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9 min
Mac-Gore
Humor |
24.07.15
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Sinopsis

El nombre lo dice, todo lo que tendría que pasar para que a mí me den ganas de entrar en uno de esos.

Mac-Gore

El olor a fritura, grasa y carne picada de procedencia dudosa, inundaba el aire de ese establecimiento, esfumándose con el murmullo generalizado y los brotes esporádicos de carcajadas infantiles. Se entraba por un costado, adelante uno encontraba la mayoría de las mesas y a la derecha de estas, la “cocina”, donde uno ordenaba y se llevaba su comida rápida, como la patada al hígado que producía. Enfrente de esto, al fondo, había un cuarto cerrado, con un mini pelotero y donde en ese momento estaban festejando un cumpleaños. Fue en eso que la atmosfera de placer consumidor, se deshizo en un simple abrir de las puertas de calle, tan violento que, un nene al pasar junto a estas, quedó irreconocible en una mancha chorreante y pegajosa entre los dos vidrios que lo aplastaron. El artífice de esta obra, entró con unas botas deformes, parte del disfraz que usaba de payaso, con la cara pintada de blanco, solo que no estaba para que uno se riera de él, sino para que él se matara a carcajadas de uno, con unos ojos verdosos cual espejos al horror, una sonrisa pintada en rojo, retorcida, dibujada por el sufrimiento ajeno y una motosierra que hondeaba en el aire al tiempo que sacudiendo la cabeza de un lado para el otro se daba la bienvenida a sí mismo gritando.

  ―¡¡¡Legó el lecheroooooo!!!!!

Lo primero que hizo fue conducir su herramienta de forma ascendente hacia un hombre que se lo quedó mirando, primero cortando en dos la tabla que llevaba y luego abriendo una zanja profunda, como se enterraban los dientes de metal en sus facciones, hasta salir desde adentro del craneo junto al chorro que convirtió al, en una fuente viviente, empando el lugar con la comunión de una masacre. A continuación el muy divertido se subió sobre una mesa en la que comían dos personas y al decir.

―¡Acá te tengo tu cajita feliz!

Interrumpió el almuerzo de una, introduciéndole la sierra de punta trabajosamente desde la calota, forcejeando primero para entrar a la cavidad craneana y luego a la del tórax. En eso el otro trató de detenerlo pero lo pararon en el acto con una patada en la boca, tirándolo devuelta al sillón. Y viendo el payaso que su arma estaba atorada como la Excalibur, se bajó de la mesa, tomó la misma por su única pata, la alzó haciendo volar las hamburguesas y las gaseosas y exclamando.

―¡A vos te falta hierro!

 Con la pesada base de metal, martillo varias veces la cabeza de quien se hallaba tomándose el dolor de sus dientes partidos, contra el respaldo, recrudeciendo cada vez más los crujidos que partieron sus últimos gritos desesperados. Al tirar la mesa su cara ya no era más que un disco de carne y hueso chorreante. Luego, para liberar la motosierra, la alzó en lo alto y la encendió de nuevo, haciendo que el cuerpo inerte que se hallaba empalado, se abierta al medio en una explosión de sangre y demás fluidos corporales.

En seguida se encontró saltando el mostrador de la cocina, pero al entrar en esta, se llevó la sorpresa de que los estaban esperando, entre las máquinas y mesadas relucientes, para lanzarle aceite hirviendo desde una olla. Lamentablemente el invitado se agachó justo para esquivar el saludo, el cual lo termino recibiendo completamente con la cara, quien también lo esperaba, detrás suyo, con un cuchillo de cocina. Enseguida se le empezó a freír la piel y los ojos especialmente. Producto de esto se tiró al piso, donde comenzó a bailar una especie de break dance, retorciendo su cuerpo en expresiones forzadas de dolor al ritmo de sus propios aullidos desgarrados. Sin embargo el de ojitos vedes no tuvo mucho tiempo para disfrutar del espectáculo, porque el otro idiota estaba tratando de escapar por la puerta trasera, lo detuvo justo cuando estaba a punto de abrirla, arrojándole la motosierra, la cual le cortó los dos brazos que quedaron colgando de jirones de piel. En eso el otro le agarró la cabeza y le hundió la nariz contra la pared, para después terminar de resquebrajar su tabique golpeándolo contra la mesada, suturar la herida en el fuego de la hornalla y aliviar la quemadura sumergiéndolo en el lava manos, inundado de agua mugrienta, mientras zapateaba y trataba de hacer algo, agitando para todos lados sus brazos colgantes, que ya no respondían, porque pronto le dejó de responder el cuerpo también.

Al entrar donde estaban festejando el cumpleaños, un chico, que formaba parte de los otros sentados en ronda, grito al verlo.

―¡Llego el payaso!

Y el resto de los niños le siguieron al unísono.

―¡Siii!

 Los padres se miraban extrañados por el aspecto del mismo, además de que no le habían dicho que el servicio también incluía un espectáculo. El otro siguiendo la corriente dijo.

―Sí chicos, soy el payaso, ¿Quién quiere ver un truco de magia?

A lo que todos respondieron.

―Yo, yo, yo.

―Bueno, quédense ahí bien quietitos que ahora mi varita mágica va a ser lo suyo.

 Y tomando la sierra eléctrica del piolín para encenderla, comenzó a revolearla por sobre su cabeza, describiendo círculos cada vez más acelerados, al tiempo que entonaba al terminar las vueltas.

―Ex, pe, liar, mus.

Con esta última sílaba, dirigió el filo motorizado por entre los cuellos que estaban en la primera fila y en un instante, sus cabezas se encontraron levitando en el aire, como planetas describiendo sus órbitas moribundas alrededor del centro de atracción gravitatoria brutalizada, ejercida por aquel demente y que ahora le obligaba a ver al resto de sus compañeros, las mismas cabezas caer y revotar contra el suelo, a lo que respondieron llenando el lugar de gritos, llantos agudos y correteadas en todas direcciones. La magia todavía no terminaba, por lo que está fue en busca de cada y haciendo volar manos, brazos, torsos, cráneos fileteadas, piernas, estelas de sangre y más cabezas; dejando todo hermosamente decorado, el payaso termino su truco. Sin embargo, el mismo se dio cuenta que faltaba el cumpleañero y empezó a recorrer el lugar al tiempo que decía.

  ―Sabes que hizo Ronald McDonald con El roba hamburguesas, Grimace el gordo violeta y Birdie la pájaro roza madrugadora.

El chico supo la respuesta cuando el otro, subiéndose al mueble para guardar las zapatillas tras el cual se encontraba, le grito.

―¡¡¡Los mató a todos!!!!

El niño corrió a refugiarse en un rincón mientras lloraba desconsolado, todavía con el bonete en la cabeza. El payaso con una sonrisa de oreja a oreja, se acercó lentamente, pero cuando quiso poner en marcha la sierra, descubrió que esta se encontraba trabada con un montón de tripas, carne y piel, metida en el interior de los engranajes.

―La concha de tu madre, qué suerte que tenes ―y tirando la herramienta se puso a buscar algo entre los cuerpos desmembrados.

―Bueno no te voy a matar, pero te puedo dejar traumado de por vida, tomá, te dejo con tus papis ―y al decir esto le tiró las cabezas de los mismos a su lado.

El pequeño dejó de llorar y se quedó mirando con ojos bien abiertos, las dos cosas que conservaba la expresión petrificada del horror en el momento de morir. 

Al salir de la habitación, vio que un empleado estaba saliendo de debajo del mostrador, al verlo este empezó a correr, pero el disfrazado en rojo lo detuvo gritándole.

―Eee, vos, ¿No me vas a atender?

El chico se quedó petrificado en el lugar, dándole tiempo para que el otro se acercar y le volviera a hablar.

―Che, me vas a atender sí o no.

Y dándose vuelta con una sonrisa forzada y temblando le contestó.

―Sí, sí señor a sus órdenes, qué desea.

―Em, sí me das dos porciones de fugazza.

El empleado sin saber qué responderle, empezó a transpirar profusamente y a mearce encima.

―Ah, ah, señor, pero….

―Ahí, sí qué boludo ustedes venden hamburguesas. Bueno dame eeeh ―Se quedó pensando, mirando los carteles iluminados de arriba, de fondo se seguían escuchando los aullidos del de la cara que se le freía.   

―Eh, dame una con queso, una coca sin hielo y unas papas chicas.

El chico fue volando a la cocina y en un instante, el hombre ya tenía su pedido, para llevárselo a la mesa más cercana.

Aprovechando su distracción, el empleado comenzó a retroceder lentamente, mientras el otro primero le daba unos mordiscos a la hamburguesa, después agarraba unas papas, pero cuando tomó de la graciosa, un gesto de disgusto se le generalizó en toda la cara y al levantar la tapa del vaso, le grito.

―¡¡¡Te dije que la coca sin hieloooo!!!!!

 Al ver que el payaso corría a su encuentro, la victima lo hizo también tratando de escapar al interior de la cocina, sin embargo sin si quiera llegar a la puerta, el muy bruto lo agarró y lo tiró sobre la plancha para cocinar hamburguesas y cerrando la otra tapa caliente sobre él, se aseguró de que no saliera. En seguida la piel se le pegó al metal ardiente y sin otra escapatoria más que agonizar, el sonido de la carne asándose le tapó sus alaridos, desafinándose cada vez más a medida de que se cocinaba en vida.  

Luego, cuando el empleado estuvo bien tostado, escucho que alguien reclamaba atención en el auto Mac, lo hizo pasar a la ventanilla y ahí, le tiro él fiambre rostizado del otro dentro del coche y antes de que el conductor pudiera decir algo, el de mirada verde psicopatiada, saltó la ventanilla del local, abrió la puerta del chofer y encajándole una pata en la cara al mismo para después tirarlos afuera a los dos, se subió al auto y se esfumó drifteando entre nubes de humo.    

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