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4 min
Me voy a tirar por la puta ventana.
Humor |
08.08.17
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Sinopsis

¿Qué acabo de decir? Que. Me. Tiro. Por. La. Requeteputa. Ventana.

Voy a tirarme por la puta ventana. No me malinterpretéis, tengo una cuerda. Es una cuerda normal, ni gruesa ni delgada: lo suficientemente fuerte como para soportar el peso de un cerdo, y lo suficientemente larga como para rodear el cuello de un cerdo vietnamita. Tan solo digo que quiero tirarme por la puta ventana.

La cuerda que tengo, que evitará que me destortille contra la acera y asuste algún que otro niño y muchos adultos, la voy a atar. Este es un paso fundamental, que espero no olvidar (aunque mi memoria no es lo que era desde que planeo tirarme por la puta ventana) Mal que me pese, no lo puedo anotar: por alguna de esas bromas que el destino me dedica a raudales, a mis bolígrafos no les queda tinta, y mi ordenador tiene la batería viciada. Podría tratar de anotarlo en la media hora que me permitría, pero prefiero reservarlo para algún proyecto de los que se me ocurren frecuentemente. Al fin y al cabo, tan solo voy a tirarme por la puta ventana. Además, la corriente está muy cara.

Si me acuerdo (eso espero) la ataré a un poste de 1'20 mínimo, 1'40 máximo. Si bajara de 1'20, el poste sería demasiado ligero, con lo cual mi peso lo arrastraría hasta el borde de la ventana, y posteriormente lo lanzaría al exterior de la misma. Si excediera 1'40, el poste se tambalearía hasta tumbarse, y la cuerda se fijaría al marco de la ventana. Es un marco afilado, tan afilado como para que lo eviten las palomas en general, y las mejores gaviotas en particular. Lo suficiente como para cortar la cuerda con el peso de mi cuerpo. Este cuerpo es un cuerpo frágil, ni recto ni compacto. Lo quiero tirar por la ventana, entre otras razones, porque me importa un bledo que no sea recto ni compacto. Tantas veces caminando por la calle me he dicho:

-¡Eh, incorpórate! -Pero era como hablarle a una cimitarra.

Esta cimitarra espero tirarla por la ventana, a más tardar, mañana por la mañana, día nosecuantos. He rodeado la fecha en el calendario, pero es del 2010, y está en chino. Nunca he encargado nada al Séptimo Arcoíris, es uno de esos regalos regalados por gente previamente regalada, de esos que te lanzan cuando no saben cómo darte los buenos días sin iniciar un refrito de malas noticias. Es así que mi madre prefirió atar el calendario al cuelgafácil del armario. Es un armario grande, ni robusto ni oscuro, compactado en láminas de contrachapado barnizado. Está lleno de libros, algunos frágiles y otros rotos, todos prescindibles porque me los he leído. Y los que no, son prescindibles.

No tiraré ninguno de esos libros por la puta ventana. No creo que tenga suficiente cuerda como para atarlos todos de mi cintura. Y sinceramente, me da pena imaginarlos a los pobres, suspendidos todos sobre el vacío, con todas sus palabras tan inertes como siempre.

Ahora que lo pienso, no quiero tirar nada por la puta ventana. No hay razón para someter ningún otro ser, animal, vegetal o inerte, a mis deseos. Soy yo el que quiere tirarse por la puta ventana. Una vez tirado por la puta ventana, no sé qué haré. Quizá espere un rato. Quizá revise el whatsapp. Quizá haya calculado mal la dimensión del poste, o la cuerda esté llena de termitas. Sí, quizá se rompa. O no, puede que alguien me recoja. Mi madre, o el repartidor del Séptimo Arcoíris. A lo mejor mi madre lo ha llamado. Me apetece comer un par de rollitos de primavera. Son rollitos extraordinarios, ni cuarteados ni tostados. Jugosos por dentro, croquetas por fuera. Saben a lo que debería saber la primavera si pudiera traducirse en cinco verduras y una salsa.

A lo mejor mañana no me tiro por la puta ventana.

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