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5 min
Manolo y yo
Humor |
02.05.15
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Sinopsis

De la rutina al delito sólo hay un paso...

Lunes, seis de la mañana, duermo profundamente. Suena entonces el despertador de Manolo, que se incorpora a su trabajo una hora antes que yo al mío. Al segundo timbrazo, y dado que mi marido se empecina en utilizar como despertador una réplica exacta de la sirena de un petrolero, mi cónyuge, yo y los vecinos de tres manzanas a la redonda nos hallamos ya en un estado a medio camino entre la vigilia y el dolor precordial.

Totalmente desvelada, asisto al dantesco espectáculo que el cotitular de mi cuenta corriente me brinda día sí y día también, y que comienza con la búsqueda de alguna de sus zapatillas, que a consecuencia de esa absurda manía de descalzarse por las noches haciendo una cabriola y dejando al albur de la fuerza centrífuga y el azar la ubicación final de la misma, puede hallarse:

  1. Encima del ropero.
  2. Encima del galán de noche.
  3. Encima de la lámpara.

Dado que es incapaz de encontrar la zapatilla valiéndose sólo del tacto y la mnemotecnia, mi cónyuge (clic) enciende la luz. Pero no enciende la lámpara de la mesita de noche, no. Enciende la lámpara de araña del techo, al más puro estilo Guantánamo. Tras hallar la zapatilla (estaba sobre el ropero) se encamina con paso presuroso (chaca, chaca, chaca) -pegándole un viaje de consideración a nuestra cama al tropezar con ella y por supuesto sin molestarse en apagar la luz- hacia el baño, donde explota violentamente.

Tras evacuar materia en sus tres estados, procede a darse la ducha de rigor, actividad que hoy ha decidido amenizarnos (a mí por vía aérea, a nuestros vecinos a través del sistema de resonancia de las cañerías comunitarias) con el Nabucco de Verdi.

Después de acabar con las reservas de agua y gas natural del municipio, el espécimen que está empadronado contigo trata de prepararse el desayuno – a juzgar por el estruendo- estrellando con reiteración y saña el bote de mermelada contra la cafetera y bailando luego un zapateado sobre los bollos.

Mientras mi pareja tiene a bien regresar al lecho conyugal para vestirse (actividad que acomete sentado sobre aquél y dando los botes precisos y alguno más para que la prenda de rigor encuentre su camino ascendente), suena mi despertador, que apago al primer timbrazo.

- ¿Has dormido bien? – me pregunta la forma de vida que me ayuda a pagar la hipoteca.

Emito un gruñido que podría interpretarse como “muy bien, gracias”, o como “me cago en tus muertos” y voy al baño, el cual a juzgar por la información que me suministra la vista y el olfato parece un cruce entre Londres y Venecia.

Avanzo a tientas hasta el retrete y hago mi contribución matutina al submundo de las cloacas. En el ínterin escucho el portazo y a mi pareja berrear “¡Me voy!” (Sí, exactamente en ese orden). Acto seguido compruebo de forma empírica que el otro mamífero de la casa ha agotado el rollo de papel higiénico sin reponerlo, lo que me obliga a laminar el cilindro de cartón de su interior y moldearlo de la forma menos agresiva posible.

En la cocina me reciben boquiabiertos los envases vacíos de leche, mermelada, mantequilla, pan de molde y bollos. Manolo me ha dejado una nota en la nevera (“hay que comprar cosas para desayunar. Te quiero”). Desayuno un frigodedo de fresa.

Con unas ojeras a la altura de los juanetes llego al juzgado de familia número dos, del que soy jueza titular, rezando para que se hayan suspendido todos los juicios que tengo señalados para hoy. No hay suerte.

La primera vista del día tiene su punto de controversia en la reclamación de una pensión compensatoria por parte de una esposa que, tras casi treinta años de matrimonio ocupándose de la casa y de criar a sus tres hijos, fue sustituida por una jovencita incapaz de deletrear Toledo y controlar el esfínter al mismo tiempo, pero dotada de una estructura ósea y neumática digna de mención.

El abogado del marido, con esa empatía sólo al alcance de los letrados y las moscas de la fruta, expone durante su alegato final que la reclamación de la buena mujer no guarda relación con el hecho de que a sus cincuenta y pico años ya no pueda reincorporarse al mercado laboral. Antes bien, los pedimentos de la actora –dice- traen su causa en el egoísmo consustancial al género femenino, pues no contenta con haber sido una rémora para su abnegado esposo, que la colmó de electrodomésticos y atenciones,  pretende ahora seguir viviendo a sus expensas cuando él por fin ha encontrado alguien que le hace feliz y le comprende. Es en ese momento cuando le atizo con el mazo en toda la cabeza.

 

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Escritor residual, perdedor inconformista, autista selectivo. Mis relatos breves en http://www.relatos.pro

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