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12 min
Mi Unico Amigo
Drama |
10.10.14
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Sinopsis

Originalmente pensé en un gato.

Era mi cumpleaños, cumplía nueve años, mis padres iban a regalarme algo, siempre me daban algo, no tenía que ser necesariamente mi cumpleaños para recibir algún obsequio por parte de ellos, el hecho de ser hijo único me traía beneficios que otros no tenían, al mismo tiempo me traían desventajas. A una corta edad de nueve años he experimentado la soledad, un desamparo en mi interior que sufro y espumo cada día, a ratos siento esa angustia de desolación; y cuando encuentro algún tipo de distracción ese sentimiento febril se desvanece, se olvida y vuelve, mi mente infame me obliga a hacer y rehacer esa idea en mi cabeza, y lo seguirá  siendo siempre, porque eso es lo que soy, un niño solitario que no tiene amigos; ni hermanos para remplazar ese lugar que está ocupando la soledad. Mis padres se acomplejan de mi situación, no lo suficiente para hacer algo al respecto, mientras respondiera con los estudios —que era lo más importante para ellos— no había problemas, mi ámbito social poco les importaba, yo asumí las consecuencias en no decirles, en no advertirles que me siento solo, no tengo amigos porque no se sociabilizar como lo hacen los niños de mi edad y tampoco tengo un hermano con quién apoyarme, mi complicidad pudo haber pasado a mayores, pero algo cayó del cielo celestial, había esperanza en donde no había, ahora tenía alguien en quién descansar y soltar este desasosiego , tenía una excusa para dejar la ya trillada soledad. En mi noveno cumpleaños como sí mis padres hubieran acertado al regalo perfecto para el momento perfecto de lo imperfecta que era mi vida. Recibí una caja perforadora de tamaño pequeño que intuía  vida, se me movía temblorosa , ya con el sonido que bramaba pude imaginar su contenido; el animal salto hacia mí, desesperado como sí lo hubieran tenido atrapado años encerrado en la caja contenedora, su libertad fue su felicidad y yo su salvador que recibía lengüetazos en forma de agradecimiento, me dejaba querer por el animal, su torpeza al moverse producía sus inoportunos desfallecimientos al piso y se incorporaba con una tenacidad implacable, se volvía a parar, su show me causaba gracia, para ser un perro que recién viene a la vida tenía mucho que proponer, tenía algo especial ese perro, cuando lo vi sabía que era lo que necesitaba, iba ser de mucha integridad para mí, se convertiría en el compañero perfecto, su presencia me mantendría lejos de la soledad en la que me ocultaba, ahora tenía a un amigo, solo para mí, un amigo canino, un momento inmejorable.

—Gracias, muchas gracias, es muy lindo el perro— les respondí a mis padres con mucha felicidad, con el mismo entusiasmo seguí— ¿Y qué es? ¿Y qué es?

— Es un macho, es perrito— Dijo mi papá.

—Esto es por tú desempeño en el colegio, sabemos cómo te ha ido, el profesor jefe me hablo muy bien de ti en la última reunión. Qué bueno que te gusto el regalo mi amor— dijo mi mamá efusivamente— Por cierto yo lo elegí.

Y yo lo compré- le arribo mi papá su diálogo.

— Sí pero yo también puse de mi parte, así que no vengas con que tú fuiste solo.

— Como Quieras— Se reía mi papá, mientras se dirigía hacia mí para continuar sus felicitaciones— Bueno hijo espero que esto sea un estímulo para seguir adelante y sigas así ya sabes que con los estudios puedes llegar a lograr mucho, cuida ese habitó, espero que así seas y sí cumples las recompensa siempre están.

—Ya dejémoslo con Arturo.

— Mamá ya le pusiste nombre al perro.

—Sí no pude evitarlo- se acercó hacia mí con su cara de hacerme cosquillas en el estómago y se fue.

Arturo… El nombre era bastante humanizado para un perro, pero me gustó bastante.

 

Los días que pasaba junto a Arturo se hacían cortos, cuando amas a alguien y estas con él, siempre sientes que falta tiempo, no te cansas, amar te hace desear más a tu objetivo y te aferras de pleno. Los primeros días fueron divertidos, cuando no parábamos de jugar con un láser que tenía, podría estar un buen rato apuntando el láser en todas las direcciones posibles para que Arturo lo persiguiera sin cesar, su entusiasmo era insaciable, si saliera a trotar con el perro kilómetros, el animal seguiría activo, mientras yo estaría a punto del desmayo.

Cuando festeje el cumpleaños de Arturo, mis padres le compraron un collar, estuvo todo un año sin collar y al tercer día de haber traído colgado en su cuello el collar ocurrió que el animal desapareció. Fueron las 3 horas más largas de mi corta vida. Al rato después una señora con voz clandestina se hizo escuchar por el teléfono, tenía a Arturo, pero ella quería asegurarse de recibir una recompensa. Les insistí a mis padres que le dieran todo lo que tuvieran, con tan solo tener de vuelta a mi perro, a las horas Arturo volvió a casa, estaba sin collar, pareciera que se los había sacado de algún modo, a lo mejor la idea de tener un collar no le agrado, desde ese entonces no le puse nunca más un collar, los detestaba, así nunca se emergería otra dolencia como esta.

 

Estaba cursando mi último año de colegio, era un viejo a estas altura, un viejo solitario, un viejo de 18 años que vagaba por la vida, con su vida normal, una vida que irrumpe en la normalidad con su propia normalidad, la rutina era inevitable. Mi ámbito personal no había mejorado mucho de años atrás, seguía siendo el mismo, aun que pude conseguir una novia—o eso creía—, que me dejo a la semana; lo  raro era que ella se insinuaba a mí, pero luego comprendí porque era así, era una apuesta, una cruel apuesta que estaba cumpliendo, que consistía en: enganchar al “loser” más grande del colegio, ese era yo evidentemente, y al parecer lo consiguió, me entere de eso  por los rumores, esos famosos rumores que merodean por las bocas de esos insensatos, y un día de esos llego a mí. Me sentí tan triste, quería llorar, pero no lo valía.

Los amigos que nunca tuve se fueron, había compañeros nuevos cada año, nunca lograba establecer alguna especie de vínculo con alguien, era un desechado. Mis notas, esas seguían igual de bien, tal vez no tan bien como era antes, pero aun así era notas bastante altas, las cuales cualquiera quisiera tener, aunque nadie cambiaria ser yo para eso, nadie quiere ser yo, ni yo quiero ser yo, odio mi propio yo, odio como soy, a nadie le gusto, no compatibilizo con nadie, la verdad no tengo muchas ilusiones de seguir en la vida, pero tenía a alguien, alguien que me esperaba en casa y que me estimaba de por sí. Cada día después de llegar del colegio, me recibía Arturo.

 

Era domingo por la mañana, la hora en que salía con Arturo a dar un paseo, siempre hacíamos el mismo recorrido de los domingos, nos gustaba ir hacia esa trayectoria. Caminar con el Arturo era una gran satisfacción, me desahogaba después de esos cotidianos días en el colegio; caminar juntos sin interrupciones observando el paisaje, intercambiando uno que otro comentario con Arturo “lindo día hoy no crees” “que tal esa perra, ¿te gusta?”, aunque no pudiera responderme me teorizaba una respuesta perruna, imaginando todo lo que podría decirme, me hubiera parecido genial haber recibido sus respuestas. Luego venia la carrera, soltarlo de la correa y correr, hacer la competencia a metros de la casa y competir, perdía siempre a excepción de esas vez. Yo corrí como de costumbre o pareciese que fue más que cualquier otra vez, corrí sin descansar el paso, no podía notar si me seguían a atrás; al llegar jadeante a la puerta de la casa me incline hacia abajo posando mis manos en mis muslos, sin ninguna presencia física a mi lado, no había nadie, Arturo no había llegado, levante mi perfil aun jadeante y observe hacia atrás con una mano cubriéndome del sol para tener una mejor visualización, y lo miro ahí, tirado en el suelo, dilapidando sangre por su cuerpo, al lado un auto y un tipo medio arrodillado observándolo, era el vecino, es el vecino, lo note al acercarme velozmente con una caminata estremecida, me quede ahí parado mirando a mi perro, el animal hacia un chillido espeluznante, que te rompía el corazón de solo oírlo, escucharlo y verlo ahí tirado me hizo sentir un escalofríos por el cuerpo, sentía que adentro se quebraba algo, pedazos de vidrios caían y resonaban dentro de mí.

—Eh chico tranquilo, fue un accidente, el perro iba corriendo, se atravesó de la nada…

El vecino no termino la frase, se interrumpió así mismo cuando mis primeras lagrimas corrieron en mis mejillas, una tras otras empezaron a caer de a poco, me encontraba inconsolable, abrumado por la situación, no sabía más que hacer que llorarle al animal, no atinaba a nada. Mi vecino me quiso tomar del brazo y lo aparte.

—DEJEME — Grite.

 

Horas más tarde Arturo estaba en el veterinario, mis padres y yo sentados en recepción, esperando el comunicado, el ambiente era hostil, no me gustaba estar ahí, solo recuerdo una sola vez que tuvimos que traer al Arturo aquí, fue cuando era más chiquitito y había metido la pata no sé en qué lugar y lo tuvimos que llevar de emergencia, lo recuerdo con mucha tristeza ese día, algo que para mí parecía insuperable, hasta que llegara este día que nunca lo imagine, nunca se me paso por la cabeza estar separado de él algún día. El anunciado era innegable, cuando se nos informó, nos fuimos a casa desalentados y yo personalmente con la tristeza más grande que haya tenido que sentir. Esa noche no pude conciliar el sueño, mi padres y mi madre sobre todo mi madre intento darme ánimos, pero nada podía remediar esa instancia.

Al final logre conciliar el sueño a las cinco de la madrugada y desperté muy tarde era hora de almorzar al parecer, mantuve los ojos abiertos un rato ahí echado en la cama, hasta que sonó el timbre de la casa, escuchaba voces, escuche la voz del asesino. Las voces se hicieron emerge en el comedor, mi  madre me fue  a ver a la pieza y le pareció perfecto que estuviera despierto, quería que fuese al comedor. Me vestí, y mientras me vestía y pensaba en lo ocurrido en el acto del día de ayer, dentro de mí se implanto una especie de odio, el odio estaba plasmado en mí, sentía odio por el cuerpo, sentía aberración por la existencia, me encontraba extasiado de odio. Llegué ahí mirando hacia el frente, con las cejas juntas y los ojos rojos después de tanto lloriqueo. Se preguntó mi estado, como me sentía, si estaba bien y una suma de cosas que se iban repitiendo, yo solo posaba mi mirada en el culpable de mi desdicha y a lado estaba su mujer, al parecer, que lo acompañaba, la traía en forma de apoyo, se veía bastante arrepentido de su homicidio, su mujer también apelaba a defenderlo a la situación, mis padres con mucha calma los trataban de lidiar el tema, como llegando a una conclusión de paz; cosa que no quería, tenía odio, mucho odio acumulado, miraba fijamente  su cara, la observaba con demencia, su incomodidad me hacía mirarlo con mucho más odio, y cada vez que me dirigía la palabra se me implantaba más odio y más, quería estallar, me sentía colorado, sentía mis mejillas arder, tenía que decir algo, alguna palabra que brotara de mí, hasta que estalle, solté todo:

—Puto…

—¿Perdón?

—¡PUTO!

Mis padres me regañaron al instante y eso me impulso a seguir:

—Eres un hijo de puta, tu madre pario un imbécil de mierda. Tú y tu mujer son unos conchas de sus madres.

Intente acercarme a él, pero mi padre lo evito regañándome y jalándome hacia atrás enfurecido, mientras mi madre lloraba y lloraba, el vecino con su mujer estaban anonadados, no comprendían bien, se notaba que no sabía que decir y escupió un “lo siento mucho”.

Me zafe de mi padre y me encamine de nuevo hacia a él a encararlo.

—¿Que lo sientes? Como te sentirías si mato a tu señora aquí al lado, la atropello  accidentalmente— Le di un énfasis irónico a “accidentalmente”, pero me costó seguir debido a que empecé a llorar— y luego… te pppido ddisculppas.

Mi papá se puso serio y me bofeteo en la cara y me llevo casi arrastrando a mi pieza.

 

No sé qué ocurrió después, se me encerró en mi pieza hasta que las visitas se fueron, no escuche claramente lo que continuaron hablando, mi odio aún no estaba saciado a pesar de mi descarga, a lo mejor debería cumplir lo que les expuse.

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