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8 min
Miedo Parte III
Terror |
26.04.15
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Sinopsis

Se define que fue lo que pasó con Joseph y sus amigos. El protagonista que huye y se esconde de algo que no sabe por que lo sigue; pero lo sabrá y de la peor manera...

 

Joseph llegó a donde vivía con un rostro empalidecido, la mañana ya había avanzado un poco y la sensación del tacto en su pecho no desparecía. Se preparó un poco de café, la habitación se sentía desolada. Su mente no podía dejar de escuchar los gritos desesperados de sus compañeros, cada alarido lo desesperaba al punto de la locura. Sus piernas no le respondían y sus pupilas parecían estar dilatas por mucho. Se sentó un momento a la orilla de su cama, olvidó por completo del café que había preparado y se recostó sin vacilación. El cansancio le jugó una mala pasada y casi de inmediato estaba soñando.

Apareció de pie a la orilla de una montaña, el viento corría y las nubes en el cielo traían la lluvia. Pequeñas gotas comenzaron a caer y su cuerpo comenzó a mojarse. El ambiente era frío pero tranquilo. Unas pisadas se escucharon a lo lejos y se acercaban. Volteó y se dio cuenta que lo que venía hacia él no era de este mundo. Un hombre vestido de negro caminaba lentamente. Sus pies no podían verse porque la túnica que vestía se los cubría. Una voz áspera le habló y teniendo al hombre vestido de negro frente a él, Joseph respondió:

- ¿Qué eres tú?
- Nada… puedo ser todo y a la vez nada.
- ¿Qué quieres de mí?
- Todo… lo quiero todo…
- No era nuestra intensión, créeme, nosotros solo teníamos curiosidad.
- Eso no es lo importante, me invocaron y ahora aquí me tienen.
- Yo soy el culpable de todo, a mí tenías que matarme no a los otros…

Aquel extraño personaje se dio la vuelta y regresó de donde venía. Por más que Joseph le gritaba, aquel hombre no le respondía.

Despertó angustiado, su corazón latía fuertemente y la sangre por sus venas se helaba. Necesitaba hablar con alguien, así que decidió visitar a su compañero de salón para contarle todo lo que había pasado. Joseph estaba dispuesto a ser encarcelado, si eso traía paz a su alma.

Llegó a la casa de Agustín, tocó la puerta y esperó. Unas pisadas hondas y firmes comenzaron a acercarse, era Agustín con su apariencia de despreocupado quien abría la puerta.

- Adelante Joseph, pasa... – Dijo Agustín con su voz medio chillante

Ambos se sentaron en la sala y sin más espera Joseph comenzó a comentarle a Agustín todo lo que había ocurrido.

- Quizá no es buena idea que esté aquí contigo; pero es necesario que sepas lo que ocurrió – Dijo Joseph con preocupación.
- No importa, sea lo que sea que haya pasado sabes que puedes contar conmigo – Dijo Agustín con seguridad en sus palabras.
- Voy a comenzar por lo más simple, espero que entiendas por favor y no me juzgues – Dijo Joseph bajando la mirada.
- No lo haré, puedes iniciar mientras yo preparo unas bebidas aquí en la cocina de al lado – Dijo Agustín levantándose y dirigiéndose hacia la cocina.
- Bueno, todo comenzó el día viernes por la mañana al terminar las clases. Todos habíamos decidido emprender un viaje misterioso hacia cualquier sitio que nos produjera miedo o temor. Carlos comentó que conocía una vía férrea abandonada que poseía algunos vagones y un salón bastante grande el cual podíamos visitar, así que sin más preámbulo nos dirigimos ahí. Todo era muy tétrico, el ambiente era opaco y sin vida, el silencio gobernaba aquellos rieles que hacía mucho tiempo no eran transitados. Recorrimos el lugar sigilosamente, aunque sabíamos que nadie cuidaba aquellas instalaciones; pero tú sabes, uno siempre tiene que tener precaución.

Entramos al salón, adentro había pedazos de hierro tirados en el suelo. Habían estanterías oxidadas con cajas muy pesadas, parecía como si aquel salón lo ocupaban para hacer reparaciones a las maquinas de vapor que llegaban. De broma comenzamos a gritar para que el eco que emitían aquellas paredes y láminas nos respondiera. Entonces, Raquel la novia de Carlos sacó una tabla de ouija y nos retó a jugarla. Ya para aquel entonces estábamos un poco ebrios por las cervezas que nos habíamos tomado, así que no fue problema cumplir con aquel reto estúpido.

Nos sentamos formando un círculo, colocamos la tabla en medio de nosotros y sobre esta colocamos un oráculo. Todos nos tomamos de la mano y dejamos el oráculo posicionado en medio de la tabla. En mi interior sabía que aquello que estamos haciendo era tonto, sin sentido, sin razón, era una farsa total. A menudo hacía pequeñas bromas al respecto; pero la seriedad de los otros me opacaba en ocasiones.

Alisson estaba al lado mío y frecuentemente me miraba a los ojos como diciendo que aquello que estábamos haciendo no era buena idea. El juego comenzó y tomados todos de la mano comenzamos a decir a voz unánime “¿Hay algún espíritu aquí con nosotros?”, el eco nos respondía y al no obtener respuesta volvimos a decir “¿Hay algún espíritu aquí con nosotros?”el eco nos volvió a responder.

Habían pasado diez minutos desde que comenzamos el juego, en son de broma les dije que quizá los espíritus le tenían mucho miedo a ese lugar y por esa razón no se aparecían; pero cuando Raquel pronunció las palabras “¿Hay algún espíritu que nos vigila aquí? Todo cambió.

El oráculo comenzó a moverse hacia la palabra “SI”. Me quedé paralizado, estaba perplejo al ver que oráculo sin ayuda de ninguno de nosotros se dirigió hacia la palabra “SI”. Las preguntas comenzaron a llover y Carlos preguntó: “¿Es uno o son muchos?”, y el oráculo marcó: “Somos muchos”. La sensación de terror comenzó a invadirnos, nos soltamos de las manos y antes de que pudiéramos hacer algo más, el oráculo marcó: “No se levanten, tengo algo que decirles”. Carlos entonces dijo: “Lo que tengas que decirnos, dínoslo ahora o nos iremos”, entonces el oráculo marcó: “Los mataré a todos”.

Las chicas se asustaron, Alisson se pegó a mí para que la protegiera, me pareció algo tonto que estuviéramos asustados por algo que estaba en nuestra imaginación, quizá la cerveza, quizá la ebriedad, quizá la misma sugestión; pero eso definitivamente no era cierto. Mejor me hubiera quedado callado… se me ocurrió la genial idea de retar al que estaba enviando aquellos mensajes por medio del oráculo y en respuesta a lo que yo dije el oráculo me respondió: “¿Crees en mí?” y le respondí “No, no creo en ti, creo que eres una farsa, pedazo de basura”, el oráculo comenzó a moverse y marcó: “Te lo probaré”.

En aquel momento la habitación se llenó de un silencio mucho más profundo y espeso del que ya se sentía. Unos ruidos comenzaron a aparecer y en un parpadeo Raquel cayó al piso degollada. La sangre comenzó a llenar aquel lugar y todos comenzamos a correr. Pensamos que alguien más se encontraba en el lugar y nos quería hacer daño, así que nos escondimos Alisson y yo detrás de unas estanterías que tenían varias cajas.

El silencio volvió a hacerse espeso, pegué un brinco cuando el celular que cargaba en mi bolsa trasera comenzó a sonar, era Carlos el que me llamaba, contesté pero quien me hablo al otro lado no era él. Una voz gutural me habló y me dijo: “Sé que te quieres esconder; pero de mí nadie se esconde” y la llamada se cortó. Abracé a Alisson con todas mis fuerzas para que se sintiera segura y mientras conversábamos su estomago fue atravesado por algo haciendo que sus intestinos cayeran al piso.

Como pude salí del lugar, mi ser entero estaba fatigado como no te lo imaginas. Llegué hasta un automóvil que estaba abandonado, abrí la puerta y me metí dentro, esperé no se cuanto tiempo ahí; la fatiga me ganó y me quedé dormido. Cuando desperté tenía en mi pecho un mensaje escrito con sangre, no sé de quién era, no sé quién pudo haber sido; pero el mensaje decía lo siguiente: “Poseo tu vida, ya eres mío”. ¡No sé qué hacer, siento que mi vida está en peligro!, ¿Qué crees que deba hacer Agustín?, ¿Agustín…?

Joseph se levantó apresuradamente y lo que se encontró en la cocina lo terminó de sucumbir en la perturbación. Agustín había sido asesinado de manera extraña. Sus ojos estaban arrancados y su lengua de igual manera, su estomago estaba abierto y sus vísceras regadas por todo el piso. Joseph sabía que algo lo andaba cazando y ahora más que nunca sentía el miedo recorrer por su espalda…

 

 

P. Cardona 

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