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7 min
M (II)
Suspense |
04.09.17
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Sinopsis

Linda señorita, me presento como un hombre de riqueza y buen gusto.

2

Me recosté con las luces apagadas, tenía auriculares ajustados y el volumen a media capacidad.  Solo un hilo de luz naranja ingresaba por la rendija superior de mi puerta. Estaba solo en casa. Ni Princesa III, hija de la hija de la primera mascota que fue amiga íntima de Paprika, parecía hallarse disponible. Mantuve los ojos abiertos, pensé en todo lo que sé de mi vida y reproduje el audio:

Te contaré esta historia entre susurros porque no quiero que me escuchen abajo. Es muy tarde. De amanecida, tal vez.  Estoy llorando desde las 9. Hace mucho ruido abajo. Platos que se caen, Paprika  que ladra fuerte, discuten para que toda la cuadra los escuche,  hacen silencio y gritan de nuevo, golpes en las puertas y de nuevo silencio. Casi todos los días es así. Te lo he contado tantas veces que me pone triste llegar del colegio. Yo no quiero que suban. No sé qué me harán si suben y están molestos, están tensos y sudando por la maldita pelea. Ya he estado así, en medio de ambos. Mamá agarrándome del brazo para que no se interponga entre nosotros y la libertad de la calle. Él cogiéndome el otro lado  para decidir nuestro futuro. ¡¡¡CÓMO LO ODIO!!!

Estoy debajo del escritorio de mi cuarto en el segundo piso, a oscuras y luchando con mi miedo a las arañas. Hace mucho que todo esto se llenó de bichos, ¿sabes? Mamá ya no es lo que solía. Ahora se levanta muy tarde. Ya me atiendo solo. Ahora me da dinero para ir al colegio y se despide. Se va a la cama. Tampoco vamos a misa. Ya no salimos a pasear los domingos. Algo le pasa y no sé qué. Aunque supiera, no me dejarían hacer nada. Tengo mucho miedo.  Ellos pelean mucho.  Él, mi padrastro. Ese es el desgraciado.  Yo lo culpo a él, a su uniforme y a la mujer esa que limpiaba la casa. Se lo he dicho a mamá y ella me dijo que no hable de eso cuando él esté ahí porque no quiere tenerme frente a esa bestia gorda cuando grita de amargura. Escupiendo veneno y babas. Ella no trabaja, pero no porque no sepa hacer nada como la puta que “limpiaba” tres veces por semana  cuando mamá me acompañaba a mi taller de piano.

Hay un silencio de unos segundos, que después se mezcla con sollozos reprimidos. Respiraciones más congestionadas también aparecen. Oír a M. exhalar para relajarse un poco es tan extraño. Un niño de ocho no tiene por qué oír a un maricón (sí, la tercera definición que no tiene nada que ver con la homosexualidad) traumatizar a su mamá y, de paso, a él.

Hasta hace unos años era cocinera en un restaurante grande. Tú sabes qué rico cocina. Pero todo lo dejó por pedido de él. Ese tipo ya era muy celoso con mi mamá. Desde ahí mi mamá no es feliz, creo. O quizás antes. Me da pena y cólera. Nosotros dependemos de él. Porque  todo el dinero viene de “Papá” y su trabajo de mecánico. Su uniforme es tan sucio como él, ¿sabes? Cada que cada vez que llegaba a casa se quitaba la ropa y con su panza al aire, gritaba por su comida desde la cama. Me da asco y ahora —también— me jode.

Es asqueroso ver que se queda en calzoncillos y si no lo atienden rápido, camina así hasta la cocina a renegar. La noche del miércoles, por ejemplo. Mamá dejó friendo unas papas y como demoraban, se acercó al sartén. Sí, bajó un piso para eso y aprovechó en gritarme. Luego, me reí porque él chilló muy parecido a un chancho, aunque se me irritaron los oídos, valió la pena. Resulta que, y esto no lo vi por estar en el baño, con un tenedor trató de levantar una papa, pero se le resbaló de entre los dientes metálicos y cayó de nuevo al mar de aceite. Entonces, salpicó. Y las microgotas de aceite hirviendo cayeron en sus manos y su pecho peludo y fofo.

Siento que suben, pero no. No lo hacen. Ahora pelean en los escalones. Por lo que dicen, él le agarra las manos y ella se indigna. Si lo que dice es como lo que vi tantas veces, le está jurando fidelidad y mirándole a los ojos. Mamá, por favor. No permitas que te bese. Ya no más. La calma reina dos segundos y los pasos en la de madera resuenan más fuerte. Está en el segundo piso y él esta invitándole a cenar, a pasear o a comprarle algo. Quiere arreglar las cosas. Mamá llora. Mamá se enjuga lágrimas y mocos. Eso me rompe el corazón, aquí, bajo el escritorio. Tiemblo de nervios. Mamá le grita que nunca más se burlará de nosotros, que ella conoce todo lo que él hace y que su lugar de trabajo será el primer sitio donde se enterarían quién es realmente.

 

Mi gordo padrastro sube con agilidad y estruendo al segundo piso. Están acercándose. NOOOOOOO. NO QUIERO VER MÁS OTRA ESCENA ASÍ. ENTIÉNDANLO, me digo sin dejar de llorar. Con la nariz desbordada  y la furia más grande que alguien tendrá en su alma. Me va a conocer ese hijo de puta, pero no ahora. Oye, cariño. Pasa al cuarto y hablemos de otra manera esto, ya verás que te va a gustar. Amor, cariñito, preciosa. TE QUEIO. Oigo cada palabra y siento arcadas. Un hombre con la boca tan sucia no debe ser tan cínico. Yo lo he visto arruinarle la noche a mamá con excusas para largarse de casa, gritarle a una cajera en un centro comercial por demorarse y a mí, patearme la puerta principal, que es de metal, solo porque abría todos los candados al ritmo normal, a las dos de la mañana. Le habría dejado afuera y despertar a las nueve solo para verlo sufrir, pero no lo hice y nunca antes lo dije porque ese tipo me daba miedo.

Mamá le dio un cachetadón. Ha significado mucho. Con esa descarga de enojo, me ha vengado a mí, a ella y todos a los que él traumatiza con insultos. NOOOOOO. Creo que le ha alzado la mano, pero la dejó suspendida en el aire. HAZLO, PUES. SI TAN MACHITO ERES. HAZLO, PENDEJO. NO TE TENGO MIEDO. YA NO TE TENGO MIEDO, POCO HOMBRE.

Tengo sentimientos mezclados en mi pecho. No lloro por pena y rabia, ahora. Me siento feliz, aunque quiero salir de aquí. De la oscuridad nada ha saltado y me ha picado. Eso me tranquiliza hasta que repican los insultos. No se atrevió. Sabe que nos perderá de todos modos.

Estoy encerrado en una mazmorra mientras una guerrera sin fama pelea contra un ogro idiota. Escuchando todo, sintiendo todo y llorando como nunca.

Se detuvo la grabación ahí, pero no fue el final. Estoy seguro de ello. Dicho esto, me senté en el borde de la cama. Revisé la hora y sequé mis lágrimas.

Marque el número de M y quedé con él para reunirnos. Ahora sufre de insomnio y me contestó a la primera oportunidad. Qué novedad.

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