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13 min
MERCANCIA SENTIMENTAL
Reales |
18.10.12
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Sinopsis

¿Quién es capaz de callar una vez ha roto el embalse de la frustración?

Es un salón triste y austero, más viejo que envejecido, un lugar donde aparentemente nunca sucederá nada porque no muestra interés por ello pero, el color membrillo que el sol adopta a través del visillo y el cálido ambiente que de la estufa obra, lo convierten en acogedor, un sitio donde degustar unas palabras se vuelve ensoñación. Un gato reafirma este pensamiento mientras dormita el suyo, enroscado su cuerpo junto el calor del destartalado aparato. Aún así, con mi pesar evidenciado al rozar los dedos por el lomo suave del sofá, nos dirigimos a la cocina, donde la oxidada cafetera humea despropósitos y ella, la mujer mayor, la abuela, la vieja subida en lo alto de un taburete de madera y caña me ofrece unas pequeñas galletas que ha sacado de los confines de un armario. “Las tengo escondidas para los momentos especiales”. Le doy las gracias pero le niego, prefiriendo una taza de café, bajando la mirada a sus pies y centrándola en el roto de sus calcetines. Avergonzado por creerme descubierto bajo, si es posible más la mirada y pensando que las casas adoptan el sentimiento de sus moradores. La vieja es amable y triste, y realmente más envejecida que vieja. Tras volver a pisar suelo, a servir despropósito en dos tazas sin asas y diferente color, y a sentarse frente a mí, ella comienza como todo el mundo, poco a poco, con más duda que miedo. Cuando miran fijamente a los ojos existe todavía reticencia por el hecho; cuando bajan la mirada y la fijan en un punto perdido dentro de su espíritu, es cuando realmente abren el corazón y la mente, es cuando el embalse rompe y el fluido arrasa el miedo que los atenaza. Ella ha destrozado el muro y yo recojo el agua. Tras dos interminables horas, dónde confidencia se confunde con bálsamo, y el sufrimiento por el acto rejuvenece a través del aliento, la mujer, enrojecidos los ojos y bellos por ello, me conduce por la casa y el salón, triste y austero, como antes y como siempre, más rejuvenecido que joven, hasta la puerta de la casa dónde nos despedimos. Ella saca lenta las manos del batín y un sobre aparece, depositándolas sobre las mías. Tiene las manos calientes. Sin abrir el sobre, rozando el papel con los dedos, cuento el dinero y lo guardo en mi abrigo. Mientras camino a casa pienso en ella como muestra del decaimiento humano, de la degradación que produce aquel sentir que callamos por una necesidad camuflada y que nos va carcomiendo lentamente todo el interior hasta convertirnos en sonámbulos de la vida. Pienso en la razón, o en la falta de ella, que la obliga a esconder aquellas pequeñas galletas en la oscuridad de los armarios si nadie la visita ni nadie tiene por que hacerlo. Pienso en aquel gato, ajeno al devenir de nuestra actuación en la vida, que al fin y al cabo, es la que nos obligamos a vivir. Debería ser, igual que su pensamiento, un lugar para los sueños. El camino correcto es la necesidad de vivir y, el sendero equivocado para hacerlo significa deambular sin sentido en espera de un destino del que desconocemos su existencia.

 

 

Podría comenzar este pequeño retazo de mi vida presentándome, pero pienso, mientras aparecen recuerdos e imágenes de lo que le voy a contar, que mi nombre es lo de menos. Estoy seguro de que si en algún momento de esta charla se levanta cierta curiosidad suya hacía mí persona no radicara en el hecho de quien pueda ser yo y sí, después de estas palabras, cuál es mi profesión y en que consiste. Me gustaría comenzar indicando, y cada vez que pueda incluirlo en esta exposición lo iré haciendo para que quede todo claro, que soy una persona tan normal y corriente como usted, vulgar si no se siente ofendido. Desearía que no afloraran suspicacias que pongan en duda la valía de mi trabajo cuando hablo de actos cotidianos, sobretodo sin ser escuchados, ya que no sería la primera vez que el resentimiento humano y la suspicacia degradante del mismo acechan mis acciones. Comprendo, después de tanta experiencia como recuerdos, que entrar en una habitación como persona vulgar con miradas interrogantes y salir por la misma como ángel divino es un proceso complicado de valorar subjetivamente, por eso mis palabras hacía usted, para que conozca los hechos y pueda valorarlos en su medida. Ya habrá tiempo, con la reflexión, para que ponga en duda lo que va a escuchar o la creencia de mi profesión. Como le he dicho, mi nombre es lo de menos, y mí trabajo consiste en absorber el sufrimiento humano. El mismo que duda y degrada mi ocupación.

 

Nunca ni nadie, en ningún momento de mi infancia, y después juventud, llegó a vislumbrar un mínimo ápice de las “cualidades” que ahora desarrollo como profesión. Ahora, después de ciertos actos marcados por la satisfacción, también podría dudar que la comprensión ajena entendiera realmente el significado de mi labor hacia ellos. Después de cada “absorción” aparecen pequeñas sonrisas y miradas de aprobación por la labor realizada, pero ignoran y, creo que lo prefieren, cual ha sido el camino a recorrer para un resultado tan satisfactorio para su interior. En el pasado, y debido al desconocimiento sólo existía el temor y la duda. Mi entorno achacaba desequilibrios familiares congénitos, retraso mental o una insuficiente educación a lo que ahora podría constar en mí nómina como puesto laboral. En su momento no era considerado, el problema, mío, como una enfermedad ya que no presentaba síntomas de ningún tipo. A lo largo de los años fue disminuyendo el interés ajeno por ella, por mí, la salud evidente, la que se muestra al exterior a ojos extraños aparentaba, según aquella ceguera, normalidad. Si el aspecto físico es normal no hay porque preocuparse del que no se ve, uno llega a olvidarse del interior si el envoltorio se aprecia sano. Evidentemente a esas edades los problemas son tratados de una forma liviana, los quehaceres adultos siempre han sido más importantes. Yo, por mi parte, recurría a la interioridad, callaba el resentimiento de la incomprensión y lo utilizaba como bálsamo de la soledad. Partes o momentos comunes de la infancia, como la escolarización, las amistades, el deber de la familia y la obligación por ella me eran apartadas sin reproche y a escondidas dada mi condición de desecho, sin oportunidad de arreglo. Todo se consideraba normal y lógico dentro del camino que habían decidido para mi vida, aunque siquiera completara la educación básica, estuviera totalmente apartado de una vida racionalmente normal o mi familia más allegada llegara a olvidarse de mi existencia tratándome en ocasiones como un simple objeto de decoración. La actuación de mi vida no era una obligación, pero poco a poco se fue convirtiendo en una costumbre a la que yo no tenía más remedio que aceptar por que sí. No poder vivir el futuro crea carencias en la existencia y, el contacto con la experiencia se vuelve racionalmente lógico porque se aprende al momento. La comprensión al paso del tiempo se transforma en el examen de la vida, los minutos son profesores severos y de nuestra atención al indiferente correr de la aguja depende esta educación. No existe rencor de lo desconocido cuando no hubo enseñanza en la valoración del bien y del mal. Creía en la indiferencia y la convertí en el resultado del dolor, del desprecio, del frío, de la mirada marchita y hueca. Aparentaba invisibilidad y esta era agradecida. Con el paso del tiempo y la costumbre, comencé a utilizarla como parte de mi vida. Es difícil tratar de ser algo, o en su mínima expresión, aparentarlo, cuando se es identificado y reconocido como “nada”; en mi beneficio he de indicar que este hecho sirvió para modelar otras formas de conocimiento que a lo largo de mi camino no sólo me han orientado en la vida, si no que a la larga, con los años y la experiencia, he llegado a dominarlas de tal forma que se convirtieron del día a la noche en un acto involuntario, como el simple hecho de respirar. La invisibilidad que producía mi existencia en el mundo me proporciono ser justamente ignorado, que no invisible. De hecho, miles de veces pude ser espectador de actos miserables y reprochables en la especie humana, pero mi presencia era tratada, no, simplemente no era tratada porque era totalmente ignorado, y esta nunca se podría haber aprovechado en ningún caso como testigo. Poco a poco me fui convirtiendo en afín a las personas, primero a las que me rodeaban, después, entrada la juventud, a todo el mundo. Era una relación extraña. Al no existir, al ser la parte inexistente de sus ignoradas vidas, entre a formar parte de ellas sin dificultad, tal vez poder decidir la vida de alguien más ridículo que uno propio da fuerza y una estima difícil de encontrar. Mis sentidos se habían convertido en una especie de esponja que absorbía cualquier resquicio de sentimiento que hubiera quedado postrado en el olvido conocido. Recuerdos, problemas, pesadillas, engaños, insultos, rencores de todo tipo en la especie humana eran adoptados por mí eventualmente, descargados con pasión por la gente y recogidos con la frialdad que me envolvía. Pura mercancía sentimental. Retazos comunes que si bien eran propios dentro de cada personalidad, todos eran en conjunto una reacción a la existencia del ser humano, una reacción que me había sido extirpada hace años como un tumor, por lo tanto su remover dentro de mis entrañas no ofrecía ni producía el mismo escarnio que en anterior huésped, acaso el rencor irritaba y los insultos cosquilleaban mis sienes. En un principio consideraba que aquel acto era una forma de transgresión: no existía problema alrededor de mí que no escuchara, de alguna forma fui transformándome de espectador a protagonista. En aquellas primerizas actuaciones la cantidad de flujo que entraba dentro de mí desbordaba la recién nacida comprensión, dada la ignorancia del problema lo sentía como remolinos sin sentido que vagaban a través mío y acuchillaban mi débil recipiente. Lentamente desaparecían, familiarizado estuve toda mi vida con ese concepto de sentimiento invisible con el que se me educo en su momento y el cual, con el transcurrir de los minutos se esfumaban libremente por mis rincones mas profundos como la niebla al alba. Con el tiempo, y sobre todo con la capacidad de digestión a la que fue acostumbrándose mi cuerpo, ya no sólo engullía problemas, en su momento comencé a masticarlos y digerirlos como alimento, convirtiéndose en parte imprescindible de mi existencia. Las gentes, ignorantes de mi presencia, no, mí presencia se volvió corriente, pero si mi actitud hacia su devenir humano, primero dudaban de su propia reacción al abrir su espíritu, dando explicaciones sordas de aquello que convenientemente pensaban que debían sacar a la luz. Tal vez encontraron en mi ignorancia como la visión de lo que siempre habían buscado, algo subjetivo, un oído invariable y sin ánimo de juez, una persona que más allá de buscar una solución o un consejo únicamente escuchara aquella parte del interior que las atormentaba profundamente. Se trataba sólo de recoger la copia, guardarla. El problema era más común de lo imaginado, muchas personas, familias, habían acogido sus heridas a lo largo de la vida, y las mantenían dentro de sí como si fueran necesarias para su quehacer. En algunas habían calado tan profundamente, se habían incrustado de tal forma en el cuerpo, que no solo negaban su existencia dañina, sino que las habían añadido en herencia genética a sus descendientes, traspasándolas tan libremente como los apellidos. Yo, mientras, acumulaba experiencia y una maldad inocua, de unos y otros acogía en propiedad los pesares y pensamientos como se puede tomar el oxígeno; generalmente se encuentra sin contaminación a lo largo de la vida y del mundo. No entraba en mí la mínima posibilidad de discernir sobre preguntas que indudablemente habrían puesto en entredicho mi profesión, solo me alimentaba de los restos putrefactos del resto del mundo. Ni más ni menos. No cabía opción de juzgar porque sólo pretendía recoger desechos, y la gente lo sabía, lo necesitaba y lo agradecía. Acudía, acudo a las personas que me reclaman, o ellas llegan a mí después de escuchar a otras que lo hicieron. Algunas lo hacen como última oportunidad hacía ellas mismas, muchas vinieron con muchos años de ira acumulada por la reticencia de desprender un veneno que habían atesorado como objeto de valor, y se les podía escuchar como el miedo aparecía por sus bocas precediendo aquel vahor nauseabundo. La balanza para decidir los honorarios es tan sencilla como nivelar el significado del síntoma a absorber, sin confundir tamaño con necesidad, dependía del problema ajeno y su ira para presupuestar uno de mis actos y sólo lo realizaba una vez acabada la faena... nunca antes, pués, quién es capaz de callar una vez ha roto el embalse de la frustración.

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  • Un relato extremadamente arriesgado. De lectura muy compleja. Rompes la sintaxis de forma tan radical y usas a veces la dialogía con tanta osadía que asombra. Has escogido un camino muy difícil. Pocos se atreven con algo así. La idea de fondo es muy buena, y también difícil de desarrollar. No sales del todo mal parado del experimento. Pero, repito, te has puesto el listón muy alto. Me parece bien.
    propiciador y recolector de catarsis!!
    Escribe tus comentarios...
    Te deja frío,da miedo,aún así y como siempre bueno.
    Escribe tus comentarios...Demoledor tu personaje. Quiero creer que si existen ese tipo de personas que absorben la pozoña ajena. Claro que el camino que recorre tu personaje para llegar a ello, considerando el aspecto mercantil como mero recurso literario, apabulla un poco, da escalofrios su significado. El relato tiene peso, y poso.
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