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9 min
MEL HA MUERTO
Varios |
22.04.12
  • 4
  • 1
  • 1904
Sinopsis

FELIZ DÍA DE LA IMAGINACIÓN

Mel ha muerto porque ha querido. Podríamos decir sin aventurarnos que se ha suicidado, pero realmente Mel no se ha quitado la vida, ni estaba cansado de ella ni nada parecido. Puede que no fuera feliz en alguna última etapa de su vida pero el conjunto de su existencia se puede considerar de positivo, y por lo que ahora sé, tenía motivos de sobra para considerarse un hombre afortunado. Se casó hace justo un año, de echo ha fallecido cuando regresaba al apartamento para celebrar el aniversario de boda, dónde le esperaba ansiosa su deslumbrante esposa, y escondidos y repartidos por las habitaciones una cuarentena de personas. Hoy era un día especial para él, durante la mañana no han parado de llegar tarjetas de felicitaciones, regalos y obsequios para la amada pareja, incluso les han dedicado una canción por la radio para desearles longevidad en su proyecto. Mel se sentía tan contento por todo lo que le rodeaba y que había conseguido con buen hacer y humildad, que le resultaba incomprensible que fuera cierto. A media mañana llamo por el interfono a su secretaria para decirle que hoy tenía que recoger aquel regalo que tanto había deseado su mujer, así que saldría antes. Dos minutos después volvió a llamarla para que avisara al encargado y este a los trabajadores de su fábrica. Les acababa de dar el viernes libre a todos sus empleados. Hoy era un día especial, se sentía dichoso y esta era otra forma de demostrarlo. Cogió su abrigo y el maletín, y después de escuchar algo parecido a vítores y aplausos por su grandeza a través de la oficina, se dirigió por las escaleras hacía el parking indicando después a su chofer el lugar a dónde quería dirigirse. Cuando llegaron Mel le dio la misma noticia al conductor. Este, en síntoma claro de agradecimiento le explicó a su jefe que no le importaba esperarlo a que acabara sus compras, ya que por supuesto, ahora disponía de tiempo libre y no tenía ninguna prisa. Pero Mel, sonriente, le respondió exactamente lo mismo, además, quería volver dando un paseo, quería disfrutar cada segundo de aquel día tan inolvidable, quería premiar cualquier acontecimiento por insignificante que pareciera. Después de un tiempo que a él le pareció excesivo, pero que atribuyo al exquisito y cordial trato de las dependientas, salió raudo de la joyería. Miro su reloj, y después de quedar durante unos segundos absorto en el movimiento de las agujas, se le escapo una mínima risa que poco a poco se fue convirtiendo en prolongada carcajada. Evidentemente se había excedido en su ansiedad, pués todavía no era siquiera mediodía. Decidió pués continuar en solitario su agradable existencia paseando lentamente, sin llegar a pensar nada en concreto pero desprendiendo incomprensible felicidad para quien no le conociera. El largo paseo despertó sed en el cuerpo de Mel y este se decidió por una terraza en la avenida más joven y transitada de la ciudad. Una vez sentado y relajado, pidió un refresco...

 

Y el cansancio, el nerviosismo, la ansiedad, la desbordante alegría, la incapacidad de digerir tal multitud de positivismo en su vida y sobre todo, la imposibilidad de creer que aquello fuera cierto en su persona, le produjo un estado de parálisis. Su cuerpo se volvió pesado, apenas si podía mover la cabeza para cambiar de dirección, notaba la piel sensibilizada después de sentir el efluvio de perfume barato que dos mesas más atrás despedía una viuda cincuentona. Los sentidos se le habían expandido, se habían multiplicado las conexiones neuronales de su cabeza, o por el contrario habían enfermado repentinamente. Mel no lo sabía, pero estaba nervioso, se encontraba mareado. Observaba atónito a la gente, cómo iban y venían, sus vestidos, los andares primorosos o con parsimonia, el peinado, las manos, los diferentes colores de los ojos, las arrugas, la edad... Hoy ha hecho un calor considerable en la ciudad, pero Mel tenía mucho frío y tiritaba, aunque esto último lo hacía de pavor. La gente pasaba rápida o lentamente en ofrenda a la misma existencia, pués parecían que actuaban de acuerdo con los fragmentos que componen nuestra propia vida, los buenos momentos son generalmente cortos, y por supuesto los malos parecen, quiero decir, son eternos. Mel creyó darse cuenta de una coincidencia que no hacía más que razonar su visión: los más raudos, la gente que caminaba más deprisa, los que no se paraban a ayudar a una anciana cuando se le cayo el carro de la compra, los que no se detenían a observar como los pájaros chapoteaban dentro de la fuente, eran los mejor vestidos. Trajes caros poseían, zapatos relucientes acompañaban el compás de sus previsiblemente musculadas piernas, rasuradas, masajeadas, bronceadas y moldeadas por cantidades ingentes de despilfarro y conocimiento. Altas, esbeltas, elegantes, poderosas, personas rápidas en sus inigualables y envidiadas vidas, decididas para el triunfo. En cambio las que llevaban desgarbadamente la ropa caracterizada por el “demasiado” en todas sus acciones, ya sea lavada, grande, harapienta, maloliente, vulgar, fea, fuera de temporada, sucia..., eran todas parsimoniosas, lentas de reacción y con torpes movimientos. Parecía que el mundo se había partido en dos en aquel momento de sensaciones: los ricos y los pobres, los elegantes y las piltrafas, los efebos y los gnomos, los rápidos y los lentos. Pero había algo que a Mel aterrorizó con crueldad, sintiéndose asustado cuando se juzgó como aludido. Era el brillo de los ojos, el rictus de la cara, el perfil de la sonrisa y las leves arrugas que producían en los límites de los labios. Era la presencia y la ausencia. Las ricas, elegantes, perfectas y rápidas autómatas carecían de cualquier presencia de vida. Y creyó que su vida inundada de alegría, de risas, de llantos de gozo no estaba comprometida con aquella rapidez que movía el mundo. Sintió pués, en su interior un escalofrío cuando llego a creer que algo no marchaba bien, que todo eran contradicciones. Y pensaba en la rapidez de su especie, en la velocidad de la existencia y por lo tanto, en la cercanía de la muerte. Y Mel no quería morir ahora, no tenía porque acabar su vida en este momento cuando empezaba a recoger los frutos que había sembrado como pesadillas. Y comenzó a sentirse inquieto porque pensaba que todo el mundo le estaba mirando. Los agraciados le giraban la mirada y pensaban que le había usurpado la vida a uno de los suyos, que aquella cosa no podía ser capaz de caminar como ellos si había robado el alma a un plebeyo. Llegaron a la conclusión que era espía. Los desgraciados no le quitaban el ojo de encima mientras murmuraban entre ellos. Lo reconocieron como uno de los suyos, sí, pero que había renegado de la vida real porque se avergonzaba de la pobreza, de los harapos, los insultos y aquel caminar tan desdichado que les caracterizaba. Le trataban como ilegítimo, farsante y como un mal actor que se había convertido en una marioneta. Mel, asustado, echo a correr sin mirar a nadie. Pero la gente reía, le insultaban a su paso e incluso alguien intento agredirle. Los efebos y los gnomos si coincidieron esta vez en su actitud, la de la vejación humana, la única capaz de unir pueblos y gentes aparentemente diferentes. Todos se mofaban de él, de sus andares y sus lágrimas. Y por primera vez miro hacia atrás, y vio una gran tormenta que se acercaba. Y apretó el paso, sólo quería alejarse de allí. Volvió a girarse y creyó ver a la muerte que venía a por él. Y comenzó a correr, y al girar una esquina tropezó y se le cayo el regalo de aniversario que con tanto cariño le había comprado a su mujer. Pero no quiso volver atrás por que lo único que quería era no morir en este momento. Y volvió a girarse para ver a la muerte de nuevo. Y ella se sorprendió, porque si alguien quería continuar viviendo con tanta fuerza, porque la desafiaba volviéndose hacia ella. Pero eso Mel lo ignoraba, pensaba que si echaba un leve vistazo para ver dónde se encontraba sabría que tenía que hacer en ese momento para escapar de ella. Pero era en vano. Cada vez que giraba la cabeza para ver a la muerte por que lo que quería era no verla, Mel perdía el ritmo, los pasos seguros para caminar por el sendero de la existencia, y la muerte se le acercaba, inexorablemente y sin dudas. Unos metros más tarde Mel fallecía en plena calle, mano en pecho sujetando el corazón dormido, rodeado de curiosos, ricos y pobres, hermosas y grotescas. En un breve espacio de tiempo el día más feliz de su vida se había convertido, suicidio o no, en una amarga consecuencia por sus propios miedos.

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