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17 min
Mama Mambo.
Varios |
17.10.14
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Sinopsis

Un hombre regresa a una isla del Caribe. Estuvo antes allí, hace unos veinte años. Vuelve cargado de recuerdos y con un propósito incierto, el cual, poco a poco, acabará por meterlo de lleno, en la peor pesadilla que jamás imaginó soñar...

Mama Mambo.

“Aquella noche volví a verla claramente, no había cambiado. El tiempo parecía no pasar por ella....”

Descendí del avión y una humedad soportada veinte años antes, trató de aguar mi voluntad. Sorteé la multitud de mozos porteadores, efectué la reserva en el Alquiler de Automóviles, y arranqué dirigiéndome al este.
  Mi primera impresión fue que la oscuridad no existía. Una noche diferente resplandecía o era el poder de una luna sobredimensionada. Azules metálicos bruñían los acantilados dotándolos de espíritu, y una brisa somnífera embadurnaba mi piel de recuerdos.
  Estaba en el Caribe, donde las tinieblas forman parte del día y deambulando entre ensueños es posible existir sin la obligación de detenerse. El tiempo transcurre al revés y los caminos transitan en bocetos pincelados en pátinas de pigmentos imposibles. Nada funciona según los cánones y los hombres sucumben a su locura o penan atrapados en sueños oníricos...

  La pulcritud de una recién construida autovía me permitía circular a buen ritmo. Todo demasiado fácil. Y yo, sin saber porqué, no podía dejar de rumiar un pésimo presentimiento.
   La ilusión desapareció veinte kilómetros más adelante, al internarme en una calzada de oscuridad amenazante. De todas formas mi itinerario era el correcto. Puse una cinta en el casete y canturreando proseguí hasta llegar al puente del río Chavón. Era una estructura levadiza de forma abombada. Construida a principios de siglo, oxidada y mohosa, se mantenía en pie. Comenzaba a descender su pendiente, cuando procedentes del otro lado, los haces de diversas linternas me enfocaron, y un galimatías de gritos excitados me dieron el alto.
   Me detuve sin siquiera sentirme impresionado. En realidad no tuve tiempo de asimilar la situación. Empecé a hacerlo cuando el cañón de un revólver enfrió mi sien y vi los kalashnikov y otras armas apuntándome.
Entonces me pregunté: “¿Bandidos o guerrilleros?”
   Me sacaron a empellones del coche. Secaron pronto mis ideas transformándolas en una espiral de pánico. No cesaba de repetir como un vinilo rayado: ¡español, español! y el alboroto iba en aumento. Se hicieron con mis papeles, me esposaron y tras un paseo me encerraron en una cabaña, y allí me dejaron.
Transcurrí la primera parte de la noche enzarzado en elucubraciones sobre lo que podría ocurrir. Tal vez pidieran rescate, aunque quizá no les resultara útil. A lo mejor decidían ejecutarme o me retendrían prisionero en la selva durante años. Darle vueltas a la cabeza acaba por extenuar y un sopor enfermizo venció mi necesidad de permanecer alerta. Mientras, aquello de lo que no conseguía deshacerme, seguía dentro de mí...
   Alguien me zarandeó. Mis ojos se abrieron. Era una joven. Estaba acuclillada a mi lado. Tendría unos dieciocho, calculé. Sin dejar de mirarme con curiosidad, preguntó.
—¿Realmente es usted tan malo como aseguran los mandos?
   La miré de soslayo, acababa de descubrir su belleza y no quería que se fijara en mi debilidad por las mujeres hermosas.
—¿Yo? Claro que no.
   Se rascó la mejilla, se arregló los cabellos, y mirándome con naturalidad, dijo.
—Mi comandante suele decir que un hombre cuando se pudre en su interior nunca cambia. ¿Está usted podrido?
   Apoyado sobre mi codo me encontraba incómodo. Hice un esfuerzo y dándome la vuelta me asenté con las piernas cruzadas. Paulatinamente levanté la mirada y me encontré con unos ojos negros, llenos de energía y sinceridad. Sonreí y rechacé.
—No.
—Entonces ¿por qué está aquí?
—Usted sabrá. Yo solo he venido de vacaciones.
   Se revolvió intranquila y gritó con ardor.
—¡El comandante dice que es uno de ellos...!
—¿De quienes?
—Los hombres de Balaguer.
  Solté una carcajada y añadí.
—Pues están equivocados. Ya se darán cuenta.
   Se acarició el cabello, se puso de rodillas, se acercó y en un susurro me dijo.
—Sabe... usted es diferente. Me gusta su forma de reírse y hablar. Es agradable —durante unos instantes pareció insegura, luego, mirándose las palmas de las manos, añadió—. Yo sí le creo...
    Aquel silencio mágico entre confesiones y desvelos, me turbó. Sin desear romperlo observé su belleza mestiza y mi cabeza se llenó de recuerdos; aromas e incertidumbres de otra época, veinte años antes. Resultaba increíble. Había pretendido a mujeres tantas veces deseando llamar su atención sin resultado, y ahora... no hice nada. Apenas me moví y me encontré libre, con las esposas en mis manos. Me bastó un movimiento rápido para sorprenderla. Instantes después se debatía esposada.
    No había música, tampoco estábamos en un lugar romántico, pero el amor es capaz de florecer entre la podredumbre más turbadora.
   Le di la vuelta...
   Después de hacerlo, con la satisfacción perfilada en mi expresión, me relajé y me dormí.  
“Aquella noche volví a verla claramente, no había cambiado....”
A la mañana siguiente la puerta cedió a los hachazos y hombres pertenecientes al comando contrarrevolucionario, me despertaron y liberaron en tanto se llevaban presa a la muchacha.
   Me condujeron ante el puesto de mando en la selva. Un militar de alta graduación me recibió sonriente y me dijo.
—Los tenemos. Su idea ha sido un éxito, Jiménez. Difundir que volvía y dejarse atrapar llevando el dispositivo de seguimiento —me dirigió una ojeada y añadió—. Además, visto su inmejorable estado, me atrevería a asegurar que anoche no lo pasó mal...
  Fruncí el entrecejo y no respondí.
  Con gravedad eché un vistazo a los prisioneros. Delante de la banderola del destacamento, con el foso abierto a sus espaldas, habría unos quince hombres. Eché de menos la mitad. Alcé una mano. La ametralladora repiqueteó cerca de medio minuto. Quedaban tres cabecillas. Desenfundé el revólver los despaché y volviéndome, pregunté.
—Y los demás. ¿Qué hizo con ellos?
   El oficial se rascó la cabeza y mirándome con flema, dijo.
—Ah, ¿pero había más?
—¡Sí...! —contesté irritable.
—¡Bah! No debe preocuparse. Habrán huido como loros asustados. Los cazaremos, ya verá...
   Brindamos. Le tendí la mano con formalidad. Aunque en mi interior siguiera abrigando un presentimiento sombrío.
   En un extremo se hallaba esposada la joven. Di orden de que la trajeran y la obligué a postrarse. Lloraba pero había que verla. ¿Era valiente? ¡Y tanto! Ni siquiera gemía aterrada. Al contrario, hipaba de cólera...
   Temblando balbuceó.
 “Podrido, está podrido. Jamás será feliz...”
    Unas detonaciones interrumpieron su cháchara. Me dolió hacerlo. Disparé sobre ella y me vi obligado a cubrirme.
   Transcurridos treinta minutos de refriega, me di cuenta. Los rebeldes eran más numerosos de lo que en principio supuse, y ahora nosotros éramos los hostigados.
   Quince minutos más: yo y otros siete hombres depusimos las armas.
   
   A primera vista los subversivos resultaban llamativos e incluso educados; no lo eran tanto. Interrogaron a los milicos y tras asegurarse que no suponían una amenaza, les permitieron marchar. No sin antes tallarles un tajo en el rostro dejándoles un recuerdo ya inolvidable.
   A mí me llamaron traidor, pensé que me golpearían, en cambio me pusieron contra el muro de una casa en ruinas, leyeron mis cargos y declarándome “Enemigo Patrio,” se dispusieron a fusilarme.
   Estaba entrenado para afrontar cualquier situación, menos la muerte; me superaba. Me di cuenta cuando me oriné. Mi organismo reaccionaba por su cuenta. Era joven y me quedaban cosas por hacer. Intimidado traté de hacerles ver la incalculable ventaja que para ellos supondría disponer de una autoridad de un régimen amigo de Balaguer, cuando un siseo in crescendo se convirtió en inquietante silbido, y silenció mi miserable defensa. Angustiado miré a la espesura. El entramado de ramas que formaban árboles robustos como atalayas, se agitaba y crujía. En minutos un huracán oscureció el cielo y convirtió lo que hasta entonces era un pulcro atardecer, en un crepúsculo tétrico.
   Destacando sobre el fragor un nuevo alboroto se impuso, y suspendió el espectáculo. Alguien llegaba. Los guerrilleros cedieron paso al personaje. Me figuré que iba a conocer en persona al cabecilla rebelde. Sin embargo, en la penumbra del ocaso, no discerní la fisonomía de un hombre y sí la estampa de una mujer.
  Chapoteando sin miramientos en un terreno que era una emulsión entre fango amarillo, insectos y hojarasca, se abrió paso hasta donde, pringoso y pisoteado, yacía el cuerpo de la joven. La abrazó, besó y limpió su rostro, y susurrando una letanía, comenzó a incorporarla.
  Asistí al acontecimiento lívido. ¿No había abierto un agujero en el delicado cráneo de aquella criatura? Aunque a lo mejor, al actuar con precipitación ¿tan sólo la había rozado? No podía ser. Durante la refriega yo mismo la vi yacer en el cieno.
   No acababa de estar seguro de lo que presenciaba, y menos cuando la dama que había entrado en escena de forma tan resuelta se volvió, y unos ojos de ámbar alojados en un semblante como una cubierta de ébano, se centraron en mí con desprecio. Reconocer aquellos rasgos me llenó de sorpresa, y algo que no alcancé a descifrar. Un pormenor estaba claro o así me lo pareció: era Minerva. Lo único seguro: no había vuelto a verla desde hacía veinte años. Por contra, la mujer que se hallaba ante mí, estaba... Sí, aquello me desconcertó. Los años parecían no haber pasado por ella. Seguía igual. Aún así, había algo diferente. Qué sucedía. ¿Acaso no era la misma? Me resultó chocante, pero más absurdo tal vez. Porque aún teniéndola delante y advirtiendo que era ella, ni siquiera estaba seguro de reconocerla.
    Con una voz despierta y modulada, dijo.
—Y bien, señor Jiménez. Jamás podré decir que me dejó nadando en la abundancia. Aunque desde luego, sí me dejó recuerdos. Y los que tengo, son como para no olvidarlos... —contrajo sus hombros y alzando el tono, continuó— Se divirtió a mi costa. ¿De modo que a eso se dedica? Antes nos abandonada preñadas, pero ya no le basta. Dígame. ¿Por qué ha regresado, para terminar de arruinarnos? —sus ojos se hundieron en mí como rescoldos abrasadores—. Comienza por violentar a su hija, que también es la mía, y a continuación... ¡la asesina...! —selló.
   Permanecí cohibido y sudoroso. Me sentía falto de energía. Necesitaba recuperarme, salir de mi trance de estupor y hacerme con las riendas de la situación. En realidad, y en lo concerniente a mis intereses, aquel escenario se hacía más y más enrevesado. Para empezar, no recordaba haber tenido un retoño con Minerva, ni siquiera haberla dejado preñada. Aunque para ser sincero, en aquellos tiempos fácilmente pude haber engendrado a un centenar. Y ahora la chiquilla que estaba ahí, sin atreverse a mirar, o haciéndolo con ojos abiertos y congestionados, odiándome eternamente ¿era mi hija?
   Caminando de forma desangelada, con el orificio de bala señalando su frente como el agujero negro de una constelación, se acercó a un guerrillero y con una facilidad que quedaba lejos de cualquier género de duda —puesto que el combatiente ni siquiera hizo amago por impedirlo— desenfundó su revólver y lo puso sobre mí sien.
    Yo ya no me fijaba en eso. Como fanales deslumbrados, mis ojos reconocían con éxtasis el aspecto de Minerva, y me limitaba a hacerme una pregunta: “¿puede ser ella?” y volvía a repasar: “Se encuentra tal como la soñé...”  
   Me vino a la mente la vez que nos enamoramos... o se enamoró de mí. Aquellas charlas en las que con voz temblorosa por una emoción que yo encontraba exagerada, me decía que estaba muy cerca de ser nombrada sacerdotisa a las órdenes de una tal... Mama Mambo.* Yo apenas sabía quién o qué era eso, y menos prestarle atención. Para mí era simple. No creía en aquellos chismes. ¿Santería... vudú? ¡Eran delirios! Bagatelas con el fin de meter miedo a la gente humilde y sacarles las perras...
   Mis pensamientos se congelaron al reparar en mi supuesta hija y rescatar un detalle. Minerva había afirmado que “Yo la había asesinado.” No obstante la chiquilla estaba ahí, y de no ser porque porfiaba en su empeño por mantener el arma sobre mi sien, a primera vista, cualquiera podría pensar que se encontraba más o menos sosegada. La miré de reojo. Excepto el orificio o la desagradable herida de la frente, todo en ella me pareció normal. Respiré con alivio. En lo referente a Minerva, aunque se tratara de una apariencia extraordinaria, asimismo tenía explicación. No debía sorprenderme que pese al transcurso del tiempo, no demostrara síntomas de decadencia. Solía sucederles a hombres y mujeres de naturalezas excepcionales; y ella, no cabía duda, era de esa pasta. De todos modos ¿tampoco transcurría para mi hija? Lo cierto es que contemplarlas era comparecer ante dos deidades eternamente jóvenes y espléndidas, aunque a la vez frías e impasibles como...  
  Me escandalicé ante mi estado de incoherencia. ¿Por qué me trastornaba de una forma tan inocente y susceptible? ¿Era debido al sobre esfuerzo que hacía con tal de salir airoso de mi delicada situación? Seguramente sí, medité, en tanto echaba un vistazo a mí alrededor y me daba cuenta del silencio. La violencia del huracán amainaba, y estaba solo. No del todo... ellas estaban conmigo, pero como si no estuvieran. El conflicto radicaba en que mientras por un lado me sentía seguro y esperanzado al ver que Minerva estaba ahí (la conocía bien, y por su forma de observarme, deducía que pese a todo, nunca me había dejado de amar) por otra era más o menos consciente, de que entre ambas mujeres coexistía algo turbio que no lograba esclarecer. Antes que nada, una circunstancia me inducía a sentir una crispada contrariedad. Después de todo lo que estaba sucediendo, descubrirlas tan saludables y serenas, me resultaba aparte de increíble fuera de lugar, y producía en mí una sensación de malestar y ansiedad. De alguna manera, y reconociendo lo insólito de la situación, mi frágil humanidad debió atisbar indicios que yo mismo nunca podría imaginar. A partir de entonces una corazonada que mi percepción no alcanzaba a desenterrar, porque no cohabitaba en mi naturaleza o la superaba ampliamente, hizo que se me helara la sangre, por lo cual me refugié en un empeño: ¡escapar! Para hacerlo debía echar a correr con todas mis ganas.
  No tuve dudas y actué en consecuencia. En ese momento averigüé algo ridículo. ¿Sufría una inexplicable parálisis, o era producto del miedo? De la misma forma caí en algo más. ¿Dónde habían ido a parar el resto de los insurgentes...?    

  Sentí el aliento de la muchacha acariciando mi oído y me resultó además de provocativo, retorcido. Aunque paradójicamente era yo mismo quien en lugar de reaccionar, cooperaba. Pues a pesar de estar al corriente no veía, o de forma deliberada mi mente se negaba a hacerlo, a la joven como quien se suponía que era, y en contraste sí como a la tentadora criatura mestiza que había poseído la noche anterior. Aquel aliento... un vaho cálido y amargo, era un efluvio viciado y al mismo tiempo fascinante. En cuanto a mí, debido a la incertidumbre o el deseo, no podía disimular mis apasionados resuellos y sudores.
  Entorné los ojos y entreví su imagen en la cabaña. Sus cabellos negros y dispersos; su semblante perfilado, el cuello terso y esbelto; la nariz recta, los labios finos y húmedos. Los pechos tensando la camisa gris y abriéndose a unos pezones oscuros; sus axilas rasuradas y la cintura cerrándose como una cánula antes de ceder paso a la exuberancia de unas nalgas que mis manos conquistaron en la penumbra. Su transpiración, más que una esencia, era una sustancia envolvente y balsámica, que me impregnaba de lujuria embriagadora; y aquellos ojos negros, volviéndose mirar con impudicia maliciosa.
  Tembloroso le confesé que la amaba, y que no podía ser mujer sino una flor quien así me hacía el amor...
   Advertí un silencio imposible... o impasible.
   
  Abrí los ojos. “¿Hablaba a solas?” De nuevo el presentimiento. Esta vez asociado a una voz: la de Minerva. Ahora tan... diferente. Similar a una estridencia que de forma inmutable —milímetro a milímetro— escarbaba ansiosa en mi cerebro. Me debatí. Traté de resistirme al atroz y lento proceso de mutilación. Mi defensa: hacer que regresara a su pasado más sugestivo, y recobrar un corazón que parecía haber perdido. Pero sobre todo, conmoverla: “Dime. Te conozco bien ¿no eres la misma? ¿No me amas ya...?” indagaba. “Soy yo, el de siempre y te deseo” presionaba, consciente de que mi tiempo estaba en sus manos. Mientras, alzando la cabeza, me esforzaba en hacer frente la mirada de aquel semblante soberbio, de rasgos ahora impasibles. Fue una lucha desigual y perdida de antemano. Pues pese a mi determinación, aquellos ojos forjados en fuego gélido, se clavaron como afiladas dagas en mí corazón. Ella por su parte, sí extrajo de mí un desquiciado gemido de dolor...
  Una vez se estableció, sin cesar de presionar mi conciencia como un inflexible torniquete, sentenció:
“Visto que estás podrido, Mamá Mambo, resuelve. Vivirás como lo que eres: ¡un parásito! Consumirás las entrañas de tu cadáver y las de todo aquel que sea inmolado de forma violenta...”

  Saber lo demás no fue consuelo. Para ellas el tiempo no existía: era eterno dulce y voluptuoso.
  Obviamente para mí, sí...
  Cuando por fin pude moverme, haciendo uso de una percepción necrófaga, durante segundos, tuve tiempo de darme cuenta de mi ilógica, grotesca o espantosa situación. Ya no caminaba. Me limitaba a serpentear a ciegas en un vientre pútrido e hinchado. El del turista que tras resultar asaltado y asesinado por una partida de bandidos en el puente del río Chavón, desde hacía semanas, yacía enredado entre los juncos de la ribera.
            Mi eterno suplicio no había hecho sino comenzar...

Mama Mambo*: es la deidad de la lluvia y el lodo; mediadora entre la vida y la muerte. Su culto es de procedencia Fon, Ashanti y Arará (Dahomey), sobre todo de territorio Mahins en África Occidental.
 

José Fernández del Vallado. Josef. 2014.

 

 

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