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23 min
Medianoche de Difuntos
Suspense |
02.11.14
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Sinopsis

La Noche de Difuntos, normalmente, es como cualquier otra noche. A pesar de todas las historias y leyendas, casi nunca suele ocurrir nada especial. Así pensaba nuestro protagonista cuando en la medianoche de Difuntos del año 2013 decidió salir a pasear por las tranquilas y solitarias calles de Castropol...

 

CAPÍTULO PRIMERO: NOCHE DE VELADA EN EL BAR ANTÓN.
Mi nombre es John McKane y ésta es mi historia. En pleno uso de mis facultades mentales, paso a relatarles los inquietantes acontecimientos que me tocó vivir la última Noche de Difuntos, hace hoy exactamente un año.
Soy escocés de nacimiento y asturiano de adopción. He trabajado como médico forense durante unos veinte años hasta que un desgraciado accidente forzó mi prematura jubilación. Viajé por el mundo para matar el tiempo y levantar el ánimo. Un buen día arribé a Castropol y me encontré como en casa. El olor del aire cargado de salitre, las gaviotas chillando entre la niebla, las olas que rompen contra los acantilados...todo me resultaba entrañablemente familiar. Largas jornadas vagando sin rumbo y al fin retornaba al hogar. Aquí me conocen como Johnny, " El Escocés".
Compré una casa en la zona que llaman " La Mirandilla". Se trata de una pequeña vivienda de dos plantas que años atrás albergó el bar " El Peñón", cuyo nombre evocaba el promontorio rocoso sobre el que se asienta, un balcón sobre el mar columpiándose al borde del abismo.
Todo ocurrió, como digo, la Noche de Difuntos. A eso de las once me encontraba en el bar Antón cumpliendo con la rutina, bendita rutina, de casi todas las noches en los diez años que llevo viviendo en Castropol. Sentados a la mesa me acompañaban mis habituales compañeros de velada. Enfrente de mí hallábase Miguel, maestro jubilado, hombre culto de tez rubicunda y hablar pausado, que gusta de pronunciar sentencias breves y juiciosas. A su diestra encontramos a Arsenio, el viejo lanchero de la ría. En su rostro de pergamino se dibujan mil arrugas como renglones, donde la brisa salobre de la ría del Eo ha ido escribiendo el azaroso diario de un oficio y una vida sobre el agua. En el lado opuesto tenemos a Arturo, su sempiterno compañero de tute. Arturo es albañil de obras pequeñas. Sobrevive haciendo pequeñas chapuzas aquí y allá y además posee el prestigioso título de " Enterrador oficial del Pueblo"; esto es, mantiene limpio el cementerio y sella con ladrillos y cemento la última morada de los difuntos. Su ingrato oficio encaja muy bien, como más adelante se verá, en el argumento de mi sorprendente historia.
A estas alturas de la noche quedaban en el bar una media docena de parroquianos que, arengados por el atronador vozarrón del barman, celebraban enfervorizados la apabullante victoria del Real Madrid en un partido de la Champion. Por nuestra parte, mis tres colegas y yo habíamos finalizado nuestra acostumbrada partida de cartas y entre sorbo y sorbo de JB, la tierra siempre tira, debatíamos, como siempre, sobre todo lo humano y lo divino. Inevitablemente, dada la hora y la fecha en que nos encontrábamos, dejamos de hablar de los vivos y pasamos a ocuparnos de los muertos. En un momento determinado, Miguel interpeló a Arturo, medio en serio, medio en broma, sobre las probables experiencias sobrenaturales a las que por su oficio estaría abocado, y el ilustre peón le replicó con un parco discurso estructurado en torno a dos ideas clave: cuando fallecemos se termina todo y los muertos nunca han hecho daño a nadie; es a los vivos a quienes hay que temer. El profesor jubilado argumentó entonces que no se pueden lanzar afirmaciones tan categóricas, a tenor de las múltiples experiencias inexplicables relatadas por individuos de muy diverso linaje y condición; luego citó a Shakespeare y su famoso " hay más cosas en la Tierra..." y, finalmente, terminó revelándonos un caso de experiencia extracorpórea que, según dijo, le había ocurrido a un conocido suyo, el cual había sufrido varios paros cardíacos en el transcurso de una delicada operación quirúrgica, y en ese trance había sentido como si se elevara hasta el cielo raso de la habitación del quirófano, y desde allí se había visto a si mismo tumbado en la camilla.
Llegados a este punto, consideré mi deber intervenir, a fin de que la racionalidad científica y el sentido común prevalecieran contra toda aquella parafernalia paranormal y sobrenatural, avalado por el íntimo y profundo trato con los muertos que mi antigua profesión me había proporcionado a lo largo de dos décadas largas. Así que, tras rebatir con sólidos y muy cartesianos argumentos las fantásticas teorías de mi amigo Miguel, me permití comentar en tono jocoso que todas estas historias de muertos y aparecidos les venían muy bien a los fabricantes de disfraces y velas, así como a los cultivadores de flores y calabazas, aludiendo a las fechas en que nos hallábamos. Critiqué acaloradamente esa horterada anglosajona de Halloween y, entre otros lugares comunes de estos terrores de feria, mencioné también la Santa Compañía, Güestia o Santa Compaña, como se les dice por estas tierras del Occidente. Fue mencionar esta antigua superstición de la mitología popular y rural y provocar la airada y apasionada intervención de un Arsenio que hasta entonces no había participado en el debate. El viejo marino alzó la mano con un gesto perentorio y reprobó duramente mis humorísticos comentarios, alegando que en ningún caso se podía comparar ese circo infantil de Halloween con la Santa Compaña, que era una cosa muy antigua, muy seria y muy real. Arturo, el incrédulo albañil, preguntó qué era eso de la Santa Compaña, que nunca había oído hablar de tal cosa. Arsenio lo miró como si fuera un bicho raro, comentó que era increíble el grado de ignorancia de algunas personas y, con mucho gusto, lo puso al corriente del tema. Así que, muy a mi pesar, no me quedó más remedio que escuchar la lección magistral del viejo lanchero.
CAPÍTULO SEGUNDO: LA SANTA COMPAÑA.
A grandes rasgos, explicó que la Santa Compaña era una procesión de ánimas en pena que no podían descansar en paz. Los desgraciados espíritus visten una especie de sábanas o túnicas de talla superior y deambulan por los caminos alumbrándose con tibias humanas a modo de antorchas, haciendo sonar una campanilla, arrastrando pesadas cadenas y profiriendo horribles lamentos; en fin, toda la escenografía necesaria para que no quepa la más mínima duda de que están sufriendo un penoso tormento. Peregrinan en busca de otras almas descarriadas para incorporarlas al espeluznante cortejo. La Santa Compañía suele desfilar durante todo el año, sobre todo por la noche, pero es en la Noche de Difuntos cuando su actividad aumenta frenéticamente, multiplicándose sus apariciones y, con ellas, los espantados testimonios de las personas que alguna vez se toparon con la escalofriante comitiva y su famoso grito de guerra: " Andad de día, que la noche es mía".
Así nos lo contó el bueno de Arsenio y, mientras lo hacía, a mí me pareció que nuevas arrugas nacían en su apergaminado rostro. Por mi parte, reprimí la tentación de soltar algún comentario sarcástico. Su rictus de extrema seriedad y el fervor de su discurso me indicaron que el viejo lobo de ría se creía a pies juntillas todas las fantasías que acababa de largarnos. Únicamente le pregunté por alguno de los espantados testimonios que había mencionado y entonces se resolvió el misterio de su fe en la Santa Compaña. Al parecer, su propio abuelo había presenciado el desfile de la esperpéntica romería. En una noche como hoy, hacía más de 90 años, paseaba el hombre por el camino del cementerio - que ya son ganas de provocar, digo yo - y vio como la Güestia salía del camposanto, atravesaba la verja de la puerta, sin abrirla, y pasaba a su lado en dirección al pueblo. Petrificado, incapaz de moverse, el abuelo de nuestro amigo asistió a paso de la funesta comparsa. Arsenio remató la historia explicando cómo su antepasado se la había revelado unos años más tarde, también una Noche de Difuntos, y aún recuerda perfectamente su voz entrecortada, el temblor de sus manos y el vello erizado de sus antebrazos.
Miguel completó la exhaustiva información mitológica aportando algunos datos más. Por lo visto la visión de la Santa Compaña se considera un malísimo presagio porque anuncia la muerte de quien la contempla, al año siguiente. Si algún día, o mejor alguna noche, tenemos la infausta fortuna de encontrarnos con ella, jamás de los jamases debemos aceptar nada que nos ofrezcan, especialmente si se trata de comida, porque automáticamente quedaríamos condenados a vagar en su "agradable" compañía por los siglos de los siglos. Como protección contra sus malignas intenciones, es muy aconsejable dibujar en el suelo un círculo con una cruz y colocarnos sobre él, y también dejar un caldero con agua en la puerta de casa para que los condenados puedan saciar la ardiente sed que los consume.


CAPÍTULO TERCERO: UN ENCUENTRO INESPERADO
Después de aquello, nadie dijo nada y la velada tocó a su fin. Era más de medianoche y ya iba siendo hora de regresar a casa aunque, como era mi caso, nadie esperara en ella. Esa es la más terrible secuela del maldito accidente.
A partir de aquí extremaré, si cabe, el rigor en el relato de la cadena de acontecimientos, procurando no saltarme ningún eslabón, para que el ocasional lector no pueda acusarme de escamotear datos que pudieran contribuir a arrojar luz sobre los extraños sucesos de esa noche. Así que atentos, porque cada detalle puede ser importante.
Acabábamos de levantarnos de la mesa y, justo en ese preciso instante, comenzó a oírse fuera el ulular de una sirena de policía que parecía aproximarse a donde nos encontrábamos. Arturo comentó que, seguramente, perseguían a algún borracho que se había saltado un STOP. Arsenio, Arturo y Miguel salieron juntos del bar, mientras yo me acercaba a la barra y pagaba las consumiciones. Era lo acordado por haber perdido la partida. Me sorprendí por lo abultado de la cuenta y tuve que soportar las habituales chanzas sobre la legendaria tacañería de los escoceses. Luego, entré en el baño y tardé unos cinco minutos en salir. A estas horas de la noche ya no quedaba nadie más en el bar. Descolgué el abrigo de la percha y me lo puse, así como el sombrero y la bufanda. La sirena de la policía sonaba cada vez más cerca. Parecía encontrarse ya a la altura del Peñamar. Me despedí de Paco y me dispuse a abandonar el local. Si en ese momento hubiera siquiera sospechado lo que me esperaba fuera, jamás hubiera puesto el pie en la calle. Pero, claro, ¿cómo podía saberlo?...No soy adivino.
Así que abrí la puerta y comencé a caminar por la acera hacia la plaza del Ayuntamiento. La sirena aullaba ahora, ensordecedora, seguramente ascendiendo la calle Vior, y un resplandor de faros iluminó el extremo de la calle Penzol-Lavandera.
Era una noche agradable, templada y apacible. Apenas si soplaba una ligera brisa procedente de la cercana ría. Desde un cielo completamente despejado, la Luna llena iluminaba la calle Marqués de Santa Cruz, por la que paseaba en esos momentos. Había decidido caminar un poco antes de ir a casa, para despejar la cabeza del efecto letal combinado, provocado por el JB y las historias de Arsenio y su bendita Santa Compaña. Pausadamente, contagiado por la profunda calma y el espectral silencio de la noche, recorrí el trecho que va desde el bar La Cuesta, antes bar Gato, hasta la esquina del parque, maldiciendo, como siempre que transitaba por allí, el deplorable bloque de apartamentos que se había llevado por delante buena parte del parque Vicente Loriente, incluyendo varios árboles centenarios.
Lentamente, peldaño a peldaño, ascendí la escalera de piedra y comencé a atravesar el parque. A lo lejos, las luces del Puente de los Santos competían con la Luna para vestir de gala la ría, arrancando mil destellos a su brillante piel de plata. Allí enfrente, más allá del solar desierto que aguarda "próxima construcción", la torre de la iglesia refulgía, descollando en todo su esplendor, como el mástil de un gigantesco velero arrojado a la orilla por la fuerza de algún colosal tsunami. En un banco del parque, a la vera del héroe Villamil, una pareja de adolescentes se besaba apasionadamente y su ardor juvenil era un canto a la vida en esa Noche de Difuntos. Pasé a su lado y me ignoraron totalmente, como si no estuviera allí.
Me disponía a abandonar el recinto arbolado cuando un enorme mastín, más negro que la noche, se me acercó gruñendo amenazadoramente. Le hablé intentando calmarlo, al tiempo que extendía mi mano en un gesto amistoso. La imponente fiera retrocedió gimiendo lastimosamente y huyó a toda velocidad. Aquel repentino cambio de actitud me sorprendió. Instintivamente, me giré y miré a mi espalda, pero allí no descubrí nada que pudiera haber provocado el extraño comportamiento del animal.
CAPÍTULO CUARTO: UN GRITO EN LA NOCHE.
Me encogí de hombros y proseguí mi camino. La noche había refrescado y cada vez me sentía mejor. Mi cabeza se había despejado por completo y una insólita energía recorría todo mi ser y me permitía desplazarme con extrema ligereza, al tiempo que un vigor inusitado animaba todos mis movimientos. Descendí la amplia escalinata y enfilé la callejuela Amor hasta desembocar en la calle Acevedo. En los edificios circundantes no se atisbaba la más mínima fuente de luz, no se percibía el menor sonido. El silencio comenzó a resultarme opresivo, casi tangible, como una pegajosa y gigantesca telaraña. Acercándome a la Escuela Hogar, tuve la impresión de caminar por el pasillo de un camposanto hacia el panteón del fondo. Sacudí la cabeza con un gesto de fastidio, me detuve, cerré los ojos, respiré hondo y logré, al fin, espantar aquella desagradable aprensión que había atrapado mi espíritu.
Me entretuve un buen rato contemplando el Palacio del Valledor a través de la enrejada ventana verde. La cruda luz de Selene perfilaba los contornos fantasmales del viejo caserón. Sus rayos, implacables y hostiles, se debatían, atrapados, sobre las viejas "louxas", apuñalaban las sombras en los amplios ventanales y se retorcían, culebreando, entre las columnas y la maleza del patio. De repente, un sonido inquietante sobrecogió el alma de la noche.
La maldita lechuza salió disparada desde el alero, sobre el tejado de la capilla, justo encima del reloj de sol, y se abalanzó contra la ventana donde me hallaba. Ahogué un grito y me eché hacia atrás, pero el ave de mal agüero rectificó el vuelo de forma inverosímil y se alejó volando sobre el tejado en dirección a la mar. Apostado ahora en mitad de la calle, miraba la ventana abierta y ésta se me antojó una boca monstruosa a través de la cual el vetusto Colegio San José gritaba al mundo su soledad y abandono, implorando ayuda a todos los que alguna vez había cobijado entre sus viejos muros a lo largo del último  siglo.
Con sensación de amarga pesadumbre, continué mi paseo por la reformada calle Acevedo. Aproximándome al primer recodo, repentinamente, unos faros me deslumbraron. Yo caminaba por el medio de la calle y el auto se me echó literalmente encima. Tuve el tiempo justo de arrojarme contra el muro y la visión fugaz de una melena rubia y unos pendientes con forma de sol centelleando en la noche. La chica me dirigió una mirada entre asustada y desconcertada, pero prosiguió su camino sin reducir un ápice la velocidad de su deportivo color sangre.
A partir de aquí aceleré el paso. Ascendí por la nueva senda abierta en el talud a la derecha, raudo crucé el descampado donde se asientan las antiguas Escuelas de EGB, descendí por la calle Vijande y, tras recorrer el túnel bajo las acacias, fui a parar a la carretera general, al lado de la vieja capilla de San Roque. Allí decidí descansar un rato y me recosté contra la verja de la puerta contemplando, también con pesar, el viejo bar de San Roque semiderruido y, más a lo lejos, las casas de San Juan arracimándose en torno a la torre-minarete de la original iglesia.
CAPÍTULO QUINTO: "DALES, SEÑOR, EL DESCANSO ETERNO..."
La noche seguía refrescando y la brisa, ahora más fuerte, azotaba mi rostro mientras caminaba por la carretera que baja hasta el puerto. Al llegar al cruce, me acordé de la historia del abuelo de Arsenio y decidí continuar hasta el muelle. No había andado ni veinte metros cuando sentí un escalofrío que me hizo estremecer y, arrastrado por un impulso irresistible, volví sobre mis pasos y tomé la ruta del cementerio. En ese momento, una nube ocultó la Luna. Aquello me pareció un mal presagio. Justo al llegar junto a la puerta del camposanto, el astro asomó de nuevo haciendo brillar las lápidas. La verja no estaba atrancada. La empujé y se abrió con un agudo chirrido. El sonido espantó un ave blanca que se había refugiado en un eucalipto cercano. En medio de un mortal silencio, caminé entre las tumbas. El aire estaba perfumado por las flores depositadas durante esos días. Ahora parecía que la Luna alumbraba con más intensidad y pude leer sin dificultad las inscripciones en el mármol. Me encontraba en cuclillas, descifrando una leyenda de principios de siglo, cuando me sobresaltó un pequeño ruido procedente de las tumbas situadas al fondo, allí donde las sombras se espesaban. Me acerqué cautelosamente caminando por el pasillo de cemento, entre los setos pulcramente recortados, y descendí los cuatro escalones que separan la explanada superior del pasillo inferior.
Ahora el extraño ruido se oía cada vez más cerca y procedía, sin duda, del rincón más alejado situado en la pared opuesta. Me planté delante de los nichos que allí se levantaban y escuché atentamente. Sonaba como un rascar de uñas contra la piedra, como si algo o alguien intentara salir de las tumbas. Las estudié de cerca y descubrí una lápida mal ajustada. Tiré de ella y apenas opuso resistencia. Dentro había un saco de arpillera repleto de restos humanos que se movían como si tuvieran vida propia. Lo sacudí y un tropel de enormes ratas huyó en estampida. Volví a colocar la lápida en su sitio, murmuré una oración y abandoné el cementerio rumbo al campo de fútbol de La Paloma. Al final de Vicente Loriente giré a la derecha.
Ante mí se yergue, altiva y desafiante, la histórica capilla del parque. Ostenta, orgullosa, los títulos de edificio más antiguo del pueblo y única superviviente del gran incendio de 1587. "Diego García Moldes, 1461", así reza la leyenda. Desde la noche sin tiempo, tres máscaras me miran fijamente. No hay piedad en sus ojos. Son duros y fríos como la piedra.
CAPÍTULO SEXTO: EL REGRESO
Bajando por la calle "El Campo", rememoro la última procesión del Corpus y la magna obra de la Asociación "El Pampillo". Año tras año, a principios de junio, trenzando formas de ensueño, sobre la carne negra de asfalto, palpita la piel de pétalos. Sumido en profundas reflexiones, a punto estoy de ser arrollado, delante del portalón de Villa Rosita, por una pandilla de chavales que subían cantando, con unas copas de más. Los increpé duramente, pero continuaron calle arriba sin hacerme el menor caso.
Asciendo, al fin, la última cuesta camino de casa. Apoyado en el panel turístico contemplo la ría. De pie, tras el atril, soy un director de orquesta y una poderosa sinfonía nocturna se despliega ante mí. La calma volvía a ser total. El cielo y el mar centellean entrelazados en una vorágine de luz. El espectáculo era realmente grandioso. En ese momento, una gigantesca y pálida serpiente surgió por detrás del islote del Turullón y comenzó a avanzar hacia mí. La procesión de la Santa Compaña se aproximaba, caminado sobre las aguas. Más de un centenar de almas en pena desfilaban, alumbrándose con huesos, y proferían pavorosos lamentos. Pronto, la cabeza de la marcha se situó a unos diez metros de mi posición. Sus túnicas blancas flameaban al viento a pesar de que no soplaba la más mínima brisa, mientras levitaban sobre el barranco de la Mirandilla. El que abría la comitiva me señaló, apuntándome con un dedo que más parecía una garra, y me miró con sus espantosos ojos blancos.
El campanario de la iglesia dio las dos y yo eché a correr como alma que lleva el diablo, o mejor, como alma que el diablo viene a buscar. Como una centella atravesé la plaza del Ayuntamiento y, a la altura de la antigua biblioteca, me di de bruces con un tumulto de gente que parecían rodear a una persona tirada en el suelo. Nadie pareció reparar en mi presencia. Me acerqué al hombre caído y descubrí......mi cuerpo inerte, yaciendo sobre la acera.
A partir de aquí, curiosamente, mis recuerdos se vuelven más confusos y presentan ciertas lagunas. Sé, sin embargo, que en ese momento abrí los ojos y, como por entre una espesa bruma, reconocí varias caras inclinándose sobre mí y oí gritos de alegría que parecían llegar desde muy lejos.
Abreviando, diré que pasé varias semanas en el hospital, recuperándome de las múltiples lesiones y, sobre todo, para comprobar como evolucionaba de la tremenda conmoción cerebral que me había tenido inconsciente durante unas dos horas y, al parecer, con posible parada cardiorrespiratoria, justo después del brutal impacto, de la que por lo visto me había recuperado, sorprendentemente, de manera espontánea. Lógicamente, todo esto lo supe al abandonar el hospital. El bueno de Miguel me lo contó todo. Ahí va un resumen de los hechos.
CAPÍTULO SÉPTIMO (y último): EL PRINCIPIO DEL FIN.
La sirena de la policía, que había comenzado a oír en los instantes previos y continué escuchando mientras salía del bar, pertenecía a dos coches patrulla que venían persiguiendo a un traficante de droga desde más allá del cruce de Barres. Al llegar a Castropol, el narco ascendió por la calle Vior para despistar a la policía. Estos, en principio, continuaron la persecución calle arriba, pero al llegar al cruce de Salas decidieron dividirse y salirle al paso cortándole la retirada. Así que uno de los coches regresó al Peñamar y el otro se dirigió al cruce del cementerio. Por su parte, el delincuente prófugo enfiló la calle Penzol-Lavandera cuando yo rebasaba la esquina de la plaza del Ayuntamiento - recuerdo haber visto un fugaz resplandor de faros y así lo conté en su momento - y me atropelló a la altura de la entrada al parking, arrojándome contra el edificio de la antigua biblioteca. Allí, en una zona de sombra, estuve tirado e inconsciente hasta que un bendito noctámbulo me descubrió por casualidad. Afortunadamente, el infausto narcotraficante fue capturado, finalmente, en la zona del muelle, enfrente del Risón. El resto de la historia ya la conocéis: mi cuerpo yaciendo en la acera y yo paseando a medianoche.
¿Sueño?... ¿Alucinación?... ¿Viaje astral?......Amigo lector, ahora tienes todos los datos, conoces tanto como yo, así que ya puedes extraer tus propias conclusiones. Me preguntarás si he realizado averiguaciones para saber si a esas horas había dos adolescentes besándose en el parque; si existe el mastín negro; si el búho anida sobre el reloj de piedra; si una chica rubia, con un sol en cada oreja, circulaba a gran velocidad por la calle Acevedo; si Antonio había depositado el saco en la tumba; si una alegre pandilla subía gritando de madrugada por la calle El Campo......Pues te diré que no. No investigué nada porque temo conocer la verdad. Prefiero vivir con la duda inquietante y la molesta sospecha antes que debatirme en el tormento de la aterradora certeza, ya que si todos esos episodios ocurrieron realmente, entonces también fue real, de alguna manera, el séquito de la Santa Compaña desfilando sobre la ría y flotando sobre el barranco de la Mirandilla. Entonces también estuvo ahí, levitando en medio de la nada, aquella garra apuntándome y la ciega mirada de aquellos ojos sin iris. No; si por un momento creyera que esto sucedió, mi cordura estallaría en mil pedazos.
Aquí concluye mi relato. Son las doce de la noche del Día de Difuntos del año 2014. Hace exactamente un año, tal día como hoy, salía del bar Antón y emprendía un paseo a medianoche por las solitarias y tranquilas calles de Castropol.
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- Vaya, parece que llaman a la puerta, ¿Quién demonios será a estas horas?...

                                                         FIN

 

 

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  • Muy bien relatado y escrito, me recordaba algo a Sleepy Hollow, Cuento de navidad, pero a la española. Yo pensé que fué el mastín quien le dió un susto de muerte y le provocó un ataque al corazón, o algo similar, ya que luego describes esa levedad del ser. La verdad es que para sorprender al lector siempre hay que ocultar algún detalle, dejarlo a lo sobrenatural, o hacerlo tan intrincado que incluso el escritor se pierde en su escrito. Lo más facil resulta el desviar la atención del lector ninguneando un detalle clave y excediendose en los intrascendentes. El climax es bastante bueno, y te quedas con ganas de algo más.
    Desde el comienzo la textura del personaje es impresionante, sin embargo el climax esta como corresponde, en el final. Sugiero la relectura. Si puedes pasarte a leer El Rey Zorzal, me gustaría conocer tu opinión. Un saludo
    excelente prosa, muy buen final. te agradeceria leyeras y comentaras mis relatos
    Magnífico. Veintitrés minutos que se consumen sin darte cuenta debido a una narración que transcurre con magistral fluidez, transportándonos a las calles de Castropol -algo que admiro en las historias, pues a mí me cuesta mucho situar en sitios reales mis relatos, y casi nunca lo hago- y haciéndonos sobrecoger en aquella noche de Difuntos. Momentos terroríficos como el del cementerio o el de la lechuza, producto de grandes descripciones. Un relato que se merece estar donde está. Un saludo.
    Me ha gustado mucho tu relato. Muy bien escrito y con un final sobrecogedor. Enhorabuena
    Leí todos tus capítulos de un tirón. Tu prosa es una gozada, fluida, ligera, por así decirlo, simpática y se hace agradable leer tus relatos. Relatos donde muestras que eres un maestro del misterio, de lo oculto, así mismo de lo gótico. En este texto tuyo, llamativo no sólo por el ambiente que creas y las finísimas y amenas descripciones que desarrollas, sino también por ese viaje mágico y enigmático en medio de la noche por las calles de Castropol. El final redondea la historia con ese guiño dirigido al lector. Sí, a mi juicio, una de las mejoras historias en la página y en el justo puesto que se merece. Sólo me resta añadir Chapeaux...
    Ese enjambre de palabras bien definidas hacen un placer leerlas. Excelente relato.
    Un relato muy trabajado, como acostumbras a hacer Paco, lleno de minuciosas y bellas descripciones de un lugar que supongo conoces bien. La trama no puede ser más inquietante, la leyenda de la Santa Compaña contada al calor de una taberna acompañada de unos chupitos, ese largo paseo por las calles de Castropol, que finalmente se dilucida en un final original y muy bien tejido, hilvanado a partir de los hechos que se narran con anterioridad, digno,si me permites la comparación, de la truculenta mente del maestro Stephen King. Y para rematarlo una frase que da que pensar, ¿quien demonios llama a estas horas?...poco futuro le auguro al señor McKane para el año 2015. Un saludo.
    He encontrado en este relato verdadera originalidad y talento, Paco. Algunos párrafos me ha recordado cuadros de Van Gogh
    Ya todo esta dicho por los compañeros, muy buen relato... Saludos!
  • Mi nombre es John McKane y ésta es mi historia. En pleno uso de mis facultades mentales, paso a relatarles los inquietantes acontecimientos que me tocó vivir la última Noche de Difuntos, hace hoy exactamente un año.

    Ahora que ya pasó todo o, al menos, eso quiero creer, me dispongo a poner por escrito los singulares acontecimientos que me tocó vivir el pasado 27 de noviembre, hace hoy exactamente dos semana...

    Siempre es importante tener unos vecinos de confianza, especialmente en un lugar solitario, cuando no hay nadie más en varios kilómetros a la redonda...

    Tommy y su madre contemplaban a través del ventanal las hojas arrancadas por la fuerza del vendaval aterrizando sobre la superficie de la piscina...

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    Feliz Día de San Valentín.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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