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8 min
Mas de mil años (III)
Amor |
26.11.13
  • 4
  • 1
  • 2008
Sinopsis

Descubrimiento.

El religioso esperaba pacientemente a ser recibido por el conde. Florián Gelmírez era el diácono principal de la catedral de Iria Flavia. Aunque siempre quiso ser presbítero, su condición de expósito le había impedido acceder al sacerdocio y con ello, había cercenado las posibilidades de un ascenso en el escalafón. A pesar de todo, a sus cincuenta y seis años, ya hacía veintidós que era el diácono principal en la sede de Iria Flavia, y Pelayo era el tercer obispo de esta sede al que servía. No es que le gustara servir a nadie, pero era lo que Dios quería e intentaba aceptarlo; tampoco tenía otra opción. Ninguno de los presbíteros u obispos a los que había servido anteriormente le habían gustado, pero al menos mantenían las formas. Pelayo, sin embargo, descuidaba su apostolado y sus obligaciones litúrgicas, y los rumores crecientes podían atraer la atención sobre otros asuntos que sí podían afectarle.

Mientras esperaba, intentaba dar forma al discurso que expondría al conde. Al fin y al cabo, Rodrigo Velázquez era el padre de Pelayo. Pero no podía dejar que crecieran habladurías sobre la sede que podían acabar minando a todos y él tenía demasiado que perder. No podía permitir que la inconsciencia de un obispo cuyo nombramiento no era más que una recompensa a los servicios prestados por su padre, pudiera llamar la atención sobre el resto de los miembros de la sede compostelana. Especialmente sobre él. Florián era el que controlaba los donativos que, en demasiadas ocasiones, no llegaban íntegros a las arcas de la Iglesia. Desviados a su patrimonio particular, le habían enriquecido considerablemente, riqueza con la que adquiría tierras, oro, joyas… dejando una parte para satisfacer instintos de la carne cuya culpa intentaba mitigar con mortificaciones físicas. Sin embargo, el cilicio no había conseguido aún domeñar la fuerza del deseo, que satisfacía gracias al miedo y a generosas compensaciones a los padres de las criaturas con las que aplacaba el vicio  que le corroía. No podía permitir que todo se derrumbara por culpa del capricho de Pelayo.

Y es que Florián, intrigado por las ausencias del obispo, le había seguido para ver en qué ocupaba el tiempo. Y sólo Dios sabe el trabajo que le costó no perderle cuando se adentró en el bosque. Afortunadamente el tiempo que llevaba en aquellas tierras gallegas le había permitido conocerlas bien. Se manutuvo a la distancia justa que le dejaba ver sin ser visto ni oído. Claro que tampoco él podía oír nada, aunque no era algo que le preocupara, tenía suficiente con ver. Y descubrió el secreto de Pelayo. Una mujer. No era como las que a él le gustaban. Rondaría los treinta, demasiado mayor. No tenía nada que le pareciera especial: rubia, baja, flaca. Sin embargo, mientras los observaba hacer el amor, él abandonado a la maestría antinatural de ella que le montaba como si fuera una amazona, se mostraba plena y bella, y le amaba con tanta fuerza, emoción y pasión, que Florián no pudo evitar una erección que le llevó a masturbarse mientras los observaba. Cuando terminaron, mientras el diácono cargaba con la losa de la culpa que seguía a cualquier momento sexual, ellos, aún desnudos, se acariciaban y besaban… y hablaban, lo intuía por sus movimientos. Reprimió la ira que le provocaba aquella intimidad, algo que él no había sentido nunca. No le gustaba la mujer, pero hubiera matado por que alguien le hubiese amado así alguna vez. Sus relaciones estaban marcadas por el dolor y el llanto, por la impericia de criaturas vírgenes que no sabían qué hacer, por la violencia de forzarlas a algo que les producía horror. Le excitaba su poder sobre ellas, el miedo que sentían y que nadie las hubiera tocado nunca, pero en ocasiones echaba de menos la ternura y complicidad que acababa de ver entre Pelayo y su amante. Tenía que terminar con eso. Necesitaba hacerlo. Y ya no sólo para evitar que se descubrieran sus miserias.

Pero, ¿cómo enfocar todo esto ante el conde? ¿Cómo haría para que el conde acabará con aquella historia? Necesitaba echar mano de todas sus habilidades para llevar a Don Rodrigo a su terreno, para que fuera él quien sintiera la necesidad de hacer volver al buen camino a su descarriado hijo.

Había pasado ya un rato largo cuando el soldado le indicó que el conde le recibiría. Entró andando despacio, con las manos cruzadas sobre el vientre, la cabeza inclinada ocultando su mirada. El conde no parecía de buen humor, seguramente sólo le había recibido por ser el diácono que servía a su hijo.

  • Bien hallado, señor Conde. Le estoy infinitamente agradecido de que haya tenido a bien recibirme con tanta premura.

El conde le miró con desprecio. Él era un soldado y odiaba a los buitres y alimañas que poblaban los palacios, y tanto el episcopal y su propio castillo estaban  repletos.

  • Olvida la parafernalia y dime qué te ha traído aquí.
  • Un asunto ciertamente lamentable, don Rodrigo, y que podría poner en cuestión el honor de vuestra familia, lo que no sería conveniente en estos tiempos que corren con los moros a las puertas del reino. Es por su hijo.
  • ¿Pelayo? ¿Le ocurre algo? ¿Está enfermo, tiene algún problema?

Florián se desconcertó ante la sincera preocupación del conde: no era habitual que los caballeros mostrasen tan abiertamente lo que sentían.

  • No, señor, don Pelayo está perfectamente. Al menos su cuerpo. Sin embargo, tengo razones para temer por la integridad de su espíritu y su vocación.

El tono alambicado y zalamero del diácono incomodó aún más a don Rodrigo, no podían presagiar nada bueno.

  • ¿Qué demonios le ocurre a mi hijo?
  • Desde hace un tiempo desatiende sus obligaciones litúrgicas y desaparece durante horas de la ciudad. Nadie sabía dónde iba ni qué hacía.
  • ¿Y ahora sí se sabe?
  • Sí, ahora lo sé yo –dijo Florián.

Observó detenidamente la reacción del conde, esperando con su silencio provocar el interés de su señor. Aunque hubiera jurado que estaba alterado, ni un solo movimiento mostró emoción alguna. Don Rodrigo, seco pero tranquilo, le pidió que siguiera. Fue entonces cuando Florián le contó, sin entrar en los detalles de cómo lo había averiguado, que su hijo tenía una amante y que fornicaba con ella a plena luz del día entre los árboles, yaciendo después juntos sin cubrirse tras tan espantosos actos.

El conde contuvo una sonrisa. Ya sabía él que su hijo no tenía vocación y que le gustaban las mujeres; aquella seguro que no era su primera amante. Pero era importante para que su familia mantuviera el poder que habían conseguido en los campos de batalla, que ejerciera de obispo en una sede tan relevante como la de Iria Flavia. Sin duda, que su hijo tuviera amantes carecía de importancia, al fin y al cabo, todos los prelados las tenían, pero debía mantener las formas.

  • ¿Osas interrumpir mis ocupaciones simplemente para contarme que mi hijo tiene una amante?
  • No, mi señor, no es una amante cualquiera. Es una hechicera que vive en el bosque, una mujer peligrosa que no sólo fornica pecaminosamente, sino que también fabrica pociones, bebedizos y ungüentos, quebrantando con ello las leyes divinas y humanas. Una meiga.
  • ¿Me estás diciendo que Pelayo está liado con una bruja?
  • Eso parece – dijo Florián sin titubear -. Y ya sabe el señor Conde lo que eso puede traer. No quiero ni pensar qué ocurriría si llegara a oídos de nuestro señor el rey Bermudo que el obispo de Iria Flavia fornica con una buja en pleno bosque. Y más en estos tiempos en los que los infieles acechan su reino por todos lados.

Rodrigo cambió de semblante. Ese miserable tenía razón. No podía permitir que el rey se enterara de esta situación. Pelayo sería expulsado, humillado públicamente, posiblemente encarcelado de por vida, lo que traería deshonor para su familia. Incluso él podría ser desposeído del condado de Galicia. No podía dejar que las cosas llegaran a más. Evitando ostensiblemente dar las gracias al diácono, le despidió sin siquiera dignarse a mirarle, lo que le ahorró ver la sonrisa de medio lado que hacía que su cara pareciera una máscara. 

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