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6 min
M (FINAL)
Suspense |
04.09.17
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Sinopsis

3

Éramos del mismo tamaño. Nos encontramos en la Plaza de Armas y caminamos. Su forma de vestir, tan oscura, se mantenía. Usaba botas, pantalones oscuros y abrigos grises o negros, y si eran de cuero, mejor. Más que un fanático exagerado de Ozzy Osbourne, era un motociclista satanista sin Harley Davidson —aún iba en buses—. Cada vez que subía a uno de estos con su mamita, se reía. Porque ella siempre tuvo un estilo de princesa pinky. De flores y colores vistosos, con el cabello perfumado y la manía delicada de hablar y acariciar. Qué distintas las gamas de colores que amaban, me lo recuerda. Pero lo dice muy triste porque ella murió.

Dos años atrás, la señora fue detectada con un cáncer al útero. Muy avanzado. La T de cobre que utilizaba después de “parir” a M —así bromeaba con él, todos reíamos—, se oxidó y gangrenó las paredes internas.  Dictado el diagnóstico, “la guerrera” solo tuvo seis meses de vida. Que M hizo los mejores del mundo. Velaba el sueño de mamá, cocinaba sus comidas favoritas y la movilizaba a donde requería, siempre que podía. Entre la universidad —pública— y el trabajo a medio tiempo, mantenía una sonrisa entre las mejillas de la enfermita.

Intenté detener la narración para hablar sobre el hombre que los aterrorizaba. Me gustaría pensar que a ese hijo de puta le cayó todo el peso de la ley. Desde luego, no lo hice. Esperé con paciencia y compasión a que M me relate el sufrimiento en las sesiones de quimioterapia, la pobreza que atravesaron luego de la despedida, el día de mi cumpleaños, y la despedida de la mujer que más amó. No lo reproduciré porque bien puedo derramar lágrimas sobre el teclado y arruinarlo, es también el dolor de alguien tan cercano que me permitió contar su historia. Sin utilizar su nombre, claro. 

Me contó algunos datos más sobre su vida —que simplificaré— porque sabe bien que las historias para mí deben ser completadas. Irónicamente, recordé en silencio la frase que repetía junto a la afirmación anterior: Duela a quien le duela. Uno, el audio se acabó prematuramente porque la batería de su celular murió. Dos, no me regaló nada en su despedida porque solo generaría preguntas en su mundo ya complicado. Tres, cambiaron de ciudad, país, colegio, proyectos, amigos y clase social.

—En algún momento, mamá tuvo que lavar grandes costales de ropa ajena. No teníamos nada, imagínate cómo terminaron sus manos. Yo la ayudaba, pero ella quería que nunca deje de estudiar.

Antes de agregar algo más, M perdió la compostura y se detuvo.

En ese momento, le acerqué mi pañuelo. Lo mojó entero y al levantar el rostro, sus ojos enrojecidos me parecieron los más sinceros del mundo. Lo abracé, sentí su respiración cansada y tuve ganas de llorar. Lo hice y…

Nunca más volví a perder a M.

4

Cuatro, la continuación del audio sucedió —más o menos— así:

La mamá de M vio que el padrastro no le propinó el puñetazo y que no lo haría jamás. Aprovechó la pausa entre el griterío y volteó la cabeza para tantear el camino hacia el segundo piso. En ese momento, relató, el padrastro tenía los ojos desorbitados. Una lucha interna, tal vez, entre sus principios y el instinto de supervivencia. La frente del fofo ogro escurría un sudor negro, una combinación hedionda de preocupación, violencia en casa y grasa para autos. Solo planificaba escaparse de aquel hombre con orejas grandes y pelo en panza. La noche aún era joven. Los vecinos ya no intervinieron. Conocían de sobra el caso, estaban hartos. M después de tiritar por el nerviosismo, se aproximó a la puerta. Arrodillado esperaba a que su mamá gane la pelea y se quede junto a él. Con el pabellón puesta sobre la madera fría, esperó oír algo más. G (de Guerrera, de Gloria) saltó dos peldaños arriba y como pudo, provocando la reacción de su conviviente. El que estiró su brazo izquierdo y cogió su cabellera lacia y negra, con tanta fuerza que la mujer gritó —al menos, no perdió el equilibrio— cual fiera herida. No arremetió contra el abusador, continuó el camino y perdió dos mechones. La bestia que alguna vez amó, insatisfecho, avanzó tras ella y cogió su cintura. Un codazo de G no lo detuvo. Dos. Estaba aferrado la unión forzada de un eslabón y un candado. Semiconsciente. G soportando el peso, giró hasta verle a los ojos y hundió las uñas derechas recién pintadas en los ojos del padrastro de M. La presión en su talle aumentó de manera aplastante. Ya resbalaban algunas gotas de sangre entre sus dedos. Él aullaba, pero sus brazos mantenían la posición. G alzó la mano derecha, la sentía como un trapo, y azotó los pómulos cuantas veces pudo. La sangre esparcida realzaba la ruborización en la mejilla del abusador. M derramaba lágrimas, desesperaba y pataleaba contra el aire. Ya no quería más peleas. G oyó el barullo y los impactos en la habitación de su hijo. Su instinto maternal le alertó. Sus impulsos animales la libraron del hombre. El tipejo que empezó una tragedia sobre dos infelices, estaba cerca del final de su vida —como bípedo y fanático de Rembrandt—. Su espalda retumbó  contra la baranda. Su culo impactó con un borde, luego su columna y la cabeza recibió algunos raspones con la escalera hasta que el suelo lo detuvo. Pero no murió, como aclaré arriba. Su vida ya no fue la misma.  G observó la caída y no sintió pena. Con la adrenalina en sus venas, tocó la puerta muchas veces hasta que M detuvo el sufrimiento para abrir la puerta. La vio, la abrazó. La luz de la calle, solo permitió —a ambos— notar el dolor. M no recuerda ver el cuerpo lastimero de su padrastro, G le tapó los ojos. Antes de cerrar por completo la entrada e ir a un hotel para dormir, G le dijo.

—Recuerda todo esto, hijo. Cuando seas grande, evítalo. Sé feliz. Yo confío en ti y sé que tú vas a ser grande, hijo. Tú vas a ser grande.

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Gracias por llegar hasta aquí, nos vemos pronto. ;)

 

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