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7 min
Magnifico Útil Sencillo Abarcador (El Sentido del Artista)
Reflexiones |
18.08.15
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Sinopsis

De esos que van dos y...

─Si te pasas el camino mirando al suelo será lo único que sepas describir.

 

El alumno alzó la vista y miró a su maestro. Iba a quejarse, pero sabiendo lo en vano que sería se limitó a mirar al frente. Estaban dando un paseo por la ciudad, y se juraba que miraba al suelo desde hacía sólo un rato. Su maestro tenía que quejarse. Siempre. Como fuese. Porque sí.

 

El objetivo del paseo era que se inspirara para escribir. La inspiración está en todas partes, y una de las cualidades del artista es saber encontrarla o, más bien, saber reconocerla.

Fue mirando de un lado a otro en busca de la escurridiza: un mimo asustando a un niño… se le ocurrió la historia de un mimo asesino, aunque estaba visto por el tema de los payasos dementes. ¿Y si el mimo mata con armas invisibles?

Giró la cabeza hacia el otro lado.

Un anciano que le cuesta beber de una fuente… ¿las vicisitudes de un enano que todo le supone una autentica aventura por episodio debido a que vive en un mundo de gigantes? Se podía plantear en plan cómico, pero en el fondo habría simbolismo y mucha carga social… uf, no le convencía, lo que solía suceder.

Se centró al frente. Un ladrido de perro le molestó por un momento.

¿Y ese niño? ¿Cómo va solo por ahí? Ah, no, su abuela lo vigila a varios metros… ¿y sobre una anciana superheroína? Defensora de los peatones, mujer mayor que ayuda a cruzar…

Resopló. Necesitaba reposar un poco la mente. O un café. Sí, mucho café. Lo primero que llegase. El café.

Regresó su mirada al suelo.

 

─Sí, hum, ya veo, ajá…

Su maestro soltaba esas expresiones durante la corrección del texto para ponerlo nervioso.

─Es horrible. Incluidas las descripciones ─concluyó y se levantó para alejarse─. A excepción de la descripción de ya sabes qué…

El maestro pasó por su lado como si no existiese. Se marchó del cuarto para dejarlo a solas con sus obvios pensamientos. El alumno resopló, eso lo liberó un poco. Estaba empezando a odiar tener que pensar. Dio un sorbo de café. No le supo bien, ¿quién dijo que era la bebida de los escritores? Buscó por agua con tal de humedecer la esponja de su mente.

 

De nuevo estaba por la calle, esta vez para pasear al perro. Se había propuesto de paso encontrar la inspiración sin buscarla, como le solía suceder a los grandes. Se dedicaría a ser una persona normal y a pensar en lo que pensasen los normales… ¿por qué había dicho eso, acaso se diferenciaba del resto sólo por ser escritor? Gruñó en silencio y maldijo a su maestro. Todo lo que sucedía era por él, le había cambiado la vida, su rutina sin ideas por destellos y conceptos abstractos…

El perro dio un tirón que lo hizo tambalearse. Aferró mejor la correa y maldijo en voz baja. Se fijó en el suelo, donde el perro olisqueaba con emoción. De vez en cuando el animal extendía la lengua y la escondía. De tenerla más larga, recordaría a un camaleón.

Analizó y se percató de las hormigas. Estaban por una parte aterrorizadas; por la otra el mundo no había cambiado. Desde ese punto de vista se imaginó como una especie de divinidad que vigila. Las hormigas le recordaron a la humanidad, cada una con una manía diaria con tal de sobrevivir. Servían a una más grande, que se pasaba el día escondida. No era muy diferente al trabajador que se asegura de cumplir su papel para que el gran jefe que no da la cara no muera de hambre. Cada hormiga su designio, su cometido, sentido… cada reina escondida, aguardando, criando… y el perro que las devoraba era el destino incontrolable, lo nefasto o irónico que no ves venir y que te engulle de repente y para siempre. Para algunas hormigas la muerte tenía forma de lengua… ¿…las hormigas mueren de forma natural? ¿A dónde van cuando les toca morir de viejas?

Encontró su idea.

 

─Hum, ajá…

Entonces calló. Buena señal. Excelentísima señal que te cagas, vulgarizó con emoción.

─No está mal. Mejorable, pero tiene su punto. Quiero cada día uno a este nivel. Escribirás hasta que lo consigas cien días seguidos. A la larga lo agradecerás.

Le daba lo mismo que dijese, sabía que exageraba. Por el resto del día que se fuese al infierno porque él por el momento había ganado.

─Pero ─porque siempre hay peros─, te falta centrarte. Tus ideas vagan y no se les permite ser grandes. Falta centrarse para que puedas abarcar.

─Explíquese.

─Eh, nada de formalismos ─el alumno sonrió─. Tienes que encontrar tu motivo como artista. Tu existencia.

El alumno no dijo nada. Pareció interesado.

─Y bien, ¿cuál es tu objetivo?

─Ser un buen creador ─por el tono al alumno se le notó que lo decía por costumbre.

─¿Sólo eso?

─Mejor persona.

─Un poquito ─remarcó con ímpetu agudizando la voz y apretando los dedos─ mejor.

El maestro comenzó a moverse. Pareció que quisiese bordear al alumno para comenzar a dar vueltas a su alrededor.

─Lo mejor es un ejemplo. Te digo que yo aspiro a lo que, para mí, debería de ser el objetivo de todo artista. ¿Cuál crees que…?

─Conmover ─sonó firme y poderoso sin elevar la voz.

─Por supuesto ─igualó el maestro─, pero te quedas corto. Para variar.

─Ya…

─El artista crea porque le permite expresar, sí, pero también superarse. ¿Pero crees que sólo él se supera? Claro que no, también ayuda a superarse a los demás al mostrar sus creaciones. Si en el mundo actual no se hubiesen conservado las obras universales actuales, te digo que estaríamos atrasados en comparación, sobre todo en cuanto a pensamientos e ideas. Una persona es un perpetuo cambio, y el artista se asegura de acelerarlo o desatascarlo.

─Gracias al legado.

─Por ejemplo.

Se detuvo cerca del alumno. Éste pareció en otro mundo, apagado el resto de sus sentidos para escuchar.

─El mundo es redondo ─inició el maestro con un tono reconciliador─, pero un gran artista es capaz de convencerte de lo contrario. El creador que se precie lucha primero por aspirar, por crear una ambición. Le lleva tiempo cada paso, incluidos los pasos dentro de los pasos. Una vez que ambiciona,  se crea un objetivo. A mí modo de ver y pensar, un artista de verdad lo enfoca de una única forma.

El alumno derramaba expectación. El maestro habló al momento:

─Desde la antigüedad, incluso antes, el hacedor anhela inspirar.

Los ojos del alumno se abrieron un poco más.

─Comprendo.

─Una sencilla idea evoca en cascada a otra, y con esfuerzo se convierten en pensamientos con estado físico. Somos auténticos magos, ¿no crees? ─le guiñó─. La semilla crea la forma que permite la multitud de ramas. Colocar un arma en un coche permitió la creación de tanques. Por pura inspiración inconsciente de necesidad, más poderosa que la divinidad, se creó la rueda, similar a la forma más extendida del universo  ─dijo y elevó un puño─. Los más grandes artistas se reconocen porque han inspirado a los demás, sin limitarse a su campo. Los más grandes han podido crear de forma indirecta en cada una de las artes gracias a sus trabajos. Alguien como Shakespeare o Cervantes están impresos en obras de arquitectura, baile y música. No tienen límites porque son inspiración.

─Claro ─dijo el alumno y ascendió las cejas─, cada artista aspira a eso mismo que persigue, a convertirse en una musa.

El maestro sonrió. Pocas veces se le transformaba la cara de ese modo.

─No lo habría dicho mejor. Una vez más, los antiguos tenían razón, ¿no te parece? Y ahora, a dar un paseo.

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