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32 min
Luz de Noviembre
Amor |
07.08.15
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Sinopsis

El nueve de marzo de mil ochocientos sesenta y tres la Sociedad de Escritores y Poetas de la ciudad decidió fundar la Revista Literaria “El Búho Avizor”. La decisión se tomó en la tertulia del café del mismo nombre, que era también la sede de la sociedad.

I. Salvador
El nueve de marzo de mil ochocientos sesenta y tres la Sociedad de Escritores y Poetas de la ciudad decidió fundar la Revista Literaria “El Búho Avizor”. La decisión se tomó en la tertulia del café del mismo nombre, que era también la sede de la sociedad. Allí acudían cada tarde sus miembros: Don Mario Nigromante, hacedor de poemas luctuosos que no se leían sino entre aquellas paredes; Don Agapito de la Vera, novelista, y Don Federico Sagardía, que veinte años antes había escrito un drama en cinco actos ambientado en los tiempos de Martín I de Aragón, llamado también Martín el Humano y Martín el Viejo, y que tiempo incontable atrás se había representado en un teatro de la capital. Presidía la Sociedad de Escritores y Poetas Don Agapito de la Vera, que, desde su juventud, amenazaba a medio mundo con una novela sobre las peripecias de un miembro de la logia “Doce hombres de corazón”: logia a la que, según insinuaba, había pertenecido él mismo y donde, dejaba entrever, había confraternizado con Don Ángel Fernández de los Ríos.

El último miembro de la sociedad era yo, Salvador Reina. O más bien he de decir aspirante a miembro de la susodicha sociedad y a poeta lírico. Tenía entonces catorce años, muy lejos de los treinta y ocho de Don Agapito, el más bisoño de los socios. Cuando se fundó la Revista Literaria, tenía yo por costumbre aparecer cada tarde en el café y agazaparme detrás de una taza del oscuro brebaje en la mesa que había junto a la de la ellos mientras los oía platicar sobre literatura y, cuando los vasos de aguardiente hacían efecto, discutir hasta llegar casi a las manos sobre los discursos de O´Donell que aparecían en “El Diario Español”. Don Federico, apasionado defensor del político canario, no soportaba las chanzas socarronas de Don Mario, quien ponía todas sus esperanzas en el genio de Narváez. Y los deseos de paz del bueno de Don Agapito no bastaban para declarar una tregua entre los dos contendientes. 

Yo admiraba entonces el verbo de los tres próceres de las letras y anhelaba convertirme algún día en uno de ellos. He de decir que ninguno de los tres insignes maestros advertía mi presencia, a no ser que cuente los mandados que me encomendaba Don Agapito para que me acercase a su casa y diese aviso a su esposa de su tardanza. Aun así, no me dejaba vencer por el abatimiento y cada noche dejaba correr la pluma sobre el papel componiendo sonetos, coplillas y romances con las que esperaba impresionar algún día a mis apreciados tertulianos, especialmente a Don Agapito, al que yo más admiraba. Pero nunca me armé del valor suficiente para mostrarles mis escritos a ninguno de los tres.   

La Sociedad de Escritores y Poetas duró lo que duraron las ganas de disputar de Don Federico y Don Mario, apenas un lustro, feneciendo unos días antes del estallido de nuestra Gloriosa Revolución. La revista continuó su andadura tras ser adquirida por un aprendiz de magnate que regentaba una imprenta conocida por la impresión de folletos de pócimas de botica. Por mediación de un hermano de mi madre que compartía aficiones cinegéticas con el nuevo dueño y gustaba correr con él tras perdices y faisanes, conseguí entrar en la revista después de cansar a amigos, vecinos y familiares para que me consiguiesen un empleo en su redacción. Mis primeros años, como imaginarán, fueron poco brillantes, limitándome a barrer entre las mesas de sus periodistas la ceniza de sus cigarros, si es que podían llamarse así la bazofia que fumaban. Mas antes de celebrar mi vigésimo cuarto cumpleaños, ya me permitían escribir algún que otro suelto sobre obras sin importancia.

Coincidieron aquellos primeros años de mi carrera de plumilla con el inesperado éxito de Don Agapito. Una novela en la que se narraban las andanzas de un soldado carlista puso su nombre en boca de todos cuando el faro de mi primera juventud estaba a punto de conquistar la quinta década de su vida. En nueve años, nos regaló con tres novelas más y cuatro dramas que yo devoraba una y otra vez hasta poder recitar párrafos enteros que guardaba con celo en mi memoria. Su rostro aparecía en la primera plana de la prensa especializada y en la otra también, junto a nombres tan ilustres como el de Don Juan Varela, siendo el protagonista de casi todos los números de "El Búho Avizor". Durante aquellos nueve años, raro era el día en el que algún periódico no se hiciese eco de sus palabras o publicase un comentario de su último libro. Y nuestra revista no dejaba escapar la ocasión de recordar a sus lectores que Don Agapito de la Vera había sido uno de los fundadores de “El Búho Avizor” y su primer director.

Mas nueve años después de la publicación de la novela que le condujo a la cima de la fama, Don Agapito desapareció del mundo de las letras. Se le dejó de ver en los grandes acontecimientos culturales y sociales que se organizaban en la capital y no volvió mostrarse ninguna obra suya en los escaparates de las librerías ni a estrenarse en los teatros. Cuando la prensa de Madrid se percató de su desaparición, mandó a nuestra ciudad una caterva de periodistas seguida de otra de curiosos, que asaltó las calles aledañas a la placita en la que se encontraba la morada de Don Agapito. Mas no pudieron dar con él sencillamente porque la casa en la que vivía llevaba meses cerrada. Durante semanas, se quebró el sosiego de la ciudad con este enjambre de moscas en busca del panal de rica miel de Don Agapito. Hasta que, cansados de su infructuosa búsqueda, se fueron por donde vinieron y el nombre de mi admirado escritor se desvaneció en el olvido de todos durante meses y meses.

Bueno, de todos no; que yo no lo olvidé. 

Casi la misma edad tenía yo que la que tenía Don Agapito al fundar “El Búho Avizor” cuando di con él. Bueno, a fuer de ser sincero he de decir que no le encontré yo, sino mi hermana y su marido, que tenían la mala costumbre todos los veranos de dejar con mi madre y conmigo a sus cinco mocosos mientras iban a darse los baños en un balneario lo más alejado posible de su familia. A la vuelta de uno de estos viajes, me contaron, como si se tratase de una anécdota más de su insípido periplo, que Don Agapito vivía retirado con su hija en una casa apartada, muy próxima a un acantilado al que iban a romper las olas furiosas.

Ya se pueden imaginar cómo aquella noticia removió mis entrañas. Imaginaba a mi admirado maestro en una gran mansión concitando a las Musas mientras jugaba con las palabras. E imaginaba también lo que supondría para mi mediocre carrera ser yo el afortunado que hablase con él después de su misteriosa desaparición. Así que, sin dar explicaciones a nadie de las razones que me movían a ello, pedí al director de la revista que me concediese unas semanas de permiso para disfrutar de unas vacaciones que hacía años que no me tomaba.

Llegué a la población de*** casi anochecido. Me dio la bienvenida la luz ambarina en el momento en el que el sol agonizante busca refugio en el horizonte para bien morir. Me alojé en la única posada, oculta entre dos frondosos robles en una de las calles adyacentes a la plaza. A pesar de la hora tardía y de estar mediado el mes de noviembre, aproveché la temperatura benigna de aquel atardecer para dar un paseo antes de recogerme a descansar del largo viaje que me había llevado hasta allí. No hubiera sido la población de*** más que un villorrio de no ser por el balneario que se alzaba majestuoso a los pies de una colina y llenaba de visitantes sus alrededores. El pueblo lo componían unas cuantas casas sin ninguna belleza y una iglesia que no tenía nada de valor sino su campanario, que, a semejanza de los campaniles románicos que había visto en mi viaje por tierras italianas, se elevaba hacia el cielo como un dedo acusador. ¡Sólo Dios sabrá cómo habían construido semejante campanario en un lugar tan apartado del mundo!

Cuando las sombras de la noche se apoderaron del pueblo y sólo la luz plateada de una luna en cuarto creciente se atrevía a rasgar las tinieblas que van en pos del ocaso, me volví a la posada dejando mi visita a Don Agapito para el día siguiente. De buena mañana, después de dar cuenta de un suculento desayuno, me acerqué a la morada de mi admirado escritor siguiendo las indicaciones del hijo de la patrona. Pensé encontrar una suntuosa mansión y no hallé sino una casa de pequeño tamaño con un jardín cuajado de rosas blancas. Asomado a la herrumbrosa verja, pude ver cómo la yedra trepadora abrigaba la piedra oscura que revestía la casa y una vereda de grava se abría camino hasta una puerta de madera carcomida por el tiempo. Por la parte trasera del jardín, me costó reconocer en el anciano que arrastraba sus muchos años caminando a la sombra de unas hayas a Don Agapito, del que no quedaba de su juventud más que su cabello, increíblemente negro y espeso para su provecta edad. Pensé hacerle una seña para que advirtiera mi presencia; mas antes de que tuviese tiempo de pensarlo, él aceleró el paso y, empuñando el bastón, corrió hacia mí profiriendo auténticos alaridos.      

—¡Fuera!, ¡fuera de aquí, sanguijuela!

Abrió la puerta de la verja y la emprendió a bastonazos conmigo sin atender a mis desaforadas quejas. Yo procuraba no defenderme sino con leves manotazos y llamadas a la cordura recordándome a mí mismo la avanzada edad de mi adversario. Sólo Dios sabe cómo hubiera terminado aquella embestida de no haber acudido en mi ayuda, atraída sin duda por nuestras voces Camila, la hija de Don Agapito. La joven debió hacerse cargo de lo sucedido pues, con una fuerza que desmentía su frágil apariencia, logró hacer retroceder a su padre y evitar que un golpe certero me causara una desgracia.

Cuando recuperé la presencia de ánimo, me di a conocer como hombre de paz. Fue entonces cuando Don Agapito debió de ver en mí al muchacho que casi veinte años antes le llevaba y traía recados de su casa al café “El Búho Avizor” porque, tras una estridente carcajada, hizo el amago de darme un abrazo, que yo rechacé temiendo un nuevo asalto. Deshechos los malentendidos que provocaron el lance, me hicieron entrar en la casa, donde Camila, su hija, restañó las heridas que me habían causado los acertados golpes de Don Agapito. Tras la cura, fui invitado con ruegos del padre y la hija a pasar el día con ellos y, para mi fortuna, antes de que muriese la tarde, la invitación se había extendido a la quincena que pensaba disfrutar en aquellos parajes. Imposible describir mi gozo al anticipar los días que tenía por delante junto a la persona que casi desde mi tierna infancia más admiraba.

II. Camila
Mi padre no volvió a ser el mismo después de la muerte de mi madre. Perdió la ilusión por sus novelas y sus dramas, que arrumbó al rincón más escondido de nuestra casa. Era como si se culpase de la triste enfermedad que se la llevó; como si Dios le hubiese dado justo castigo por haber ido en pos de la fama postergando a su esposa querida. Por más que yo le dijera que ella fue feliz compartiendo sus anhelos, por más que le contase sus momentos de dicha al vernos a mi hermano y a mí crecer con alegría, él se reprochaba el abandono al que creía haberla sometido.

El golpe sufrido afectó a su benévolo temperamento. Su talante siempre bondadoso y paciente tornose pronto a la cólera y poco dado a la misericordia: Nada le contentaba y cualquier cosa le enfadaba. Mi hermano se marchó de casa a los pocos meses del fallecimiento de nuestra madre incapaz de aguantar las constantes discusiones que tenía con él y me dejó sola con el autor de mis días, cada vez con menos fuerzas para sobrellevar los vaivenes de su humor. 

Por aquel entonces, tenía un medio novio, Julián, que venía a verme los domingos a la hora de la merienda. Al principio, las visitas eran del agrado de mi padre y, entre trozos de bizcocho y sorbos de chocolate, departía con él sobre los sencillos acontecimientos de la ciudad; pero, cuando Julián empezó a hablar de matrimonio, montó una trifulca sensacional acusándonos de querer apartarlo como si de un trasto viejo se tratase. Consiguió hacerme sentir culpable y, al no encontrar solución satisfactoria para todos, rompí un compromiso que no había hecho más que empezar a caldear mi corazón. Muchas veces pienso que mi renuncia al matrimonio le hizo más mal que bien, pues, a partir de ese momento, se convirtió en mi tirano y yo pasé a ser su esclava. El miedo al abandono le hacía ser implacable y si le contrariaba de palabra u obra, me acusaba de ser una mala hija.

Fue el temor a ser acosado por la prensa y los editores de su obra lo que le llevó a cerrar las puertas de casa a todo el que no fuese mi hermano, negándose incluso a recibir a sus amigos de siempre, Don Federico y Don Mario, en los que veía a los cómplices de la villanía que decía haber cometido con mi madre. Y fue ese mismo temor el que nos empujó a una huída sin destino fijado.

Durante meses y meses, años y años, me llevó a lugares escondidos donde nadie le conocía ni le hacía recordar el tiempo en el que fue un escritor amado por la Fama: esa diosa que, decía, le había arrebatado a su esposa. En algunos sitios no permanecíamos sino unos días, unas semanas; mas, en otros, se diría que íbamos a echar raíces, hasta que la mirada de un desconocido precipitaba de nuevo la huída.

Cuando llegamos al pueblo de***, parecía que, al fin, habíamos encontrado el sitio ideal donde establecer nuestro hogar. Nadie nos conocía y los lugareños no mostraban hacia nosotros esa curiosidad turbadora que remueve las entrañas. Es cierto que a pocos kilómetros de nuestra casa había un balneario que los veranos se llenaba de gente en busca de remedio a sus males, mas estaba lo suficientemente apartado para que no temiésemos a los intrusos. La tranquilidad del lugar y su tiempo cálido gustaron a mi padre, que disfrutaba paseando por el jardín de la casa que alquilamos. Yo conseguí unas cuantas niñas del pueblo a las que enseñar a bordar por las mañanas: más para engañar al tiempo que por los reales que me podían dar; mientras las tardes se me pasaban sin sentirlas mimando mi parterre de rosas blancas.

Y en ese remanso de paz vivimos hasta que Salvador irrumpió en nuestras vidas.

La llegada de Salvador fue una bendición del cielo para mi padre. Por fortuna pude advertirle a tiempo de que no mentase la literatura delante de él si no quería despertar las furias que habitaban en su interior. Mostró ante él una respetuosa sensibilidad que le hacía adivinar los deseos de mi anciano padre antes de que éste pronunciase una palabra. Ignoro de que podían hablar. Cuando los contemplaba desde la ventana o desde mi florido rincón paseando entre las hayas, siempre los veía conversar olvidados del mundo. En más de una ocasión sorprendí en mi padre una sonrisa llena de socarronería, supongo que por haber descubierto en su joven acompañante algún hueco de ignorancia que pensaba llenar con su vasta sabiduría. Y yo también me permitía sonreír pues hacía mucho que no le veía tan dichoso y daba gracias a Dios por habernos enviado a semejante ángel del cielo.

Después del almuerzo, cuando la pesadez de la sabrosa comida con la que nos deleitaba la criada  invitaba al descanso, mi padre daba unas cuantas cabezadas en su sillón jugando a despistar al sueño, que acababa siempre venciéndolo. Entonces me sentaba junto a la ventana con mi labor, dispuesta a ver pasar las horas. Esas horas, que antes de la llegada de Salvador se me hacían tan tediosas, tornáronse las más preciadas para mí. El joven acercaba su silla a la mía y, valiéndose de su delicadeza y su buen decir, hacía que le mostrase hasta el más recóndito rincón de mi corazón. Yo, que soy poco dada a hablar de mis cuitas, le contaba los secretos que me ocultaba a mí misma. Mas no le abrumaba sólo con las pequeñas penas que aguijoneaban mi alma; también me recreaba mostrándole los anhelos e ilusiones que habitaban mis sueños. Era la primera vez desde que me dejase mi madre que alguien atendía a mis palabras como si lo que tuviese que decir fuese de alguna importancia y aquella atención halagaba mi maltrecha vanidad. 

Mas él no permanecía en silencio ni se limitaba a prestarme su paciente escucha. Gustaba hablarme de los poemas que tejía su corazón y que algún día sorprenderían al público más versado. Salpicaba sus palabras con versos que hacían rebosar las lágrimas de mis ojos. Pero era la devoción con la que se refería a mi padre lo que acababa conquistándome. Y, sin que siquiera me percatase de ello, empecé a espiar sus movimientos, a buscar su mirada cada vez que se alejaba de mi lado. Hasta que un día mi corazón saltó de gozo cuando sorprendí en Salvador el mismo anhelo que a mí me consumía.

Algo debió de barruntar mi padre porque su trato conmigo se fue haciendo más y más áspero. Su paciencia, que no era mucha, se desvaneció y, cuando me demoraba un poco en satisfacer sus caprichosos deseos, me increpaba con palabras que me rompían el corazón. Al principio logré contener las ganas de Salvador de salir en mi defensa: yo sabía que con cualquier réplica sólo conseguiría avivar el genio de mi padre e indisponerlo aún más en mi contra. Mas, con el paso del tiempo, me fue casi imposible reprimir las iras de uno y otro. Mi padre, viendo en Salvador un adalid de mi causa, me acusó de atraerlo para alejarlo de él. Salvador, por su parte, me azuzaba para que me enfrentase al que me dio la vida. Y uno y otro tiraban de mí hasta romperme por dentro.

Un amanecer en el que el astro rey se levantó en un cielo azul limpio de nubes, Salvador llamó a la puerta de mi dormitorio y me hizo levantar de entre las tibias sábanas. Dijo querer hablar conmigo y, al salir de la habitación, me condujo de la mano hasta el jardín. A aquella hora de la mañana la luz  de noviembre teñía de oro los pétalos de mis rosas blancas y aquella acogedora claridad sería la única que, luego, en mi recuerdo, iluminaría mi corazón. Sin soltarme de las manos, me pidió en matrimonio, que dejase aquella vida que me esclavizaba y me fuera con él. Tan inesperada petición me dejó sin palabras y sólo tuve fuerzas para rogarle que me dejase tiempo para pensarlo. Pasó el dorso de su índice por mi mejilla y con un leve beso en mis labios logró que se me escapara una lágrima de gozo. 

En ese momento se abrió la ventana de la sala y los gritos enfurecidos de mi padre rompieron el hechizo. Solté las manos que aún estaban entrelazadas con las de Salvador y salí corriendo hacia la casa. Allí me esperaba la más terrible discusión en la que jamás me vi envuelta. Mi padre me acusó de ingrata, de actuar a sus espaldas y de otras infamias que he intentado olvidar. Al oír las voces, Salvador acudió veloz a rescatarme, mas lo único que consiguió fue avivar el fuego que consumía al autor de mis días. Se enzarzaron en una discusión en la que ninguno escuchaba las razones del otro. Intenté, sin lograrlo, apaciguarlos y, después de una eternidad de reproches, me encontré con un ultimátum que nunca supe de la boca de quién había salido: debía elegir entre uno u otro.

La angustia oprimió mi corazón. Pasó por mi corazón el dolor de ver a mi padre indefenso muriendo de tristeza y la añoranza de la ausencia de Salvador. Y, sin poder decidirme por ninguno de los dos, caí desmayada sobre la alfombra. Me despertaron las caricias de Salvador que, asustado, intentaba hacerme volver en mí. Mi padre, según me dijo, había salido hacia el pueblo en busca de un médico antes de que a mi amado le diese tiempo a darse cuenta de lo ocurrido, tal era su espanto. Con mi mirada prendida en la suya, logré recuperar totalmente el sentido y, con él, el recuerdo de mi triste sino. Salvador tomó mis manos entre las suyas y, sin apenas contener la emoción, me mostró su arrepentimiento por haber pensado antes en su dicha que en la mía. La tardanza de mi padre se alió con nosotros para que pudiéramos darnos toda clase de razones, prometiéndonos amor eterno. Cuando el trote de los caballos anunciaron la llegada del coche del doctor, ya había yo persuadido a Salvador de que había de partir, después de darle todo tipo de seguridades de que, cuando consiguiera convencer a mi padre de la sinceridad de su amor, lo llamaría. 

III. Salvador
Abandoné la población de*** con el corazón hecho añicos. Atrás quedaron mis esperanzas de compartir los días y las noches con Camila. Pero también dejé roto en mil pedazos el espejo en el que me había estado contemplando casi desde la niñez. El traqueteo del tren era como una voz que me dictaba al oído palabras insidiosas para robarme la esperanza. Cada vez que nos deteníamos en alguna estación, tenía que recordarme a mí mismo la promesa que le había hecho a mi amada para no saltar al andén y coger un tren de regreso. Mas, antes de que el deseo se impusiese a la voluntad, venía a mi memoria el dulce rostro de Camila suplicándome que confiase en ella y esperase su llamada. 

Vagué en los meses siguientes sin darme cuenta de lo que sucedía a mi alrededor, aguardando una carta que nunca llegaba. En “El Búho Avizor” me esperaba la silla, la mesa y el fabuloso artículo sobre Don Agapito de la Vera que no me atreví a escribir por no ser desleal a Camila. A las pocas semanas de mi regreso, mi gris existencia se confundía con la gris monotonía de lo que allí nos ocupaba a unos y otros. Ahogaba mi tristeza en aguardiente cuando acudía con los pocos amigos que tenía al café donde en otro tiempo floreciera la excelsa tertulia de los mejores hombres que había dado la ciudad y donde en vano había intentado hacerla revivir cuando mi espíritu aún rebosaba de ilusiones.  En el escritorio de mi casa se secaba la tinta con los versos que no llegaba a escribír.

Llegó noviembre y Camila no había dado razón de su existencia. Apenas sin una brizna de paciencia, a punto estuve de romper mi promesa y enviarle unas letras para recordarle lo vivido justo un año atrás. Mas, en el último momento, me arrepentí y en vez de sorprenderla con mi inesperada visita, le compré un libro de versos, que le envié en un paquete sin remitente.

El año murió sin noticia alguna y el invierno dio paso a la primavera. Un verano excesivamente cálido agostó las cosechas y de nuevo el otoño tiñó de carmesí las hojas de los árboles. Y al llegar noviembre sin traer otra cosa que su silencio, le envié otro libro de versos. Veía pasar las hojas del calendario con el corazón dividido: una voz me decía “ve en su búsqueda si no quieres perderla”;  mientras otra me susurraba “confía y espera”. Y, según pasaban los meses, la tristeza se tornaba en melancolía y ésta en añoranza, esperando y esperando una carta que no llegaba, atado a un juramento que me desgarraba por dentro. Sólo al llegar otro noviembre le enviaba un libro de versos, confiado en que ella recorrería con sus ojos las palabras que en él se guardaban, esperando que los versos le hiciesen recodar su promesa y me llamase a su lado.

Cubría la nieve mis cabellos cuando por fin llegó una carta. Pese a no haber recibido nunca una misiva de Camila, nada más ver la letra picuda y elegante del sobre, supe que era de ella. Me demoré unos instantes antes de decidirme a abrirlo, como si temiese el poder de sus palabras para matar la esperanza. Al fin me decidí a rasgarlo esperando encontrar su llamada. Mas la carta no era una llamada sino una queja expresada en mil palabras. En apenas dos pliegos me hablaba del cansancio que le causaban los constantes cuidados que requería la grave enfermedad de su padre. En una línea tras otra desgranaba con ácidas palabras cada una de las tareas que había de atender pues Don Agapito no quería que nadie más que ella se ocupase de él. En el momento en que escribió la carta que tenía en mis manos, el médico le había asegurado que le quedaban días, semanas tal vez, para abandonar este valle de lágrimas y ella no se sentía con fuerzas para enfrentarse sola a la muerte de su padre. Esa era toda la carta: la carta más esperada. Ni una palabra de afecto, ni una alusión al pasado. Sólo la orden prerentoria de que acudiese a ayudarla a sobrellevar el tránsito de esta vida a la otra de su padre. Y, aún así, sus palabras supiéronme a ambrosía y al día siguiente, tomé el tren que me llevó a su lado.

Me apeé en una vieja estación de una ciudad lejana y no tuve que hacer ningún esfuerzo para reconocer en la mujer que esperaba junto al andén a Camila. El tiempo había sido más generoso con ella que conmigo y sólo unas hebras plateadas en su pelo delataban el transcurso de los años. Y sin embargo, no era la misma que dejé. Un rictus de amargura sobrevolaba sus labios y en sus ojos se asomaba una mirada de hielo. Pensé que aquellas señales no eran sino consecuencia del cansancio por las muchas noches velando a su padre y me dejé llevar por la alegría del reencuentro. Tomé sus manos en las mías y quise besar sus labios, mas ella volvió la cara y mi boca apenas rozó su cabello.

En el camino a la casa en la que vivía con su padre quise recordarle los dulces momentos que habían deleitado nuestro primer encuentro, pero ella no parecía oírme y volvía una y otra vez sobre la dureza del cuidado de un anciano que había olvidado el significado de la palabra amabilidad. Aún así no permití que me invadiese el desaliento y me dispuse a esperar que el momento me fuera propicio. 

Encontré un Don Agapito consumido por los años al que el velo de la edad le había nublado el entendimiento. Yacía en una pequeña alcoba en la que apenas entraba la luz. Como un anticipo de la muerte, las pesadas cortinas de terciopelo estaban cerradas y sólo una vela junto al lecho permitía distinguir vagamente su rostro. Allí pasaba las horas Camila, sentada en una silla a los pies de la cama devanando madejas de lana y, sin atreverse a confesárselo, esperando la llegada de la Parca. Y allí también permanecí yo sin atreverme a moverme siquiera durante tres largos días y tres largas noches hasta que se produjo el triste desenlace.

En esos días, el alma del antiguo genio de las letras vagó por lejanos lugares sin dar muestras de conocer ni siquiera a su hija. Ésta, cual si no creyese en la posibilidad de una recuperación del sentido de su padre, vertía sobre mí toda la hiel que albergaba su corazón. Estaba llena de resentimiento contra su padre, al que acusaba de haberle truncado la vida. Sus palabras volvían una y otra vez a su primera juventud, cuando hubo de romper su compromiso matrimonial con un hombre que no era yo. Oyéndola, añoraba la dulzura de otro tiempo, la ternura con la que nos regalaba a Don Agapito y a mí.

Las comidas eran aún más tristes. En la mesa acostumbraba a permanecer en silencio y sólo de vez en cuando dirigía alguna reprimenda a la criada por no estar el guiso a su gusto. Yo la contemplaba sin atreverme a pronunciar una palabra intentando vislumbrar en la mujer resentida a la Camila que en otro tiempo amé.

Cuando murió el que antaño fuese un genio admirado de todos, no le acompañó a su última morada más que su hija y yo. El sacerdote leyó un frío responso a los pies de su sepultura y nos dejó solos para que le dijésemos el postrero adiós. De regreso a casa, nos sentamos en la sala mientras un denso silencio gritaba a nuestro lado. Quise preguntarle cuándo lo tendría todo dispuesto para partir conmigo. Mas no me dejó terminar. Para mi asombro, me reprochó el abandono al que la había condenado durante aquellos años en los que había consumido su juventud esperando. Intenté recordarle la promesa que nos hicimos años antes al despedirnos, hablarle de los libros de poemas que cada noviembre le enviaba y que nunca llegó a recibir. Mas ella no atendía a razones y toda la amargura que antes mostrase hacia su padre, era aquella tarde resentimiento contra mí. Sólo cuando recuperó la calma pudo contarme lo que escondía su corazón.

Después de nuestra despedida siete años antes, dejaron la casa donde parecía que habían encontrado su hogar definitivo. Su padre temía que una palabra mía indiscreta se deslizara en alguna conversación que llegase a oídos de periodistas y curiosos ansiosos por hacerse con su historia, como era mi intención cuando los visité por primera vez. Así que la arrastró de nuevo a través de una huida sin sentido. Recorrieron pueblos, ciudades y villas sin que Camila supiese si era de día o de noche, sumida como estaba en la melancolía. Desde la ventana del tren, veía pasar campos arrasados por una pertinaz sequía que parecían ser reflejo de su corazón asolado. Cuando al fin se establecieron en la ciudad, ya había enfermado de tristeza y nada de lo que la rodeaba conseguía despertar su curiosidad.  Don Agapito se asustó al verla y, temeroso al imaginar una nueva pérdida, claudicó en su obstinación. La animó a escribirme y dio su consentimiento a nuestro matrimonio, sin poner más condición que no lo abandonase y le permitiese seguir viviendo con ella. Mas, por razones que escapan a nuestro entendimiento, la carta tanto tiempo esperada por mí nunca llegó a mis manos. Tal vez se perdiera por los caminos de hierro que unían su ciudad y la mía; tal vez el destino se disfrazó de ráfaga de viento y confundió la senda que había de tomar la misiva. Nunca sabremos lo sucedido. Lo cierto es que Camila, mi amada Camila, no se apartó durante meses del balcón de su casa acechando mi llegada. A medida que pasaban las semanas sin que diese señales de vida, la esperanza se le iba muriendo. Perdido el miedo a malograr la salud de su hija, Don Agapito la azuzaba con insidiosas palabras hasta hacer anidar en su corazón la sospecha de que había sido engañada por mí. El desencanto la tornó rencorosa y su corazón se colmó más y más de amargura hasta que desaparecieron sus ilusiones y esperanzas. Se juró a sí misma borrarme de su recuerdo y lo cumplió: no volvió a pensar en mí hasta que, al enfermar su padre, se sintió sin fuerzas para ayudarle ella sola a emprender el último tramo del camino y su hermano se negó a hacer un viaje tan largo.

Cuando terminó de hablar, un inmenso dolor me atravesó el alma impidiéndome decirle nada. La imaginé sentada en el balcón aguardando mientras pasaban los días, las semanas, los meses... Con el llanto atravesado en la garganta, le conté mis años de espera y evoqué los libros de versos que cada noviembre le enviaba. Se deshizo en lágrimas por el tiempo malogrado, que intenté enjugar renovando mis antiguas promesas. Mas Camila no quiso escucharme y, levantándose, salió de la sala dejándome solo con mis ilusiones rotas.  

Al día siguiente dejé para siempre aquella casa. Partí poco antes de que el sol asomase su cabeza por el horizonte sin esperar a que Camila se despertase. El día anterior nos lo habíamos dicho todo y una despedida sólo hubiese servido para poner ante nosotros el abismo que nos separaba. Aunque me produjera un dolor reconocerlo, una noche en vela me había mostrado que la mujer que un día amé ya no existía, que el uno para el otro no era sino un extraño. Aún así, al abandonar aquel lugar, llevaba sobre mis espaldas el peso de la tristeza y la decepción.

Los años han cubierto ya toda mi cabeza de nieve y mi paso se ha vuelto vacilante. Cual un infante, necesito ayuda para vestirme y sostener la pluma con la que trazo estas líneas. También mi memoria se ha vuelto frágil y de un día para otro olvido cosas que, por otra parte, ya no tienen importancia para mí. Mas cada noviembre acuden a mi memoria las palabras de Camila: "espera y confía" y no olvido de enviarle un libro de poemas recordando la promesa que un día nos hicimos.  

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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