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8 min
Mi Naufragio con Carola
Humor |
10.06.21
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Sinopsis

En ocasiones nos dejamos llevar por lo que vemos a simple vista y no vemos su verdadero valor.

                                           

                                            MI NAUFRAGIO CON CAROLA

Cuando estudiaba en el Instituto estaba enamorado de una chica preciosa. Era morena de rostro perfecto, simpática y lindo cuerpo. La veía y era como ver a un ángel sin ala. Hasta su nombre era hermoso, pero para ella, era invisible. A ella le gustaba otro chico. Sin embargo, Carola estaba enamorada de mí. No sé por qué siempre he tenido la mala suerte que no lo que no me gusta, tengo que aceptarlo. Cuando era pequeño no me gustaban los vegetales, pues mi madre me obligaba a comerlos. No me gustaba la escuela, pues me obligan a ir. No me gustaba visitar las casas donde no hubiera niños y ahí era donde mis padres me llevaban a visitar. Me gustaba ver películas mayores de 18 años y no me dejaban entrar, en fin, todo lo contrario a mi gusto.

Trataba de ser invisible para Carola, pero era imposible. Sin que ella se diera cuenta la observaba y no sabía si estaba de lado o de frente porque no tenía nada de nada. Era como si cuando asistía al Instituto dejaba el trasero y los senos en la casa. Luego se maquillaba exageradamente. Eso sí, la chica era muy inteligente, cinéfila, lectora compulsiva y muy entusiasta.

Cierto día un amigo, cuyo padre tenía buena posición económica, me invitó a dar un paseo en el yate de su padre. Quedamos en que cada uno llevara su comida y él ponía las cervezas y refrescos.

Llevé una bolsa con bocadillos, pizzas y otros panecillos porque íbamos a estar todo el día. Cuando llegué  observé en cubierta a tres compañeros del Instituto, entre ellos, Carola y dos que no conocía.

Caminé por la cubierta más de veinte kilómetros tratando de distanciarme de Carola, pero cada vez que miraba para atrás, ahí estaba ella.

Comenzaron a bailar y Carola me pedía bailar con ella y le decía que me dolía un juanete. Lo dije porque lo escuchaba decir a mi tío Pancracio.

A pesar de mi estado, el día se estaba portando bien. Pronto íbamos a comer, a conversar y conocernos mejor. De pronto todo se puso negro. Estábamos muy lejos de la costa, tanto que no se veía, pero mi amigo decidió dar la vuelta y tratar infructuosamente de esquivar la tormenta. Rayos, fuertes lluvias y una oscuridad absoluta en medio de inmensas olas y vientos huracanados nos hacía temer lo peor.

Todos bajaron a los camarotes en el interior del yate, pero tenía miedo que se hundiera y quedara atrapado. Me fui a la proa y me agarré fuerte a una cuerda que salía de la cornamusa al mástil. Sentí unas manos que me rodeaban la cintura y una voz detrás de mí diciéndome que aquello se parecía al Titanic y nosotros dos como  Leonardo DiCaprio y Keyt Uinslet. Le hice saber que aquello no era el Titanic, que no habíamos chocado con un iceber y que tampoco ella era Keyt Uinsle ni yo Leonardo DiCaprio. En ese momento una gran ola nos “barrió” de cubierta.

Cuando desperté, vi el cuerpo de una mujer en la arena. Pensé que los peces le habían comido el rostro, pero no, era Carlota que no tenía rastro de maquillaje. Estaba bien, pero al parecer dormida. La arrastré hasta ponerla debajo de una pequeña palmera. Me dirigí hacia el Este para saber si estábamos en tierra firme o en un islote. Al bordear un saliente rocoso me encontré con el rostro de Carlota y por poco me da un infarto. Había salido en mi búsqueda pero en dirección Oeste.

Estábamos en un islote y Carlota se puso contenta.

– Alberto estamos como en la película Náufrago por Tom Hanks, pero mejor porque somos dos. ¡Qué maravilla, que ilusión!

– ¿No te das cuenta de la situación en que estamos? No hay alimentos, no hay agua, no hay nada.

– Creo que mejor estamos como en la película La Isla Azul. ¿Y si es esta la Isla del Tesoro de Robert Louis Stevenson?

– Carola, por favor, no tenemos agua ni alimentos.

– Hay cocos, hay pájaros, hay lagartos y peces

– Los cocos están muy altos y los peces están en el mar y lo demás no los comeré.

Carola fue para la playa y al poco tiempo regresó con varias conchas de distintas formas y tamaños y algunos caracoles Reina o Cobos como se conocen. Mientras estaba sentado en la arena mirando al horizonte para ver si avistaba alguna embarcación, Carola, armada de una piedra trabajaba con las conchas. Después se introdujo en el islote y con una de las conchas afiladas logró cortar una larga vara y le ató, con bejucos una concha en un extremo.

– ¡Mira! –Con la vara comenzó a tumbar cocos mientras cantaba una canción– Un poco Loca, ¿No querías agua? Ahí tienes y masa de coco. ¡Que el cielo no es azul, hay mi  amor, ay mi amor! ¡Que es rojo dices tú, ay mi amor, ay mi amor! ¡Estamos en el Paraíso! Ves todo al revés, ¡Ay mi amor! ¡Ay mi amor!

Por primera vez, sonreí.

Al siguiente día la vi sentada en la arena mirando para el mar. Pensé que quizás se estaba percatando de la situación. De improviso se incorporó cogió unos cuantos cocos vacíos y los taponeó con  madera los puso en una especie de malla confeccionada con bejucos y se lanzó al mar. Pensé que el Sol la había trastornado. Veía como se zambullía y salía a la superficie hasta que comenzó a nadar hacia la orilla.

– ¿Qué hacías?

– Descubrí que ahí hay un ojo de agua dulce y llené los cocos. ¡Ay mi amor, ay mi amor! ¿Sabes una cosa? Ahí deben venir manatíes.

– Carola, es imposible capturar uno. Esos animales pesan alrededor de 500 kilogramos y su piel puede tener un grueso de cinco centímetros. Además, me da pena. Dicen que parecen una mujer.

Hicimos una gran jaula y la situamos en el ojo de agua. Era una jaula trampa. Si entraba no podía salir y una cuerda atada a dos botellas vacías encontradas en la playa servía de alarma por si algún manatí entraba. Al cabo de cuatro o cinco días, capturamos uno. No fue fácil arrastrar la jaula hasta la orilla. Suerte que ese animal es inofensivo y lo sacrificamos donde el agua nos daba a mitad de pierna. Ella se encargó de arreglarlo y poner la carne a secar al Sol. Estuve alrededor de quince días que no lo probé, hasta que no pude aguantar al ver a Carola como me daba envidia comiéndolo.

Como no teníamos fuego, limpiamos la piel del manatí y nos protegíamos con ella.

Después de cuatro meses logramos hacer fuego con los rayos del Sol y una botella.

Había pasado mucho tiempo. Carola, hacía las marcas en un madero y según ella, hacía 1053 día que estábamos en el islote. Después de contar las rayas vimos una embarcación que se dirigía al cayo. ¡Nos habían encontrado!

Cogí de las manos  los dos niños y Carola llevó en brazo al de un mes. Mientras la embarcación de rescate se alejaba del cayo, se me salían las lágrimas. ¡Había aprendido tanto! Carola me había enseñado mucho con su optimismo, su voluntad, su alegría y me había impactado la belleza de su alma. Ahora, para mí, era la mujer mas bella del Mudo. Me hubiera quedado allí, pero al recordar los dos bebés que perdió Carola, pensé que le tenía que dar protección a mis hijos.

El padre de mi amigo nos compró una casa y nos dio trabajo. Hoy vivo feliz con Carola y mis ocho hijos.

 

                                                               FIN

 

 

 

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Obrero del transporte vinculado a la literatura a través de obras escritas de teatro para colectivos obreros. Ha escrito tres libros: "Amor entre Azahares", Cuentos y Poesías de Celestino y La Sangre que Regresa (titulo anterior: El Leon Rojo Memorias de un Combatiente) .Actualmente está jubilado.

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