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29 min
Memorias de un día desastroso
Suspense |
13.12.14
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Sinopsis

Ernesto se levantó un día con una inmensa resaca y sin poder recordar nada de lo que había hecho el día anterior. No obstante, poco a poco ira recordando cosas y al unir las piezas de un inmenso rompecabezas descubrirá que hizo algo horrible.

~~Ernesto se levantó cansado, mareado, malhumorado y con una inmensa jaqueca, razones que le hicieron maldecir al desgraciado tabernero por haberle permitido seguir bebiendo a pesar de su evidente descontrol, sin embargo, no tardó en darse cuenta de que la culpa era de él y de nadie más y que por lo tanto perdía el tiempo lamentándose por la indiferencia y el desprecio de los que le rodeaban. Tenía frío y decidido hizo un esfuerzo sobrehumano por alcanzar una vieja y cochambrosa chaqueta, la cual se hallaba en aquellos momentos tirada sobre el suelo. Al alcanzarla metió cuidadosamente sus brazos, los cuales sentía que le pesaban como piedras entre las mangas, después procedió a intentar meter la cabeza, no obstante, desistió cuando recuperó un poco la cordura y cayó en la cuenta de que para ponerse una chaqueta no hacía falta, por lo tanto se dispuso a abrocharse los botones y después volvió a caer al suelo en el cual antes había dormido. Pero esta vez estaba despierto y podía observar todo lo que había sucedido en su casa aquella noche.
El suelo estaba sucio y mojado de vodka, las sillas estaban medio rotas, la mesa patas arriba y los cubiertos desperdigados por el suelo, por otro lado el televisor estaba roto y el mando por alguna extraña razón se encontraba en el interior de sus calzoncillos. Recapacitó—:
— ¡Dios mío, que he hecho!
Pronto comprendió que su embriaguez no fue algo normal y se sobrecogió al pensar que tal vez aún no lo había visto todo, no obstante, se serenó y se dirigió hacia la cocina para comprobar el estado en el cual se hallaba. Al llegar, observó horrorizado que el suelo estaba encharcado, pues se había dejado el grifo abierto, asustado, se dispuso a cerrarlo y después se planteó fregar y secar el suelo; sin embargo, se detuvo al comprobar que el microondas se había estropeado y después frenó de nuevo al percatarse de que el frigorífico estaba vacío. Pensó desconcertado—:
— ¡Y todo esto no es nada en comparación con lo que me espera, seguro!
Al sentirse desorientado, decidió sentarse en el sofá del salón mientras ordenaba sus pensamientos y trataba de hacer memoria. Poco a poco fue recordando que el día anterior se resumía en una sucesión continua de fracasos y que por eso comenzó a beber con semejante desenfreno. Le echaron de su trabajo y su novia rompió con él, todo en el mismo día, lo cual le sumió en una fuerte depresión, que evidentemente aún persistía y seguía consumiéndole por dentro.
De pronto rompió a llorar y se lamentó por su suerte, pero aquello no le resultó relevante y tuvo que hacer un esfuerzo por recordar más detalles, de pronto alguien que llamaba al timbre de su puerta interrumpió el hilo de sus pensamientos. Era el cartero, ese ser desconsiderado que llama siempre a las peores horas y cuando menos se lo espera uno. Traía un sobre para él y por supuesto ya estaba plenamente convencido de que su contenido iba a ser nefasto. Antes de darle el sobre le preguntó—:
— ¿Es usted Ernesto Antúnez Martínez?
—Me temo que por desgracia sí. —le respondió mientras se lo quitaba de la mano y firmaba.
— ¡Vaya, no tiene usted muy buena cara!, ¿se encuentra usted bien? —le dijo al observarle con cierta preocupación.
— ¡Eso a usted no le importa, métase en sus asuntos! —le respondió haciendo gala de su grosería, al tiempo que le cerraba la puerta en las narices.
Finalmente decidió sentarse a comprobar sin sus predicciones se habían cumplido. En efecto, era una multa certificada por la policía y en la cual se especificaba, que dos semanas antes un radar captó que sobrepasó el límite de velocidad en una carretera por la que ni siquiera recordaba haber conducido, de hecho tampoco recordaba cuanto hacía que no cogía el coche, pero como buen borracho, comprendió que sus recuerdos se encontraban bastante difuminados y que no necesariamente tenía que acordarse de todo lo que hizo aquella semana ni la anterior para comprobar la evidencia. Decidió aceptar la multa como algo legítimo e inmediatamente después retomó el hilo de sus pensamientos.
Recordó haber vomitado varias veces en el baño y también que no todas las veces apuntó bien, razón por la cual las cortinas adoptaron un color marrón con ciertas motas de tropezones y un nauseabundo e insalubre olor, esto lo comprobó mientras miccionaba asqueado por aquella horrible escena. Posteriormente, limpió las cortinas y las roció con grandes cantidades de colonia y desodorante para mitigar el olor, tras lo cual se sentó tranquilamente en la taza del váter y trató de seguir indagando en sus entrecortados recuerdos.
El día anterior había acudido a un bar, completamente decidido a ahogar sus penas con la amarga esencia del alcohol y decidió que lo mejor era tomar whisky a palo seco y procurando no saborearlo demasiado, sin embargo. hacía pausas de vez en cuando y rompía a llorar, montando con ello un penoso espectáculo que hacía reír a algunos tarugos sin sentimientos, que al igual que él recurrían a aquel local para evadirse del mundo hostil que les rodeaba. El local no estaba muy lleno y no recordaba haber contado a más de cinco personas incluyéndose a él mismo, uno de aquellos tipos, un hombre de escasa estatura y de facciones no muy agradables, le dijo al tiempo que interrumpía uno de sus berrinches—:
—El mundo es una mierda, ¿quiere que le invite a un trago y compartamos nuestras penas amigo?
—En primer lugar yo no soy tu amigo, en segundo lugar yo no comparto nada con nadie y en tercer lugar yo ya tengo mi botella de whisky.
— ¡Grosero!, yo solo quería ayudarle porque le vi llorando y me dio lástima, pero sabe qué, quédese solo y beba hasta reventar de un puto coma etílico.
Aquél individuo se marchó, pero los demás se acercaron a Ernesto con curiosidad. Sus miradas, sus rostros, sus cuerpos y sus propias sombras le resultaban molestas y le asqueaban a niveles inimaginables. Un individuo gordo, alto y con escasos modales le dijo—:
— ¿Qué te pasa amigo, te ha dejado acaso la zorra de tu novia?
Aquellas palabras alteraron  por completo la poca serenidad que consideraba tener y con un gesto poco pronunciado, sacó una navaja de su bolsillo, tras lo cual le amenazó para que cerrara la boca.
— ¡Dios! ¿Por qué hice eso?, ¡yo no soy así!—Exclamó mientras se asqueaba al rememorar aquel extraño recuerdo.
A pesar de todo, los malos recuerdos le impulsaban a seguir reconstruyendo la historia y decidió seguir intentándolo, no obstante fue en vano, ya que a partir de ese momento todo se  le turbaba bastante y ya solo conseguía rememorar ligeros fragmentos que no tenían cohesión entre sí y que por lo tanto no hacían otra cosa que desconcertarle más. Abatido por todo lo que había pasado, decidió limpiarlo todo y con esa tarea mecánica evitó pensar más de la cuenta, de forma que pudo relajarse por un breve periodo de tiempo, pues al acabar, como estaba soltero y encima despedido, no se le ocurría otra cosa en la que ocupar su tiempo que en comerse la cabeza con aquellos bochornosos recuerdos.
Recordaba al fin haber conducido su coche y también recordaba que antes de hacerlo metió algo en el maletero y al parecer era algo que dejaba manchas por alguna extraña razón, pero lo peor de todo es que recordaba que aquellos tipejos del bar le acompañaron en su propio vehículo y también recordaba llevarse bien con ellos.
— ¡Me volví loco, sí, definitivamente me volví loco!—pensó preocupado.
Rezó durante un buen rato para que aquello que manchaba el maletero fuera algo inerte y no lo que su imaginativa mente recreaba, pero no se detuvo durante mucho tiempo a comerse la cabeza, sino que se dispuso a comprobar lo que era y para hacerlo tuvo que bajar al garaje, en donde suponía que debía estar su coche. En efecto así era, su coche se encontraba allí y todo había cambiado en él, pues tenía el capó abollado y con restos de ropa, estaba aparcado en su propia plaza y no en la de ningún otro vecino, por lo tanto se relajó y pensó que tal vez la noche anterior sí que fuera dueño de sus actos y por lo tanto lo de las manchas sería solo la consecuencia de haber dejado allí restos de ropa rota y de algún tipo de comida o de bebida, incluso pudo simplemente habérselo imaginado. Pero todo este positivismo cambió cuando abrió el maletero y su despreocupación se vino abajo por completo.
Era un hombre y estaba muerto, pues no tenía pulso, su cara estaba completamente desfigurada y a juzgar por las heridas habría muerto hacía unas cuantas horas, a consecuencia de múltiples heridas de bala, probablemente a manos de sus supuestos nuevos amigos, los cuales podrían haber intentado cargarle el muerto a él, pero de eso Ernesto no estaba muy seguro, pues se sentía sucio.
No lo recordaba, pero eso para él no importaba, era un asesino y su única esperanza para convencerse de lo contrario era recordarlo.
Sabía que después de amenazar a aquel hombre corpulento, aquellos tipejos lo respetaban un poco más y que por eso seguramente consiguió acercarse más a ellos. Era consciente de que estaba ebrio y ese estado de embriaguez le convirtió en una persona frívola, que consiente dejarse convencer por unos delincuentes para ayudarles a matar a aquella pobre persona.
—Quizá eran mafiosos y ese tipo les debía dinero, puede que no fueran tan simples como yo en aquellos momentos llegue a pensar—dijo inconscientemente en voz alta, sin percatarse de que los vecinos podrían oírle y que eso hubiera significado el final.
Trató de serenarse y observó de nuevo al muerto, pertenecía a una persona de mediana edad, de constitución y altura normal, de pelo negro y ojos azules, decidió registrarle la ropa, pero no llevaba nada encima. Aun no olía, no obstante estaba frío y pálido, sabía que era cuestión de tiempo que empezara a descomponerse y eso él no podía permitírselo, razón por la cual pensó un plan para deshacerse del cuerpo.
Pensó en quemarlo, trocearlo, verterle ácido encima, enterrarlo e incluso en congelarlo, pero Ernesto consideró que todas estas opciones tienen demasiados riesgos y decidió hacer algo que le permitiera borrar aquel error y esconder las pruebas en un lugar en el que a nadie se le ocurriría buscar sin una previa sospecha contra él. Así pues su idea era meterlo en su coche y posteriormente arrojarlo al mar, para que la naturaleza implacable se encargase de eliminar las pruebas de su angustia, destructoras de su humanidad.
El plan era bueno porque Ernesto vivía en Santander y en aquellos días el mar estaba muy bravo, prueba de ello era la bandera roja. Pensaba hacerlo por la noche, pero luego reflexiono muy severamente sobre el asunto—:
—Si el mar devuelve a la costa la vida inerte manchada con mis manos, es posible que todo se descubra y ya nada vuelva a ser lo mismo.
Él prefería hacer algo más seguro, algo que le asegurase que los peces devorarían aquel cadáver antes de que alguien tuviera la oportunidad de encontrarlo y por lo tanto decidió arrojarlo a un lago, el cual estaba situado en una zona rural alejada de allí a la que él iba a veranear. Para conseguirlo solo tenía que envolverlo en una red de agujero grande con piedras pesadas e introducirlo de nuevo en el maletero, emprender el viaje hacia Cataluña, arrojar el cadáver, limpiar el maletero y deshacerse del coche en otra parte, puesto que era grande y podría ser encontrado en algún momento y marcharse de aquel lugar, tras lo cual no pensaba volver jamás.
Al llegar y acercarse al lago, se le encogió el corazón, pues iba a tirar a un hombre al agua con la intención de que los peces lo devorasen, atormentando de esa manera a su pobre familia, a la cual él ni siquiera conocía, a vivir con la incertidumbre de si estaba vivo o muerto, de si había recibido cristiana sepultura o si había sucedido lo que realmente había sucedido, de sus ojos surgieron lágrimas y sus piernas comenzaron a temblarle cual flan.
—Ni siquiera sé como lo matamos, es curioso que no recuerde algo que ha cambiado mi vida de una forma tan radical—pensaba él aterrado por el remordimiento.
Pero no quería dejarse mover por sus sentimientos y decidió arrojar el cuerpo sin vida de aquel hombre al que jamás conoció y mientras observaba como se hundía, comprendió que todos los valores en los que él creía se acababan de desvanecer y ya nunca más podría hablar de principios sin sentir un inmenso vació por dentro.
Se alejó de aquel lugar y buscó una chatarrería en la que empeñar su coche, pues no había mejor forma de negar que un coche fuera suyo que destruyéndolo y de esa forma al menos podría conseguir algo de dinero, aunque sin lugar a dudas habría ganado mucho más dinero vendiéndolo, no obstante esa opción no haría más que aumentar los indicios del crimen que él no sabía si era conocido por muchas personas o si solo lo era por aquellos supuestos mafiosos.
Posteriormente volvió a su casa, ya era de noche y nada más entrar cayó al suelo mareado, exactamente en el mismo lugar en el que antes había despertado. Se quedó dormido y siguió aclarando sus ideas incluso en ese estado, pues soñó con cosas que pasaron aquel día y sobre todo recordó el mal carácter de su jefe y su desconsideración hacia él, pues no sentía merecer ser despedido por un pequeño malentendido. Recordaba cómo le acusaba de ser un ladrón por supuestas desapariciones de material de oficina y como le mostraba frecuentemente las cintas de las cámaras  de seguridad ocultas, para tratar de convencerle de que la persona delgaducha, vestida de negro y que se ocultaba el rostro con un antifaz, la cual se veía con bastante borrosidad, era él.
Ernesto también recordaba lo duro que fue para él que su novia le abandonase, sin embargo en su sueño no aparecía la causa por la cual le abandonó, sino que simplemente aparecía como él la recordaba, caminando hacia delante y dándole la espalda.
— ¡Laura, Laura, vuelve, vuelve! —repetía inconscientemente mientras pataleaba.
A la mañana siguiente se levantó sudoroso y exaltado, su corazón iba a mil por hora y se sentía al borde del abismo infranqueable, al que él mismo hubo retado anteriormente.
Pasó el día entero en su casa viendo la tele y comiendo comida precocinada, pues a pesar de haber roto la anterior, conservaba otra en un viejo armario de su cuarto y se sintió afortunado de tener algo con lo que olvidar sus problemas, aunque solo fuese por un rato, por lo tanto le limpió el polvo y lo colocó en el salón principal, lugar que ocupaba el antiguo televisor. Allí se quedó un buen rato, no obstante en la caja tonta no echaban nada interesante, solo reality shows, programas de televidentes y aburridos documentales sobre hormigón armado. Esta falta de distracción, provocó que aquellos fragmentos de realidad olvidada volvieran a su cabeza, sintetizándose y recomponiendo los recuerdos que realmente no quería recapitular. Algo horrible le pasó de pronto por la mente, rememoró haber hecho daño a su novia durante aquella fatídica noche, sin embargo no recordaba haber ido a su casa, ni siquiera recordaba haber estado con ella, pero de todas formas eso no importaba, ya que tenía una corazonada de que de alguna forma la había causado algún mal, ya fuera físico o mental y se sentía desconcertado por no poderlo evocar.
Poco después le llamó un familiar de Laura por teléfono, concretamente su hermano y ante la impotencia de no poder encontrar una escusa, con la cual hacerle entrar en razón, decidió no cogerlo. Lo que él no sospechaba, era que dicho individuo se presentaría en su casa y le pediría explicaciones aquél mismo día.
Después de ignorar aquella llamada, decidió comer algo, pues estaba hambriento y consideraba agradable disfrutar de sus “privilegios de soltero”, era como él llamaba en sus momentos monógamos, a cosas como dejarse barba, requerir los servicios de una prostituta o simplemente comer en el sofá, acción que realizó en aquel momento. De pronto alguien llamó a la puerta y él se atragantó a consecuencia de aquel abrupto sobresalto.
Era Nicolás, el hermano de su ex novia y al ver que Ernesto no abría, decidió entrar con una copia de las llaves de su casa. Al entrar le vio tirado en el suelo, morado y haciendo vagos esfuerzos por respirar, por lo que decidió actuar rápidamente, se acercó a él, le cogió, le levantó y tras presionarle fuertemente el abdomen con el puño, observó como expulsaba una patata por la boca, después, su cara recuperó el color original.
— ¿Qué haces, que haces tú aquí? —alcanzó a decir sorprendido y temblando a causa de su inoportuna visita
—Podrías empezar por agradecerme que te haya salvado la vida, pero allá tú, he venido por cosas más importantes.
— ¿Cosas, que cosas?
—Bueno, hace tiempo que mi hermana no responde a mis llamadas y claro, como tú eres su novio, pensé que sabrías donde está.
—Pues no, hemos roto y no he vuelto a saber de ella desde hace dos días.
— ¡Qué raro, lo siento!, ¿y dime, no tienes interés por saber dónde está?
Tras decirle aquellas palabras, miraba con curiosidad la casa y se sentía estupefacto por los cambios, aunque a primera vista solo pudo ver desorden y un cambio de televisor.
—Lo cierto es que me da igual, las relaciones se acaban y no hay mayor satisfacción que olvidarlas con ayuda de la bebida— Le dijo posteriormente Ernesto, tras lo cual decidió morderse la lengua, pues consideró que había hablado más de la cuenta.
—Mira, se que estás pasando por un mal momento, pero necesito que me digas algo, cualquier cosa, la he llamado a todos los sitios en los que podría estar en circunstancias normales y todo eso ha fallado.
—Lo siento, yo no sé nada, tendrás que preguntarle a otro.
—Es extraño, parece como si a ti te diera igual lo que la pudiera haber pasado.
—No es eso, simplemente quiero olvidarme de ella, no te preocupes estará bien.
—Bueno para empezar, supongo que ella se habrá ido de esta casa después de que discutieseis, pero lo que no me cuadra es que no te dijera nada—Inquirió su antiguo cuñado.
—Pues así es, ella no me dijo nada que te pudiera interesar, simplemente me dijo que nuestra relación había llegado a un punto muerto y se marchó sin decirme adonde—le mintió Ernesto, pues aunque no se acordase estaba seguro de que no ocurrió de esa forma.
— ¿Y ahora que hago? —le preguntó Nicolás
—Han pasado ya dos días, así que te sugiero que vayas a la policía y que denuncies su desaparición.
—Está bien, eso haré, gracias por el consejo—le agradeció su cuñado, aunque desconfiaba un poco de él.
—No hay de que—le dijo mientras le estrechaba la mano y se despedía de él.
Mientras observaba como se alejaba y finalmente salía por la puerta, sentía una indescriptible sensación de alivio. En el fondo sabía que con el consejo que le dio a su cuñado podría meterse en problemas, sin embargo, consideró que ningún juez condenaría a un tipo que aconseja al hermano de su ex novia que de parte a la policía, pues ningún criminal sería tan estúpido para ponerse en evidencia de tal forma. Aunque por otra parte, Ernesto se sentía culpable y quería descubrir lo que había pasado, ser detenido o no era solo una posibilidad que dependía del azar, pues él no podía hacer nada y resultaba absurdo retrasar lo inevitable.
Aquella noche, se acostó temprano y se tomó una potente pastilla para poder conciliar el sueño, tenía pensado leer un poco antes de dormirse, no obstante el efecto químico de aquél medicamento se lo impidió y se dio cuenta del tonto despiste que cometió al no haber esperado a terminar de leer para tomarse aquella pastilla. De todas formas, decidió no enfurruñarse por sentir el sueño que él mismo había querido minutos antes y apagó su lamparilla para rendirse definitivamente a la somnolencia, consiguió dormirse sin problemas, pues los remordimientos le aguardarían en sus posteriores y trágicas pesadillas.
Esa vez no soñó con algo que hubiera ocurrido aquél fatídico día, ni tampoco se le mostró ningún tipo de diálogo, sino que simplemente soñó con imágenes y ninguna de ellas parecía real. Para empezar soñó con un río de sangre, el cual tenía cierta similitud con aquel lago situado en Cataluña, en donde se consumían los restos de un hombre, que ni él mismo recordaba haber matado. Pero el sueño no terminaba ahí, pues posteriormente veía con total libertad el fondo de aquel sitio y observaba a los numerosos peces que devoraban sin piedad aquel putrefacto cadáver, sin embargo, lo más angustioso de dicha situación, era que cuando ya se lo habían comido, volvía a regenerarse para volver a ser presa de aquellos animales y posteriormente se volvía a repetir el proceso, hasta que finalmente el sueño dio un giro inesperado y se situó en su propia casa, en esta ocasión no había ningún cuerpo desconocido, ni animales que pudieran devorarlo, pues allí se encontraba su novia sonriente, pero había algo en ella que no era normal, su cuello era muy frágil y la cabeza amenazaba con desprendérsela, acción que aconteció a los pocos segundos. Lo más surrealista de aquella situación, fue que ella seguía moviéndose y con sus frágiles manos, de las cuales brotaba sangre, sujetaban su cabeza, provocando que su mirada se clavase en la frágil silueta de Ernesto, tras lo cual sus ojos se derretían y finalmente él despertó sudoroso, con el corazón al borde del infarto y con la seguridad de que había estado hablando en sueños, pues los vecinos le gritaban que se callase y que dejara dormir a los demás, ya que era de madrugada.
No pudo volver a dormir, aquella pesadilla lo tenía intrigado y sus remordimientos no le daban tregua, se sentía culpable. Toda la sangre fría que había conservado prácticamente intacta hasta aquel momento se desvaneció de la noche a la mañana, pues ahora sí estaba convencido de que él era un asesino y lo que era peor, no solo lo era de aquel desconocido, sino que también lo era de su propia ex novia. Estuvo unos cuantos minutos intentándose convencer de lo contrario, esta auto exculpación no le sirvió ni para defenderse de sí mismo y lo único que logró con ello fue confirmar su teoría de la culpabilidad.
Tampoco pudo recurrir a la sugestión de que los mafiosos fuesen los únicos responsables de los asesinatos, puesto que aunque así lo fuera, del asesinato de su novia era bastante improbable que hubiese algún partícipe aparte de él mismo.
— ¡Esto es de locos, me he convertido en todo aquello que odiaba! —decía en voz alta, sin temor alguno de que algún vecino le escuchase.
Se pasó toda la madrugada temblando y dándole vueltas al asunto, cuando amaneció no tuvo ni siquiera ganas de desayunar y por primera vez se dio cuenta de algo que resultaba evidente, pero que él no había notado anteriormente—:
—Yo ya estoy muerto—reflexionaba.
Pues nada de lo que hiciera iba a servir ya para cambiar su fatal destino, no había escapatoria y la muerte llegaría por si sola sin necesidad de buscarla. Su vida había llegado a un punto muerto y decidió que había llegado el momento de tomar una decisión, sin embargo, al no verse con fuerzas para tomarla, decidió primero intentar resolver la metáfora de su ex novia decapitada y la del cadáver que se regenera después de ser devorado. Pensaba que si las resolvía, conseguiría recordar todo lo que pasó aquella fatídica noche y ciertamente no se equivocaba, como posteriormente confirmó una semana después.
Estuvo todo ese tiempo en su casa encerrado devanándose los sesos, sin comer apenas y sin lavarse, pero cuando ya estaba a punto de rendirse, vio la luz al final del túnel, unos peces que devoran un cadáver que debió ser enterrado. Aquello solo podía significar una cosa, cometió un crimen contra la decencia humana y por más que tratara de destruir las pruebas, estas se recompondrían inevitablemente.
Por fin lo pudo recordar todo, aquel día, se fue de juerga con aquellos tipos, los cuales no eran mafiosos, sino que era personas relativamente normales y el único que parecía extravagante era él. Después de que amenazara a aquel corpulento individuo, este se disculpó y al poco tiempo empezaron a hablar amistosamente, probablemente fue debido a los efectos del alcohol, pero empezó a entablar amistad con cada una de aquellas personas y sin razón aparente les contó con todo detalle lo que le había sucedido, estos le consolaron y le propusieron salir de fiesta con ellos y abandonar aquella taberna de mala muerte.
Se fueron a una discoteca y tras pasar un tiempo bailando y haciendo literalmente el ridículo, identificó a su antiguo jefe entre la multitud, estaba resentido y quería acabar con él, sus nuevos amigos no se lo tomaron enserio y le propusieron gastarle una broma, sería sencillo ya que solo tenían pensado seguirle cuando saliera de aquel sitio. Simplemente querían darle un susto con el coche de Ernesto, pero este quería más y no se conformaba con provocarle una ligera taquicardia con un fallido intento de atropellarle, pues pisó excesivamente el acelerador, ignorando los consejos de aquellas personas. Logró su objetivo, pues le atropelló y pudo verlo malherido y arrastrándose por el suelo pidiendo ayuda patéticamente, ellos se asustaron y trataron de hacerle entrar en razón, uno de ellos lo apuntó con una pistola y le intentó obligar a que llamase al 112 y que les contase que fue un accidente, pues ellos no querían meterse en líos, pero él estaba demasiado borracho y solo pensaba en vengarse de su jefe, por lo que le asestó un fuerte puñetazo en la cara y le robó el arma aprovechando su conmoción. Los demás no daban crédito y decidieron coger a su amigo e irse a pie rápidamente, pues consideraron que Ernesto estaba loco y que además era peligroso. Uno de ellos pensó en quedarse y pronunció antes de huir—:
— ¡Mierda,  nosotros solo queríamos divertirnos y ahora va a matar a un hombre!
No obstante sus compañeros lo disuadieron y se acabaron yendo todos de aquel sitio. Finalmente Ernesto se encontró solo y cara a cara con su jefe, el cual estaba estupefacto y asustado, por lo que le pedía—:
— ¡Ayuda, ayuda por favor, no me mates, per, perdóname!
A pesar de su estado de embriaguez, trató de mantener la mente fría y se dio cuenta de que era un error matarle simplemente por haber sido despedido por él. No obstante cuando bajó el arma y se dispuso a llamar al 112, algo lo sobresaltó, no estaban solos, pues había una mujer y acababa de bajarse de un coche cercano, que debido a su estado no se dio cuenta de que estaba ocupado, era Laura.
Su propia novia le había dejado por su jefe, el cual le había despedido horas antes de que aquello ocurriese. Ya no pudo hablar con el Samur y decidió colgar sin identificarse, todo su cuerpo comenzó a temblar y lo hizo con mayor intensidad cuando ella llamó a su antiguo jefe cariño y empezó a abrazarlo ignorándole a él por completo. No pudo ni mirarla a los ojos, solo tenía ganas de llorar y con la mente turbada sacó de nuevo su pistola y apretó el gatillo con los ojos llenos de lágrimas, pero no fue a ella a quien disparó, sino que fue a su nueva pareja, pues para Laura tenía algo mucho más desagradable, que sin necesidad de haberlo planeado, le resultó muy fácil de elaborar en su mente. Seguía conservando la navaja y la ira le controlaba incondicionalmente, por lo que se abalanzó hacia ella y la propinó un tajo en el cuello sin darla oportunidad alguna de defenderse. No se contentó con aquello e intento apuñarla más, no obstante los reflejos le fallaban y terminó acuchillando al aire, momento que ella aprovechó para huir, aunque él no recordaba hacia donde y frustrado, decidió ensañarse con el cadáver de su antiguo jefe, por lo que le propinó unos cuantos tiros más, pero no contento con ello, decidió desfigurarle la cara con sus propias manos.
Tras reflexionar sobre aquel recuerdo, se dio cuenta que había posibilidades de que su novia aun siguiese con vida, pues el corte que la propinó no era demasiado profundo y puede que no la cortase la yugular, acción que sin lugar a dudas la hubiera producido la muerte rápidamente. Pero todo lo que Ernesto consideraba factible, no eran más que meras suposiciones y por lo tanto no podía dejar de sentirse sucio, aunque por lo menos la duda de su terrible crimen le permitió dormir plácidamente durante aquella noche.
Al despertar, cayó en la cuenta de que ya habían pasado diez días desde que hizo todas aquellas cosas y que por alguna extraña razón, ninguno de los testigos de aquella atrocidad le delataron, o al menos así lo creía él. Antes de profundizar en aquella teoría, decidió intentar resolver el enigma del sueño de la cabeza ensangrentada de su novia, cuyos ojos se derretían al mirarle a la cara. Finalmente lo entendió todo y con poco esfuerzo, pues las piezas ya estaban sobre el tablero y él solo tenía que encajarlas guiándose por su lógica. Construyó la siguiente oración según un esquema mental, que le vino a la cabeza por pura inspiración, pero no obstante reflejaba bien la realidad:
El amante sería asesinado y ni los peces podrían borrar aquello. Por otro lado, su novia huiría e independientemente de que estuviese viva o muerta, ella no volvería a mirarle a los ojos, porque las personas que intentan matar a su pareja, no tienen una segunda oportunidad para enmendarlo.
—He tocado fondo, este es mi final, ya no me queda más que entregarme.
Decidido, se tomó un café para despejarse, posteriormente se ducho y afeitó. Finalmente salió a la calle silbando, pues sentía que después de aquel breve periodo intermedio entre la locura y la cordura debía mostrar su lado más frío y actuar con naturalidad. Siguió el itinerario de la comisaría y esperó pacientemente su turno, sin desvelar su crimen compulsivamente, como hacían otros criminales arrepentidos y cuando le llegó su turno, ningún impulso de echarse atrás le invadió. Un policía le llamó a una sala y le preguntó lo que había ocurrido, a lo que Ernesto respondió sintiendo que la persona que había entrado y la que saldría de allí nunca más volvería a ser la misma, con la mayor sinceridad que era capaz de expresar—:
—Recuerdo haber matado al amante de mi ex novia y puede que también a ella, aunque mis recuerdos están algo nublados por el alcohol y de esto último no me acuerdo bien.
 

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