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4 min
Mandado
Varios |
03.02.15
  • 4
  • 12
  • 1730
Sinopsis

—Miguelito andá a comprar el pan de una buena vez — me grita desde el planeta Tierra mamá.

¡Ufaaa! Siempre yo. Les pego una patada a los minúsculos marcianos de plástico para que no me invadan mientras no estoy y busco la bolsa de las compras.

—Mamííí! La puerta tiene puesta la traba, yo no alcanzo, no voy a poder ir.

—Miguelito, no te hagas el sonso, vos sabés. Agarrás el banco y ya está. Si no volvés en diez minutos, esta tarde no mirás la tele.

Sintiéndome como esos esclavos que empujan grandes piedras en las pirámides, comienzo a arrastrarme hacia el almacén.

¡Uy! Espero que don Pepe haya cerrado la puerta cancel de su jardín. Está re-loco, ahora que me había amigado con el perro guardián, lo cambió por una pareja de teros para que le avisen a los gritos de cualquier desconocido. Cada vez que paso, hasta plumas les vuelan del bochinche que me hacen. No me van a hacer nada, me contó mamá, cuando me fue a buscar ayer. Teniendo prohibido cruzar la avenida quedé inmóvil, casi llorando del susto y sin animarme a volver. Ya está, pasé corriendo y ni me miraron.

El sol me está dando calor pero si me saco el “pulóver” me van a retar. Ya casi mediodía no hay sonidos ni movimientos, qué aburrido.

—Ahí va, el hombre de la casa ayudando a la mamita— Me carga José.

—Daaale, a vos también te mandan ¿Qué hacen? — le contesto socarrón.

—Íbamos a jugar a las figuritas.

— ¿En serio? Mira que el Colorado gana siempre.

—No señor, ayer gané yo ¿Querés probar unos tiritos?

—Y…a mí me faltan de San Lorenzo.

— ¿Tenés de Huracán?

—Sí ¿Y vos Colorado?

—Yo ya terminé el álbum, así que tengo de todo.

—Bueno, delen que estoy apurado. Trazo una raya con una piedra sobre la vereda y pregunto canchero — ¿Con tapadita, no?

Llego corriendo al almacén, si cerraba mamá me iba a matar. Encima el Colorado con dos tapaditas que se mandó, nos sacó todas las figuritas.

Subo los dos escalones doy un paso y, aunque acostumbrado, espero intranquilo que mis ojos se agranden a esa oscuridad. Don Braulio con el tiempo ha ido amontonando la mercadería aun frente a las vidrieras y llenando así con sombras el lugar.

— ¡Buen díaaa!

—Buenas…— me contesta don Braulio atravesando una especie de cortina formada con tiras de plástico de colores.

Al fin, cuando veo su cara y hombros sobre el alto mostrador, le recito mi eterno pedido.

—Dicemimamáquenecesitamoscuatropanes.

—Muy bien ¿Algo más?

—Que lo anote en la libreta nomás. Y le alcanzo la bolsa sobre mi cabeza.

Cuando salgo de la panadería, el mundo ha cambiado. Está lleno de colores que se mueven, hacen barullo y tocan bocina. Las casas han crecido y las personas se ven en todos lados, van, vienen o solo están. Siento el lugar tan cosmopolita que intuyo una vaga melancolía de lo despoblado. Me siento en un banco de la pequeña plaza triangular, sus verdes, sus flores y sus añosos árboles son como un atolón coralino que emerge del mar de asfalto que lo rodea.

Desmigajo y arrojo un puñado de pan. Los gorriones aunque desconfiados, no resisten su gula y al rato ya hasta a mí me picotean. Cuando aparecen las palomas, tontas y prepotentes, me molesto y sigo mi camino.

Encuentro una vereda marcada y las hojas secas se me hacen figuritas, el viento juguetón hace una tapadita y soplando se las lleva a todas. Cerca de casa, al pasar frente al escaparate de un negocio, siento en mi mente fantasmales gritos de teros y desconcertado me apresuro con un cosquilleo en el vello de la nuca.

Busco el llavero, abro la puerta y mientras vuelvo a cerrarla, grito riendo —Mamiii, ya traje el pan.

Julia, con cara de asombro, de risa y de regaño me contesta:

—Mami, tu abuela. Mirá si te vas a hacer el nene ahora.

Mientras la abrazo, le susurro feliz que hoy me di cuenta  con dicha que una de las tareas de mi vida es sencillamente: buscar el pan familiar.

 

Carlos Caro

 

 

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Satisfecho Ingeniero Químico y hombre de negocios de diversa suerte. Hoy ya jubilado, desfachatado, intento narrar cuentos y transmitir mediante ellos lo que nunca podría “decir”. Solo puedo esgrimir como antecedente el haber leído todo cuanto cayó en mis manos, he sido un roedor infatigable de librerías. Desde los clásicos hasta los prospectos completos de los remedios, práctica ya un poco abandonada por falta de las dioptrías necesarias. Nunca me hubiera atrevido sin el estímulo y las críticas de profesionales: mi esposa y su compañera de estudios. Todos nos conocimos hace cuarenta años cuando ellas estudiaban el Profesorado Universitario de Lengua y Literatura. Inquieto, me asombro de esta predestinación. Debo también mencionar en mi haber, el estilete afilado que es la mente de mi hija quien me sigue letra a letra y me alerta cuando no escribo lo que quería escribir. Para terminar, aprovecho para pedirles críticas; todas, de cualquier índole. Solo así aprendo. Esta es la cuenta principal a mi nombre en “tus relatos”, si quieren acceder a la secundaria y sus cuentos pulsen el “Web” de este perfil. Iré publicando cuentos en ambas para facilitar su lectura y es mi intención que nos divirtamos juntos con la literatura. Mis blogs, desde: http://carloscaro7.blogspot.com.ar/

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