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LSH: SELENE. CAPITULO 4 (3/3)
Varios |
22.04.14
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Sinopsis

Tercera parte del cuarto capítulo. Octava entrega de la historia.

Capítulo 4: La ceremonia de investidura, tercera parte.

El momento había llegado. Atrás quedaba para Nohemí su infancia. Ya  no iba a ser la princesa, ni la hija del rey. Ahora la llamarían reina. Reina Nohemí. Aquel pensamiento le erizó la piel. Cuando apenas era una niña, Nohemí recordaba ver a su padre imponente y poderoso con su capa roja, su cetro, y la corona. Pensaba que junto a él nada malo podía sucederle. Y nada malo le había sucedido, y tampoco nada bueno. Toda su vida se la había pasado en el castillo. Solo conocía Urbem. Sus casas pequeñas y rectangulares, sus anchas calles. ¿Cómo sería Selene? ¿Carmesí? Quizás no importaba saber cómo eran, de eso se encargaban los Jefes de ciudad.   Ahora sería ella la que tendría sobre su cabeza una corona. Y no tenía la menor idea de qué hacer con ella.

Se encontraba en la tercera planta del castillo, en la terraza, rodeada de gente que no conocía. Pero sabía que era gente poderosa. Dueños de tierras, burgueses, y nobles estaban para verle. Los hombres más poderosos del reino. También estaban presentes los cinco Jefes de ciudad. Tres hombres y dos mujeres. Jamás los había visto, pero Dominic le hizo saber quiénes eran.  Más debajo de todos ellos, en el patio de armas, la multitud se amontonaba. Nunca en sus 16 años había visto tanta gente reunida. Eso le aterraba. En algunos de aquellos rostros humildes podía ver júbilo y alegría, y eso la reconfortaba. Pero había otros rostros serios e indiferentes. No tenía la menor idea del por qué. No veía a Jared. Era imposible entre tantos rostros.

El Sumo Sacerdote comienza a decir unas palabras en aquel momento. Dominic, quien a falta del rey ha sido el gobernante de Solland durante los últimos dos meses, tiene en sus manos el cetro. El pequeño bastón está completamente cubierto de oro y en su extremo superior se abre en dos ramificaciones que simulan los rayos del sol sosteniendo una luna menguante.  Dos sacerdotes más tienen una capa roja doblada, hecha a la medida de ella. Si usaba la de su padre arrastraría más de la mitad de la túnica. Había salido como su madre, bajita, y no como su padre que medía más de dos metros. Pero lo que realmente llamaba la atención de Nohemí era la corona. Estaba a espaldas del Sumo Sacerdote. Sabía que se trataba de la auténtica corona real. Puesto que su padre y el anterior rey siempre utilizaban una corona falsa. Tanto la real, como la falsa eran de oro puro, pero lo que las diferenciaba era que la falsa tenía sobre ella ocho piedras de colores, mientras la original tenía las ocho gemas de colores. Las lunas reales. No tenía idea de para que servían las lunas y por qué eran tan importantes. Supuso que ahora como reina lo sabría. Verlas allí tan cerca era hipnotizante. Nohemí pensó que lo mejor de ser reina era tener aquella corona. Era realmente hermosa,  cubierta de diamantes en su base, y sobre ella las ocho esferas: roja, verde, azul, amarilla, blanca, negra, morada y gris. La luz que contenía cada una era radiante, a excepción de la negra, que parecía absorber la luz de las restantes.

- Nohemí, hija del rey Samuel Coulson, ¿juras por el Dios de tus padres, el Dios que protege a Solland y el Dios que venció la magia; regir con justicia, humildad, firmeza, y servir con dedicación al reino de Solland, y todo lo que está entre sus cielos y sus tierras, Urbem, Magenta, Selene, Las Rosas, Carmesí y El Dorado? –dijo el Sumo Sacerdote delante de la multitud.

- Lo juro por el Dios de mis padres, el Dios que protege a Solland y el Dios que venció la magia, y juro por mi propia vida, que serviré a Solland y a todos sus ciudadanos hasta el último de mis días como Reina –dice Nohemí colocando su mano sobre el Santo Libro, creyendo haber repetido aquellas palabras tal y como le habían dicho que dijera.

Entonces en ese momento los sacerdotes colocaron la capa sobre los hombros de Nohemí. Dominic a su vez le entregó el cetro, y el Sumo Sacerdote tomó la corona y se acercó a ella.

- Pueblo de Solland. Campesinos, obreros, terratenientes, soldados, nobles, magísteres, Jefes. Todo niño, niña, hombre, mujer, y anciano, postradse ante su nueva reina. ¡Salve reina Nohemí Coulson!

- ¡Salve reina Nohemí! –dijeron todos unánimemente postrándose ante ella. Nohemí se estremeció y se maravilló ante aquello. Por primera vez en su vida se sintió verdaderamente importante. El Sumo Sacerdote colocó la corona sobre sus sienes. Realmente era muy pesada. Quizá ese era el único motivo por el cual nunca la usaban. Sentía que pesaba una tonelada y que en algún momento el peso la iba a enterrar bajo tierra.

La jovencita temblaba en aquel momento. Supo que el sacerdote se había dado cuenta, pues le ofreció una cálida sonrisa y tomo su mano derecha y la alzó. Ella se limitó a sonreír nerviosamente a la multitud. Sin dudas ella debía ser la reina más penosa de toda la historia. Y su timidez al parecer no calaba entre la multitud, pues en sus rostros observaba seriedad, e incluso asombro.

Y quizá fueron sus nervios, o lo distraída que estaba viendo hacia la multitud, que no alcanzó a oír los gritos a su espalda, sino hasta que un gruñido estremecedor se escuchó sobre estos.

Nohemí se giró lo más rápido que la pesada corona le permitía, y fue cuando su corazón se detuvo en seco al observar a un ser gigantesco, de por lo menos unos tres metros. Era un gorila. Un gorila gigante de esos que habitaban en el bosque Multicolor. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Sus manos fuertes y grandes golpeaban las armaduras de los soldados, los tomaba, y los lanzaba al vacío, o los estrellaba contra el suelo de roca. Nohemí sintió que alguien la tomaba por el brazo y la jalaba. Se volteó, y era Dominic quien la jalaba y le gritaba a los guardias que detuvieran a la bestia. Debajo de ella, la multitud lanzaba gritos. Se giró a observar y vio a gente correr desesperada y presa del pánico. Había dos gorilas más en el patio, atacándolos. Comenzó a avanzar de prisa junto a Dominic, mientras con una mano trataba de que la corona no se le cayese. Todo el mundo corría de un lado para otro. Perdió de vista a los Jefes de ciudad. La bestia seguía golpeando a los soldados que intentaban detenerla con sus espadas. Se dio cuenta de que el gorila tenía flechas incrustadas en sus peludos brazos y piernas. Pero parecía hacer caso omiso a ello.

De repente, el gorila giró la cabeza, la miró por un instante, y echó a correr hacia ella. Fue entonces cuando resbaló, cayendo al suelo. La corona se desprendió de su cabeza, cayendo a un lado. Dominic trató de levantarla inmediatamente. El gorila corría, arrasando con los soldados que se atravesaban en su camino, sin inmutarse ante todas las flechas que lograban acertarle. Uno de los guardias  logró atravesarle con la espada. El gorila gritó de dolor, pero enseguida tomó al hombre con una mano y lo apretó, haciendo crujir todos sus huesos. Aquel sonido traumó a Nohemí. Sintió a Dominic jalarla de nuevo, pero ella era incapaz de ponerse en pie. Se sentía inmovilizada de alguna manera. Pensó que era motivado al susto, pero era más que eso. Realmente estaba intentado mover sus manos y piernas y no podía hacerlo, no podía hablar, ni gritar, no podía hacer nada más que respirar y ver lo que ocurría a su alrededor. El gorila avanzaba, y ya estaba a menos de cinco metros. Otro guardia se acercó e intentó ayudarles, cuando de pronto un sonido aturdió a todos. El gorila se echó hacia atrás impactado por algo que hizo brotar sangre de su pecho. Otro sonido fuerte, y otra herida más, esta vez en la pierna del gorila. Comenzó a gemir de dolor. Y luego un tercer Bang directo a la cabeza del animal, que cayó al suelo, moribundo. Un hombre se acercó a la inmensa bestia, le miró con excitación, y con el objeto largo que tenía le propinó otro disparo. Conocía a aquel hombre. Era uno de los Jefes de ciudad. Un hombre alto, fuerte, cabello bien peinado hacia atrás que le llegaba hasta los hombros. En sus manos tenía un fusil. Todo el mundo dejó de gritar y de correr en ese momento. Fue cuando Nohemí se percató que podía moverse de nuevo. Se levantó de inmediato mirando a todas partes. Algunos la miraban a ella, y otros al hombre con el fusil. Aquel hombre era el Jefe de Magenta. Solo los magentinos fabricaban fusiles. Eso los hacía junto a los de Selene y el propio Urbem uno de los ejércitos más poderosos de todo Solland. Era apenas la segunda vez que veía uno de aquellas armas. Su padre tenía uno en sus aposentos. Eran armas poderosas.

- Se encuentra bien princesa –dijo aquel hombre sonriéndole.

- Sí... Gracias –respondió Nohemí varios segundos después.

- Reina –dijo a espaldas de ella Dominic-. Ahora es la reina.

- ¡Oh! Por supuesto. Cómo olvidarlo. Ahora es reina de Solland. Mis excusas su majestad.

Nohemí no supo que decir. Aquello de majestad la hacía sentir viejísima.

Nohemí recordó la corona en el suelo, y se giró de inmediato. Para su sorpresa, las lunas continuaban aferradas a la corona, ninguna se había roto. Por lo visto estaban hechas de una material bastante resistente. El Sumo Sacerdote la estaba levantando en ese momento. Nohemí recordó a los dos gorilas que atacaban a la multitud, y también recordó que Jared estaba allí en alguna parte. Sin pensárselo, corrió hasta donde pudiese ver, y observó que los soldados habían controlado la situación con mayor eficiencia que los que la estaban protegiendo a ella. Los dos gorilas yacían muertos sobre el suelo.

- ¿Cómo es que esos gorilas han llegado hasta el castillo sin que nadie se percatase? –preguntó alguien a espaldas de Nohemí.

- Tal vez por alguno de los pasadizos secretos que dan al castillo –dijo otra voz.

Nohemí miraba a todos lados tratando de encontrar a Jared.

- Eso es imposible –dijo una voz femenina que Nohemí reconoció. Era Andrea, la magister militar de Urbem-. Solo los reyes, el Sumo Sacerdote, el Consejero, y yo, conocemos esos pasadizos. Y yo jamás atentaría contra mi reina.

- ¿Entonces acusas a alguno de ellos? –dijo el Jefe de Magenta.

- No. Si me escucha bien, he dicho que es imposible que el gorila entrase por alguna vía secreta.

- ¿Entonces de qué otra manera entró al castillo sin ser visto por nadie?

Todos hicieron silencio en ese momento. Nohemí seguía sin tener éxito buscando a Jared.

- No solo eso. ¿Cómo es que salieron del bosque Multicolor y llegaron hasta aquí? –Dijo alguien más-. Y esos ojos rojos. ¿Vieron esos ojos rojos?

- Estaban hechizados –dijo Dominic-. Un mago, o una hechicera, tuvo que haberlos mandado hasta acá a asesinar a la reina.

Nohemí se giró a verlos a todos. Parece que hablar de magos los asustaba. Pero, ¿por qué alguien querría matarla? ¿Qué había hecho ella?

- Podría ser –dijo Andrea-. Tiene lógica esa deducción. Ese gorila gigante tenía como propósito matar a la reina. Además explica como caminaron desde el bosque hasta el castillo.

- Pero seguimos sin saber cómo nadie se dio cuenta.

- ¿Un traidor dentro del castillo?

Nohemí observó como todos callaron y se miraron los unos a los otros. Otros agachaban la cabeza. Aquella idea aterró a Nohemí. Ahora menos quería ser reina.

- También podría tratarse de alguien ajeno que visitase el castillo, y husmease sin que nos percatásemos –dijo Dominic.

- ¿Alguien? ¿Pero qué extraño ha estado en el castillo en los últimos días?

- ¡Puede ser! –Dijo Andrea-. Recuerdo haber visto una vez a una mujer dentro de la torre hablando con la señorita Elisa-. Jamás en mi vida la había visto.

- ¿Sabes su nombre? –preguntó un hombre con voz grave que fascinó a Nohemí. Se trataba de uno de los Jefes de ciudad.

- Ni idea. Supuse que era una amiga de la señorita Elisa y no indague al respecto.

- Debemos buscarla e investigarla –dijo Dominic.

Nohemí se aterra ante aquello. ¿Podría ser Dayanna una traidora que quiere asesinarla? Eso es algo que no se podía creer. Dayanna era amiga de Elisa, y su prima no confiaría en alguien que les hiciese daño. Por otro lado… no la conocía mucho, y ella misma le había mostrado uno de los pasadizos secretos aquella noche que visitó a Jared en la taberna…

Todo lo que acababa de suceder podía ser por su propia culpa. Sin embargo prefirió callar en ese momento. Tenía que saber quién era Dayanna. Y si Jared estaba sano y salvo.

Menuda manera de comenzar su reinado. 

Alejandro Mendoza Rodríguez.

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    Tercera parte del cuarto capítulo. Octava entrega de la historia.

    Previamente: Elisa viajó a Selene en busca del Libro de Hechizos, teniendo que huir a Ciudad Carmesí al presenciar un homicidio y descubrir que la Magister Lenrys es una hechicera. Esto obliga a Dayanna a viajar a Selene en busca de Elisa, encontrándose en la ciudad con un curioso gato negro. Mientras tanto en Urbem, Nohemí está a punto de ser coronada como Reina de Solland.

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24 años. Amante de las letras, de la música, del arte, de las personas, y de la vida.

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