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20 min
Me encontré con Alicia
Terror |
18.02.15
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Sinopsis

"La historia que aquí les contaré jamás la compartí con alguien. Decidí escribirla [...] para dejar testimonio de ciertos escalofriantes sucesos que marcaron el desarrollo y el destino de mi vida de ahí en adelante."

      La historia que aquí les contaré jamás la compartí con alguien. Decidí escribirla, sellarla en un sobre y dejarla guardada para que mi familia pudiera leerla cuando ya me haya ido de este mundo o, simplemente, para dejar testimonio de ciertos escalofriantes sucesos que marcaron el desarrollo y el destino de mi vida de ahí en adelante.

 

       Ese día había dormido pésimo, mi relación con mi novia había terminado hace unos días, llevábamos ya varios años juntos y eso me devastó. Mi amor por ella se había convertido en odio del más oscuro y corrosivo que alguien pudiera imaginar. Solo deseaba que el hijo de puta de su amante se muriera y que la arrastrara con él al abismo más desdichado y doloroso del planeta. Tenía mucha frustración y rabia con todo en realidad, estaba inapetente, no quería salir y ¡Ni pensar en trabajar! Por mi mente solo pasaban turbias imágenes de ellos dos teniendo el mejor de los sexos, riendo felices de estar juntos y demostrándose una y otra vez su mutuo amor...cosas que yo antes hacía con ella. Eso me  desmoronaba y me botaba al suelo los pocos bloques de autoestima que quedaban en pie. Me sentía fatal.

 

       Me tomé un café, me di una ducha, me vestí y pensé en que ya era hora de ir a trabajar, llevaba 2 días sin asistir. Caminé al paradero, ahí me encontré como siempre con el escándalo de ladridos de perros que se inquietaban cuando veían pasar a mi anciano vecino arrastrando su carro de compras con esa amarga expresión en su cara. Llegué al paradero y me puse a esperar la micro, sentía que el universo y los planetas se habían alineado para confabular contra mí, ya que se estaba demorando bastante en pasar. Ya llevaba más de 30 minutos esperando, así que prendí un cigarro, para ver si ocurría la magia y aparecía la micro, pero nada. En ese momento aparece una mujer, de unas cincuenta y algo, pelo blanco y piel como la sal, al parecer era albina. Su mano izquierda le temblaba de manera inquietante, me distrajo un poco su movimiento, en eso me miró con una expresión vaga y murmuró:

 

–Tranquilo, chiquillo, se cómo se siente...– dijo mientras me examinaba con sus oscuros ojos.

– Sí, es frustrante cuando se demora en pasar – le respondí.

– En este momento solo piensas en matarlos con tus propias manos, pero esa no es la solución– me dijo con voz de consuelo mientras me entregaba una tarjeta con una dirección escrita– juntémonos ahí hoy a las 5 y te ayudaremos– concluyó y se levantó. No sé cómo pudo saber por lo que estaba pasando y lo que sentía.

 

       Algo dubitativo, pensé el asunto durante toda la tarde, me parecía muy extraño y hasta perturbador que hubiera sabido exactamente lo que sentía, pero luego evalué mejor la situación y no tenía nada que perder. Me decidí a juntarme con la extraña mujer así que tomé la micro y llegué al persa Bio-Bio. Muchas veces había estado ahí, en busca de algún mueble para mi departamento o comprando algún artefacto novedoso, pero nunca había ido a aquella dirección que salía en la tarjeta. Finalmente llegué a un galpón que parecía muy descuidado, corría una brisa tibia adentro mezclada con un húmedo hedor a alcantarilla. Los largos y angostos pasillos estaban rodeados de muebles antiguos, algunos incluso rotos, al parecer apilados ahí esperando ser reparados por un carpintero o maestro que nunca llegó. No había nadie en el lugar, se escuchaba a lo lejos al final de algún oscuro corredor, el murmullo de unas vocecillas y sonidos de pasos torpes al caminar. Seguí adentrándome en el lugar, entre los muebles se sentían ruidos, tal vez algún gato o ratón escabulléndose por entre las maderas o algún otro animal. El lugar se ponía cada vez más oscuro y solitario, mientras la atmósfera se tornaba un poco densa y silenciosa. De repente escucho un susurro inquietante justo en mi oreja, por detrás de mí:

 

– Justo a tiempo, joven – me di vuelta algo sobresaltado, pero no había nadie allí.

 

        Miré hacia todos lados en busca de la fuente de ese susurro pero no logré ver a nadie. Me giré para volver a caminar hacía donde iba, cuando en eso veo a la señora albina levitando a un par de centímetros del suelo, en forma de cruz con sus ojos blancos e inyectados de sangre llorando un líquido negro, mientras un escalofriante y aterrador chirrido me azotaba los oídos. La imagen comenzó a distorsionarse y su cara se acercó a una velocidad sobrehumana y quedó con su boca abierta, con un grito sordo y estremecedor con sus ojos blancos y tiritones. Cerré mis ojos entrando ya en pánico y al abrirlos ahí estaba ella, a un par de pasos, ya no con su espeluznante apariencia y me invitó con su mirada a que la siguiera sin decir palabra alguna. Aún con mi corazón agitado y tratando de estabilizarme, la seguí avanzando por ese asfixiante laberinto de intrincados pasillos, tomó mi mano y la sentí fría y áspera como la piel de un reptil enredándose en mis dedos.

 

       Llegamos al final de un pasillo pobremente iluminado con un tubo fluorescente averiado, que titilaba y hacía que su luz fuera tenue e intermitente, mientras un montón de polillas revoloteaban y atiborraban el lugar. Entre la oscuridad se podía ver una puerta, que mi acompañante golpeó de una manera muy particular, al parecer en clave. La puerta se abrió lentamente y tras ella aparecía la figura de una anciana decrépita, de aspecto tosco y serio que opacaba el impresionante azul de sus ojos.

 

      Entramos en una habitación muy pequeña, claustrofóbica iluminada por una lamparilla de noche que daba una luz anaranjada y poco intensa. El lugar olía a humedad y la ausencia de ventanas hacía que se encerrara el olor y que las oscuridad no fuera interrumpida. En el centro de la habitación había una mesa redonda de madera con patas de metal (que al parecer alguna vez fue blanco) ya oxidadas por el tiempo. Sobre la cubierta de madera noté marcas de poderosos arañazos y escritos en algún tipo de endemoniado alfabeto que no se me hacía para nada conocido. Tres sillas antiguas del mismo estilo rodeaban la mesa acompañadas por un sofá que estaba al lado derecho, de color rojo todo percudido y manchado, que definitivamente no invitaba a sentarse en él.

 

       Nos sentamos cada uno en una silla acompañados por unas tazas de té y un jarro con agua hirviendo que se encontraba en el centro de la mesa. La anciana, que se encontraba al frente mío, subía y bajaba la bolsita de té con los ojos cerrados y cada vez que lo hacía, parecía como si el agua hirviera más y más emanado un intenso vapor. En eso la anciana comenzó a hablar, sin abrir sus ojos ni parar de mover la bolsa de té:

 

–  Yo estoy aquí para quienes quieren superar sus problemas – dijo – y también para ayudar a los que no quieren seguir en este mundo, a esos también los ayudo de otra manera – sentenció con un tono maligno en su voz.

 

      Me vino un dolor de estómago tremendo y comencé a sentirme algo nervioso. De repente, la anciana se quedó estática, con una inmovilidad enervante. Permaneció así por unos segundos que me parecieron una eternidad, luego inclinó bruscamente su cabeza hacia su derecha y al hacerlo sonó una escalofriante y seca tronadura de huesos que me hizo estremecer. Abrió sus ojos y se veían de un azul que de verdad impactaba, parecían los ojos de algún ser infrahumano mientras en su cara se dibujaba una sonrisa diabólica. Su rostro, por alguna extraña y torcida razón, parecía el de una niña pequeña aunque seguía manteniendo las características de una anciana decrépita. Me quedó mirando fijamente, con su cabeza inclinada de una manera algo perturbadora y comenzó a hablar con una clara voz de niña pequeña que ponía los pelos de punta al venir de tan vieja mujer:

 

– ¿Cómo te llamas? – me preguntó clavándome su azul y vacía mirada.

 

       Aterrado, sentía como un incómodo e inquietante escalofrío recorría mi espalda al momento que veía cómo mis pantalones se humedecían sin poder hacer absolutamente nada para evitarlo. Quise salir corriendo, pero en eso me di cuenta que mis extremidades estaban amarradas a la silla. La pieza comenzó a temblar y unos aterradores murmullos y quejidos espantosos se escuchaban entre las paredes y la anciana se acercaba cada vez más a mí. Empecé a sentir como si mi estómago tuviera ácido adentro que ardía y quemaba por dentro, mi pecho se contraía y mis músculos se apretaban al punto de sentir agujas que se incrustaban en mi interior... era la ira y el odio reprimidos que se comenzaban a manifestar. En mi mente aparecían mi ex novia y su pareja y sentía que iba a explotar como una granada en las manos de las personas que provocaban mi dolor.

 

– ¡No Quiero! – grité mientras mi gritó silenciaba los horribles murmullos espectrales de la habitación.

–¡¡¡NO QUIEROOOOO!!! – grité una vez más, pero esta vez no era mi voz. Una voz gutural, estruendosa y áspera que parecía venir del mismísimo infierno salía de mí. Sentía como la fuerza de los gritos endemoniados expandían mi garganta y me hacía doler con cada demoníaca locución. Sentía unas incontrolables ganas de asesinar a la anciana y a la nefasta pareja de enamorados que tenían su nauseabunda orgía en mi imaginación. Los odiaba, los odiaba de verdad.

 

       La mujer albina tomó su celular y me mostró una foto de mi ex pareja besándose con su novio, en el mismo momento sentí que mi corazón explotó en miles de esquirlas que me cortaban y me herían la carne.

 

 – ¡Ahora! – gritó la anciana al mismo tiempo que se acercaba y ponía su horripilante mano sobre mi pecho.

– ¡No quiero! ¡No me detendrás! – le gritaba con esa horrenda voz que poseía a mi aparato fonador.

 

       Comencé a escupirle la cara con un líquido espeso y putrefacto que salía de mi boca, una mezcla de sangre descompuesta y otros fluidos verdosos y marrones que tenían un repulsivo olor. La veterana comenzó a reír, su cara se desfiguró y las pupilas de sus ojos se fueron lentamente hacia arriba quedando estos en blanco. Su cara era la más horrible y perturbante que haya visto, era totalmente irreal, parecía sacada de la más esquizofrénica de las alucinaciones,  me provocó un terror único al borde del desmayo. 

 

       Sus garras asquerosas y quebrajadas se clavaban en mi pecho, sentía como si tuviera un pedazo de roca por dentro que se movía junto con el movimiento de las manos de la anciana. La roca comenzó a atravesarme la carne desde adentro hacia afuera, sentía como salía mientras las tazas y los platos explotaban bruscamente y las paredes de madera comenzaban a sonar estrepitosamente entre los lamentos agónicos de presencias malignas que se percibían en el lugar. Me miraba el pecho pero no veía nada salir, sin embargo seguía sintiendo como salía la piedra afilada, hasta que finalmente salió por completo. Una excepcional fuerza invisible me empujó violentamente contra la pared. La anciana empezó a convulsionar de una manera inquietante, su cuerpo se contorsionaba en posiciones inhumanas mientras reía emitiendo un sonido aterrador y articulaba balbuceos en un idioma inentendible al mismo tiempo. Su ayudante tomó una vasija de plata y se la acercó mientras la anciana ya se calmaba. Comenzó a vomitar una sopa negra y espesa que emanaba un hedor a descomposición nauseabundo e inaguantable. Entre esa baba asquerosa se podían ver claramente cómo salían astillas de vidrio y algo que parecía un largo pedazo de alambre de púas oxidado que raspaba la garganta de la anciana y provocaba horribles muecas de dolor en su rostro.

 

       Me empecé a sentir muy cansado, fatigado a punto de caer al suelo, se me nublaba la vista, con cada sombrío latido de mi corazón se nublaba más y más. Alguien me tomo en sus brazos y me dejó en el sofá lo último que recuerdo de ese trastornado lugar es una voz de mujer que me decía “tranquilo, ya no está”... ahí se cerraron mis ojos.

 

       Estaba parado en una habitación totalmente oscura y fría, con un aire húmedo y difícil de respirar. Lograba ver una puerta y la luz desde el otro lado que se escurría por las rendijas. Mientras me acercaba escuchaba claros gemidos de placer de una mujer que cada vez eran más rápidos y más agitados, al parecer provocados por un excitante y estimulante acto de índole sexual. La mujer gemía y gritaba con mezcla de dolor y placer, sus gritos me provocaban una extraña sensación de excitación y repugnancia a la vez. Abrí la puerta y en el centro de la habitación siguiente estaba mi ex novia, parada como una estatua al centro con la boca totalmente cerrada. Mientras me acercaba se escuchaban más y más claros los quejidos que eran efectivamente la voz de ella, no cabía duda. Escuchaba como gritaba el nombre de su amante entre su respiración entre cortada y agitada al ritmo del sonido de sus cuerpos entrelazándose y friccionándose con una calidez húmeda el uno al otro. Estaba ahí con su vestido negro, a punto del clímax gritaba y emitía alaridos de placer hasta que puse mis manos en su cuello y apreté con todas mis fuerzas. Su boca se abrió y comenzaron a salir un montón de polillas de esta a una velocidad impresionante mientras un chirrido sordo me perforaba los oídos y me hizo caer de rodillas al suelo. Las polillas cubrieron todo su cuerpo y lo hicieron desaparecer cayendo toda esa masa de bichos y esparciéndose por el suelo. Desperté en mi cama con el corazón a punto de salir por mi boca y con dificultad para respirar producto de la aceleración producida por la horrible situación.

 

       Pensé que todo había sido un mal sueño, pero ¡Parecía tan real! Aún tenía pegados esos fétidos olores en mi nariz, me dolía el pecho de una manera indescriptible y me pesaba el cuerpo. Algo mucho más extraño había pasado: ya no sentía odio por mi ex amor.

 

       Me propuse ir al lugar en el que creí haber estado. Tomé la micro y me senté en un asiento desocupado que había frente a una joven que hablaba por celular. Ella comenzó a hablar muy fuerte, algo enojada, discutía acaloradamente con alguien sobre algo que no entendía. Miré por la ventana para distraerme y cuando vuelvo la vista a la joven, esta tenía una aterradora expresión amorfa y horripilante que expresaba todo su más profundo odio. Espantado, baje corriendo del vehículo, corrí a la vereda y traté de recuperar el aliento mientras mis manos apoyadas en mis rodillas temblaban por el profundo miedo que sentía. Ya no sabía si estaba despierto o seguía soñando o si eso en realidad estaba pasando. Seguí caminando hacia el galpón algo inquieto, creí ver en un par de ocasiones sombras con apariencia humana que se paseaban de vez en cuando a mi alrededor, pero no estaba seguro.

 

       Llegué al lugar y estaba totalmente distinto a como lo había visto. Todo estaba iluminado y ordenado, mientras mucha gente se paseaba mirando y comprando objetos en el lugar. Seguí adentrándome en el laberinto de pasillos, pero no logré llegar a la puerta de la maldita habitación. Me sentía muy confundido y desconcertado.

 

       Salí del lugar, transpiraba y no lograba calmar mis nervios, pensaba que me estaba volviendo loco y que tal vez necesitaba ayuda profesional. Mientras pensaba todas estas cosas tropecé con una señora no vidente que estaba sentada en una esquina vendiendo parches curita. Algo desorientado, le pedí disculpas, me apretó fuertemente el brazo y se acercó a mi oído:

 

– ¡No la vas a encontrar!– exclamó. Me quedé atónito ya sin entender nada de lo que pasaba. Me senté a su lado mientras comenzaba a hablar:

   

–Alicia, ella se llama Alicia – afirmaba en voz alta. – Ella era muy joven cuando conoció a su amor, Álvaro. Se conocían desde el colegio y cuando fueron creciendo, llegó el tiempo en que sus corazones se miraron el uno al otro, unieron sus destinos y se hicieron uno solo. Se juraron amor eterno en una plaza en el Parque Forestal, mientras tomaban un helado durante una otoñal tarde de domingo. Fantasearon con el futuro, el lugar donde vivirían y cuántos hijos iban a tener. Era el amor más puro y juvenil de ese que embriaga y entrega felicidad extrema a quienes lo sienten.

 

       Resultó que los padres de Alicia decidieron mandarla a Francia a estudiar, ella se opuso pero finalmente tuvo que ir igual. Se prometieron que en cuanto pasaran los cuatro años y ella volviera de Francia, se casarían al fin y se irían a vivir juntos su felicidad. Se despidieron entre tibias lágrimas del dolor del adiós, sintiendo la pena y la impostergable distancia. Entre los océanos se mandaban su amor envuelto en cartas que contenían sus más honestos y hermosos deseos y sentimientos, se contaban la vida y se decían lo mucho que se extrañaban.

 

       El día que Alicia volvió Álvaro ya no estaba allí. Había vuelto con un antiguo amor, se había casado y se había mudado a una ciudad en el sur. El corazón de la pobre Alicia se rompió, se trisó lentamente en mil pedazos que dieron paso a las lágrimas más amargas provocadas por el más doloroso de los desamores. Todo esto se fue transformando en ira, que posteriormente se convirtió en odio destructivo y descontrolado, como un desastre natural indomable e imparable.

 

       Alicia deseaba todos los días con su odio desbocado que la pareja de enamorados fuera de lo más infeliz y que murieran de una manera horrible. Su aspecto físico comenzó a cambiar, le dolía el cuerpo y le costaba caminar, pero sus horribles y rencorosos pensamientos seguían ahí, haciendo crecer el odio abrasivo que la quemaba por dentro.

 

       Una noche, la joven soñó que se encontraba con Álvaro y su mujer en un desierto de arenas blancas y un calor que secaba hasta el pensamiento. Ella sentía como su odio rasguñaba desde lo más profundo de su ser, pidiendo salir a gritos y atacar a quien le había provocado tanto dolor. Sus brazos se convertían en tentáculos con olor a ranciedad marina estos se enrollaban en el cuello de sus dos víctimas y comenzaba a matarlos lentamente. Alicia despertó asustada, pero con un perverso sentimiento de alivio y felicidad.

 

        A la mañana siguiente, en los noticieros comentaban un lamentable accidente en un departamento en la ciudad de Concepción, donde una pareja de jóvenes, en circunstancias desconocidas, murieron producto de la intoxicación por inhalación de monóxido de carbono. Nunca se supo de dónde ni cómo llegó ese gas ahí y los asfixió hasta morir. Alicia, al escuchar y confirmar los nombres de las víctimas, sintió una indolente felicidad.

 

       Esa misma noche, la joven se sentía pésimo, no paraba de vomitar en el baño un líquido negro pestilente y nauseabundo que parecía provenir de algo muy sucio y podrido. Cuando volvió a su habitación, esta estaba llena de sombras que caminaban por el techo boca abajo y hablaban en un lenguaje aterrador. La elevaron en el espacio de su pieza, hicieron que su cuerpo se estirara hasta desgarrar sus músculos entre gritos terribles de dolor. Siguieron castigándola físicamente con formas de tortura aberrantes provenientes de una mente totalmente perversa y diabólica. Deshecha, abusada, maltratada y humillada yacía la pobre Alicia en el suelo ensangrentado de su habitación. Finalmente las sombras provenientes del lugar más oscuro y maldito de la Tierra, emitieron su sentencia: por dejar su odio crecer y utilizarlo hasta matar a otras personas, la condenaron a arrastrarse eternamente por el mundo, teniendo que comer y succionar de otras personas el alimento más amargo e hiriente que existe en las personas: el odio.

 

       Así terminó de contarme la señora no vidente la historia de Alicia, su hermana mayor. Finalmente me dijo que Alicia dejaba un horrible don en las personas a las que les sacaba el odio: les traspasaba la habilidad de poder ver con sus propios ojos el odio que otras personas sentían y cuando dijo “con sus propios ojos” lo dijo literalmente. Ella misma lo había experimentado cuando su hermana succionó el odio desde sus adentros. Me contó que no pudo soportar las horribles visiones y ver en realidad cuanto odio desenfrenado circulaba por el mundo. En un ataque de pánico producido por estas nefastas visiones, se salpicó los ojos con aceite hirviendo y así no vio más.

 

       En mi regreso a casa me acompañaban horribles y perturbantes sombras de vez en cuando, veía caras deformadas de personas y espectros oscuros y horripilantes de odio que atacaban a otras personas sin que estas pudieran verlos. Todo esto era una realidad aterradora. Llegando a mi casa veo a mi vecino al que le ladraban los perros... un escalofriante espectro se movía con él haciendo muecas horribles y contaminando todo a su paso. No sé cuánto podría vivir viendo esa horrible realidad.

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