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4 min
Mi mordaza
Varios |
23.04.15
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Sinopsis

Lo que más oía a mi alrededor era que no me paraba la boca, que no podía callarme ni debajo del agua, que siempre decía lo que pensaba sin reflexionarlo antes. Me decían que tenía que callarme más a menudo. Que no todo el mundo estaba preparado para oír la verdad. No todo el mundo sabía aceptar la realidad de la misma manera. Y que me estaba quedando sola y creándome enemigos, simplemente por el hecho de decir la verdad a la cara en todo momento.

      A la vecina del quinto no le gustaba que le dijeran que tenía un bigote bastante pronunciado que tenia que depilarse. Al profesor de mi hija no le hacía mucha gracia que le dijera que tenía faltas de ortografía. Mi padre salía de mi casa enfadado cuando le decía que creer en Dios no era lo mejor para mi, ni para mi hija, y que no la iba a bautizar. Mis amigas dejaban de llamarme cuando les decía que el tio con el que estaban en ese momento era un idiota, por no decir algo más fuerte. Solo me devolvían las llamadas cuando el chico en cuestión desaparecía de sus vidas. Mi marido me miraba con cara de odio cuando le decía que la basura no levitaba hasta el contenedor o que las botellas de agua no se llenaban solas.

      Así que un día, ya harta de los comentarios de la gente, o de las malas caras o las faltas de llamadas, decidí ponerme un esparadrapo en la boca. Decidí callarme para siempre y no volver a abrir la boca, sino era para decir si.
 

   El primer día fue malísimo, mi compañera de trabajo se pasó toda la mañana con algo entre los dientes que me estaba volviendo loca. Terminé evitándola, y aislandome en mi cubículo personal. Recogí a mi hija del colegio y me fui directa a casa intentando no coincidir con nadie. Pero me encontré con mi vecina del bigote en el ascensor, mis ojos se dirigían solos hacia esos pelos negros que asomaban debajo de la nariz. Por fin llegué a mi piso y salí atropelladamente con la niña de la mano, y escupiendo un "buenos días".

     En mi casa no fue mucho más fácil, mi hija hizo esa tarde todo lo que le vino en gana, y yo con mi esparadrapo en la boca la dejaba hacer, la dejaba gritar, la dejaba salirse con la suya mientras saltaba en el sofá, mientras yo, sonreía detrás de mi mordaza.

     Los días cada día eran más fáciles, me evadía en mi mundo imaginario que me había creado donde era un hada que volaba libre por la Selva de Irati (nunca había estado allí, pero la había visto tanto en fotos, en Internet, y deseaba tanto ir que en mi cabeza tenía guardado cada rincón). Así que me iba allí cuando mi bocaza intentaba abrirse.

      Pronto empecé con dolores de cabeza, no lo soportaba, tenía una presión tal que pensaba que me iba a estallar. Con lo que me acostaba a menudo en mi cama encerrada con las persianas bajadas, algo que me aliviaba un poco porque no me encontraba con personas a las que engañar. Omitir, también es engañar, nadie podrá convencerme de lo contrario.

     Mi familia, y sobre todo mi marido, que era con el que convivía, estaban preocupados, los veía cuchichear mientras me miraban. Hablaban conmigo de forma suave sin tocar temas escabrosos, yo sonreía como siempre detrás de mi bozal, haciéndome la tonta, como si no me enterara de nada. Y por supuesto con mi cantinela del si, y mis viajes a la Selva de Irati llevada por mis alas de colores.

     Al poco tiempo de todo aquello me encontraron inerte sobre mi cama. Tenía una sonrisa en la boca y algo que les sorprendió a todos, unas protuberancias salían de mis omóplatos. La autopsia reveló que un derrame cerebral había acabado con mi vida. Pero yo sabía la verdad, mi cabeza había explotado. Ahora vivía eternamente en mi Selva de Irati, me había llevado mis alas conmigo, así que sobrevolaba feliz entre los árboles.

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