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12 min
Martín
Varios |
20.04.16
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Sinopsis

Historia de una amistad, estúpida, pero amistad.

La suela de la zapatilla había dado un brinco de un par de metros, el resto seguía cubriendo cálidamente el empeine y los dedos de aquel pie que, ahora, se apoyaba en el suelo frio. Federico Escoria, Fede, con ojos de incredulidad, miraba alternativamente a su pie y a la suela. Tres minutos después tomó una decisión, recogió los restos de la zapatilla, los tiró a la basura junto a la pareja y se puso unos calcetines.

Era tarde, pero no se iría a la cama sin preguntarle a Martín si conocía alguna zapatería cerca de casa, o del trabajo. Martín le dio tres direcciones y Federico, tranquilo, se fue a dormir.

Fede se levantó muy temprano, al sol ni se le esperaba; tendría un día complicado en la empresa, venían a instalar unos armarios nuevos para el archivo, de esos que van con ruedas, y dos fotocopiadoras nuevas. Se mesó la barba, retirando unas cuantas migas del desayuno, mientras Martín le comentaba que iba a haber lluvia por la tarde; sonriendo Fede cogió su macuto y salió de casa.

En el autobús Fede repasó el dosier técnico de las fotocopiadoras, no quería que le cogieran por sorpresa, estaba cargado de trabajo y debía estar preparado para los problemas. Pensó en Martín, en la capacidad que tenía para conseguir cualquier cosa, por ejemplo el dosier técnico de marras. Como jefe de mantenimiento de la empresa, Federico debía de adelantarse al desastre…jefe de mantenimiento, encargado de mantenimiento y peón de mantenimiento: el único de mantenimiento. Ese era uno de los motivos por los que vivir con Martín merecía la pena. Desde el inicio de su relación la vida de Federico Escoria había cambiado; ahora, bien asesorado, Fede iba a la moda, llevaba una generosa barba, camisas de cuadros ceñidas, macuto grande  y todo eso. Además, estaba aprendiendo mucho de cultura y de política.

El autobús llegó a destino y Fede entró en la empresa, fichó y se vistió el mono marrón. A esa hora solo estaban el vigilante y el propietario, Fede aprovechó para repasar todas las rutinas diarias; cuando llegaran los del montaje no tendría tiempo para nada y esperaba que ese día no se fundiera ni un fluorescente ni se atascara ninguna cisterna. Cuando empezaron a llegar los demás empleados se estaba tomando un café con el vigilante, había logrado acabar las rutinas sin incidencias y el vigilante, un navarro como un tocón de roble, le discutía el resultado del Real Madrid – Osasuna.  Federico le rebatía cada argumento punto por punto, como si hubiera visto el partido tres veces. ¡Fede! que ni le gustaba el fútbol, ni había visto un partido desde que hizo la comunión: pero Martín le informaba exhaustivamente y eso le servía para no quedarse descolgado de los compañeros de trabajo.

Nati estaba enamorada de Federico. Natividad de Dios era la secretaria del director de marketing, y se quedó prendada de aquel chico ultramoderno que hacía un año se había ofrecido a hacerle gratis la instalación del aire acondicionado de su casa. En realidad Fede fue coaccionado por el director de marketing, que se quería tirar a la secretaria. Nati era una chica moderna, seguía las tendencias como un surfero sigue olas, una detrás de otra sin descanso, y ese doble cascarón de Fede, el solucionador de mono marrón a la par que  hipster enteradillo, le pareció lo más de lo más, y se rindió.

Fede esperaba en la puerta la descarga de los armarios de archivo que acababan de llegar, cuando Nati se acercó y le susurró al oído que tenía una sorpresa para él: «El sábado te invito a comer y te la doy. No hay peros que valgan» y siguió su camino dejando a Federico desconcertado y chocándole la mano a un ucraniano enorme que cargaba un paquete enorme de enormes estanterías de acero como si fueran plumas.

Aquellos montadores le daban respeto y no sabía cómo dirigirse a ellos, cuando le hablaban en su mal castellano y mirándole con esos ojos grises como el acero le entraban escalofríos, pero no quería preguntar a sus superiores, no sería bueno para su reputación. Tiró de Smartphone y se puso en contacto con Martín, que, como siempre, le dio la solución: las estadísticas decían que la probabilidad de que fueran emigrantes ucranianos prorrusos eran del 23,32 por ciento y la de que fueran nacionalistas filo nazis del 12,27 por ciento, por lo que Fede debería descartar cualquier comentario político o religioso, tampoco era conveniente hablar de la belleza de los paisajes o las ciudades, no fuera que el lugar se encontrara en el lado equivocado. Las alusiones al soberbio físico de los ucranianos era tomar riesgos innecesarios debido a la tasa de homofobia de la población, podrían malinterpretarlo; por el mismo motivo la belleza de las ucranianas tampoco convenía. Finalmente, de las explicaciones de Martín, Fede entendió que debía poner una sonrisa perenne, comentar que parecía que iba a llover y ordenar: «Tú pon esto aquí, tú pon aquello allí» y punto pelota. Le fue de maravilla, como siempre que Martín le aconsejaba.

Aprovechando un tiempo tonto Nati se dejó caer a media mañana por el almacén, sabía que allí estaba Fede con las fotocopiadoras nuevas y le invitó a salir a la terraza a fumar un cigarrillo. Fede no fumaba y no tenía ganas de aguantar a Nati, pero accedió para airear la cabeza. Hizo todos los esfuerzos posibles para anular la cita del sábado, pero Nati tenía una cintura de boxeador, así que Fede empezó a disertar sobre el tabaco y su relación con el cáncer, incidiendo en los estudios contradictorios que existían sobre dicha relación, concluyendo que ocurría lo mismo que con el dichoso cambio climático; que, si bien la mayoría de los estudios iban en una dirección, otros muchos, aunque menos, iban en la contraria. Y que tanto unos estudios como los otros merecían el máximo respeto mientras no se llegara a la verdad absoluta. A Nati ese relativismo pragmático-analfabeto le parecía lo máximo de la modernidad y, en un arrebato, abrazó a Fede quemándole el mono con la colilla.

La jornada acabó plácidamente, con los armarios y las fotocopiadoras a pleno rendimiento y sin sobresaltos. Fede regresó a casa, se duchó y, con un gin-tonic, se sentó en el sofá  a  hablar con Martín de pobreza energética y arte virtual y efímero, entre otras cosas. A las ocho y media bajó, como cada día, a cenar en el bar-restaurante «Azafrán»; casi siempre bajaba con Martín, pero esta vez bajó solo.

Apenas atravesó el umbral del bar, dos señoras mayores y un tipo curtido, se levantaron de sus mesas y se fueron, dejando el bar sin clientes. Era lo normal, el propietario, y chef, ya se había acostumbrado; a esas horas los habituales apenas dejaban cuatro euros entre todos, y Federico suponía ocho euros diarios, más el Dry Martini si bajaba Martín, en la media hora que tardaba en cenar. Y, en cuanto se iba, los parroquianos regresaban.

El propietario estaba en la barra vestido con un impoluto traje de cocinero estampado con «pata de gallo», cosas de la moda, y le explicaba al representante de la leche las maravillas de las nuevas técnicas de cocina, el avance del uso de la química y la física entre fogones; era evidente que lo sentía en lo más profundo, gesticulaba con pasión y modulaba la voz como un vate recitando sus obras ante un auditorio. El representante iniciaba un saludo de despedida detrás de otro, tenía ganas de llegar a su casa y el olor a fritanga y aceite rancio que salía de la cocina no invitaban a quedarse, pero no pudo esquivar un largo elogio de la cocina de fusión. Fede se impacientaba, y en ese espacio de tiempo vacío llegó a plantearse cambiar su menú habitual, a pesar de todo lo que sabía gracias a Martín, pero no tuvo tiempo de concretar la traición, el representante salió por piernas y el chef preguntó: ¿Lo de siempre?

A los tres segundos una jarra de vino tinto helado y de padre desconocido apareció sobre el mantel de cuadros blancos y rojos con redondeles de diferentes tonos. Apenas Fede había terminado el primer vaso y una rebanada de pan, apareció el chef con un enorme plato con dos huevos fritos, panceta, dos salchichas de Frankfurt y una montaña de patatas fritas aceitosas; era el súmmum de la fusión por ocho euros.

El menú de Fede era fruto de un acto de rebeldía tras enterarse, por Martín, de que había una conspiración internacional liderada por las farmacéuticas y la secta de los veganos para convencer a la humanidad de que comer vegetales era sano. Unos vegetales manipulados genéticamente con fines inconfesables y que, en algunos lugares del planeta, habían producido mutaciones en sus habitantes, hombres –col y cosas peores. Y no era un rumor, Martín le había enseñado los miles de documentos que hablaban de esto.

El sábado llegó con desgana. Fede no paraba de hablar, se desahogaba con Martín, que aguantaba imperturbable las quejas de Fede por tener que ir a comer con Nati; además el cielo era gris y lloviznaba. Martín se ofreció a darle una extensa colección de excusas para librarse, Fede las estudió pero no le convenció ninguna, y luego estaba la sorpresa; la sorpresa le intrigaba. Arrastrando los pies salió de casa mirando la dirección de un pequeño restaurante de cocina de Papúa- Nueva Guinea escrita en un trozo de papel, lo último en tendencias. Martín le había comentado que no hacía mucho tiempo que esa gente era caníbal, y al pensarlo sintió desasosiego. Nati ya esperaba en la puerta, y a sus pies tenía una pequeña maleta envuelta en papel de regalo.

La comida transcurrió entre los exagerados elogios de Nati a la cocina de Papúa y los continuos carraspeos de Fede, que apenas probó bocado pero se puso de vino hasta el culo.

Los postres, más europeos que papúes, se le indigestaron a cuenta del regalo. Nati alzó la maletita y se la pasó a Fede que, por fin atento, la desenvolvió. Un gato gris, una mierda de gato gris. ¿Qué coño hacía él con un gato gris de mierda? Compañía, dijo Nati, necesitas compañía. El gato le iba a hacer mucho bien, era un primer paso para socializarse. Fede, es que eres un tipo muy solitario, dijo Nati, muy buena persona, pero muy solitario.

Fede alzó la voz y los pocos clientes y los muchos camareros les miraron. Fede, según Fede, estaba totalmente socializado, era una persona normal, integrada en la sociedad, con muchos conocidos y con Martín, su íntimo amigo del alma, su hermano, su maestro, su…Nati se calló, no volvería a repetir el error de la última vez que mencionó el tema y Fede casi la abofetea: no volvería a decirle que Martín era un puto iPad de mierda. Si aceptaba al gato quizás iría cambiando su percepción y sus afectos enfermizos.

Fede durante las semanas siguientes se fue acostumbrando al gato, le fue cogiendo cariño, y Martín le enseñó muchas cosas sobre la biología y el comportamiento de los felinos. Pensaba un nombre para el gato, pero ninguno de los que le ofrecía Martín le convencía. El gato se fue haciendo con la casa, poco a poco, hasta hacerse invisible para Fede y rondar por cualquier lado.

El ruido de Martín al caerse de la mesa de la cocina, empujado por el gato, sobresaltó a Fede, y este se alteró mucho; revisó a Martín de arriba abajo buscando roturas, micro fisuras y problemas de funcionamiento, pero Martín estaba bien. No obstante Fede tenía que tomar precauciones para que el gato no pudiera poner a Martín en peligro. Junto a Martín estudió las posibles soluciones, había miles, pero al fin encontró la más conveniente.

Dos semanas después cuando, atendiendo a la llamada de Nati y al requerimiento de la empresa, la policía entró en el piso, encontraron a Fede sentado en un taburete delante de la nevera, acunando al gato congelado y explicándole las diversas teorías de la hibernación y sus ventajas, según Martín.

 

 

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