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21 min
Mi nombre es Clyde
Humor |
23.11.14
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Sinopsis

De cómo el matrimonio Recuero Gutiérrez consiguió llamar a su hijo, Clyde, en la España franquista de 1972.

I

Las diez campanadas de una iglesia cercana sirvieron a don Alfredo para comprobar la hora en su reloj. Las diez en punto de una mañana fresca; de aire limpio, agradable de respirar. Sería un día de contenida luminosidad, pues el cielo azul presentaba la compañía de pequeños bancos de nubes, separados unos de otros y no muy numerosos, pero en cantidad suficiente como para restarle brillo al día. Andando, llegó hasta el final de la calle Vasco, giró a la derecha y enfiló la larga Avenida de Logroño, que poco a poco iba llenándose de tráfico y transeúntes. Frente al escaparate de una tienda de gabardinas, propiedad suya y de su hermano, se detuvo a esperar la llegada de su esposa. Casi en el acto la pudo ver, a cierta distancia y por la misma acera, dirigiéndose hacia él. Caminaba con cierta dificultad. Tres días antes había sido madre y tras un parto difícil, su cuerpo aún se hallaba dolorido y cansado. Aún así, no quería que su marido fuera solo al Registro Civil para inscribir el nombre de su hijo en el libro de familia. Tenía sus motivos.

En menos de un minuto, se hallaron uno frente a otro.

—Veo, que eres tozuda, mujer —le dijo Don Alfredo a modo de frio saludo.

—¡Mira quién habla! —respondió la mujer— con la que está preparando y todavía tiene el valor de llamarme tozuda.

—Dijiste que llegarías a las diez. Son las diez y diez.

—¡Alfredo! —contestó doña Rita —¡No me provoques! Voy a ir contigo de todas, todas.

Don Alfredo había organizado bien el día. A las ocho en punto de la mañana, en su despacho, departía con su secretaria los asuntos principales de la jornada y cuando una hora más tarde, se disponía a ir al Juzgado de Paz número dos de la calle Llamaquique, una llamada telefónica de su mujer lo importunó. Doña Rita quería acompañarle al Juzgado, pero tendría que esperar hasta las diez por lo menos. Era un hombre de planes, de orden, de resolución; indisolublemente unido a su agenda, la improvisación podía llegar a sacarle de quicio; el hecho de que fuera su mujer quien rompiera su rígida estructura organizativa, suavizó su malestar. Aprovecharía la hora muerta para dar un breve paseo matutino por las calles del centro de la ciudad, cercanas a su negocio en la Avenida de Logroño.

Caminaron en silencio por la acera, uno al lado del otro, hasta llegar a la parada de taxis situada en un cruce con la Avenida de Castor y allí cogieron un taxi. Doña Rita entró primero, ayudada por don Alfredo y éste, a continuación, lo hizo por la otra puerta, la que quedaba detrás del conductor.

—A los Juzgados, por favor —le dijo al taxista reconociendo don Alfredo, en su propia voz, cierta ansiedad.

El taxista comprobó por el retrovisor que podía incorporarse al tráfico y en cuanto se aseguró de ello, lo hizo y tomó la dirección encomendada.

 

II

Y así se inició la historia de cómo don Alfredo Recuero Almón y doña Rita Gutiérrez Valor se personaron en el Registro Civil de los Juzgados de Paz de la ciudad de Poniente, con la insensata idea nacida en la mente de don Alfredo, de inscribir en el libro de familia a su vástago recién nacido con el nombre de Clyde.

Esto, en el año 2014, parece un hecho absurdo y trivial. Cierto. Pero el caso es que los acontecimientos aquí narrados, se remontan a la España, españolísima, de 1972.

Para quien no lo sepa, 1972 fue el año en que Paquito Fernández Ochoa ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de invierno, disputados en Saporo (Japón) en la categoría reina, el eslalon especial; José Legrá ganó el campeonato europeo de boxeo a un púgil inglés de británico e impronunciable nombre; el periodista y escritor José María Carrascal ganó el premio Nadal con su novela Grrovy y el cardenal Vicente Enrique y Tarancón fue elegido presidente de la Conferencia Episcopal. Los Módulos, con su canción, No quiero pensar en ese amor, Mari, Mari, Mari, triunfaban en las listas de éxitos del país y miles de españoles cruzaban la frontera francesa para ver a Marlon Brando y María Schneider en El Último Tango en París en Perpiñán. El régimen del general Franco, muy a su pesar, agonizaba dividido entre los continuistas y los aperturistas e intensas luchas por el poder se desataban en los putrefactos intestinos de un gobierno fascista y represor. Al ciudadano, como siempre, se le ocultaban las partes más interesantes y sabrosas de esta guerra civil entre facciones de un mismo bando. Bastante tenían los jóvenes con correr delante de los grises, los sindicalistas con esconderse en pisos francos, los trabajadores con bregar con sus patronos en un mundo que ya olía la crisis del petróleo del 73 y la gente corriente y moliente, que no había conocido otra cosa que la dictadura, con prepararse para los cambios que inevitablemente estaban por llegar.

Los Recuero Gutiérrez, así le gustaba a doña Rita ser reconocidos como matrimonio, vivían bien, no les faltaba dinero y eran miembros queridos y respetados en su comunidad.

Doña Rita era quince años más joven que su esposo, treinta y cuatro primaveras la contemplaban en 1972. Hija única de una acomodada familia de derechas y criada en los valores más tradicionales del catolicismo, era una mujer exigente que tardó en desposarse hasta encontrar al que ella consideró como un hombre adecuado. Una cualidad destacó siempre en ella. A pesar de haber recibido una esmerada y cuidada educación para ser una mujer de su marido, que en la época era poco más que ser un cero a la izquierda, doña Rita siempre supo escuchar a su corazón; no sólo era capaz de escucharlo, sino también de sacar provecho de los dictados del mismo. De ahí que fuera capaz de enfrentarse con éxito a la voluntad de sus padres por casarla, en su rancio pensamiento, con pretendientes presuntamente serios. Guiada por su instinto, con la misma celeridad que se presentaban, doña Rita los despachaba. Hasta que conoció al hombre que habría de ser su marido.

Don Alfredo se dedicaba a la venta de gabardinas. Él se ocupaba de los asuntos relacionados con la administración y las finanzas del negocio familiar en una oficina situada en la planta superior del establecimiento mientras que su hermano se encargaba de la parte comercial. No lo tuvo fácil en la vida don Alfredo. Hubo de pelear mucho por todo aquello que se propusiera, pues su talento para el discernimiento de lo cotidiano era limitado. Sin embargo, era terco como una mula, trabajador y constante, lo que hacía que la musa le alcanzara siempre laborando, cosa que solía reportarle beneficios en cualquier empresa  que llevara a cabo. Su tendencia a la obcecación, especialmente cuando se ponía nervioso, le había procurado algún que otro dislate, pero así como el corazón de su esposa ejercía de faro en decisiones difíciles, el suyo funcionaba como un motor capaz de elevarle por encima de todas las dificultades. Esa fuerza interior, fue la que conquistó a doña Rita.

En el segundo año de casados, ella sufrió un aborto espontáneo y el médico, profesión ésta acostumbrada a ponerse en lo peor con demasiada frecuencia, les lanzó una profecía malvada. Nunca serían padres. Por supuesto, ninguno de los dos hizo caso alguno al clarividente galeno y tras recobrarse doña Rita físicamente, volvieron a ponerse a ello con más ganas si cabe. Así, disciplinadamente, tres días a la semana, entre las nueve y las diez de la noche, buscaban una rigurosa fecundación que les permitiera formar una familia como Dios manda.

Un año después, en una soleada mañana de primeros de junio de 1971, doña Rita vomitó todo el desayuno. Tras visita médica, doña Rita confirmó lo que ya sabía. Estaba embarazada. Para celebrar la feliz noticia, Don Alfredo quiso salir a cenar con bienventurada esposa. Él se premió con una deliciosa paletilla de cordero al horno y una botella del mejor vino de la casa, mientras que ella fue incapaz de retener en su estómago la merluza a la plancha que le habían servido.  Al salir del restaurante, viendo que llegaban a tiempo a la última sesión del cine Palladium, las 22.30 horas, y que además, les pillaba de paso, Don Alfredo que comenzaba a dar muestras ya de cierta exaltación producida por el vino, se empeñó en acercarse por allí y echar un vistazo a la cartelera. Blanca cómo el mármol, doña Rita, ni fuerzas tenía, pero vistas las empáticas cualidades de su marido, que no había parado de hablar en toda la velada, consideró un mal menor el sentarse en una butaca de cine durante un par de horas. Al menos, no tendría que soportar la amalgama de nauseabundos olores que habían bombardeado su olfato en el restaurante.

Reestrenaban en el Palladium, “Bonnie and Clyde”. A lo largo de la película, un desconocido don Alfredo, se hizo notar como nunca antes había visto su esposa, que contemplaba con asombro el descompensado estado emocional de su marido. La historia de los forajidos americanos caló profundamente en un don Alfredo que reía a mandíbula batiente en cada atraco y gritaba a la pantalla mientras aplaudía emocionado durante las persecuciones policiales.

—¡Más madera! —gritaba— ¡Apurar, hombre, que se os escapan los tortolitos!

Y se tiraba contra el respaldo del asiento, partiéndose de risa.

En las últimas escenas, cuando los protagonistas eran abatidos a tiros y sus cuerpos rodaban por el suelo, a cámara lenta, convulsionándose y retorciéndose por los impactos de las balas, don Alfredo dio un sonoro puñetazo en el apoya brazos y poniéndose en pie ante una avergonzadísima doña Rita, expuso ante un público boquiabierto un discurso absolutamente delirante.

Aquello, decía don Alfredo, no era forma de morir. Si había que juzgarlos, que se les juzgara, sin duda. Pero que él no creía en la ley del talión y no entendía como un cine, de la seriedad del Palladium, caía en semejante aberración.

—¡No me toque, asesino! —le espetó al acomodador—¡Nos vamos nosotros!¡No será usted el que me tenga que echar de este antro!

Se fueron de allí, entre mil perdones por parte de doña Rita, que juraba y perjuraba a todo aquel que la escuchara, que su marido jamás se había comportado de aquel modo.

Tras mucho pelear con él, doña Rita, consiguió calmarlo con tila y mucha paciencia. Se acostaron y a la mañana siguiente, temprano, notó como la mano de su marido la despertaba.

—Rita, despierta —le dijo

Somnolienta y aturdida, sin ser muy consciente aún de si era de día o de noche, doña Rita escuchó aterrada cómo su marido le comunicaba que había decidido llamar a su primogénito varón, Clyde. No hubo más explicaciones.  Lo peor de todo era saber con total certeza, que don Alfredo no cambiaría de opinión, así se abrieran los cielos y el mismísimo Jesucristo, arrodillado ante él, se lo suplicara ofreciéndose a padecer una nueva crucifixión.

 

III

Clyde Recuero Gutiérrez, nació un doce de febrero de 1972 en una gasolinera a catorce kilómetros de la ciudad de Poniente. El nacimiento de Clyde en un lugar tan poco recomendable para un hecho tan trascendente, se debía a una de esas obcecaciones tan habituales en don Alfredo cuando los nervios se apoderaban de él. En plena noche y desconocedor de la dirección exacta del recién inaugurado Hospital Central de Poniente, situado en las afueras de la ciudad, se resistía en detener el coche y preguntarle a alguien. Desde la lejanía vislumbraba el edificio pero no hallaba la forma de llegar a él. Como consecuencia, se perdió en un laberinto de carreteras interminables y mal asfaltadas. Con los dolores del inminente alumbramiento agudizándose por el traqueteo del coche al circular entre baches de mil formas y profundidades, doña Rita, entre alaridos, ordenó a don Alfredo que detuviese el auto y éste, duro de oído y terco hasta la médula, obedeció a regañadientes estacionando en la primera estación de servicio que salió a su paso. Don Alfredo siempre se mantuvo firme en la convicción, respecto a este suceso, de que su mujer había exagerado. La típica histeria femenina, afirmaba él, campechano como un San Luis. Un empleado de la gasolinera, asesorado por una estoica doña Rita, ejerció de comadrona con asombrosa eficacia. Todo salió a pedir de boca, exceptuando el dónde, claro. El caso es que el chiquillo apareció en este mundo  berreando a pleno pulmón y sano como un zumo de naranja recién exprimido. Así es la vida y sus milagros.

El día antes de presentarse en el Juzgado, los Recuero Gutiérrez bautizaron a su hijo como Clyde. Sin trampa ni cartón. El cura no les puso el más mínimo reparo. Tal vez,  don Ramón,  de la misma edad que don Alfredo y amigos desde la infancia, alcanzara a entender algo que a la jerarquía de la iglesia católica siempre le ha costado comprender. Que Dios, a pesar de todo, amaba a todos por igual; por encima de nacionalidades, credos, sexo o raza. Don Ramón estaba seguro que esa divina imparcialidad incluía la libertad de un padre en poder llamar a su hijo como este considerara conveniente. De nada sirvieron los intentos de doña Rita por persuadir a don Ramón para que éste convenciera a su vez a don Alfredo para que reconsiderara su postura.

—Pero, padre —le decía ella —tal y como están las cosas. Me lo van a detener acusado de Dios sabe qué. Un nombre de gánster sacado de una película. ¡Ay, Dios mío!

—El hombre —le dijo don Ramón con aire profundo y digno —ha tomado su decisión. A Dios lo que es de Dios y al hombre lo que es del hombre.

 

IV

El edificio de los Juzgados de Paz estaba construido con ladrillos marrones. Filas de ventanas, en las cuatro plantas y de extremo a extremo, le daban un aspecto de colmena, típico de las construcciones destinadas a la administración pública. La doble puerta de entrada, situada justo en el medio de la construcción, era de madera oscura y maciza.  Para llegar a ella, había que subir unas largas escaleras que obligaron a doña Rita a sujetarse fuertemente al brazo de su marido mientras ascendían sus peldaños. A varios metros del marco superior del acceso, colgaba de un mástil de pared, una solitaria y ondeante bandera española.

Una pareja de guardias civiles, uno a cada lado de la entrada, les recibió. Sus expresiones eran serias, adustas.

—¡Ay! ¡Ayúdanos, Señor! —imploró doña Rita para sí.

Avanzaron por un corredor con grandes ventanales que permitían admirar el cuidado césped del patio interior. Justo al terminar de recorrerlo, dieron de frente con la sala del Registro Civil. Un funcionario apostado tras una ventanilla les aguardaba. Habían tenido suerte, pensó doña Rita, la sala estaba desierta. Respecto al empleado público, la buena mujer intuía, por su aspecto ojeroso y con cara de pocos amigos, que no lo iba a poner fácil. A favor de ellos, jugaba la elegante presencia de don Alfredo. Alto, con unos demoledores ojos azules de mirada penetrante y concentrada. El pelo engominado y peinado hacia atrás le daba un aspecto de impoluto caballero que gustaba a la gente. Mientras que ella, de metro cincuenta más o menos y tirando a gordita ya de natural, sin embarazo que ayudase a potenciar su peso, poseía un aire de dignidad en su porte y maneras que la dotaban de un indudable atractivo. Su rostro redondo, de piel blanca y tersa y una sonrisa ciertamente adorable, también podrían servir de ayuda ante el recio guardián de lo burocrático.

—Buenos días —saludó con energía don Alfredo al funcionario.

—Hola —respondió tras cerrar el periódico y depositarlo en uno de los cajones del escritorio.

Al levantar la vista, se encontró con la sonrisa franca y amable de un don Alfredo, que comenzó a atisbar lo complicado de su misión.

—Venimos, mi esposa, aquí presente, y un servidor, a registrar el nacimiento de nuestro hijo.

—¡Ay, Dios mio! —musitó por lo bajo doña Rita.

El funcionario, sin decir ni comentar nada, se levantó del taburete y se dirigió a un armario metálico que tenía a su izquierda, como a unos tres metros y medio de distancia, más o menos. Al abrir sus endebles puertas, sonó a hojalata. Con ellas abiertas, rascándose la cabeza primero y su barba mal afeitada después, quedó en un estado de leve catatonia, como si buscara algo. Doña Rita y don Alfredo se miraron. Don Alfredo endureció el gesto ante la laxitud del hombre. Doña Rita apretó con fuerza la estampita de San Expédito, el santo de los imposibles, que llevaba en bolsillo derecho de su abrigo.

Por fin, el funcionario, volvió a la ventanilla con varios impresos en la mano. Cogió un bolígrafo.

—¿Han traído el libro de familia? —preguntó

—Claro, ¿cómo no? —respondió don Alfredo al mismo tiempo que le entregaba la libretilla de color azul.

El funcionario no levantaba la vista del escritorio.

—¿Qué nombre tiene la criatura? —preguntó con hastiado tono de voz.

—Clyde —respondió presto don Alfredo —Clyde Recuero Gutiérrez.

El funcionario, alzó la vista repentinamente. No estaba seguro de haber entendido bien.

—¿Perdón? —preguntó

—¡Ay, Dios mio! —gritó para sus adentros doña Rita —¡Ay, San Expósito!

 

V

Había que tenerlos muy bien puestos para presentarse en 1972 en el Registro Civil, libro de familia en mano y decirle al empleado público de turno, católico, apostólico y romano, que el nombre de tu hijo era Clyde. Aún se recuerda en los pasillos de los juzgados de la calle Llamaquique, el rosario de idas y venidas funcionariales, las numerosas consultas telefónicas (se rumoreó durante años que llegó a llamarse a la Santa Sede en busca de un nombre que respondiera a San Clyde) y las enconadas discusiones que durante horas mantuvieron miembros activos de Falange Española de las Jons, la pareja de guardias civiles que custodiaban el emplazamiento, funcionarios del cuerpo administrativo y un don Alfredo, absolutamente empecinado en que no se iba de allí con otra cosa que no fuera Clyde escrito en el libro de familia. Desde el asedio al Alcázar de Toledo, no se había visto semejante defensa de una posición en inferioridad numérica.

—¡A español no me gana nadie! —decía encendido don Alfredo.

—¡Pero hombre de Dios, recapacite! —trataba de contenerlo uno de los guardias civiles, admirado sin embargo, por la feroz resistencia que un español de bien exhibía ante las dificultades.

—¿No se da cuenta usted? —le planteaba otro funcionario— ¿Qué no existe ningún santo que responda por Clyde?

—Es lo que merece quien ha sido traicionado de forma tan vil y abyecta —contestaba don Alfredo al recordar el triste final del bandido americano —¿Acaso no somos todos pecadores? ¿Qué era Pablo, más que un triste pecador hasta que Dios lo tiró del caballo? ¡El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra!

La pareja de guardias civiles se miraba y asentían para sus adentros. Aquel hombre derrochaba españolidad por los cuatro costados, ¿Qué importaba cómo quisiera reconocer a su hijo oficialmente?, meditaba uno de ellos.

—¡Joer! Como habla el gachó —pensó el otro.

El escándalo y las discusiones a viva voz, provocaron que los miembros de Falange Española de las Jons, ordenaran que se trasladara al matrimonio Recuero Gutiérrez, a una sala apartada. ¡Ah, los miembros del régimen…! Siempre tan escrupulosos ellos con la privacidad de las personas.

Dio por hecho doña Rita que la detención, con parada y fonda en los calabozos, era inminente. En lugar de ser detenidos, apareció en escena, a petición de un jefe de personal  angustiado por las consecuencias del revuelo formado, quien habría de solucionar todo el entuerto. El señor Vicesecretario de Asuntos de lo Social. Un político. De la derecha más recalcitrante, pero político a fin de cuentas, y con mando. Supo don Alfredo en cuanto lo vio, que una vez más, perseverar era la clave del éxito. En uno de los bolsillos interiores de su gabardina, había preparado él, un remedio adecuado para esos casos donde la buena voluntad para un sano entendimiento necesita un empujón. Era su plan B. Hasta alguien como don Alfredo asumía sin remilgos que todos tenemos un precio.

Ambos hombres, con la única presencia de una agotada doña Rita como testigo, iniciaron la última ronda de negociaciones. Expuso don Alfredo la película que había visto y los humanos sentimientos que le habían inspirado. Habló de Dios y de España; de Pelayo y el Cid Campeador y todo ello, aderezado con un sobre blanco que contenían 75.000 pesetas de la época en su mano izquierda, pues usaba la otra como refuerzo en la expresión. El vicesecretario no le quitaba ojo al blanco envoltorio, mientras pensaba, haciendo como que escuchaba, en qué podría gastarse la generosa dádiva.

Tras un silencio medido y calculado por el vicesecretario fingiendo reflexionar, se pronunció.

—¿Sabe usted una cosa, don Alfredo? —le dijo sonriente —me ha convencido. Ojalá en este país, a veces dejado de la mano de Dios, hubiera más gente como usted.

—¡Dios mío, gracias! —pensó Rita. Se levantó de su silla y le tendió la mano al corrompido sujeto.

El hombre hizo caso omiso, extendió la suya, la diestra, en dirección al sobre y lo asió. Se despidió con un simple adiós y salió de la sala. Nunca más lo volverían a ver.

Don Alfredo y doña Rita se abrazaron. Lo habían logrado.

—¿Sabías que ibas a hacer esto desde el principio , verdad? —le preguntó doña Rita.

—Poderoso caballero es don dinero —respondió un victorioso don Alfredo.

Media hora más tarde, a las ocho de la tarde del 15 de febrero de 1972, uno de los funcionarios, el mismo que durante las negociaciones había propuesto Clodoveo como alternativa, sufría un calambre en su mano derecha. Con enorme sacrificio por su parte, siguió al pie del cañón, pues consideraba su deber mantener a flote la burocrática nave, pero las molestias tan sólo le permitieron atinar a escribir Clyde en la partida de nacimiento y en el libro de familia.

VI

Seis meses después, la mano de don Alfredo, interrumpió su sueño.

—Rita, despierta —le dijo—ya sé cómo vamos a llamar a la niña.

 

FIN

 

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