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5 min
Eternamente María Cristina ( versión definitiva )
Poesía |
11.11.14
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Sinopsis

“Las putas con suerte están muertas”

En la esquina del mercado reinaban las putas, los proxenetas gobernaban, los policías se ocupaban de mantener el orden, la mafia de conseguir clientela cautiva, y la noche de desatar demonios.

 

 El filo de la luna simulando una sonrisa plateada sobre las nubes, fingía  iluminar las calles, mientras las putas abordaban automóviles deslumbrantes.  Regresaban despeinadas, risueñas, más ebrias, sin calzones; pero con billetes en las manos. Algunas regresaban magulladas, se veían pálidas y melancólicas. Reían a carcajadas mientras olvidaban a las desaparecidas.

 

En la vecindad donde estaban cautivas,  había un letrero de madera, que entre alas enmarcaba la frase:

 

“Las putas con suerte están muertas”

 

Después de deambular la calle, beber, follar y pretender que este oficio es temporal, las putas dormían de día bajo el amparo de la Santa Muerte; patrona de prostitutas, delincuentes y salseros. Por las noches, cuando las cosas no iban bien, encomendaban su alma a la Santa Madre,  empuñando su rosario.

 

María Cristina vendía tamales, café de olla, alcohol, marihuana y tabaco; cuando fue joven y puta, forjó una fama diabólica. Los hombres le temían y por eso la deseaban, ella cobraba caro aunque sonreía poco. Nunca se enamoró, hasta hoy, nadie recuerda otra puta poeta en el barrio. 

 Mucho tiempo ha pasado desde entonces, su cintura se desbordó, los senos se le colgaron y sus nalgas se desvanecieron; pero sus ojos oceánicos revelaban el naufragio  de su belleza caduca. Estaba cerca de los sesenta años, padecía una colitis aguda, su alma era una sombra que entelarañaba maldiciones y culpas; por lo que periódicamente, desde su más profunda intimidad, suspiraba pedos de amor por sus antiguos amantes.

Cansada de su condición de putajubilada, resuelta a retar a la suerte, se pintó la boca, se montó en sus tacones y moviéndole el culo al mundo, regresó a las calles.

 

En la esquina donde  hizo su fama, se instaló una vulcanizadora de neumáticos con servicio ininterrumpido, enfrente vendían pancita desde temprano, y con los años de retiro la vergüenza saludaba a María Cristina, así que  descartó esa zona; terminó bajo el semáforo, cerca de la carnicería, y aunque apestaba a sangre, el sitio estaba iluminado; pasaban autos y conocía suficientes perros en la zona, como para recorrer despreocupadamente la avenida.

 

De lejos la lánguida figura  de María Cristina, tiritando de frío, se balanceaba con el viento, parecía extraviada; pero  sólo era su astigmatismo desenfocando la perspectiva.

 

La mujer se desplazaba por su barrio con jerarquía, tenía el respeto del vulgo, que es tan complicado de conseguir.

 

 Mientras recorría las calles recordó el sermón domical:

 

-Donde reina la pobreza la adulación es un recurso y el prestigio un arma-

Ese versículo rigió su conducta, vivió con una navaja escondida en la medias y los labios pintados eternamente; pero fue el acero de sus poemas lo que amedrentó a la autoridad. Cuando cumplió veinte años, escribió con un gis en el patio de la  Jefatura de Policía:

 

El poder corrompe a los nobles

 y sublima la insensatez.

A dios lo creo el hombre

 y al hombre, la mujer.

 

¡Qué gozo matar bandidos

 y más si visten de azul!

¡Qué corra su cerda sangre,

 por haber vendido a Jesús!

 

 

 Por sus poéticos devaneos y sus redondos senos de entonces, de joven fue mimada y  de vieja vivió de su leyenda. Cuentan los vecinos que María Cristina no tenía tiempo para puterías porque no paraba de escribir en su libreta o en las paredes, en los árboles con su navaja, o con sus dedos en los vidrios sucios. Un domingo que estaba contenta, pintó en la barda de su casa con brocha y pinceles un anuncio que decía:

 

Se Renta por Puta una Poeta

 

Tenía una bella vida para recordar; pero como observaba su frondoso pasado desde un árido presente, prefirió enloquecer. Casi no dormía y la colitis inhibía su apetito; el tiempo ya no parecía lineal, se estaba agotando.

 

Salió a las calles buscando su memoria, para caminar con sus mentiras, y coger al diablo por las pelotas, fue así como le escribió un poema despechado en la pared:

 

 Hoy saldaré mis deudas,

fingiré otro orgasmo,

Seré la glotona  santa,

 La bella más gorda

y todavía más puta.

 

Hoy moriré de vida

Para ser eterna

Una madre pura.

Soy tu putamadre,

La que nunca olvida

 

Y no te perdona.

 

Le sobraban razones para  tomar una resolución drástica y su último deseo fue pretender la eternidad.

 

Candorosa con  el insinuante carmín de sus labios, los tonos celestes de su mirada, con sus nalgas tristes y la carne flácida, se posó bajo el semáforo, para seducir al tiempo.

 

Los automovilistas disfrutaban de un espectáculo perturbador: una mujer sexagenaria, semidesnuda, emputecida y pálida de frío; con la sonrisa incompleta,  recitando conjuros amorosos con actitud beligerante, escribiendo en todo lo ancho de la avenida:

 

No nací puta ustedes me eligieron.

 

Los poemas y hechizos no paraban, los autos desaparecieron y los perros tomaron la calle.

 

María Cristina recitaba sonetos pintándose los labios y los perros acechaban a su autor, un par de ellos se le echaron encima y otro la protegió, combatieron los cuatro mientras la jauría ladraba enardecida, los colmillos brillaban y la sangre salpicaba. La luna se escondió y en la mañana un perro apuñalado y un zapato de tacón yacían ensangrentados sobre un poema del corazón:

 

 

De la muerte vinimos,

Y hacia la muerte vamos,

 Nada trajimos

Y nada nos llevamos.

 

Eternamente: María Cristina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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