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8 min
Mi primer día en bicicleta
Humor |
06.01.14
  • 4
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Sinopsis

La bici verde y yo estuvimos saliendo un par de años. Íbamos juntas a la papelería y la tienda y nada más, porque mi mamá no me dejaba ir más lejos. Un día de aquellos, andaba por el parque dando vueltas cuando de repente un pedal de la bicicleta se venció y caí en un arbusto frente al niño que me gustaba (...) Ese mismo día la arrumbé en el patio de servicio y dejé que el óxido y las telarañas cobraran mi venganza...

Cuando cumplí seis años decidí que ya era momento de madurar. Rápido y sin titubeos, como todas las decisiones que uno toma a los seis años, agarré una llave inglesa y se la llevé a mi papá para que le quitara a mi bici esas ridículas rueditas de apoyo que usan los bebés. Y así, tras un par de caídas en menos de un día ya podía andar en bicicleta como gente adulta.  

Con el tiempo comprendí que ya me hacía falta una bici más grande y con la determinación que uno tiene en la infancia, logré ahorrar mis domingos de un año y me compré una bicicletota verde, rodado 18. Recuerdo que la vendedora me insistió en que una morada me vendría mejor, pero yo preferí la verde; no por una cuestión de género, sino porque siempre me he sentido irreconciliablemente peleada con el color morado. Si éste fuese un buen color no sería el tono que agarran los moretones o los vestidos que usan las villanas de Disney.

  La bici verde y yo estuvimos saliendo un par de años. Íbamos juntas a la papelería y la tienda y nada más, porque mi mamá no me dejaba ir más lejos. Un día de aquellos, andaba por el parque dando vueltas cuando de repente un pedal de la bicicleta se venció y caí en un arbusto frente al niño que me gustaba.   El puberto de cabello en la cara, mirada triste y playera negra ni siquiera me volteó a ver. Me levanté rápido y me guardé las lágrimas hasta que llegué a mi casa.

Para mí, lo más razonable fue culpar a la bicicleta de TODO: de la caída, de mi raspón, de la vergüenza y de que ese niño no me hubiera hecho caso. Ese mismo día la arrumbé en el patio de servicio, y dejé que el óxido y las telarañas cobraran mi venganza.   Los años pasaron y no perdoné a la bici, pero tampoco me deshice de ella. Para ese vehículo, empleé la misma lógica que uno usa con los ex novios: Aunque no pensara usarlo, tampoco iba a dejar que otra lo pedaleara. Muchas veces pensé en vendarla a esos señores que compran Fieeeerrroooos vieeeeeejos queeeee quieraaaaan tiraaaar pero eso implicaba caminar hasta al patio, cargar la bici y tratar de que las arañas que me picaran no fueran venenosas; todo eso era mucho esfuerzo, así que mejor la dejé allí.  

Entre tanto, pasaron diez años en que no tuvimos relación alguna y así nos habríamos quedado si no fuera porque hace unos meses mi hermana decidió que era un buen momento para que las bicicletas volvieran a nuestras vidas. Un día, tomó su bicicleta morada con canastita, y mi bicicleta verde que parecía de niño pandillero y las llevó a un taller cercano. El diagnóstico para la mía fue una llanta ponchada y falta de aceite en la cadena.   Sin haberlo premeditado la bici verde estaba de vuelta.

Desde el primer momento en que llegó del taller me decidí a perdonarla, total, ambas éramos jóvenes e inmaduras cuando ocurrió aquel accidente. Para el gran momento de mi primer día en bicicleta me puse una camisa a cuadros, mis lentes de pasta, y todo lo que fuese necesario para tener el outfit de un buen ciclista. Aunque creo que para el estilo de mi bici irían mejor una playera sin mangas, unos shorts de mezclilla  y un tatuaje con la leyenda Mi vida loca.

Con la bici lista me dispuse a hacer mis recorridos del día. ¿Qué tan difícil podría ser? Ya había andado en bici antes, y dicen que eso es como fumar marihuana, una vez que uno aprende nunca se olvida. Además, yo no tenía mala condición y todos los lugares a los que tenía que ir estaban bastante cerca. Como el camino a la escuela era pura bajadita lo único que tuve que hacer era evitar atropellar o que me atropellaran.   En ese momento la vida en bicicleta se me hizo tan fácil, que de haber tenido tiempo, podría haberme ido pedaleando hasta Chapala.

Al terminar las clases, estaba desbordando toda esa confianza bicicletera que dan las camisas a cuadros, y me animé a ir a otro mandado que tenía por el rumbo. Llegar ahí era pura subida, pero ello no parecía reto para una ciclista tan intrépida como yo.   La primera cuadra fue muy sencilla, digo era un poco más duro de lo que recordaba pero tampoco era tan difícil. A la segunda cuadra la confianza me empezó a temblarme casi tanto como las piernas. En la tercera cuadra comencé a preguntarme, cómo era posible que tanta gente recorriera en bici largas distancias, a sabiendas de que este es un medio cruel y tortuoso de transporte. Justo allí ya iba sintiendo la boca seca, las piernas entumidas y un ligero zumbido en el oído.   A la cuarta cuadra, empezó la muerte lenta. Era una subida muy empinada; haciendo mi mayor esfuerzo apenas podía avanzar unos cuantos metros, mientras niños en triciclo y viejitas en andadera se me adelantaban. Cuando el vagabundo sin pierna que se arrastra en patineta me rebasó, comprendí que no era que la subida fuese tan dura, sino que mi frágil cuerpo simplemente no podía con ella.  

Sin poder evitarlo, empecé a reflexionar sobre mi estilo de vida ¿cuánto de mi precario desempeño era producto del alcohol, el tabaco y el rock and roll? ¿Qué tan lastimados estaban ya mis pulmones, hígado y riñones? ¿Cuantos días de mi vida se habrán visto reducidos por las desveladas y la cerveza?   Al llegar al final de la cuadra no pude más, me bajé de la bicicleta a punto de vomitar. Era probable que estuviera gravemente enferma y apenas lo acaba de descubrir. Me senté un rato tratando de inferir cuál era el terrible padecimiento que me aquejaba. Es posible que fuera algo del hígado. Tal vez era algo del riñón o del corazón… O quizá ya era una metástasis. Seguro esa manchita roja que me salió en la cara hace años era un terrible y nunca atendido cáncer que ahora estaba dañando todos mis órganos.  

Ante mi mal estado de salud, decidí que lo mejor sería volver a mi casa de inmediato, sacar una cita con el médico y si quedaba tiempo consultar a un abogado, por aquello del testamento. Me sentía tan debilitada, que también creí prudente cambiar mi estilo de vida. Ahora que estaba tan cerca de la muerte, no me quedaba más que redimir mi alma y volverme abogada de la moral y las buenas costumbres hasta el cercano día en que el Sr. me llamara.  

Entre el pánico, la enfermedad y la locura me eché andar hasta mi casa. Cuando al fin llegué a mi calle, apenas podía respirar, la cabeza estaba a punto de estallarme  y el brazo izquierdo ya empezaba a dolerme. El esfuerzo era tal, que ni me percaté de que frente a mi casa estaba mi papá charlando con un vecino. Él sí me vio y me saludó muy tranquilo, (pues no sabía que su amada hija se estaba muriendo) y luego con la paz que da la ignorancia me preguntó: -¿Así te fuiste?-   Probablemente se refería a mi pálida, despeinada y sudada apariencia; muy seria le respondí: -¿Así cómo?- Inexplicablemente sonrío, y luego desplegando todo su poder de sanación, me dijo: -Así, con la llanta de atrás sin aire… seguro te costó trabajo en las subidas-  

Al parecer, tenía tanto sin andar en bici, que no noté la diferencia entre una llanta con aire o sin aire. Poco a poco me fue volviendo el alma al cuerpo y el oxígeno al cerebro. Cuando salí del shock, por fin asimilé que estaba curada de esa terrible enfermedad que nunca tuve. Llena de dicha fui directo al refri y destapé una cerveza para celebrar el milagro de mi recuperación.   Al día siguiente, ya con suficiente aire en las llantas hice el mismo recorrido y todo salió de maravilla. Desde entonces la bicicleta, la cerveza, mi cuerpo y yo vivimos en perfecta armonía. De hecho, cada vez que llego pedaleando a un bar, me siento más fuerte y saludable que nunca.   

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  • Hola Abril. En la parte derecha de la pantalla que estás leyendo ahora mismo verás un apartado que dice: Ranking Relatos... +Valorados: en octavo lugar (cuando escribo esto) está el relato titulado "LA QUINTA RUEDA II", cuya autora es Lucía. Yo sí que no sé si voy a saber encontrar lo que me sugieres que vea. Saludos y muchas gracias por tu comentario.
    Un relato entrañable y simpático, fluido y variado, en el que la bicicleta es una excusa para mostrar circunstancias llamativas o ilustrativas de la vida. En el ranking de relatos más valorados de TR hay uno titulado "La quinta rueda ll", con el que el tuyo comparte una delicada aptitud para la comprensión del lenguaje secreto de las máquinas; te lo recomiendo. Saludos.
    Excepcional relato, no solo por la historia en sí misma, sino por lo que tiene de cautivador la forma de escribir que luces. Desde que hace mucho leí a Juan Rulfo, la forma de escribir/hablar de México me atrapó. Tú no desmereces, para nada. Felicidades. Saludos.
    ENTRÉ PARA VER QUIÉN ERAS Y ME ENCONTRÉ CON UN BELLO RELATO, TE FELICITO Y TE COMENTO QUE TENGO UN HIJO RADICADO EN MEXICO, CASADO CON UNA CHAVA DE ENSENADA, FANÁTICA DE LA BICICLETA. PUNTO Y APARTE, TE ACLARO LO DE "ES EL PASADO DE LOS VIVOS",...QUIERO DECIR QUE SEGÚN HAYA SIDO TU VIDA QUEDARÁS VIVIENDO, EN EL RECUERDO. ABRAZOS
    Hola me ha hecho mucha gracia, y me ha recordado todas las accidentadas historias que yo también tuve con mi bicicleta.La verdad es que con lo del color lila tengo que darte la razón, yo tuve una de color morado y estuve más tiempo por el suelo que montada en la bici..siempre creí que era por mi atrevimiento en las cuestas, pero ahora que lo dices prefiero que sea cosa del color...Es curioso como aparece y desaparece la hipocondria según las circunstancias.Un saludo en la distancia.
    Me ha encantado el buen humor que derrochas en este relato, lo del vagabundo en patineta ha sido muy bueno, bienvenida y sigue así.
    La historia confirma lo que dices en tu perfil. Se trata de un relato notable narrado con inteligencia y sentido del humor. Algunos apuntes de fina y sutil sicología dentro de un contexto general de hedonista vitalismo. Se ve que te gusta disfrutar de los placeres sencillos. Me gustó tu curiosa teoría sobre el color morado y la venganza del óxido y las telarañas. El final supone un perfecto remate para una buena historia. Bienvenida a TR y Buen Año. Por el vocabulario que usas te supongo del otro lado del océano. ¿ Argentina, quizás?
  • Una historia ambientada en los 90's que narra desde la perspectiva de una niña el esfuerzo de sus padres por enfrentarse a la tecnología.

    Cuando dos personas que esperan, no están esperando lo mismo.

    La madrugada es un lugar en el que cualquier cosa puede pasar, pero las cosas que sobreviven a la madrugada son las que nos gustaría que se quedaran para siempre...

    La bici verde y yo estuvimos saliendo un par de años. Íbamos juntas a la papelería y la tienda y nada más, porque mi mamá no me dejaba ir más lejos. Un día de aquellos, andaba por el parque dando vueltas cuando de repente un pedal de la bicicleta se venció y caí en un arbusto frente al niño que me gustaba (...) Ese mismo día la arrumbé en el patio de servicio y dejé que el óxido y las telarañas cobraran mi venganza...

Escribir aún no me da para vivir, pero sí evita que me mate, o mate a alguien >:)

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