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14 min
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Fantasía |
14.09.15
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Sinopsis

Toda luz nos alumbra tal cual somos, nosotros en nuestra percepción limitada seguimos ignorándola, pero hay una pista que por más que queramos no podemos hacer a un lado, porque justamente la luz en su intento de darnos a ver en nuestra bruta naturaleza, nos deja como contrapartida el reflejo de la inevitabilidad de nuestro destino, de justamente todo lo que no seremos. La podes ver ahora mismo, oscura, como profundo es el abismo que te acogerá con el frío de su bienvenida, extendiéndose al ras del suelo y figurada con tu contorno cual modelo infalible, hecho a tu imagen y semejanza, dispuesta a seguirte en todo momento y todo lugar, porque su dueño no descansa, él no tiene horario y tan poco es de avisar su llegada. Así que mientras estas ahí, esperándolo, ella se queda a tu lado, haciéndote compañía y para reacordarte también tu procedencia, entre el polvo y la tierra. Tal vez te sorprenderá enterarte recién ahora de su verdadero propósito, te preguntaras porque nadie te lo enseño antes y probablemente querrás saber también porque estas entre estas líneas. La respuesta para ambos casos es la misma; esta introducción sirve de punta pie para introducirte en la otra sorpresa que te guarda tu compañera, porque vos podes seguirla también y dejar que te muestre el lugar donde nació, solo tenes que tener en cuenta que mientras leas estaras haciendo lo que ella quiere que hagas.

 Es un camino largo, tedioso, agotador, donde no tendrás ni tiempo para dormir, porque ella no se detendrá nunca, de esta forma soñaras que la sigues ante la tenue mirada de la luna y cuando despiertes, estarás pisando sus mismos pasos con el Sol como testigo. Llegaras a un bosque donde la presencia imponente de los árboles, te harán sentir la asfixia en la altura de su orgullo, las aves te saludaran con lo indistinguible de sus cantos dispersos y entrelazados con la brisa, resonante entre el danzar del follaje y donde vos les aceptaras su permiso haciendo crujir tu avance, al ritmo de la hojarasca que se resquebraja bajo tus pies. Pero no te distraigas mucho, porque aquí ella se escabullirá entre los rayos de luz y el reflejo del mismo bosque. Y si logras alcanzarla, pronto notaras que la dama en la que te paseas se quedará muda, alzaras la vista y buscaras por todos lados el por qué de este silencio tan violento, así seguirás andando, hasta descubrir con indignación que ahora a la misma le han arrancado su vestido entonado en verde y que se halla desnuda ante tus pies, que acarician la tierra en la suavidad del roce, entre la humedad y la calidez con la que resguarda su regazo. Pero a medida que sigues hasta el germen de ese fatídico hecho, en la progresión marcada por tus pasos, la ternura de ese mimo se ira secando, resquebrajando en lo áspero de tu tacto como el frío que punza tu piel entre las grietas de lo que alguna vez fue. Y cuando puedas sentir en tus plantas entumecidas que ya todo vestigio se halla irreconocible entre la mugre y el polvo que sepultan su gesto pétreo y gélido, es que erguirás tu cuello para descubrir tu misma persona en un claro de cielo azul, interrumpido solo por el sol y sus rayos que amagan a quemarte como hierros al rojo vivo. A tu lado esta tu compañera, plantada en el lugar, jamás te expresó ningún sentimiento, pero es en ese momento que en su vaga silueta podes leer un cauteloso temor, porque enfrente tuyo una imponente mata de cardos espinosos se alza, como una muralla impenetrable, que en su densidad de puntas afiladas, hasta la luz queda atravesada e inmóvil. No queres, pero aun así, con la transpiración reconociendo tu valor, te acercas aun más y es cuando cruzas el umbral que sentís que te falta una parte de vos, al voltearte ves que ella sigue inmóvil en el mismo sitio. Te pones a recórrelo, tanto con la mirada como con el caminar, sin terminar de darle la vuelta ya te das cuenta que se trata de un círculo perfecto, después te centras en las espinas y distinguís en muchas una vestimenta de oscuro y rancio carmesí, todas agrupadas en zonas. Y es con esto que enseguida te los podes imaginar, con el sufrimiento lacerándoles la garganta a fuerza de alaridos desgarrados, que ahogados entre los cardos no logran más que volver como puntadas en los tímpanos a los oídos de sus mismos dueños. Forcejeando en la muestra de impotencia más pura, con su intento demencial por liberarse de ese dolor que se clava hasta el hueso en un empalamiento masivo que no discrimina entre piel, carne, cartílago, tendones, venas, nervios, genitales, ojos, ni nada que uno pueda llegar a tener adentro, incluso aunque eso se trate de otra persona. Así los veras y escucharas, con la empatía retorciéndote las tripas, en tu mente con mayor nitidez  y lujo de detalles que la realidad misma, hasta el punto de llegar a que tu estomago se perturbe, inundando tu boca y nariz de un gusto amargo y ácido. Y cuando te alejes tambaleando, presa del desagrado y el horror, cuando con tu compañera nuevamente a tu lado te internes devuelta en la fresca sombra del bosque, te preguntaras cual fue el propósito de haber recorrido tanto, solo para llegar a semejante lugar, así te lo cuestionará tu misma persona una y otra vez, mientras dejas deslizar su espalda por la corteza de un tronco y te sientas entre las hojas resecas, para después limpiarte la boca con el antebrazo en un intento de sacarte el gusto. Pero obviamente no se va, al igual que las imágenes, que por más que sean productos de la imaginación, se encuentran grabadas como cicatrices en la memoria. Así permaneces un buen rato, frotándote la cara contra las manos, llorando tal vez, hasta que una dulce melodía paseándose por el aire, se le ocurre tocar la puerta de tus tímpanos. Por lo tenue del sonido te das cuenta que a recorrido cierta distancia , pero sin embargo es suficiente para sacarte de los pensamientos que te perturban y hacerte incorporar en búsqueda de su origen. De esta forma volves a la persecución, solo que esta vez el perseguido te deja aproximarte pausadamente y como tus ojos no hacen falta, los cerrar para que no interfieran el fino trabajo te tus oídos. La canción se va haciendo cada vez más presente a tu alrededor y es cuando sentís que ya podes tocarla que abrís tus parpados y descubrís una pequeña cabaña. Te llama la atención su elegante descuido, en el que se adivinan muchos años y muchos huéspedes que han pasado periódicamente uno detrás del otro, cada uno sin la menor idea sobre lo ocurrido con su predecesor. Vos ya viste el motivo, por lo que inevitablemente degustas la angustia subiéndote por la garganta, al divisar tras las ventanas el nacimiento de esas notas, que como un caminito de migas te trajeron hasta ahí, desprendiéndose cual hojas en la brisa del otoño desde las cuerdas frotadas como árboles peremnes y un arco como viento helado, soplado y manipulado por la voluntad insondable que esa mujer, que lo hace parecer un simple juego, sonriendo, mientras sigue tocando para su hijo, que casi inmóvil mira con sus ojos saltones hipnotizados desde la cuna. Pegas la frente al vidrio, te encantaría romperlo, entrar e implorarle de sodillas en la sangre que se vallan de esa casa, pero sabes que no te perciben con ningún sentido. Por lo que sin poder hacer nada te quedas ahí mirando como pasa de largo su día sin que se den cuenta de vos ni lo que les espera. Y cuando la noche llega y adentro de la casa apagan las velas, no se te ocurre mejor idea que recostarte debajo de la ventana y quedarte haciendo guardia en ese colchón de  hojas, pero por más que te esfuerces tus parpados pronto ceden.

La luna pálida corona el Círculo negro, producto de esta perfecta trinidad la luz clara pronto proyecta una sombra y a medida que el astro asciende por el cielo y la silueta se extiende por el tierra, esta va recibiendo el cauce del Gjöll en la oscuridad que la inunda hasta lo inimaginable de su abismo, renvalsando en el ente que se yergue alto como imponente es su ruin omnipresencia. Despreocupado avanza deslizando sus pasos por el polvo y la hierva, con su capa de silencio anteponiéndose, para que el resto de las sombras se hagan a un lado y dejen pasar al halo de luz blanca como final del túnel que lo rodea. De esta forma llega a la cabaña y filtrándose por debajo de la puerta se da la bienvenida a sí mismo, llevándose la sombra del pequeño, con la Luna de testigo y el respirara agitado de la madre que no logra despertarse. Luego se marcha, no sin antes dejar el obsequio del violín afinado, a la agonía de los 4 reyes del martirio.

Cuando te levantas y rápidamente te asomas por la ventana, pronto te das cuenta que fue algo más que un sueño, porque ella también lo vio, porque ahora se encuentra, recostada contra un rincón, tratando de ahogar su miseria en el caudaloso fluir de sus lágrimas y con el cuerpito pálido, gélido e inerte que supo ser su hijo, presionándolo en el seno de su abrazo, aullando su nombre como si este pudiera oírla. Así se mantiene durante 5 días y noches, en las cuales lloró hasta quedar deshidratada y empapar toda su ropa y gritó hasta el punto de hacer sangrar la leve vos que le quedaba. Tambaleante, se levanta y deja el cuerpo de su bebe en la cuna, luego toma el instrumento y temblando sin fuerzas, intenta tocarlo, pero ni bien apoya la mentonera y comienza a pasar la cola de caballo, enseguida aullidos desgarrados resuenan por toda la cabaña, como si el arco lo estuviese frotando contra las cuerdas vocales de un condenado. Como es de esperar se aparta horrorizada del instrumento, pero sin poder concederlo, vuelve a intentarlo, consiguiendo el mismo resultado, solo que ahora continúa, aguantando el estruendo lamentable que le tortura los tímpanos en la expresión de dolor generalizada en todo su rostro, vos te tapas los oídos, sin embargo no importa cuanta presión hagas, porque el coro agónico agudiza, desafina y exhala cada vez más sus cánticos demenciales, producto del esfuerzo aun mayor de la mujer por tratar de seguir frotando las cuerdas ásperas y duras como la piel de su hijo. Así continua hasta  que la vara se termina partiendo y en ataque de desesperación pura, tira todo su esfuerzo contra el piso, para después tomar esa obra de arte macabra por el mástil y comenzar a golpearlo contra uno de los bordes de la cuna, sin conseguir si quiera que se raye el barniz. Luego lo vuelve a tirar al suelo, donde arrodillada, trata de arrancar los alambres, consiguiendo solo hacerse tajadas en los dedos, soltando una exclamación dolorida. Pero con esto, la mujer interrumpe su desesperación y se queda pensativa mirando el marrón oscuro mientras este se salpica en rojo, que fluye por la mano que se toma. Porque a vos y a ella le parecieron escuchar, en el momento que el metal áspero penetro en la tersa piel, el canto de alguien que no parecía estar sufriendo para nada. Por lo que ahora, con otro dedo, prueba punzar nuevamente una de las cuerdas, aguantándose a emitir cualquier ruido cuando nuevamente se corta y al hacerlo, efectivamente se escucha como alguien entona una dulce nota.  La mujer tomando valor, se incorpora nuevamente con el violín entre su palma y cuello y usando el filo de su palma como arco, empieza a tocarlo, acariciando las cuerdas en el doloroso tacto que le raspa la piel, haciendo que esos mismos condenas ahora canten una colorida alabanza a la alegría. De esta forma la ves salir de la cabaña, sin interrumpir su delicada pieza, porque con esta, la tierra sobre la cual pasó ese ente comienza a tapizarse con una tupida alfombra verde, la cual sigue a medida que crece por delante suyo, en el camino que no tarda en ser salpicando con la intensidad de su sacrificio, dejando atrás rosas entre la hierva, que cuidadosamente tratas de no pisar a medida que sigues. Cuando llega ante el mural de cardos, ambas manos, por más que fue cambiándolas de posición, se encuentran hechas jirones de piel que cuelgan sobre el instrumento, ya con el hueso al descubierto que sigue frotando y raspando contra las cuerdas. Y a pesar del dolor inhumano ella sigue sonriendo, porque pronto, en una de las partes manchadas, el carmesí comienza a florecer, desde los cardos y el suelo, cubriendo y ahogando las espinas con el cuerpo aterciopelado de los pétalos, que vencen las matas y dejan una brecha de rosales a través de la muralla. La mujer, a pesar de ya tenerlas completamente irreconocibles entre carne y articulaciones peladas en el enchastre de la sangre coagulada, sigue tocando, a medida que la ves adentrarse, todavía con las comisuras de los labios en alto y desaparecer, descendiendo por una escalera caracol que se internaba hasta el corazón de la penumbra. Y por más curiosidad que tengas, ni con todo el anonimato del mundo querrás bajar hasta ahí. Por lo que te quedas, esperando cómodamente en tu lugar, creyendo que volverá con su bebe en brazos, pero el Sol va cayendo y de igual forma lo hace tu ilusión de que lo halla logrado, esto lo confirmas, cuando al atardecer, con el cielo haciendo arder cualquier duda, ves como la muralla se cierra nuevamente, empalando con sus espinas, a las rosas. Entre la misantropía y el dolor, vas errando tu presencia desamparada por la oscuridad de la noche, sin ningún propósito, la melancolía ya ni si quiera te deja odiar a tu compañera que te llevo, absolutamente en vano, hasta esta parte de algún lugar. O por lo menos eso crees, hasta que pasas junto a la cabaña y escuchas algo, que por más tenue que sea, se distingue inconfundible de entre los grillos y la brisa que toca el follaje; es el sonido de un bebe llorando. Y cuando te volves a asomar por esa ventana, lo confirmas con tus propios ojos, ahora sabes porque estas acá y en seguida le encontras sentido a todo, ya no serás más un espectador pasivo, porque la madre, en lo hermoso de su martirio heroico, no solo le devolvió la vida, sino que se la aseguró, recurriendo al mejor centinela que puede haber, esto lo lees en aquella sombra, alta y negra, que se distingue entre la luz clara de la luna, naciendo desde la cuna.         

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