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7 min
Mi feliz hogar
Reflexiones |
13.08.15
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Sinopsis

No me gustan las sinopsis, pero si no pongo algo, sé que ni lo vais a abrir, sinceramente solo me gustaría compartir este relato filopsicológico y ayudaros a entender mi particular visión.

Luces, ruido, gente… y de repente nada, un gran silencio, nada ni nadie alteraba esa situación, en segundos, todo había desaparecido. Solo a lo lejos se veía parpadeante, debido al mosaico de estructuras dibujadas en la distancia, la luz de lo que parecía ser un tren, uno más que como la vida o el tiempo se esfumaba entre apacible, pero densa niebla. A veces cuesta darse cuenta de quien tenemos al lado, suena a tópico, pero no siempre la gente es lo que parece, todo cambia con unas palabras, gente que no estaba aparece y gente que estaba o parecía estarlo desaparece o se esfuma como aquel lejano tren. Así me sentía yo, otra vez, como de costumbre mirando a la lejanía, esperando que algo ocurriese, que un chasquido en mi mente me despertase de lo que esperaba fuese un sueño, una pesadilla. Me presento, soy… llamémosle “X”, un joven más, que en lo único que se diferencia del resto es en la necesidad latente de tener que exponer mi particular visión de este “Mundo”, y es que mi situación empeoraba poco a poco, tratado como un despojo por quienes no me conocían, que últimamente parecían ir en aumento, y dando pena a aquellos en los que siempre me había apoyado, aquellos quiénes hoy me miran con la tristeza propia de alguien que ha perdido a un amigo o que lo está perdiendo. Suena triste, dramático pero es así poco a poco había ido desapareciendo en mi cara, esa sonrisa que siempre me había caracterizado, la vida es difícil y cuesta aguantarla en muchos momentos; hoy hablo desde el recuerdo, el recuerdo que me situaba en ese momento tan cruel que marcaría un antes y un después en mi “vida”. Desde pequeño siempre había querido ser médico, bombero, policía o incluso psicólogo, eso dice mucho de mi personalidad basada en el resto, forjada en la solidaridad personal y desinteresada, pero en este mundo de locos cuanto más das menos se recibe, y no hablo ni de dinero ni nada, ya he dicho que mi posición natural siempre había sido desinteresada, hablo de simples palabras de agradecimiento o de simples actos. Suena duro, y no hace falta explicar esa situación que a todos nos ha pasado, encerrados en casa, volumen alto, sonando una y otra vez la misma canción melancólica, queriendo gritar pero sin hacerlo, o sin poder hacerlo; esto podría ser el resumen de cualquier momento triste en la vida de alguien. Yo era como el resto, amigos, deporte, pareja… superficialmente todo era perfecto, y es que de superficialidades vivimos, si aparentas algo, en este mundo de mierda, vale más que si lo eres de verdad pero lo ocultas. Todo es muy fácil cuando sonríes, quedas con amigos, te echas unas cervezas, y vuelves a casa con ese particular mareo que no es más que una distorsión animada de lo que realmente es tu vida. Dicen que el único momento cuando se está completamente en calma, es justo al despertarte, cuando nada ni nadie está presente en tu mente, dicen que es el único momento en el cual el cerebro está en blanco y por tanto hay felicidad plena. Desde que me enteré he intentado aprovechar ese momento lo máximo posible, pero como era obvio, la mente está en blanco, no es hasta segundos más tarde cuando te das cuenta de que ya ha pasado, de que los problemas vuelven, de que  esto no es un sueño y que vuelves a estar en la misma situación en la que estas todos los días al despertarte. Pero volvamos a lo principal, como contaba mi vida era “perfecta” exceptuando esos momentos filosóficos o emocionales que todos tenemos, puntualidades de una vida llena de ajetreo y en la cual salvo en excepciones no tenía tiempo ni para pensar. La fórmula de la felicidad es fácil, llena tu vida de mierda superficial, y no tendrás tiempo para preocuparte en las cosas de verdad, y por lo tanto serás feliz, ese es hoy en día mi punto de vista. Pero de repente todo cambió, el chaval perfecto, se vio acorralado por un cúmulo de situaciones que le hicieron, o mejor dicho, me hicieron darme cuenta de lo que realmente es vivir; otros hablarían de un desamor, problemas con los amigos, estudios etc. pero en mi caso es algo más triste, hablo de la muerte, la muerte a la que hoy en día y desde MI experiencia no le temo. No le temo para mi persona, pero es que obviamente, la vida no te lo va  a poner tan fácil. Semanas después de mi gran éxito deportivo, del comienzo del verano, y de demás hechos que a cualquier otra persona e incluso a mí le habrían alegrado el día, ahí estaba yo, aguantando junto a 5 personas más, el féretro del que hasta entonces, había sido mi mejor amigo. Cuesta imaginarse la muerte de algún ser cercano, de algún amigo, familiar, etc. Pero más cuesta imaginársela si tienes 17 años, y por primera vez, sientes el tacto frío y sin vida de alguien que acaba de morir. Podría achacar su muerte a muchas cosas, la fiesta, la droga, el alcohol… Pero realmente... ¿por qué había muerto él y no cualquiera de los otros 12 que estábamos ahí? “celebrando” otra noche más sin preocupaciones. Mi cabeza daba vueltas, me sentía mareado, como ya venía siendo costumbre desde ese día, sentía que me caía mientras el sacerdote seguía recitando ajeno a todo, aquellas palabras que solo servían para intentar consolar a quienes no querían creer en la muerte total. Pero ya está todo había acabado, con la delicadeza y cuidado incomprensible, pues mi amigo ya estaba muerto y el féretro se iba a enterrar para siempre, dejamos el féretro en su lugar. Abandoné el lugar, no debía nada  a nadie y pasaba de estar escuchando los lamentos de la gente que de poco podían servir en ese momento. Siempre he sido un poco frío para este tipo de cosas, así que me aparte, cogí un poco de tabaco y delicada y sutilmente me lie un cigarro. Mientras echaba el humo, fijaba mi mirada en otra ceremonia cercana, en aquel niño que a diferencia del resto, se mantenía fuerte, sin llorar. Posiblemente aún no sabía lo que significaba la muerte, para eso se requiere una cierta madurez, que difícilmente se podría encontrar en un niño de 6 o 7 años. Frustrado debido a la impotencia, le di la última calada al cigarro y me alejé, ya estaban en los últimos compases de la ceremonia, así que con un gesto de pésame y apoyo me despedí desde la lejanía del padre de mi amigo, quien firmemente se mantenía con dureza en frente de la lápida de su joven hijo. Un ruido me despertó, la luz del tren se acercaba y me deslumbraba, alejándome por un momento de esos recuerdos dolorosos, que me habían apartado por unos instantes de la realidad, me acerqué a la vía y mirando fijamente los focos, escuchando ese traqueteo producido por una mezcla de velocidad y peso; me despedí de aquello que durante 17 años había sido mi hogar, mi “feliz” hogar.

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