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3 min
M (I)
Suspense |
03.09.17
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Sinopsis

Buenos días

De mis recuerdos de infancia, tengo uno que lleva –o llevaba- una inicial, M. Así le decía a mi mejor amigo. Un compañero de juegos estupendo, gran hermano y loco, pero no muy aventurero. No éramos solo uña y mugre, sino mugre y uña o uña y esmalte. En fin, más que eso. Una sociedad que parte y reparte, aunque ninguno se quede sin parte. Compartimos todo: barrio, escuela, color favorito, música, gusto por las mismas niñas (sí, a veces), deportes y la falta de hermanos.

Recuerdo que yo amaba las matemáticas. Aprenderlas nunca me costó. No imagino mi vida, entre libros como M. hacía. Él solo  reía con los juegos de palabras, se emocionaba con historietas y películas de ciencia ficción. Vaya que tenía imaginación el chico. Más que yo, pero todo antes de esa mañana. Luego cambió.

Esa amistad convivió conmigo hasta los 8. Lo recuerdo porque M. se fue el día de mi cumpleaños. Mejor dicho, apareció  a las 11. Indiferente, ojeroso, distraído también. Con un gesto frío en el rostro. Ni a mi mamá le correspondió el saludo y eso que para cariñosa, nadie le gana.

Me regaló una pulsera negra con tachas incrustadas, me abrazó y se despidió. Salió a paso ligero, casi huía. Volteó antes de cruzar el umbral, aunque para observar que nada se le olvidaba. Semanas anteriores, comentaba acerca de sus padres. Peleaban a diario. Que cenaba tarde. Que lloraba hasta dormirse. Que en una de esas noches, su mamá lo cogió en brazos mientras dormía  pero despertó cuando su papá –al gritar- impidió que abandonaran la casa. Yo lo oía en la acera, cuando comíamos helados de crema después de jugar fútbol. El de lúcuma era mío y chocolate para él. Entendía la situación difícil, aunque es complejo empatizar con sinceridad si nunca te ha pasado algo así. A mí me pasa. Ahora entiendo que M. se encontraba en el centro de una riña que no ocasionó. Que no merecía oír y menos, recordar. Debí ayudar de algún modo. Animarlo a enfrentar esta etapa. Hacer algo más que esperarlo para jugar en la calle. Tenía que hacer algo más.

En esa ocasión, se lo conté a mi madre. Ella no conocía a los padres de M. porque no asistían a reuniones ni a fiestas en el barrio. No pudo hacer mucho tampoco. Los amigos en el colegio tampoco querían conversar con él. Mi hermano no mejoró. Los momentos se iban y venían cada vez más oscuros —para mí, para él—. Despistados. Hace poco hablé con él (una década después) y me envió un audio, que M. con pena había guardado.

10-12-14

 
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