cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

13 min
Ma poupée
Humor |
18.04.21
  • 5
  • 8
  • 1078
Sinopsis

Historia de conventillos de inmigrantes. Historias de gente común y sus creencias. Historias de nuestros abuelos. Historias de sucesos del imaginario colectivo. Relato imaginado desde la foto de una muñeca vieja, que me regaló este cuento,

 

En la calle de las lavanderas, pegado al río Uruguay, se encontraba el conventillo del puerto. Por fuera, un edificio vetusto que apenas se mantenía en pie. Por dentro, la cosa empeoraba.

Detrás del portón de doble hoja de pinotea apolillada, el patio grande. El piso forrado con ladrillos quebrados, macetas hechas con bidones y tachos pintados. Bicicletas apiladas, ropa tendida al sol. La higuera gigantesca, cargada de higos y abejas en su punto medio. Lugar de reunión, comidas y descanso. La galería un cuadrado perfecto a su alrededor. En ella, doce puertas que daban a las habitaciones de los moradores. Las paredes amarillo decoradas con manchas oscuras y ladrillos a medio ver. Olor a madreselvas y humedad.

El lavadero, al este, la cocina pegada a él, negra de hollín. Varias mujeres en sus habituales tareas. Cinco hombres conversando y jugando en la mesa destartalada del desayuno al dominó.

Algunas niñas brincando a la soga atada a los caños del tendedero de la ropa.

Desde la calle llegó corriendo el pequeño, con un objeto en la mano, gritando: ¡Sofía! ¡Sofía!

Al llegar junto a su hermana, le extendió lo que traía para ella. La niña estaba por tomarlo, cuando una mano flaca y callosa, se lo arrancó.

― ¿Qué es eso? -Dijo la mujer vestida de negro al niño-

—Lo encontré en la calle. Estaba tirada en la huella de los carros.

―Te he dicho mil veces que no tienes que juntar porquerías en la calle. Mucho menos traerlas a casa. Ve a lavarte las manos con jabón blanco, urgente.

El niño obedeció y corrió hacia el lavadero atajándose de algún posible mamporro o escobazo.

—¿Qué es? -preguntó la mujer rubia que estaba planchando-.

―Muéstranos -dijo la anciana-, que pelaba papas junto a una joven de cabello castaño y pecas, que las lavaba y las guardaba en un fuentón.

Recién en ese momento la mujer que tomara el objeto lo miró detenidamente.

―Es un triángulo de alambre. -dijo inocente- mostrando a las demás el adefesio. Forrado con vueltas de lana color ocre. En su cúspide tiene una pelotita de brocato ovillado. Por arriba unas virutas de cuero rojo y dos botones cosidos que parece que miran. En los otros dos vértices dos tronquitos de zaparrilla cuelgan por sus perforaciones. Tiene un cascabel atado en el centro con cinta roja. Desde allí, nacen dos trencitas de hilo sisal que cuelgan iguales.

― ¡No lo puedo creer! ¿Cómo ha llegado algo así a esta casa? -dijo Chocha-, que salía del lavadero a tirar el agua con jabón a las calas que crecían en un rincón.

—¡Eso no es chicharrón de vizcacha! Hace unos años, vi algo parecido a eso y lo que sucedió no fue chacota – dijo la joven pecosa-

—¡Si! Me acuerdo patente -exclamó Charo- ¿Se acuerdan cuando Chela fue a ver a la bruja de barrio Chaco para recuperar el amor del Cholo?

¡Pobre! Tuvo que llevar una foto de su ex, una vela roja, una estampita de San Expedito y un choclo. A media noche, un día de luna llena.

― ¿Y para qué servía todo eso? -Preguntó Corcho - el viejo cochero de los Mateos del Botánico.

—La hechicera, hizo un muñeco con chalas. Calcado al Cholo y le enseñó la oración del corderito, para que el galán perdido, le vuelva mansito.  

—¿Y qué pasó? -preguntó Chochi curioso, en tanto cebaba mates de pava a los jugadores de dominó-

—¡Una desgracia!

—¡No diga! ¡Cuente! solicitó el hombre al tiempo que encendía un cigarrillo armado con tabaco negro.

—A la semana volvió Cholo. Mansito como león de circo.

—¡No! -Exclamaron varios a coro-

—¡Si! Mansito, mansito.

—¿Y cuál fue la desgracia entonces? -preguntó Checho-, un moreno que al reír mostró sus dientes blancos como jabón de lavar la ropa.

—Que el Cholo volvió, pero la oración del corderito era tan poderosa, que lo transformó en un pollerudo infeliz. Andaba todo el santo día por atrás de la mujer. Lavaba los platos, cocinaba, planchaba, cebaba mate y no salía en todo el día de la casa. Chela, amaba al Cholo por su carácter, porque era un macho cabrío. Lo que tenía a su lado ahora, era ni más ni menos que un perrito faldero. Un lunes se fueron en tren para Misiones, el sábado ella volvió sola. Del Cholo, no se supo más nada.

―Un clásico -dijo el viejo Chappuis-, mientras elegía las fichas de dominó que le faltaban. Cuando uno no quiere a un perro, lo lleva a perder lejos y se asegura que no vuelva.

―Esos son puros cuentos- dijo Chicha-, que estaba escuchando todo desde la cocina.  Esos muñecos se llaman monigotes, los hacen los que practican la magia negra para hacer alguna maldad a alguien.

Todos los presentes se persignaron con cara de asombrados.

—Válgame Dios. -Dijo la mujer vestida de negro que arrojó “aquella cosa” al suelo y se limpió las manos en el delantal.

― ¿Y usted cómo sabe? – preguntó una de las niñas escondiéndose detrás de las polleras de la rubia que planchaba una camisa a rayas.

―Mirá chinita, esas no son cosas para chicos – dijo Chicha-, pero hoy me agarrás con la buena y les voy a contar. Lo sé, porque al difunto Chapartegui, que había incumplido el segundo, el quinto, el séptimo y el décimo mandamiento varias veces, los Chiaramelo se la tenían jurada. Durante varios meses estuvieron urdiendo un plan para cobrarse todas las cuentas juntas.

Resulta que un mercachifle que vendía lociones para la caída del cabello, contó en una partida de Póker en lo del Doctor Chamorro, que a Buenos Aires había arribado un brujo haitiano ciego, que tenía trencitas hasta en la barba y tiraba cosas al fuego para llamar a los espíritus. Hablaba con ellos, era capaz de resucitar a los muertos y perpetrar las venganzas más atroces mediante la magia Vudú. Y allá se fueron los tres, inseparables como siempre.

― ¿Y por qué los Chiaramelo estaban interesados en desearle el mal al Chapartegui? -preguntó la rubia que planchaba ahora un pantalón.

― Si serás sonsa – dijo Chicha- ¿no te acordás que fue vox populi que cuando los tres Chiaramelo se fueron a la cosecha de zapallos en Devoto, el sinvergüenza del Chapartegui les arrastró el ala a las tres novias juntas y no conforme con eso les pidió plata para visitar a su pobre madre enferma. ¡Mentiroso! Se la jugó a las patas de un matungo que no llegó ni último, porque se murió en plena carrera. A los tres meses cuando llegaron los hermanos, en el boliche les contaron lo sucedido. Esa noche, se la juraron bien jurada tragándose las lágrimas y un par de ginebras.

―Pero mirá que habían sido rencorosos además de cornudos los Chiaramelo. -dijo don Chappuis mientras ponía la última ficha que le quedaba y se servía las monedas de las apuestas que estaban en el platito de loza china.

―Bueno, basta de cháchara que estoy atrasada con la cocina y después todos quieren comer a las doce en punto. -dijo Chicha- La cosa es que el haitiano sacó un muñequito de paja de un cofrecito de madera tallada y una aguja colchonera.  Lo ensartó en las espinas de una cruz de troncos y con alevosía, le clavaba y revolvía la aguja. A la vez, recitaba unos conjuros en una lengua extraña. Así hizo como una docena de veces. Acto seguido, le cortó el cogote a una gallina caribeña, regó la sangre sobre el muñequito maltrecho y le prendió fuego con el encendedor de oro. El mismo con que encendió un habano hediondo, en tanto recibía de manos del mayor de los Chiaramelo, un fajo de billetes de a cien.

―Que macabro -dijo la jovencita que lavaba papas con los ojos grandotes como moneda de un peso-

― ¡Macabro! Eso mismo es lo que opinó la gente que estaba ese día en el baile del Círculo Recreativo. -dijo Chicha-, agarrándose la cabeza, haciendo un esfuerzo para recordar todos los detalles. Al parecer Chapartegui, le estaba haciendo ojitos a la nuera de la Chucha.

—¿Cuál? ¿La renga? -preguntó Chocha-

—¡No! La que tiene cara de mosquita muerta. La cara nomás porque todos sabemos que a Chito, su marido, lo pasaba para el cuarto todas las veces que quería. Esa noche la invitó a bailar, con un cabezazo delicado. Como diciendo venga moza, venga al pie que no la estoy llamando con poca cosa. Cuando llegaron a la pista, la orquesta comenzó a tocar una milonga. Chapartegui se le fue al humo a la morocha con ojos libidinosos. Ella, se puso en pose y esperó la embestida ofreciendo una mano en alto y la otra con la palma abierta a la altura de la cintura. Pero el varón pasó de largo. Comenzó a danzar solo en el medio de la pista. Primero dio unos extraños pasos que parecían de candombe, después exagerados movimientos típicos de murga. Babeando, la camisa fuera del pantalón, había perdido un zapato. Enloquecido, cual perro callejero que quiere zafar del lazo de la perrera. Arremetió nuevamente con una mezcla de carnavalito del altiplano mezclado con la danza de la lluvia de los indios sioux, con tanta mala fortuna, que tropezó con la valija del violín y trastabillando cayó de bruces sobre el mostrador de la cantina.

― ¡María Jesús y José!-exclamó la mujer vestida de negro-, pateando el bulto más lejos aún.

― No interrumpa -dijo el moreno-, que se había sentado al revés en la silla con los brazos cruzados sobre el respaldo y la cabeza apoyada en ellos, entusiasmado con el relato.

―Siga Chicha – Dijo la rubia que planchaba ahora el guardapolvo entablado de su hija-

―Se levantó, todo ensangrentado. Lleno el pecho de vidrios, desesperado, se los arrancaba haciendo brotar chorros de sangre que salpicaban a los sentados en la primera fila de mesas.  Aullaba de dolor. Corría despeinado de un lado a otro del salón buscando la salida. En ese momento de locura y confusión, volvió a tropezar. Esta vez, con la canasta de sándwiches y bebidas que llevaba Vacho para no extralimitarse en el presupuesto familiar. Se fue hacia adelante. Como número nueve que se zambulle en el área de palomita, buscando el gol de su vida. Cayó de cabeza sobre la parrilla donde Don Churruarín estaba haciendo los choricitos para los choripanes con chimichurri.

Con todo el alcohol de las bebidas blancas con que tenía embebida la camisa, la llamarada que produjo, quemó los banderines de la pista. Doña Charpén, perdió el rodete de pelo de cola de yegua y el juez de paz, su peluquín. La bola incandescente en que se había transformado el hombre, pegó varios saltos como para ganar una carrera de embolsados. Hasta llegar al piano y caer sobre él, transformando al instrumento en su pira funeraria musical privada.

La mujer detuvo su relato, Las dos manos tomándo el pecho, agitada, los ojos oscuros y lacrimosos, La boca abierta anunciando que lo había dicho todo.

De a poco todos volvieron a poner pie sobre la realidad, conscientes del miedo que había atravesado sus cuerpos y que todavía reconocían en los rostros ajenos.

La abuela que había terminado de pelar las papas, había pinchado la figura con el tenedor largo del asador, con cara desencajada y mirada perdida gritó persignándose: — ¡Santa María Madre de Dios sin pecado concebida! Vamos a tener que pedirle al cura una misa para que la sumerja en agua bendita, quien sabe para quien está preparado este sortilegio.

La rubia, que se había entregado por completo al relato de Chicha, había quemado una camisa blanca y por el agujero en forma de plancha que tenía la prenda, les hablaba a los demás: —Quien sabe si estamos a tiempo y alcanza con agua bendita, tal vez haya que hacer exorcizar la casa u organizar una procesión. ¡Esto no es chicharrón de vizcacha, me chacho en diez!

—Corramos a la iglesia -dijo la abuela-

—Sálvese quien pueda -dijo la mujer de negro- que se levantó las polleras hasta las rodillas para correr más rápido.

En ese preciso instante, por la puerta de calle, apareció una niña pequeñita. Morena, de pelo ensortijado corto y lágrimas en los ojos.

—¡Ay Dios mío, comenzaron las apariciones! - gritó Chicha- poniéndose de rodillas con las manos entrelazadas en señal de ruego.

La negrita caminaba descalza, el vestido hecho con un costal de harina tenía un bretel descosido, miraba con ojos inexpresivos.

—¡Ma Poupée! ¡Ma Poupée! -sollozaba- pasando entre la gente como si buscara algo.

—Recita palabras raras, a quien le tocará morir hoy. -Dijo Chocha escondiéndose detrás del tronco de la higuera-

Al ver pinchada la figura en el tenedor de la anciana, la chiquilla corrió hacia ella, la descolgó de la improvisada pica y la abrazó apretándola con fuerza contra su menudo pecho.

Una mujer negro ébano de ojos grises, ropas claras holgadas y deshilachadas, traspasó la puerta corriendo. Al ver tanta gente, se detuvo en seco, bajando la vista y haciendo apenas un gesto de saludo tímido con la cabeza. Alzó a la niña y salió como un rayo. Envuelta en misterio y silencio. La niña los miraba y movía la muñeca mientras canturreaba contenta: ¡Ma Poupée, Ma Poupée! Hasta perderse en la blanca claridad de la puerta.

—¿Quiénes son esas andrajosas? -Dijo la mujer de negro- soltando las polleras.

—¿Que nos habrá dicho esa mocosa con pelo de resortes? -dijo Chicha-

Un cincuentón de piel curtida y gorra de marinero que hasta el momento había estado callado observando y escuchando todo, habló:— Son refugiadas. Llegaron desde Ruanda ayer al puerto. Muertas de hambre y comidas por los piojos. Hablan francés. La niña, decía “Mi muñeca” El juguete hecho de alambre y lana, era su muñeca.

—¡Cachay! -dijo el viejo Chappuis - Tal vez  deberíamos contarle el suceso a Moseñor Chappellán. Que diga él, si no fue otra jugarreta de Belcebú.

—¡Vamos niños que llegarán tarde a la escuela! -dijo Chocha-, tomando a un par de críos  de los brazos y entrando a su habitación a las atropelladas.

Chicha, con la vista enfocada en los ladrillos gastados del patio pasó a toda velocidad hacia la cocina. Avergonzada.

El marino dio una profunda pitada a su habanito, levantó los dos pies sobre el banquito de paja y apoyó la cabeza en la pared.

Reflexionaba  cuanto mal puede hacer una imaginación frondosa asociada a una lengua filosa.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Brillante relato. Riquísimas descripciones, no sólo del ambiente, sino del alma humana. Brillante.
    Brillante relato. Riquísimas descripciones, no sólo del ambiente, sino del alma humana. Brillante.
    Brillante relato. Riquísimas descripciones, no sólo del ambiente, sino del alma humana. Brillante.
    Brillante relato. Riquísimas descripciones, no sólo del ambiente, sino del alma humana. Brillante.
    Las tradiciones marcan la vida de muchos...
    Excelente relato Roluma, digno de un destacado premio. Recordé los cuentos de mis padres, cuando en mí país, llegaron los trinitarios y arubeños....Toda la expresión literaria en "Ma poupée" es como otro retrato, que extrajiste de la foto que refieres, de recuerdos del paisaje cultural , pero, con los sentimiento, costumbres, idiosincrasia de los personajes, de aquél tiempo. Y siempre el detalle final de un buen relato, la reflexión del marino: "imaginación frondosa asociada a una lengua filosa". Felicitaciones Roluma!! Saludos afectuosos,
    Un buen relato muy colorista. Hay muñecas y muñecas, muchas de las cuales tienen un algo mágico, y terrorífico que por alguna misteriosa razón, quien se las lleva a su casa son víctimas de maleficios.
    recuerdo a mi abuela en un conventillo así.......
  • Jirones de la vida diaria.

    Anduriña oficia el funeral de su madre.

    COLECCIÓN PERSONAJES DEL BAR DEL GALLEGO

    COLECCIÓN DE PERSONAJES DE LA CIUDAD

    LUGARES DE ALGUNA CIUDAD Y SUS PERSONAJES. COLECCIÓN DE EJERCICIOS DE ESCRITURAS.

    A veces, algún hecho revela lo que no habíamos podido esclarecer.

    Curso acelerado sobre amor

    Serie historias de vida.

    Un guapo del 900, en el escenario del Río de la Plata. Un "ex" malevo atormentado por sus dudas existenciales, cuenta en el café una parte de la historia que lo desespera. Esperando que alguien invente de una buena vez el psicoanálisis, recurre a este método para sacar afuera lo que lo carcome.

    Feliz día del escritor (al menos en Argentina) Un reconocimiento a todos quienes hallan placer al momento de sentarse a escribir, A quienes además de escribir, tienen la generosidad de difundir el trabajo de colegas de toda América. A quienes son capaces de hablar y denunciar todos los temas, tal cual el caso y por eso debe ser la rima, de la querible Ana Pirela. Un saludo Walter Rotela con tu página en blanco y gracias por tu labor incansable, al mostrar un camino para tanta gente que comienza o necesita un faro. https://open.spotify.com/show/7KZBOLYsqghkHueEvKUQ4t...

  • 89
  • 4.52
  • 281

Soy águila. De las que vuelan alto. De las que ven sin proponérselo. Tengo maestros de los que no acepto palabras. Tengo lapices que dicen lo que siento. Cuando vuelo mi vuelo, cuando respiro mi cielo.

Tienda

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta