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10 min
Matar es cuestión de compañia
Varios |
26.10.09
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Sinopsis

Me imagino saltando de lecho en lecho para inmediatamente volver a mi natural estado meditabundo, antes de que mi madre se diera cuenta de las barrabasadas que estaba cometiendo en ese momento. Con unas pupilas ultrasensibles y la mirada huidiza intentaba abarcarlo todo, sin comprender nada, observar cada movimiento inimitable, escuchar las voces pronunciadas de una forma que a mí me parecía mágica, milagrosa, y vuelvo de mi embriaguez al mundo que me rodea con la misma desilusión que debe sentir un perro cuando le achuchas a una hembra sin recompensa final.

-¿Está con nosotros?
-¿Eh?
-¿Está con nosotros, señor Galín? ¿O acaso tiene algo que compartir con sus compañeros?
-Estoy con ustedes…

La profesora de latín, señorita Ángela, era un adefesio de lo más ruin. Nos trataba con un asco tan obvio, con una perfidia tan imperturbable que todos dudábamos si lo que cubría su pecho era un corazón o un guijarro de múltiples puntas…
…los recuerdos son fragmentarios, de dudosa veracidad, pero eran, son, mis recuerdos y con ellos intentaba completar las piezas que no encajaban. Así, todavía guardo en mi mente versos de ciertas canciones que mi madre hacía escuchar una vez tras otra como si quisiera entender el profundo secreto que parecía guardar la letra:

…se ha sentado el abuelo en la escalera
a esperar el tibio sol de madrugada…



-Galín, ¿podría analizar la frase rara avis in terris?
-No, señora.
-Ya lo imaginaba…¿Sabe lo que significa eso?
-No, señora.
- Significa que usted no se ha estudiado la lección número uno, ¡La número uno, señor Galín!
-Lo siento, señora.


Yo apretaba los puños e intentaba deshacerme del peso que suponía tanta ira acumulada, y razonaba para encontrar las causas del rencor que contenía dentro de sí la señorita Ángela: quizá un accidente mortal, alguna enfermedad crónica y desde luego terrible… Siempre que sentía el áurea de la señorita Ángela en mi alrededor venían a mí conceptos como: muerte, tifus, ceniza, barro… Y soñaba con responderle algún día cave ne cadas o sencillamente adieu, como diría la señora Durán.

Podría haber revelado una fuerza de héroe griego, podría haberme negado a soportar las pérfidas insinuaciones de la señorita Ángela, pero ciertos pesos muertos no permitían a mi carácter hacer flotar la soberbia necesaria para tan hercúleo esfuerzo. Si la cobardía tiñe de color negro el sentido de las decisiones, por muy oprimido que uno se encuentre siempre la duda hará de contrapeso cuando el dictamen de tus sentidos concluya: ‘’Hasta aquí, señores; os abandono. He intentado querer, de verdad que sí. Puse todo mi empeño en eso. Pero el mundo es muy grande y sobramos algunos.’’…

El invierno para mí era siempre una dura prueba de supervivencia que debía superar usando artimañas propias de gente sin techo para no caer cualquier día en la acera con la cabeza aplastada contra el pavimento. Como en mi casa el dinero no alcanzaba ni para la estufa no podía yo vestir más que harapos con taras y de una delgadez tal que permitía vislumbrar la piel que supuestamente estaban abrigando. Por la mañana cuando recién salgo de la ducha y abro el portal soportando la bocanada de aire gélido, en clase apoyado en los radiadores de acero frío que nunca funcionan (‘’se ha estropeado la caldera central’’, nos decían algunas veces, ‘’no ha venido el conserje, en cuanto llegue la ponemos en marcha’’ o, sinceramente, ‘’no hay presupuesto para calefacción; que sepan que permitimos el uso de gorro y guantes en clase…’’) por la noche cuando la colcha no es suficiente para contrarrestar el efecto del suelo frío al contacto con mis pies…siempre tengo frío, siempre estoy frío. Mi tez está inundada por la lividez de mis ojeras, que se extienden hasta la punta de los pies, y bien podría usar mi madre el pellejo que cubre mi cuerpo como picadillo para consomé. Debía recurrir a la triple o cuádruple capa en mi ropa, dos pares de calcetines doblados hacia el empeine, rudas camisetas de algodón rayado como los antiguos vaqueros, una bufanda que ahora era braga porque, según la aplastante lógica de mi madre, ‘’a las bufandas le sobran tela y, ¿crees que es por moda? ¡Para robarnos, hijo, solo eso!... Tu no tienes bufanda…ahora los dos tenemos braga…’’ La tos ya me sobrevenía en octubre y perduraba, infatigable, hasta mayo. No podía ser de otra forma pues un pedazo de tela remendada al cuello no significa que esta se vaya a mantener firme, todo lo contrario. Las fuerzas gravitatorias la envían en dirección vertical hacia el suelo por lo que mi pescuezo se veía afectado por las corrientes matinales y nocturnas dando como resultado una voz rocosa de fumador de puros y la tos que hacía sospechar que mis pulmones iban a encogerse en proporción directa al número de contracciones que realizaba cada vez que un espumarajo aterrizaba en mi cavidad bucal. Por todo ello el camino de vuelta a casa era en sí una tortura. Superados los panales que circundaban las urbanizaciones de lujo, los campos de tenis y los jardines que obstinadamente se empeñaban en florecer gracias a artificios humanos casi siempre insatisfactorios, quedaba aún el camino solitario de una carretera que parecía vengarse de quienes osaban atravesarla, con grandes boquetes y altibajos y alguna que otra raíz rebelde de enormes proporciones que desafiaba la dureza de la brea y cuya aparición sugería la existencia de vida vegetal subterránea porque, a donde alcanzaba la vista, ningún árbol se atrevía a medrar en aquel lugar tan mortecino. A los dos lados del arcén arcilloso el viento advertía del salvajismo que imperaba en la explanada y enarbolaba hojas secas y bolsas plásticas a modo de estandartes guerreros. Las orejas quedaban inertes y los pies se humedecían por una especie de neblina imperturbable que cubrían de rocío mis ajados zapatos. Usaba técnicas evasivas tales como contar los adoquines en los tramos que aún el tiempo y la bestialidad no los habían eliminado por completo; también hacía lo mismo con las líneas de la carretera o los restos de vegetación que encontraba a mi paso. Una técnica muy común era imaginar que era un hombre con mucho dinero, conseguido de cualquier forma lícita o no, y pensaba en poseer una casa con calefacción y abrigos de pieles de animales exóticos, botas encueradas y un par de guantes de ante y otros de cuero, por si llovía.
Y siempre el camino era sangrante y feroz, y la razón por la que lo recorría siempre solo era un misterio para mí, habiendo en derredor sombras e imágenes con rostro humano, aborregadas, apacentadas por fuerzas que suponían convertirme en un recién nacido guisante en un pozo atestado de melones.

-Has tardado mucho en llegar…
Mi madre no preguntaba casi nunca lo que le interesaba, siempre afirmaba dejando caer la entonación de la frase y provocar así una necesaria explicación que completara el enunciado.
-Me he entretenido.
-Y has estado en…
-Por ahí.
-Debe ser divertido ese sitio.
-¿Qué sitio?
-Por ahí, siempre estás ‘’por ahí’’ así que debe ser divertido. Espero que algún día me lleves…
- Poahi, poahi, poahi…- repetía mi hermana fustigada por un apasionante descubrimiento en el mundo de las palabras.
-La profesora de latín ha alargado la clase media hora.
-Esa profesora siempre alarga la clase media hora…
-Es que siempre dice que nos portamos mal.
-Seguramente tenga razón.
-No la tiene.
- Azon, azon, ashon, ashon, achon, achon
-¿Y de quién crees que debo fiarme?
-¿Entre quienes?
-Entre tu profesora y tú.
-De mí.
-¿Por qué?
-Porque…soy tu hijo.
-No sé si eso es suficiente.
-Sí que lo es. Ella es el Diablo.
- Dabo, dabo, dafo, dafo

Intentaba desentrañar el significado de las palabras: …todo no es más que desorden, querido. ¿Por qué quieres tú poner orden? No hay más que la acción efímera, la acción antagonista. La vida. Leía una por una las palabras, luego las juntaba en la frase mayor y descifraba el significado. Pero a veces era imposible. El diccionario de páginas húmedas que un día me regaló la señora Durán era inútil. Buscaba las palabras con pasión esperando un truco de presdigitador que concluyera el enigma en una sarta de ideas entendible y gozosa. La definición de efímero y antagonista era clara, pero la definición de vida escapaba a mi control. En ella cabían tantas cosas, tantos mundos por mí nunca visitados que el simple hecho de imaginármelo me parecía obsceno. Y peleaba, peleaba por dilucidar todo aquello de una manera tan vehemente, con gestos tan esclarecedores, que parecía que en verdad había jugado mi vida a todo o nada en aquella encrucijada. Me repelían las explicaciones de lenguaje tan recto del diccionario, su sabiduría inerte puesta en manos de monigotes automatizados y entonces me reafirmaba en mi idea primera: era ilógico, era un esfuerzo piramidal que concluía en el más ingrato nada. Me enfadaba de la forma más sincera que uno puede enfadarse, esto es, abandonando lo que uno es incapaz de descifrar. Atacaba otra frase de alguno de los libros que tozudamente ahuyentaban las polillas y el polvo para sobrevivir en la estantería combada que cubría el largo de la pared de mi habitación. Ojeé otro libro en una página elegida al azar: Hubo un incendio en los establos cuando andaba en la Corte y dijo: ¿Alguna desgracia?, sin preguntar por los caballos. Un verdadero furor me invadía cuando creía comprender del todo algo que estaba impreso en un libro. Porque si está escrito, es cierto; era una verdad suprema cada sentencia grabada con tinta en los libros. Mi madre abrió la puerta de mi habitación en el momento que mi dedo apuntaba la palabra desgracia en el diccionario.
-Te llaman.
La mire dudando de la veracidad de su expresión: ‘’te llaman’’. No recuerdo que nadie me hubiera llamado hasta entonces. Agarré el teléfono firme como si no supiera ya que aquel era un ser inorgánico, completamente desconocido.
-No tienes móvil- una voz recia que finalizaba con un estertor más bien melódico, no desagradable, y que revelaba la intención de disfrazarse de persona adulta.
-¿Perdón?.
-No tienes teléfono móvil.
-No…¿Quién es?
-Tampoco tienes ordenador.
-Tampoco.
-Por eso he tenido que llamarte.
-Pero,¿Quién eres?
-Quiero ayudarte.
-¿A qué?
-Quieres que la señorita Ángela muera, ¿verdad?
-No…no lo sé. Dime quien eres o cuelgo ahora mismo.
-Yo puedo ayudarte, podemos matarla entre los dos
-Los dos…
-Mañana nos vemos.
-¿Cuándo?
Y colgó.
Todavía con el teléfono en la sien mi madre apareció en el umbral de la puerta entreabierta con evidente preocupación; y es que algo nuevo y especial había ocurrido en nuestro monótono cubículo.
-Me dirás quién te ha llamado…
-No lo sé…
-¿Has hablado con alguien que no conoces?
-Si…No… Era…
-Era…
-Era el Diablo.
-¡Oh, la profesora de latín! ¿Qué has hecho?

Devolví el aparato a mi madre con cierto asco, como si pudiera contagiar alguna enfermedad por el altavoz, y absorto aún busqué en el diccionario con más diligencia que nunca: matar.

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