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3 min
Mete Somoza, molar y viral en el mismo texto
Varios |
05.12.14
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Sinopsis

"[...] Hoy, a mis casi 30, mi nariz grande, mis pechos pequeños, mis huesos salidos, mis neuras; mis miedos, mis venas hinchadas van conmigo. Son como Somoza: “un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta” (Roosvelt). Hoy, a mis casi 30, soportando mis cosas buenas (que son las que más me pesan) pienso que molo [...]".

Puede que este texto salga algo flipao (poca novedad a estas alturas) pero es que he tenido una visión. Bueno, más bien es una visión de hace días que mi inconsciente y mi consciente llevan arrastrando como si fuera un cadáver embutido en una alfombra. Es algo así como que mola ser yo (ya avisé que era flipao). No cierren aún esta ventana, intentaré explicarlo.

Toda mi vida consciente (la época de bebé no cuenta, pero molaría) he sentido la necesidad de ser otra persona, de estar en otros zapatos; de no ser yo. De huir (trending topic) de mi circunstancia, fuera cual fuera. De irme de mí porque no lograba rascar nada bueno de aquello. Bueno, quizá exagero algo porque en algún sitio había una llamita, un little Grillo que gritaba con su pequeña vocecilla: “¡Ana, coño, que tú molas!” Aunque de oírlo, como a lejos, a  elevarlo a narrador de cabecera mediaba un abismo.  

La existencia de los otros, su suerte, molaba más sí o sí, por imperativo legal; el cuerpo y la nariz de las demás, tres cuartas. Y, aquí, con la Iglesia topábamos. Un elemento subversivo, la napia, que simbolizaba “la diferencia”, “la individualidad”. Cuando la diferencia siempre ha sido más peligrosa, pa mí, que los alrededores del Calderón ciertos domingos.

Un motivo de rechazo, no de disfrute. Eso pensaban, también, mis compañeritos amables que hicieron de la ESO todo menos una balsa de aceite. Pero, ahí, Magaña pensando en la justicia divina (la toxicomanía posterior de algunos ha sido un extra). Años de pico y pala, de saltar vallas, de ver que no había manera de cambiar de zapatos, de cabezonadas. De dejar de mirar a otro lado cuando era mi cara la que el espejo formaba. Solo tardé 28 años en empezar a mostrarme, en apostar al 13 negro. Solo he tardado 29 en gustarme, en no querer cambiar de zapatos ni a tope de mierda.

Hoy, a mis casi 30, mi nariz grande, mis pechos pequeños, mis huesos salidos, mis neuras; mis miedos, mis venas hinchadas van conmigo. Son como Somoza: “un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta” (Roosvelt). Hoy, a mis casi 30, soportando mis cosas buenas (que son las que más me pesan) pienso que molo.

Na, ahora solo falta hacerme viral.

 

 

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