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7 min
MI PERVERSA FANTASÍA
Humor |
02.11.14
  • 5
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Sinopsis

Una joven busca a un tatuador, él es un transexual.

Después de tantas sesiones tumbada boca abajo,  brindándole mi piel aterciopelada para que me embistiera, quedé exhausta y adolorida. En contraste, mi tatuador, con su sonrisa reluciente, lucía un talante festivo. Al ver su trabajo finalizado, la expresión de satisfacción que reflejó, me elevó el ánimo. Sé que  me puse en manos del mejor. No en vano, tuve que esperar dos largos meses para ser recibida. Y no solo el tiempo fue una rémora para que al fin pudiera tener en mis lomos el simbolismo de mi vida. También el dinero fue otro gran obstáculo. Durante todo un año había juntado cada centavo que caía a mis casi escuálidas arcas, como el ciego que recoge las limosnas que depositan en su viejo sombrero.

 

 Pierina un transexual de manos hábiles, es la artista de la obra de arte tapizada en mi espalda. De pómulos sobresalientes, labios carnosos y unos ojos almendrados que iluminan e hipnotizan con cada mirada —aunque el color violeta que lo adornan delatan que porta lentes cosméticos—. En su rostro anguloso una nariz diminuta resalta precisamente por su pequeñez. Toda ella, con su caminar felino manifiesta seguridad femenina. Seguridad que en mi caso, parece difuminarse entre las grietas del tiempo.

 

 Estoy segura que ha invertido una suma considerable en los arreglos que ha hecho a su rostro para verse como todo una mujer. Su cuerpo parece tallado por el mismísimo Miguel Ángel. Sus pechos gemelos se derraman de una blusa estilo corsé y me apuntan como diciéndome:

 

«Sabemos que nos envidias, nuestras grandeza y simetría sin par dejan enclenque a tu naturaleza».

 

 Adherida a su torso, una cintura en miniatura la cual podría rodearla con mis dos manos y aun me sobraría espacio, también me lanzan improperios:

 

«No dejas de observarme, ni aun dejando de comer tus quintales de chocolatina y haciendo mil abdominales diarias podrías emularme»

 

De manera que en un diálogo mental y soterrado le contesto:

 

«Tal vez no tenga los pocos centímetros de los que alardeas, pero si me lo propusiera, no solo te igualaría sino que te superaría…y sin tener que dejar mis chocolatinas. Tan solo tendría que someterme al mismo tratamiento que le has dado a tu cuerpo, con la consabida diferencia de que a mi rostro no tendría que tocarlo ¿Qué dices a eso?»

 

La cintura hace un monacal voto de silencio y en su lugar, y como para auxiliarla salen vociferando dos glúteos monstruosos. Tan descomunales ellos. Semejantes en portento a dos lunas, solo que duras como el metal:

 

«¡Quieta muchacha! Si para un simple tatuaje has tenido que esperar un año y dos meses, ¿Cuánto tiempo crees que tardarías en recolectar dinero para tener pegado a tu trasero a un par de bellezas como nosotras? ¡Ni tu vida entera te alcanzaría! ¡ja! Y ni creas que haciendo sentadillas con ciento ochenta libras al hombro te van a brotar unas colosas como nosotras»

 

Telepáticamente le respondo a las impertinentes nalgas:

 

«Si me propusiera tener unas defectuosas prótesis lo haría, sí que lo haría, pero no me interesa tener como posaderas a unas falsas como ustedes. En unos cuantos años su dueña tendrá que reemplazarlas y ustedes miserables siliconas se irán derechito a un cubo de basura. ¡Aja! Nadie las echará de menos porque Pierina tiene mucho dinero y se pondrá otras más grandes y mejores que ustedes, ¡cretinas bolsas muertas!» 

 

 Al parecer los aderezos femeninos de Pierina se repliegan ante mi verborrea. Quedan afásicos. Quizá percibiendo que la tatuadora va a proferir algo también callan:

 

—Veamos nena —dice Pierina pausadamente tratando que las cuerdas vocales den la nota mujeril—, es normal que la piel se irrite con tantas agujas. Además la tinta fluorescente tiene ciertos químicos que te dejan como un camarón asado, pero no te preocupes mucho. Solo tienes que seguir mis instrucciones y en poco tiempo lucirás bestial. Es una delicia, dime que no soy buena en esto…

 

 Hizo una pausa esperando mi aprobación. Se la notaba ansiosa para que yo derramara mis acordes musicales en sus oídos prestos. De manera que así lo hice:

 

—Pues claro Pierina, ¡eres la diosa de las agujas!—y mientras, flanqueada por enormes espejos, observo maravillada la obra maestra, continúo llenándola de palabras melosas— Por algo eres considerada la mejor tatuadora de la historia. Me siento privilegiada que mi carne haya sido tu instrumento. En serio, quien iba a decir que un día estaría en tus manos de seda, y…

 

—¡Basta! —Me interrumpió cortante— ya me empalagaste muchacha. Bien, eso es todo. Solo recuerda tomarte los antibióticos. Trata con suma delicadeza esa espalda. Que alguien te limpie con alcohol en la mañana y en la noche. Y el sábado por la noche te pondrás tu buen escote y fulgurarás como el sol. Hey, no me canso de verlo, espera, espera. Traeré mi cámara. Tomaré una foto del tatuaje.

 

 Y mientras ella iba en busca de la cámara, observé a las agujas que había utilizado en mi cuerpo. Pensé que si en lugar de agujas hubieran sido bisturíes, y si en lugar de una tatuadora hubiese sido una cirujana plástica...

 

 La mezcla de dolor y cosquillas recorrieron mi maltrecha espalda. Entonces, tal como se comunicaron conmigo las partes de la falsa anatomía de Pierina, así mismo el dorso me habló o más bien, me reclamó:

 

« ¿Cómo has podido dejar que me maltratara de esa forma? ¿Es que no te das cuenta que lo ha hecho porque te tiene envidia? Como nunca podrá ser una mujer al ciento por ciento se ha desquitado conmigo y tú, inepta de mierda, se lo has permitido, ¡la has invitado a profanarme! Me debes mucho. Sobre mi te echas todas las noches. Soy yo el que soporto y me ahogo entre tus carnes y ese maldito colchón vetusto que ya deberías cambiar. Y para colmo, cuando metes a esa sabandija que tienes por novio tengo que calármelo también a él. Sin protestar, he guardado silencio por respeto a ti, pero esto… ¡esto es la gota que derrama el vaso!»

 

—Shhhhh shhhh que ahí viene Pierina.

 

—¿Con quién hablas nena? —Dijo ella entrecerrando los ojos y mirándome como a una lombriz a la que iba a pisotear— No importa, vamos a ver, no te muevas. Hasta Lisbeth Salander con su enorme dragón palidecen al lado de esta bestia. ¿De dónde sacaste la idea?

 

—De una amiga esquizofrénica que me regaló el dibujo una vez que fui a visitarla al psiquiátrico —dije mientras empuñaba en ambas manos dos agujas manchadas.

 

 Salí del estudio de tatuajes brincando de alegría, el dolor menguó. Es más, un placer descomunal me excitó. Plagada de endorfinas caminé acompañada de las imágenes mentales: viendo desinflarse las tetas y las nalgas de Pierina. Éstas, suplicando clemencia y prometiendo retractarse de la denostación que me habían infligido y yo…pinchando por aquí y por allá sobre una superficie agradable.

 

                                                           F  I  N

 

          Alejandra Sanders

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