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6 min
Marianne, un ángel caído.
Terror |
27.09.15
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Sinopsis

La muerte sólo alcanza a aquéllos que están vivos, los muertos no pueden morir por segunda vez...

Marianne se encontraba acostada sobre su cama. La habitación era pequeña, con las paredes cubiertas por estantes de libros que alguna vez, en su lejana adolescencia, compró hasta llenar cada hueco. Tenía la vista perdida, ojeras notorias marcando las noches de largos desvelos, su piel pálida no se había expuesto al sol en un buen tiempo, y ahora, tal cual hoja marchita que cae en otoño, su vida se iba con su juventud. Tenía tan sólo veinticinco años, joven y hermosa. Pensó, por un momento que, cualquiera que la hubiera visto un año atrás habría dicho que tenía una larga vida por delante, no obstante, eso no era así.

Llevaba varios meses en cama, sin poder hacer nada que no fuera comer o ir al baño, su debilidad muscular le impedía hacer las cosas que una mujer joven, normal y saludable hacía a diario.

Escuchó pequeños golpes en la puerta, se acomodó sobre la cama, y en un susurro apenas audible invitó al visitante a entrar en la habitación.

La puerta se abrió y sin preámbulo alguno el visitante llegó hasta su costado, tocó su brazo con delicadeza, casi una caricia imperceptible. Marianne le miró sorprendida, su corazón moribundo se aceleró, la frente pálida se le perló de sudor, y en un acto involuntario una lágrima se le escapó; justo como si viera al visitante por primera vez en largo tiempo.

-Michael –susurró.

-Así es, Marianne. Soy yo… -Tomó su mano y se sentó a un lado de ella.

-Cuánto me duele verte así, lo siento tanto.

-No lo sientas, cariño. No lo sientas. No sufras por mí, yo ya no sufro.

-Mírate, estás tan pequeña, tan frágil… No quiero tocarte porque al hacerlo temo que te deshagas entre mis dedos.

-Mi hora se acerca, Michael. He pasado una corta vida temiendo la muerte, pero ahora que la siento cerca, ahora que sé que pronto tocará a mi puerta, ahora es cuando me siento lista para recibirla. –Un acceso de tos la interrumpió. Agitada por el esfuerzo, aspiró profundamente y continuó.- A ti aún te queda una larga vida, vívela, por mí y por nuestro hijo.

-Marianne, no hables así, por favor. No te rindas. –Michael le apretó la mano, temiendo, al instante, haberlo hecho con demasiada fuerza.- Te necesito… -Dudó por un momento, y agregó.- Nuestro hijo te necesita.

-Harás un buen trabajo, Mike. Lo has hecho desde hace un largo tiempo. Y es por eso, que puedo irme en paz, porque sé que he dejado a mi hijo en las mejores manos. Nadie podrá amarlo tanto como yo, a excepción de ti. –Los ojos le pesaban, le costaba un trabajo sobrehumano mantener la vista puesta en su esposo.

Michael le cogió la mano, apretó con fuerza, sintiendo cómo la de ella se debilitaba.

-Mike… -Susurró.

-Dime, amor mío. –Dijo, con el rostro surcado en lágrimas.

-Prométeme una cosa, por favor.

-Lo que sea.

-Prométeme que no permitirás que mi hijo me olvide.

-Te lo prometo.

En un segundo, apenas imperceptible, la vista cansada de Marianne se perdió en una lejanía inalcanzable. Aunque sus ojos quedaron abiertos, esa mirada muerta ya no decía nada. Michael pensó que si los ángeles existieran, lucirían tal cual ella lucía entonces. No había pena ni amargura en su rostro, las líneas cansadas de sus párpados le habían otorgado cierto aire de sabiduría, y sus labios pálidos parecían formar una vaga sonrisa. Michael pensó que, fuera lo que fuera que Marianne había visto del otro lado, debía ser maravilloso. Por un momento, con el corazón destrozado y el alma hecha pedazos, sintió envidia por Marianne, porque al menos ella ya no tendría que lidiar con la muerte nunca más.

Soltó la mano inerte de su amada, la dejó caer suavemente a su costado y le besó la frente, que aún estaba tibia. Un escalofrío le recorrió la espalda, y por un segundo pensó que no estaba solo, que Marianne aún seguía en esa habitación, que su cuerpo inerte aún respiraba y que su vista apagada aún lo observaba… Pero eso no era posible, Marianne estaba muerta y él lo sabía bien. La muerte sólo alcanza a aquéllos que están vivos, los muertos no pueden morir por segunda vez.

Abrió los ojos con fuerza y sin pensarlo dos veces supo con certeza lo que sucedería después; encendería las velas de aquella vieja habitación, despertaría de su vieja ensoñación, percibiría el olor que la putrefacción tiene cuando un cuerpo se descompone, y a su costado estaría la que fue alguna vez su viejo amor.

Ese ángel caído que yacía a su lado, era la misma mujer con la que había soñado, pero un par de años después.

El cuerpo de su amada seguía ocupando el mismo espacio que en su ensoñación, no era un sueño irreal lo que había experimentado, sino un recuerdo evocado desde hacía dos años, cuando su amada Marianne había muerto en la misma cama que él ocupaba cada noche, la misma cama donde su hijo había muerto, un año antes de que Marianne muriera, y justo un mes antes de que cayera enferma.

En su lecho de muerte ella había pedido a su esposo que cuidara de su hijo, un hijo que al morir, le ocasionó la enfermedad por la cual había fallecido ella también.

Michael tocó la pútrida piel de su amada, besó sus mejillas, que ya eran más hueso que carne, y acarició la cabeza que aún tenía poco cabello. Susurró un “te amo”, y como un hombre normal, salió de la cama para ir al trabajo, tal cual un hombre normal haría para mantener a su familia… Aunque la familia de él estaba muerta.

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