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18 min
Mi destierro
Drama |
15.05.15
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Sinopsis

¿ Quien es el loco ?

Ya hace media hora que espero en la consulta del doctor, comienzo a sentirme incomodo otra vez. La llamada ha sido un tanto precipitada e intuyo que algo tiene que ver con las pruebas que me hicieron la semana pasada. Me temo que las noticias no serán buenas. Un frio antinatural recorre mi columna vertebral, me siento como si un mal presagio tentara las costuras abiertas de mi cerebro para poder penetrar en mi conciencia y así apoderarse de mis más íntimos secretos.

La secretaria del doctor no para de observarme desde su escritorio y me sonríe de manera extraña, transmitiéndome una falsa empatía que no pido, lo cual lejos de tranquilizarme me incomoda profundamente. Me pregunto si las anteriores veces que esperé en este mismo lugar, ella me sonrió de la misma manera. No lo sé, si fuera así me hubiera dado cuenta. O tal vez no, ya que últimamente me cuesta mucho distinguir las expresiones de las caras que observo. Todas me parecen caretas que esconden realidades ocultas y de las cuales se avergüenzan sus hipócritas propietarios. A diferencia de ellos, yo no me escondo detrás de ninguna careta y es por ello por lo que se me castiga, sometiéndome a estúpidos test de evaluación. Cómo si fuera posible encasillarme con artificiales clichés que para nada me definen como persona.

Por fin la secretaria se digna a dirigirme la palabra y me hace pasar a la consulta, no sin antes dedicarme la más gélida sonrisa de su amplio repertorio de muecas hechas a medida. Siguiendo el guión preestablecido de esta nefasta función, que empezó en el momento que consentí hacerme aquellas malditas pruebas, entro predispuesto a fingir una indiferencia que deje a las claras mi no sometimiento a sus engañosos argumentos médicos.

Ya estoy dentro de la consulta y el doctor me recibe de manera afectuosa, pero un tanto fría, interpretando el papel de una supuesta superioridad moral que se le supone en esta bufonada de la que soy triste protagonista.

Tomo asiento y espero a que él haga lo propio frente a mí. A pesar de que solo nos separa una mesa al uno del otro, todo en él me parece de otro mundo. Sus gestos, su aséptico lenguaje y su inquisitiva mirada son como una cordillera de altas montañas que separan dos continentes de naturalezas antagónicas, uno habitado por conceptos abstractos que no entiendo y el otro lleno de misterios que solo yo conozco.

Cuanto más escucho al doctor hablar, más lejano lo siento, hasta el punto de temer que dentro de poco la distancia sea tan grande, que no seré capaz siquiera de oírlo. Asiento con la cabeza y espero a que acabe su eterno monólogo ininteligible. Por un momento se obra el milagro y calla. El silencio me sirve de bálsamo, pero solo por un instante. Comienza de nuevo esa jerga médica y su fingida seguridad facultativa. La verdad es que solo quiero salir cuanto antes de aquí, lo demás es secundario en estos momentos. Me pregunto si es de mí de quien habla o si todo esta verborrea es solo un pretexto para evitar un incomodo silencio antes de ir a lo que realmente importa en esta farsa, a saber, mi degradación como persona. Si, no cabe duda, toda esta pantomima estaba preparada incluso mucho antes de que entrara por primera vez en esta consulta médica, que por cierto, se parece más al atrecho barato de un teatro de cuarta fila.

Por el tono trágico, aunque yo diría más bien tragicómico, que adquiere la voz del doctor, intuyo que llegamos al momento culmen de la obra. Escucho sin mucho interés su veredicto, pero para mí solo es una palabra que resuena en mis oídos y que por el momento carece de significado. Solo se trata de más terminología médica que busca dar sentido al por qué de mi conducta y al por qué de mis pensamientos, como si fuera posible clasificarme cual un insecto lo es por un entomólogo. Siento defraudaros, pero no soy ningún bicho raro, sigo siendo una persona, a pesar de vuestros intentos por separarme de vuestra normalidad. Sé que no me queréis a vuestro lado. ¿Tanto os molesta que no sea como vosotros? Necesitáis escudaros detrás de términos científicos para legitimar vuestro desprecio, para descartarme de vuestra sociedad de cuerdos. Ah claro, así os resultará todo más cómodo. Ya nadie tendrá que sentirse mal por darme la espalda, solo tendrán que recordar mi condición de enfermo irrecuperable para la sociedad para que sus conciencias queden apaciguadas. Sois todos unos hipócritas y tú, doctor, eres su lacayo.

Salgo de la consulta y camino cabizbajo por las abarrotadas calles, me siento humillado y denigrado. Un triste secreto que se escondía en mi interior ha sido revelado al mundo, para el cual yo nunca seré el mismo. El terrible peso de aquella palabra emitida por el doctor me lastra mi camino de vuelta a casa. Desde aquí ya puedo ver la silueta de mi edificio, eso me tranquiliza. Ya falta poco para sentirme seguro en mi guarida, al resguardo de todas estas inquisitivas miradas que me taladran el alma.

Entro en mi casa y me abalanzo angustiado hacía la estantería donde reposa una enciclopedia que lleva años dormitando. La cantidad de polvo acumulada en sus tapas es un fiel reflejo de su prolongado letargo. Cojo el tomo correspondiente a las palabras que comienza por la letra E, como la palabra esperanza que ahora paradójicamente comienza a repudiarme. Comienzo la búsqueda de aquel término médico que el doctor dijo con un semblante tan serio que casi me hiela la sangre, a pesar de mis intentos por ningunearle con mi aparente indiferencia. Mis dedos parecen no tener la soltura habitual, es como si mi cerebro los frenera temeroso de la realidad que me revelará la definición de aquel término que ahora es una parte indeleble de mí. Por fin lo encuentro. Es curioso, pensar que de todas las miles de palabras que inundan las hojas de esta enciclopedia, solo una es la que me definirá para la sociedad. Si, solo una palabra. No la palabra hombre, ni hijo, ni hermano o ni tan siquiera humano, ni cualquier otra que pueda definir a una persona. La palabra que el destino me tenía reservada para el futuro, y que ahora ya se ha vuelto realidad, no es otra que Esquizofrénico. Qué extraña palabra es esta para definir a una persona. ¿Acaso escogéis estos términos para humillar aún más a vuestras desdichadas victimas? Sabed, miserables, que yo no me arredro ante nada ni ante nadie, así que ya lo sabéis, no lograreis que mi espíritu se quiebre, ni que repudie mis pensamientos solo porque no comprendáis nada que se salga de vuestra ciega normalidad.

Leo de manera atropellada el significado de esa artificial palabra, la cual, según me dijo el doctor, me acompañará durante el resto de mi vida:

Esquizofrénico: Persona que padece Esquizofrenia.

Esquizofrenia: Palabra de origen griego que significa mente dividida. Dícese del trastorno mental crónico caracterizado por conductas que resultan anómalas para la comunidad….

Mente dividida, conducta anómala... Acaso no están divididas las mentes de todas las personas. Cómo explicar sino que los sentimientos, los sueños, la lógica, la melancolía, la furia, la tristeza, etc., se alberguen en nuestra mente. Solo se puede entender si la mente está dividida en múltiples compartimentos, los cuales contienen la esencia misma de las personas. Si la mente fuera un solo ente, no dividido, las diferentes partes del cerebro no estarían especializadas en funciones concretas. Eso lo sabe cualquier alumno de primero de medicina. Como creer en una enfermedad cuya etimología lleva implícita tan burda mentira.  

Sí, claro, ahora lo comprendo. Toda esta campaña contra mi persona forma parte de un plan mucho más ambicioso. Toda esta farsa de doctores y jerga científica ininteligible, Solo busca la imposición hegemónica de un tipo de individuos en la sociedad. El tipo de personas cuyos pensamientos no supongan un trastorno en vuestras ordenadas y pusilánimes vidas. El miedo es lo que os lleva a defenderos de las personas como yo. Personas que no renunciamos a la riqueza y a la variedad de naturalezas que conforman este regalo que es el cerebro humano. Pobres engreídos que pretendéis reprimir la última libertad que le queda a un hombre, que no es otra que su mente. Vuestra obsesión por controlarlo todo, os impide aceptar aquellos pensamientos que vuelan libres sin ataduras ni convencionalismos, y vuelan tan alto que teméis que puedan escapar a vuestro control. Sabed, que  a mí, nunca me atrapareis.

Esta última reflexión me ha enfurecido y alterado, ya comienzan otra vez los dolores de cabeza. Lo mejor será que me acueste, seguro que mañana buscaré una solución a todo este embrollo en el que me quieren meter.

La abundancia de luz que se cuela por la persiana me despierta y me alerta sobre la hora que es. Otra vez llegaré tarde al trabajo. Mientras me visto, pienso en una excusa que pueda inventar, pero todas las que se me ocurren suenan estúpidamente descabelladas. Me pregunto si lo ocurrido ayer me ha influido y es por ello que ninguna de estas excusas me resulta verosímil, incluso a mí, un declarado pobre loco.

Hoy tampoco desayunaré, eso es un lujo solo reservado para aquellos que respetan las horas y las normas. Aún tengo fresca en la memoria la sensación de desamparo y de soledad de aquellas palabras emitidas por el doctor, con tal frialdad, que todavía me producen escalofríos. No me ha costado mucho decidirme. No tomaré las pastillas que me recetó el doctor. No reconozco su autoridad sobre mí. Solo yo decido que es lo que me conviene.

Camino por la calle y me siento seguro de mi mismo, soy la némesis de quien era ayer. No me importa que no me consideréis uno de los vuestros, ya no os necesito. Solo sois una rémora para mi espíritu intrépido. Desde la altura de mis pensamientos os veo como pequeños seres asustados de vuestro potencial, yo  en cambio he transcendido a otro estadio evolutivo de la conciencia. Estoy por encima de vuestros convencionalismos y de vuestras conveniencias, soy un espíritu que va por libre.

Animado por estos pensamientos, que son toda una declaración de principios, siento renacer dentro de mí una seguridad rayana en la euforia. Ahora sí, siento que todo comienza a fluir según una lógica y un propósito. Debo estar alerta y no dejar que me arrastren por el barro de la ignominia. No, ya solo seguiré las normas que mi genuina conciencia me dicte. 

Me encamino hacia la estación del metro. Después del último incidente que tuve con mi coche, me han retirado el permiso de conducir. No cabe duda de que aquello fue la primera acción encaminada a desprestigiarme, por más que insistí en que la culpa fue de aquel hombre que se abalanzó hacía mi coche. Para no chocar con él, me empotré contra una marquesina de autobuses, que gracias adiós a esas horas estaba vacía. La policía me dijo que no había tal hombre, que era una excusa que me había inventado. Si lo hubieran buscado por los alrededores con mayor ímpetu, sin duda que le hubieran dado caza ¿Cuántas personas vestidas con una gran túnica negra puede haber en esta ciudad? No sé, yo diría que pocas, o tal vez solo esa. Por supuesto yo insistí en lo que vi, pero lejos de creerme me hicieron toda clase de pruebas de alcohol y drogas. Todas dieron negativo, pero me retiraron el carné igualmente. Estoy seguro que alguien más vio a aquella inusual persona,  es solo cuestión de tiempo que la verdad salga a la luz.

Sentado en este vagón del metro me siento secuestrado por una realidad que se me muestra terrible, deshumanizada diría yo. Más que rodeado por personas, me siento rodeado por clones, que parecieran únicamente haber adquirido el aspecto exterior de sus originales. Por más que observo sus ojos, no atisbo el más mínimo signo de humanidad, como si no hubiera vida interior en ellos. Gracias a dios yo no soy como ellos y nunca lo seré, nunca permitiré que me conviertan en otro ser que mira sin ver y oye sin escuchar. Tal vez debería de sentir lástima por estos desgraciados. Sin duda ellos en algún momento de su pasado fueron libres como lo soy yo, pero eligieron dejar de ser ellos mismos y ahora ni tan siquiera perciben las consecuencias de aquella mala elección. Somos lo que elegimos ser y eso no tiene vuelta atrás. Si  esta es la normalidad que debo seguir para que me aceptéis, mejor seguir solo mi camino.

De repente, todos estos clones me miran y se sonríen unos a otros. Son humanos después de todo. Ah vaya, ya lo he vuelto hacer. De nuevo he reflexionado en voz alta. Otra vez siento que soy el hazmerreir de la humanidad. Por qué me empeño en darles la razón. Ellos son los enfermos, no yo.

Indignado, decido bajarme en la siguiente estación, a pesar de que queda muy lejos de mi trabajo. Oigo risitas a mi paso. No me importa, solo merecéis mi compasión.

Me abro camino entre esta marabunta de clones. Me pregunto si alguien más se siente como yo, una isla en un océano de incomprensión. Da igual, sigo caminando con paso decido y resuelto a encauzar mi vida al lugar que yo elija.

Desde donde estoy comienzo a ver recortarse en la lejanía el perfil del edificio de oficinas donde trabajo desde hace más de 10 años. Solo en mi trabajo es donde logro achicar de mi mente los pensamientos negativos y la sensación de angustia que me produce el saberme diferente al resto. Allí es dónde espero refugiarme de esta tormenta que ha estallado súbitamente en mi vida.

Por fin estoy en la entrada del edificio. El agente de seguridad me da el alto y me pide que me identifique. Sin ni siquiera comprobar mi DNI me reconoce. Dice algo que apenas escucho. Le pido que repita lo que ha dicho:

 

  • Te he dicho un millón de veces que no trabajas aquí, chalado. Vete de aquí o te meterás en un serio problema.

 

Protesto enérgicamente. No sirve de nada. Prácticamente me echa a patadas de allí. Me siento desolado. Nunca pensé que llegarán tan lejos. Me han desterrado de mi propia vida.

Sin saber muy que hacer, deambulo por las calles aledañas y pienso en lo que ha pasado. El complot contra mi persona ha cerrado el círculo. Solo si me someto a su voluntad me permitirán ser un ciudadano más. Mientras tanto solo seré un paria, un apestado. Por primera vez en las últimas horas, siento que el miedo y la duda se apoderan de mí. Tal vez fuera mejor aceptar su cura, poner en sus manos mi presente y mi futuro. Pero no seré yo, seré otro clon hecho a su imagen y semejanza. No, nunca. Prefiero vivir una vida de soledad, que dejarme arrastrar a vuestra sociedad hipócrita de cuerdos. Decido volver a mi guarida, allí al menos no os veo, ni me veis.

Vuelvo a la estación del metro en la que hace apenas una hora me apeé. Espero a que llegue el tren. Mi ánimo está bajo mínimos, como lo está mi cordura según dicen. Paseo por el andén para calmar mis nervios, pero estos parecen decididos a no dejarme ni a sol ni a sombra. Miro al otro lado del andén y observo a las personas, que al igual que yo esperan a que su tren llegue. Todas me parecen iguales, salvó aquella que acaba de bajar las escaleras que dan acceso al andén. No puede ser, dios mío. Es el hombre de la larga túnica negra que provocó mi accidente.  Me pregunto por qué no ha cambiado de indumentaria, acaso no le importa que le reconozca.

De repente, una idea genial cruza mi mente. Si atrapo a ese malnacido y lo llevo ante la policía, confesará lo que pasó aquella noche. De esa manera podré recuperar la credibilidad perdida y finalmente no les quedará más remedio que aceptarme y reconocer su error. Por supuesto, no soy una persona rencorosa. Aceptaré sus disculpas.

Siento renacer en mi interior la ilusión, y otra vez vuelvo estar eufórico. Si el plan me sale bien, no sólo recuperaré mi credibilidad, sino que recuperaré su respeto.

Debo acceder al otro andén lo antes posible y atraparlo. Si sube a su tren es probable que nunca más lo vea. Sin miedo a lo que me pueda pasar, decido pasar directamente por las vías del metro, es lo más rápido. Salto y caigo en la empedrada superficie que separa las vías. Una mujer comienza a chillar al verme arrojarme a las vías. Maldita sea, va arruinar todo mi plan. Sigo adelante, sin detenerme a mirar al lugar de donde proceden los chillidos, pero ya es demasiado tarde. El hombre de la larga túnica negra se ha percatado de mi presencia y parece más divertido que asustado. Me mira y me sonríe con una burlona socarronería. De qué demonios se ríe, es todo culpa suya. Dentro de poco seré yo el que se ría. Me dispongo a avanzar hacia él, pero algo impide que me mueva. No puede ser, el pie se ha quedado atrapado en la vía. Empiezo a percatarme de la gravedad de la situación. El miedo comienza a apoderarse de mí. Finalmente logro liberar al pie de su metálica e inesperada prisión y retomo mi misión de acceder al andén y atrapar a ese esperpento que parece burlarse de mí. Subo un pie en la vía para impulsarme hasta el andén. Una vibración sube de la vía por todo mi cuerpo, un tren está a punto de  llegar. Veo una luz emerger de la siniestra oscuridad del túnel, debo de darme prisa. Voy a dar el último paso, pero no consigo impulsarme con suficiente fuerza. Ya puedo ver el tren. Ahora yo también chillo de miedo. Le pido al hombre de la larga túnica que me ayude. Me mira y se ríe a carcajadas-ahora sí que las has fastidiado chaval- me dice con total indiferencia. Miro nuevamente hacia el tren, con la esperanza de que se haya desvanecido por arte de magia, pero la magia no existe, no es más que pura ilusión. Súbitamente siento que mi cuerpo se libera de su peso y que se proyecta hacia arriba, como un alma que se libera de su corpórea cárcel. Abro los ojos, y veo una multitud de ojos que me miran y me interrogan, sin apenas dejarme espacio para ver algo que me dé una pista de dónde estoy. Las voces que escucho son sin duda de este mundo, por lo que deduzco que el destino no me ha alcanzado todavía. Me cuentan que he estado a punto de morir  atropellado y que si no fuera por dos hombres que me cogieron por los brazos hasta subirme al andén, ahora sería un fiambre hecho picadillo. Me levanto y pregunto si alguien vio aquel hombre de la larga túnica negra. Nadie sabe de qué estoy hablando. Insisto una y otra vez.

Ya solo se oye mi voz en el andén:

  • ¿Alguien ha visto al hombre de la túnica negra?
  • Y usted ¿Ha visto al hombre de la túnica negra?
  • No. ¿Nadie?
  • Alguien tiene que haberlo visto. Malditos seáis todos.

 

 

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