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4 min
Mi héroe Gischala
Reflexiones |
20.09.15
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Sinopsis

Desde muy temprana edad supe quien había sido el emperador de Roma Nerón. La lectura de Quo Vadis en un minúsculo tomo de la simpática Editorial Pulga, regalo de un tío mío, me retrataba la figura de aquella especie de monstruo incendiario y matricida, al mismo tiempo que inquietaba -y hasta llegaba a desasosegar- mi incipiente sexualidad la imagen de una Ligia, atada totalmente desnuda sobre el lomo de un toro salvaje en la arena del anfiteatro.

  La Historia, en forma de ficción novelesca -y mayormente de historieta- entró en mi vida apenas aprendí a encadenar las sílabas del abecedario. Las andanzas anacrónicas en el tiempo y el espacio del Capitán Trueno y de El Jabato, que llegaban a aunar en una misma época a Ricardo Corazón de León con Gengis Khan, o Aníbal de Cartago con Julio César -y hasta con Atila- respectivamente, al no adolecer en el fondo de la falta de una base histórica, sirvieron para familiarizarme con unos personajes que habían poblado las páginas de la historiografía, proporcionándome un cortejo de héroes presentes en diversas épocas de mi vida, imprimiendo un carácter muy sui generis  a mi, por desgracia desordenada e incompleta, formación histórica y literaria.

   Mis héroes históricos juveniles -me resisto a dejar de llamarlos así- fueron, por este orden, Aníbal el de los elefantes -a la visión de cuyo peplum, protagonizado por Víctor Mature, obligué a mi abnegada madre a acompañarme por una cadena sucesiva de salas cinematográficas- Guillermo de La Marck -el villano de la novela Quentin Durward, de Walter Scott-  el pelirrojo y napoleónico mariscal Ney y, pertenecientes ya a épocas históricas más recientes, El Zorro del Desierto Rommel y el coronel Hessler -protagonista de la película La Batalla de las Ardenas- del que yo, en aquellos años, no podía saber que fuera el trasunto cinematográfico de Joachim Jochem Peiper, juzgado en Nuremberg como criminal de guerra -villano así entre los villanos- responsable subsidiario del asesinato de unos cientos de prisioneros norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial.

   Como suplemento de alguno de esos tebeos, se llegó a publicar en aquellos años una historieta gráfica sobre el asedio y destrucción de Jerusalén por el ejército romano, durante la rebelión de los judíos en el año 70 d. JC. En aquellas viñetas a todo color, frente a un rubicundo Tito Flavio -con pinta de teniente de marines yankis- aparecía un guerrero judío, Juan Leví de nombre, con faldellín de flecos y un enorme alfanje -probablemente anacrónico para la época- en su mano derecha.

   Recuerdo la espontánea simpatía sentida desde el primer momento por aquel héroe enfrentado al poder de las águilas de Roma - con cuyo alfanje o cimitarra yo soñaba y buscaba inútilmente por los escaparates de las jugueterías del centro- y la tristeza experimentada el día que lo vi desaparecer, en el último capítulo de la serie, entre las llamas que consumían el Templo construido por el rey Herodes.

   Sólo, tras lecturas muy posteriores, llegué a saber que, mi héroe Juan, había sido en la historia Juan Gischala, el fanático jefe de zelotes, que, en la guerra contra los romanos,  junto con el también caudillo Simón Bar Giora - y a pesar de las feroces discrepancias entre los dos jefes- había convertido Jerusalén en una teocrática dictadura del terror, donde se mataba de hambre al pueblo, y a los débiles e indecisos se les arrojaba desde las murallas. Astuto y malicioso -en contraposición al impulsivo Giora- dispuso minar, subrepticia y subterraneamente, las rampas por las que habrían de ascender las torres de asalto romanas, provocando el hundimiento del terreno y la caída de éstas cuando asediaban la muralla, retrasando por unos meses la rendición completa de la ciudad ante el empuje de las legiones romanas.

   Juan Gischala no murió entre las llamas de la Torre Antonia -como se pintaba en la historieta de mi infancia- sino en la prisión perpetua a la que fue condenado por las autoridades romanas. Menos suerte -aunque nunca se sabe, dado las condiciones carcelarias de la época- tuvo su socio a la fuerza, el jefe de sicarios Bar Giora, conducido a Roma como trofeo de guerra -al igual que la Menorah, el gran candelabro de siete brazos guardado en el Templo-  para ser inmediatamente ejecutado después del desfile de la victoria.

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