el trino de los pájaros y en la laguna, aleteos de pollollas y taguas  que lavaban su plumaje.

A las once de la mañana, se abrió la puerta y apareció un hombre con una fuente plástica en las manos, la depositó en el suelo y el perro se precipitó a comer lo que ella contenía mientras movía amistosamente la cola a su amo.

Los hombres ya no esperaron, se dirigieron a paso calmado al patio de la casa. El perro que tenía metida la cabeza en la fuente dejó de comer mientras los observaba, los pelos del lomo se erizaron y emitía sordos gruñidos. Pedro que había ingresado nuevamente a la vivienda, salió y  se quedó parado en el alero. Algo le dijo que esos tres hombres eran portadores de malos momentos y se quedó paralizado de miedo.

El que marchaba adelante se dirigió directamente al encuentro del lugareño mientras los otros dos cubrían ambos costados de la vivienda.

¿Está solo? Preguntó el visitante.

Pedro asintió con la cabeza y anticipándose a que el hombre entraría  a la casa, retrocedió y con la mano abrió la puerta e hizo  un ademán para que entrara.

El extraño cruzaba el umbral de la puerta cuando el perro se lanzó en su contra emitiendo un terrible gruñido. El hombre giró en redondo y su brazo izquierdo se  adelantó como un rayo sobre el pescuezo del animal de donde lo sostuvo y con el canto de la otra mano le propinó un seco golpe en la cabeza. Un crujido parecido al ruido como el que se produce al cascar una nuez, deshizo el cráneo del perro que quedó laxo colgando de la mano del hombre, quien lo tiró al patio, como quién arroja una lata vacía de cerveza y sin comentario se introdujo en la habitación.

El olor a humo, a comida añeja a cuero crudo y transpiración humana golpeó las narices del agente, pero lo desestimó y sus ojos recorrieron la pobre vivienda en busca de algo. Esto estaba sobre una frágil mesa. Soltando un suspiro de alivio el agente lo tomó y lo examinó comprobando que al parecer  estaba intacto.

Los otros dos hombres ingresaron por la puerta trasera y los cuatro individuos se reunieron en torno a la mesa. El ambiente se podía cortar con un cuchillo. Uno de los hombres se desprendió de la mochila, de su interior sacó una pequeña caja metálica, la abrió y sacó un cordón en espiral y lo conectó a la caja. El otro extremo de la extensión terminaba en un pequeño enchufe, éste lo introdujo en lo que parecía ser la cerradura del maletín y operando algunos botones, aparecieron en el visor de la cajita una secuencia de números y letras. Hasta que estos detuvieron en seis dígitos. El maletín como por arte de magia se abrió  y el que manipulaba el instrumento examinó su interior. Ahí estaban gran cantidad de diskets y algunas libretas de apuntes, este examen preliminar le pareció satisfactoria, retiro el enchufe y cerró el maletín guardando la cajita con gran cuidado.

Los tres hombres se volvieron hacia el lugareño que con la cabeza gacha, esperaba lo peor.

Ahora cuéntanos como conseguiste el maletín.  Le soltó el que comandaba.

Pedro se esforzó por sacar la voz, esta salió como un gorgoteo por la tensión y por el terror que esos hombres le causaban.

Con lentitud narró todos los pormenores, desde el descubrimiento del cadáver en el río, asta el momento que ellos llegaron, ¿Alguien más sabe de esto?

Nadie más lo sabe, por acá no viene ninguna persona  y yo vivo sólo, respondió el interrogado, reafirmando las palabras con la cabeza y con las manos, ¿Cómo lograste traer al maletín a la casa?

Ahí a Pedro  se le calló el cielo en la cabeza. Tragó saliva y sin responder miró a la esquina de la habitación donde estaba el hacha, el hombre comprendió y no insistió.

¿Dónde están las cosas que tenía en los bolsillos?, Pedro se dirigió a la pieza que hacía las veces de dormitorio, seguido por uno de los hombres, debajo del grueso colchón sacó el reloj, el pinche de plata y el fajo de billetes, se los entregó y volvió a la otra pieza ¿Solamente esto?, ¿estás seguro?, Pedro afirmó  con la cabeza, diciendo que había revisado todos los bolsillos y sólo eso había encontrado. El terror que lo invadía le hizo olvidar el anillo que quedó en el fondo del colchón

Sabes que estas en una situación muy  complicada, no la agraves con mentiras, de aquí no nos iremos sin saber toda la verdad, esta es toda la verdad. El más corpulento de los tres, lo tomó por el cuello de la chomba y acercando su cara a la del aterrorizado lugareño, éste le espetó.

Nos has dicho puras mentiras. Tú mataste al hombre para poder robarle, queremos que nos digas toda la verdad. Y lo arrojó contra la pared. A estas alturas, Pedro había perdido el control de los nervios, gruesas lágrimas corrían por sus mejillas y sus esfínteres se soltaron, asomando una gran mancha de líquido en las piernas del pantalón y un olor a excremento se unió al pasado ambiente y que ya ahogaba la habitación. Entre sollozos juró y rejuró que lo que había dicho era toda la verdad. Estas actitudes, los hombres ya las conocían, era el punto donde la resistencia moral e intelectual del individuo se quebraba y la verdad se puede ver en su interior como en un libro abierto, actuaba el instinto animal de sobrevivencia. Eso era todo. Las causas de la muerte del agente ruso  era un trabajo que investigarían otros agentes aunque los tres estaban seguros de que éste insignificante hombrecillo jamás podría atentar contra un hombre como Puskin, por ahora el maletín estaba a salvo con todo lo que contenía. Cinco días habían pasado desde que el lugareño encontrara el cadáver. Bastaría una dosis. El ambiente en la habitación se hacía irrespirable.

Lávate y cambiare de ropas. Le ordenó el más alto. Como un autómata Pedro se desvistió de la cintura para abajo, de una jarra de fierro enlozado bastante saltada vació agua en una palangana y con un trapo se lavó el trasero, de un cordel sacó un ajado jeans. Se vistió con esas ropas y por la puerta trasera  arrojó el agua de la palangana, al patio.

Entre tanto uno de los hombres, de su mochila  retiró una ampolleta  con un líquido color ámbar y una aguja hipodérmica. Preparó la inyección  y con mucho cuidado la depositó sobre la mesa.

Cuando Pedro estuvo listo, cambiado de ropas, el de la aguja lo llamó y le tomó el brazo, el otro le descargó  un golpe controlado en las sienes y afirmó el fláccido cuerpo del infeliz, le subieron la manga izquierda y con mucho cuidado  le aplicaron la inyección en la vena, lo arrastraron hasta su jergón y lo acostaron, asegurándose que respirara normalmente.

Encontraron un saco plástico, en su interior echaron los pantalones y calzoncillo borrando toda posible huella, salieron al patio, cerrando la puerta, asegurándose que nadie los  había visto. Metieron el perro en el mismo saco y partieron por el camino con destino al muelle. Buscaron una piedra bastante grande, la introdujeron en el saco  y amarraron la boca del talego. . Arrojaron el saco a la laguna, este se sumergió dejando no mas huellas  que una catarata de burbujas.

El jefe miró la hora  y apremió a sus compañeros, si se apresuraban alcanzarían la lancha que los llevaría de regreso a la ciudad.

Pedro haría un pesado viaje a los más locos sueños durante cuarenta y ocho horas, después al despertar, los episodios vividos durante los siete últimos días no existirían en su conciencia y podría hacer su vida rutinaria.

El jefe hubiera querido haberle dejado por lo menos el dinero al pobre tipo, pero no debía dejar evidencias de cosas que no se podría explicar. Destino a la capital. Dos días después, Pedro se levantaba con una terrible resaca, se desvistió y se lavó meticulosamente en una artesa que estaba en el patio, se preguntó dónde estaría el perro, seguro detrás de la perra de su vecino Andrade, bueno, también tenía derecho  de echar una canita al aire.

No quiso  tomar desayuno, colocó en la bolsa una botella de agua, un paquetito con harina tostada y un gran pedazo de una vieja tortilla  que encontró en una repisa, salió al patio y tomando el chine, se lo hecho al hombro y tomo el camino hacia el río. El día  se presentaba despejado, buen día para los puyes.

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