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25 min
METANOIA.
Varios |
29.09.18
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Sinopsis

Metanoia: Cambio en la forma de pensar, en la manera de ser, del corazón o del estilo de vida de uno mismo.

Julia no estaba pasando por su mejor momento, lo había perdido todo.
En el trabajo decidieron hacer un "ajuste de plantilla", llevaba meses sin trabajar, había podido vivir del dinero del paro y de algunos ahorros pero era imposible evitar que las deudas se amontonasen.
Su pareja le había dejado. La verdad es que siempre le llamó la atención la gran amistad que su mejor amiga y su novio tenían, era demasiado bonita para ser cierta.
Apena se hablaba con sus padres. Un matrimonio adinerado, una familia de cuatro y un padre en un cargo muy importante. Sus padres le advirtieron de no escoger aquella carrera, "no tiene futuro" decían. Siempre ponían como un ejemplo a seguir a su hermana mayor: "Deberías aprender de Valeria", "deberías haber estudiado la misma carrera que tu hermana", "debes encontrar a un hombre como el de Valeria, uno que se vista por los pies. Amable y formal. Y debería ser pronto si no quieres quedarte soltera de por vida."
Valeria siempre era más y mejor. La razón de todas las alegrías de sus padres.
En cambio, Julia siempre fue diferente. Más rebelde y complicada, lo tradicional no iba con ella. 
Sacaba buenas notas en el instituto, pero siempre había alguna asignatura suspensa o pendiendo de un hilo.
Sus amistades eran pocas en el instituto, pero eran igual que ella. Junto a ellos se sentía comprendida y no fuera de lugar como en su familia.
Nunca quiso formar parte del mundo donde sus padres y su hermana vivían, sintiéndose superiores y mejores que el resto. Cómo si fueran dioses.
Julia lo había perdido todo. 
Amigos.
Familia.
Pareja.
Trabajo.
Y estaba a punto de perder el piso.
Se tiraba noches en vela buscando por internet y en los periódicos ofertas de trabajo, pero al no encontrar nada la frustración la inundaba y ahogaba sus penas y sus malos pensamientos en alcohol.
Una mañana, con el dolor de cabeza habitual y el sabor a hierro en la boca decidió echar la lotería.
No le quedaba demasiado dinero pero necesitaba aferrarse a algo. Pensar que por un momento podría estar en el bando ganador.
Necesitaba creer que la suerte aún estaba de su parte.
Compró el boleto. Nunca había visto unos números tan extraños y desiguales. "Está claro, la suerte ya no está de mi parte" pensó.
Pero se equivocaba. La noche del sorteo aquellos extraños números cobraron forma y significado, convirtiéndose en los números ganadores.
¡Julia había ganado la lotería! 151.000.000 de euros para ser exactos.
No podía creerlo, no podía creer que el mundo, la suerte o lo que sea aún estuviese de su lado. No era el fin de todo.
Julia decidió guardar gran parte del dinero como ahorros hasta que encontrase un trabajo decente y se quedó una mínima parte para sus caprichos.
Pensó en todas las cosas que había querido desde que se quedó sin trabajo, todas las cosas que había necesitado y no había podido comprar. 
Pensó en mil cosas: electrodomésticos, ropa, un móvil nuevo... Pero, aún pensado que podía tener todo aquello con solo chasquear los dedos, no se sentía completa.
Le faltaba algo, algo que no podía comprar con dinero.
Entonces lo vio: se necesitaba a sí misma.
Necesitaba salir de la rutina, de su zona de confort. Encontrarse a sí misma y saber quién era realmente.
Así que pensó cómo podría hacer aquello. Buscó en internet métodos de meditación, clases de yoga, formas de abrir sus chakras pero no encontró nada que consiguiese hacer lo que ella quería.
Estuvo horas buscando hasta que un anuncio saltó en mitad de su pantalla: Viajes a Nepal.
Julia había oído hablar sobre los viajes espirituales. Sobre cómo las personas se van a la India para encontrarse a sí mismas, de como se iban a Nepal para visitar a los Sadhu.
Incluso lo había visto en películas y leído en libros.
Era arriesgado, sí, pero todas las experiencias que conocía habían dado resultado.
Y, además, siempre había querido visitar Nepal. Solo que ahora tenía dinero y motivo de sobra para ir.
Una semana después emprendió su viaje.
La euforia la inundó cuando pisó por primera vez Nepal. Se empapó de su cultura, de sus tradiciones y comidas; se engatusó con su belleza, pero aún así no había alcanzado ese sentimiento de paz del que todo el mundo hablaba.
Todo el mundo le contaba lo mismo: "Fue llegar a Nepal y sentir como un torrente de paz me arrollaba".
Julia no había conseguido sentir eso, a lo mejor estaba haciendo mal, así que decidió recorrer sus calles en busca de alguien que pudiese ayudarla.
Habló con muchos curanderos, astrólogos y monjes. Con muchas personas que afirmaban poder ayudarla, que decían que con solo bañarla en incienso todas sus preocupaciones se irían.
Después de tanto tiempo buscando, de tanto escuchar a hombres prometiéndole algo que no podían cumplir un hombre más o menos de su edad con una túnica naranja se acercó a ella.
— Conozco a alguien que puede ayudarte. Por favor, sígueme.
Tenía los ojos verdes y su pelo era castaño. Inspiraba ternura y seguridad, parecía inofensivo.
Julia dudó en si ir con él o no. Ya estaba cansada de escuchar las mismas cosas una y otra vez. Aún así, no tenía nada que perder y tenía curiosidad por saber que le dirían ahora.
A un par de pasos del lugar donde se encontraban había un pequeño barrio de casas.
El joven se dirigió a la derecha, donde había una puerta de madera.
Ambos entraron. Julia pensaba que iba a ser un lugar descuidado, pobre, pero en realidad tenía buen aire acogedor.
Las ventanas, aunque eran pequeñas, dejaban entrar una gran cantidad de luz. Lo único que había en aquella sala era una mesa y dos cojines, uno frente a otro.
El muchacho le presentó a una mujer, joven también, pero no tanto como Julia.
Tenía ojos azules y un color de pelo tan negro como la oscuridad.
— Ella es Kira, Maestra de la Luz y la Sabiduría. Ella puede ayudarte con lo que estás buscando.
Kira sonrió.
— Un placer conocerte. Muchas gracias, Blur. Puedes retirarte.
Blur hizo una especie reverencia y desapareció por el gran portón que conectaba el pasillo con la sala.
— Dime, ¿en qué puedo ayudarte? — preguntó Kira.
— ¿Qué puedes ofrecerme? — respondió Julia. No creía en nada que pudieran decirle.
Kira sonrió.
— No puedo prometerte nada. No puedo jactarme diciendo que mi método podrá ayudarte, que podrá curar aquello que no deja a tu mente descansar. ¿Qué te parece si nos ponemos cómodas? — dijo señalando los cojines.
Encima de la mesa había una tetera. Kira sirvió dos tazas de té rojo a cada una.
— No voy a leerte la mano.— prosiguió Kira. — Ni a predecir tu futuro. No voy a rociarte con hierbas aromáticas ni hablarte de espíritus o ángeles que te protegen.
No voy a abrir tus chakras ni a decirte si algún planeta se ha movido a favor de tu signo. No estoy aquí para eso.
Hizo una pausa para beber un poco de té.
— Te ofrezco una experiencia real y muy barata. No soy como esas personas de ahí fuera, pero necesito saber qué es lo que buscas exactamente dentro de lo que yo puedo ofrecerte.
— Perdón por ser escéptica, pero no creo en tu discurso, ya he oído eso antes.
Kira parecía tranquila. No se ofendía con las dudas de Julia ni con sus comentarios. Sabía que lo que estaba contando era cierto.
— ¿Sabes? Cuando la gente viene aquí para vivir una experiencia espiritual y acuden a mí para ayudarles, al probar mi método, creen que les he engañado. Que todo lo que he hecho ha sido en vano y lo único que quiero es el dinero.
Vienen aquí con la idea de encontrar lo que ven en películas y series, de sentirse como en los libros el protagonista se siente y de ver lo que Internet enseña, pero yo no ofrezco eso. Yo no voy con lo tradicional, no me dejo llevar por los estereotipos solo para atraer clientes.
Te ofrezco algo de verdad, algo que realmente puede ayudarte.
— ¿Y como sé que no me estás contando todo esto como parte de tu engaño, o para ganarte mi confianza?
— Eres muy lista. ¿Qué te parece si pruebas mi método? La primera sesión es gratis.
Julia quería encontrarse a sí misma, quería saber qué era lo que no iba bien, lo que la bloqueaba. Pensaba que al ir a Nepal sería fácil conseguirlo, que se sentiría completa una vez allí, pero no era así. Aunque empezaba a perder la esperanza y a no creer lo que le contaban, decidió probar el método. No tenía nada que perder.
— De acuerdo. ¿En qué se basa tú método?
— Solo te pido que te sientes y cierres los ojos. Que sigas mis instrucciones, y sobretodo, que abras tu mente ante cualquier cosa. No tengas miedo.
La voz de Kira era firme y segura, tranquilizadora. No era temblorosa o chillona, proyectaba paz.
Julia la obedeció y cerró los ojos.
— Cuando haces un viaje espiritual como este pasas por tres etapas: La Búsqueda, El Viaje y La Transformación.
Ahora mismo te encuentras en la primera, estás buscando respuestas y soluciones. Una vez que te adentres en tu mente, pasarás a la segunda.
Julia asintió.
— Primero quiero que te visualices. Al principio, hasta que tu mente esté lo suficientemente abierta, verás una masa deforme. A medida que te relajes y vayas dejando trabajar a tu mente de forma libre irá cobrando forma. Puedes visionarte como tu "yo" de niña, tu "yo" adolescente o incluso tu "yo" actual. Esto se debe a que el cerebro trabaja con impulsos, se siente atraído por los recuerdos más fuertes y brillantes.
Julia respiró hondo. Dejó su mente en blanco, dejó de pensar por un momento en todo lo que le había sucedido en tan poco tiempo. Dejó que su cerebro trabajase por sí solo, sin ayuda de su imaginación. Poco a poco la masa comenzó a cobrar forma.
En medio de un espacio blanco, en mitad de la nada apareció la Julia de trece años.
— ¿Consigues ver algo? — preguntó Kira.
— Veo a mi yo de trece años. 
— Eso significa que tu mente ha conseguido conectarse al recuerdo más fuerte. ¿Tienes idea de por qué puede ser?
— ¿Sinceramente? No, no recuerdo que sucediese nada importante cuando tenía esa edad.
— La mente no trabaja en vano, y mucho menos cuando la liberas de su jaula. Puede que tengas un trauma o una mala experiencia enterrada en lo más profundo de tu ser. Algo que tu cerebro ha bloqueado porque puede suponer demasiado para ti. El cuerpo es muy sabio.
Un escalofrío recorrió la espalda de Julia. ¿Y si Kira tenía razón? ¿Y si había sucedido algo que ella no recordaba? Lo que más le asustaba era el daño que podría causarle recordarlo. ¿Cómo de perjudicial tendría que ser para que su mente lo bloquease?
Intentó mantener la calma, no quería distraerse y perder esa imagen.
Volvió a respirar hondo.
— Lo siguiente que debes hacer es visualizar un lugar. Debes hacerlo del mismo modo que antes. Deja que tu mente fluya, que los recuerdos te arrollen. Lo verás borroso, pero poco a poco comenzarás a ver una imagen más nítida.
Julia visualizó un salón. Blanco y elegante, con olor a rosas. 
El salón de su casa.
— Veo el salón de casa de mis padres.
— ¿Tienes una mala relación con ellos?
— No exactamente. Pero no tengo la relación que me gustaría tener.
Por un momento Julia pensó que ese "trauma" podría deberse a la obligación que sentía por ser perfecta, por intentar ser como su hermana. 
Por la ansiedad que sentía cuando suspendía alguna asignatura o por la cara de desaprobación y decepción de sus padres. Por el claro favoritismo que tenían hacia Valeria.
— Lo último que quiero que hagas es visualizar una situación. Ya tienes dos piezas muy importantes.
Julia lo intentó con un nudo en el estómago. Tenía miedo.
No podía imaginarse ninguna situación de la que ella no fuese consciente.
Lo intentó con todas sus fuerzas. Apretó sus ojos hasta que le dolieron.
Comenzó a sentir punzadas en su cabeza.
— No puedo verlo, me duele la cabeza.
— De acuerdo, no te fuerces. Puedes parar.
Julia abrió los ojos y pestañeó más de lo normal. La realidad no parecía tan real.
Kira le sirvió una taza de té.
— Es extraño ¿verdad?. Llegar a las entrañas de tu mente y después abrir los ojos para ver qué nada de lo que estabas viendo era real. Que la realidad parece menos posible.
Julia se frotó los ojos y bebió algo de té.
— ¿Me crees ahora? — preguntó Kira.
— ¿Cómo lo haces? ¿Le echas algo al té?
Kira soltó una gran carcajada. Tan fuerte que asustó a Julia.
— No, cariño. El té es solo té. Todo lo que has visto, lo que has sentido es producto de tu mente.
Por este motivo la gente cree que la engaño. Muchos piensan que ven lo que ellos quieren ver y muchos otros ven cosas que no querían recordar y, en vez de afrontar la realidad, me culpan a mí.
— ¿Puedo preguntarte algo? — preguntó Julia.
— Claro.
— ¿Por qué estás aquí? ¿Desde cuándo haces esto?
Kira miró su taza un momento, pensando por dónde podría comenzar.
— Vine aquí por el mismo motivo por el que todos venimos. No estaba pasando una buena racha... Bueno, mi vida era una mala racha continua.
Mi madre falleció cuando tenía quince años. Mi padre nos abandonó al enterarse de su enfermedad, no quería hacerse cargo de una mujer enferma.
Tuve que buscar trabajo durante el poco tiempo que mi madre duró, la enfermedad vino tan pronto como se fue.
Estuve alternando entre el trabajo y los estudios, cuando llegaba a casa cuidaba de mi madre y eso me provocaba un gran nivel de ansiedad.
Cuando falleció tuve que cambiarme de ciudad ya que mi tía se responsabilizó de mí. Recuerdo que hacía todo lo posible por no estorbarla, no quería ser una carga y me esforzaba con todas mis fuerzas para no serlo.
Estudiaba día y noche para no decepcionarla y eso hizo que mi ansiedad aumentara más.
Mi tía también falleció en un accidente de coche. Por suerte yo ya era suficientemente mayor para cuidarme y trabajar en mi carrera. Me quedé viviendo en su piso y comencé a trabajar como psicóloga.
Conocí a un buen hombre con el que me comprometí pero aún así, a pesar de todo; a pesar de ser querida, de ayudar a los demás a tratar sus heridas más graves, no me sentía completa. ¿Cómo era capaz de ayudar a la gente y no de ayudarme a mí misma?
Así que decidí ponerme en contacto con mi padre, él era mi principal herida. Pero cuando le llamé una mujer respondió su teléfono.
Pensé que se había cambiado de número pero más tarde descubrí que era su nueva mujer y que tenía tres hermanastros.
Eso me destruyó. Hizo que entrase en una espiral de la que no podía salir.
Mi prometido se vio sobrepasado por todo y me dejó, así que volví a estar sola.
Todas las personas que quería se habían ido, de un modo u otro. Ya no me quedaba nada, ni siquiera me tenía a mí misma.
Busqué métodos, formas de volver a conectar conmigo misma pero ninguna consiguió convencerme. Así que decidí hacer un viaje, la mejor forma de reconectar con tu "yo" interior es pasar tiempo a solas. 
Decidí venir a Nepal por su estereotipo, por aquellas personas que nada más pisar su suelo sintieron esa paz interior.
Vine aquí cansada de la rutina y la decepción, pensando que alguien podría ayudarme, creyéndome Julia Roberts en "Come, Reza, Ama" pero no fue así.
Lo único que encontré fue un país sobrepoblado lleno de falsos profetas, prometiendo curar aquello que no existía.
Yo no quería eso, no quería dar dinero a cambio de una lectura de mano. No tenía motivo para volver a mi casa y me quedé aquí, haciendo realidad lo que vine a buscar.
Creé mi método: una combinación de psicología y misticidad y comencé a ayudar a aquellos que estaban como yo.
No todos creyeron en mí, la mayoría venían aquí con el objetivo de que pudiese transformarles, de que pudiese evitar que volviesen a su fatídica rutina con sus falsos amigos y amores imposibles. Creyeron que podría convertirles en superhéroes, en alguien sin pasado. Pero no podía.
Aún así pude ayudar a un par de personas las cuales estuvieron muy agradecidas por lo que hice. Pero yo no estaba agradecida por nada. Seguía sintiéndome vacía.
Decidí probar mi método, una y mil veces, pero no resultó. Entonces fue cuando conocí a Blur.
— Siento mucho lo que te ha pasado. — dijo Julia con un tono de voz. Tenía los ojos cristalinos y un nudo en la garganta. Era la disculpa más sincera que jamás había dado.
Kira sonrió.
— Gracias. Por cierto, ¿cómo te llamas? No me has dicho tu nombre.
— Oh, es verdad. Soy Julia.
— Julia, "la que está llena de juventud". Me gusta.
Julia sonrió.
— No sabía que Blur y tú estuvieseis juntos.
Kira río.
— Oh, no, no lo estamos. Pero es un gran apoyo y un buen amigo. Me enseñó por qué mi método no funcionaba conmigo y es que mi trauma era más tangible y real de lo que yo pensaba.
Toda mi ansiedad, todo mi malestar tiene su raíz en el día en el que mi padre nos abandonó. A partir de ese día adopté una responsabilidad que no me correspondía y tuve miedo de no ser suficientemente buena para asumirla.
Blur me enseñó la lección más importante: que nada depende de mí. Que no soy culpable de todo lo que me ha pasado.
Tendemos a pensar que somos quiénes controlamos nuestras vidas, quiénes tenemos total libertad de decidir qué pasa y qué no y no es así.
No somos partícipes de nuestra propia vida, no podemos controlar el tiempo.
Sí, tenemos el poder decidir pero solo sobre las cosas más puntuales. Es la vida quien tiene un plan para ti y unas horas fijadas.
Y creo que es eso lo que más nos duele, el no poder cambiar ni controlar todo a nuestro antojo. No podemos cambiar el mundo.
No podemos salvarlo de sí mismo, ni siquiera podemos salvarnos a nosotros mismos. Vamos de un sitio a otro esperando que algo grande suceda, que llegue ese momento del que tanto oímos hablar que haga que todo cobre sentido.
Buscamos un significado a nuestros movimientos, pensamos que nosotros somos la mariposa de la Teoría del Caos, que el mundo gira por nosotros. Que podemos cambiar las cosas y no es así.
Y nos decepcionados tanto al descubrir la verdad que nos culpamos y nos responsabilizamos de algo del cual no tenemos el más mínimo control.
Así que antes de rendirnos por completo buscamos respuestas, soluciones, algo que nos quite ese malestar y la única salida que encontramos es el consuelo.
No podemos cambiar el mundo, pero sí podemos marcar la diferencia y no existe sentimiento que pueda superar la emoción que eso provoca.
Por eso estoy aquí. Porque a pesar de todo lo que me ha sucedido sigo pudiendo marcar la diferencia y eso me hace estar en paz con el mundo y conmigo misma.
Por un momento a Julia le corroe la envidia. Ella quería esa paz que Kira tenía, esa capacidad de perdonar y olvidar a los que la han herido y al dolor para ayudar a los demás. Julia también quería estar en paz con el mundo.
— Deberías venir mañana e intentar de nuevo el método. Debes desbloquear ese recuerdo.
Julia asintió y se despidió de Kira.
En los siguientes días Julia fue a la casa de la puerta de madera para meditar.
Intentaba una y otra vez desbloquear su mente por completo, recordar aquello que su mente no quería que viese, pero lo único que conseguía era un gran dolor de cabeza.
Dos días antes de volver a casa la frustración y la rabia la inundaban. Estaba cansada de intentarlo, de pagar para no obtener resultados. 
La culpa no era de Kira, sino de Julia. No conseguía relajarse del todo, una parte de ella aún seguía siendo escéptica sobre aquel método. ¿Y si todo lo que veía era fruto de su imaginación? ¿Y si su mente seguía en su jaula, en donde siempre ha estado?
El último día fue, sin ninguna esperanza, a visitar a Kira.
— Debes dejar de intentarlo tanto. — dijo Kira. — Debes dejarte llevar, permitir que tu mente se expanda. No intentes crear un recuerdo, no imagines situaciones. Simplemente déjate llevar.
Julia se sentó en el cojín y cerró los ojos.
Respiró hondo y comenzó a visualizar a su "yo" de trece años y el salón de su casa. Estaba demasiado cansada para apretar los ojos y esforzarse, estaba comenzando a rendirse.
Pero de pronto una escena apareció frente a ella. Parecía una película.
Ahí estaba Julia, con trece años en el salón, llorando. Su madre con una fina línea dibujada en su rostro y su padre gritando.
Una joven de pelo rojizo asustada, obedeciendo las órdenes del padre de Julia de marcharse de su casa.
El terror invade el cuerpo de Julia, nunca había visto a su padre así.
Notó como si estuviera ahí como su padre la coge del brazo y la zarandea. Como la empuja entre gritos, con el puño en alto y el cinturón en mano.
— ¡No te he criado para que te comportes así! ¡Eres una desagradecida, debería darte vergüenza! — gritaba su padre.
El sonido más nítido que Julia jamás había escuchado.
Notaba el dolor en su espalda cuando el cinturón chocaba contra su piel.
Notaba el sueño, como su mente borraba vagamente aquel recuerdo bajo los efectos de calmantes y antidepresivos.
Notaba como su espalda descansaba con crema cicatrizante.
Notaba lo que sentía por aquella chica de pelo rojizo, por su mejor amiga de la infancia: Samira.
Abrió los ojos con un nudo en el pecho y los ojos bañados en lágrimas.
Era un torrente de recuerdos. Ahora todo cobraba sentido.
La relación tan tirante con sus padres no se debía solo a su hermana, la rabia que sentía hacia ellos ahora tenía un motivo de peso.
El sentimiento de estar fingiendo todo el tiempo cuando estaba con su novio, lo poco que, sorprendentemente, le importó cuando descubrió que la engañaba con su mejor amiga.
— ¿Cómo no he podido recordar esto?
— El poder de la mente es mayor del que imaginamos. Si ella quiere protegerte de una amenaza, hará todo lo posible para llevar su misión a cabo. La mente humana es uno de lo mayores misterios aún sin descifrar. Es algo fascinante.
— Pero tendría que haber sentido algo antes. Haber visto alguna señal, algo que me indicase que eso estaba ahí.
— La barrera que tenías era muy fuerte y firme. Un bloqueo es difícil de deshacer y lo es mucho más si lo estimulas. Tu madre te suministraba calmantes y antidepresivos, además de taparte con crema cicatrizante aquellas heridas. 
Las pastillas tienen un gran efecto en la memoria. Dependiendo de la cantidad y de lo fuerte que sean, tus recuerdos serán más claros o más borrosos.
¿Qué puedes contarme de tu amiga, de Samira?
— La familia de Samira y la mía se conocían desde hace mucho, así que no fue difícil hacernos amigas. Fuimos al mismo colegio y al mismo instituto, éramos inseparables.
— ¿Y por qué dejasteis de ser tan amigas?
— ¿Sinceramente? Siempre he creído que era porque nos habíamos peleado cuando teníamos trece años, eso era lo que mis padres me habían contado. Pero ahora ya no sé que pensar. No consigo recordar que pasó para que mi padre pudiese reaccionar así.
— ¿Recuerdas si erais más que amigas?
Julia frunció el ceño. Sus mejillas se tiñeron de un color rojizo.
— ¡No!... No lo sé. La quería mucho pero nunca me he planteado que quizá la quisiese como algo más.
— Tu cerebro va a tardar mucho en procesar todo esto y en liberar todos los recuerdos y sentimientos que se han escondido todos estos años. Julia, tus padres te alienaron.
— ¿Perdona?
— A través de los medicamentos que te aliviaban el dolor y fomentaban la pérdida de memoria y con la utilización de un patrón de repetición tus padres te convencieron de que aquello que sentías por Samira no estaba bien o no era real. Te convencieron de que dejasteis de ser amigas por una estúpida pelea y te moldearon a su imagen y semejanza.
— ¿Y ahora qué? 
— Ahora vive. Vuelve a casa y recupera todo aquello que te arrebataron. 
Recupera a Samira, recupera el tiempo perdido y sal de la rutina, de tu zona de confort.
Ante todo vive siendo tú y no te avergüences de lo que sientes, por que no hay nada malo en ello. No dejes que nadie vuelva a bloquearte, mantén tu mente abierta siempre, deja que se expanda. Sobretodo sé feliz, encuentra un motivo para estar en paz con el mundo.
Al día siguiente Julia volvió a su casa. Llegó cansada, le dolían los huesos y el alma. No podía más, sentía que había derrochado más energía de la que podía gastar.
Pero aún así cuando entró en el salón de su casa, a oscuras, con las persianas bajadas impidiendo entrar la luz; con montones de periódicos sobre la mesa y de fotos inmortalizando momentos falsos de más decidió acabar con todo.
Cogió todos los periódicos y los tiró a la basura. Abrió todas las ventanas y subió todas las persianas. Quemó todas las fotos que tenía a su alcance y, sin deshacer las maletas, buscó viajes a Nueva York en su ordenador.
Siempre había querido visitar aquella ciudad. 
Estaba feliz, eufórica, pero no era suficiente. Aún no se sentía en paz con el mundo.
Entonces se acordó de Samira, de como terminaron las cosas, de que quería compartir los buenos momentos con ella como lo hacían cuando eran amigas.
Hace tiempo Julia encontró a Samira en Instagram y decidió seguirla. " Esto es un acto de amistad" pensó para sí. Ahora, a punto de enviarle un mensaje, su corazón va a mil por hora y duda sobre si aquello fue un acto de amistad.
Sus mejillas comenzaron a arder, el corazón iba salirse de su pecho en cualquier momento. Era imposible sentir eso por una amiga.
"Samira, sé que últimamente no hemos hablado demasiado. Que sólo nos felicitamos el Año Nuevo, las Navidades y los cumpleaños. Que nuestra relación ahora se basa en bastos "me gusta" y en visualizaciones en nuestras historias. Pero me gustaría que las cosas cambiasen.
Ojalá pudiese volver atrás, ojalá pudiese cambiar las cosas. No puedo cambiar el mundo ni controlar el tiempo. Pero sí puedo marcar la diferencia y comenzar a vivir según mis normas.
Estoy cansada de pensar "quiero sentirme viva" cuando ya lo estoy. Quiero comenzar de cero y me gustaría empezar por ti.
Tengo planeado irme a Nueva York en los próximos días, ¿te gustaría venir?"
Julia releyó el mensaje cinco veces y con las manos temblorosas le dio a "Enviar".
Tenía miedo de no recibir respuesta, de que Samira pensase que estaba loca o que ya era demasiado tarde para solucionar nada.
Pero entonces su móvil vibró.
"Podemos marcar la diferencia juntas. Me encantaría ir contigo."
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Julia.
Por fin estaba en paz con el mundo, y lo más importante, por fin estaba en paz consigo misma.

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