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14 min
MIENTRAS LLEGA MI PADRE
Varios |
20.12.17
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Sinopsis

La migración de miles de pájaros que mueren a cada instante, una naciente historia de amor que empieza como un juego, la amistad de los jóvenes que intentan salvar las aves y la temida espera de un padre rígido pero ausente casi siempre.

 

   Entonces ocurrió la llegada de los pájaros una tarde apenas se opacaba el sol. Una bandada inmensa y oscura como una nube, casi del color del banano maduro, aleteando silenciosa y una extraña música en cada chillido; cuando íbamos a decidir el pacto con Daliana: Un pacto demasiado secreto y poco serio, al menos eso creí al principio. Ya cuando el invierno se estaba yendo y nos dejaba apenas un persistente olor a pantano que traspasaba la distancia hasta penetrar a través de las paredes. Los charcos de la planicie se volvieron herrumbrosos y se cubrían de natas enormes, a medida que el sol intenso seguía pudriendo el agua, la transformaba en una masa densa, tibia, plagada de renacuajos, zancudos y en la tarde ascendían vapores de la tierra. Tampoco se podía pescar en el río porque las crecientes acababan de arruinarlo. Teníamos que conformarnos con mirar el reguero de peces muertos flotando en la orilla. Cada día Antonio y yo regresábamos pero volvía a repetirse la historia.

  Por eso los pájaros se nos convirtieron en una gran novedad. Salimos a la mañana siguiente a caminar un rato por el monte en su búsqueda. Daliana insistía en que si nuestros deseos coincidían llegado el momento, sólo así el pacto se cumpliría. Yo pensaba en el itinerario de los pájaros de una rama a otra sin alzar demasiado el vuelo ¿Por qué no nací pájaro para evitarme tantas contrariedades con mi padre? Pero estas pequeñas aves se dejaban agarrar sin mucho esfuerzo. Los pude mirar de cerca. Tenían plumaje anaranjado opaco, sus ojos pequeñitos, su mirada de vidrio. Me extraño esa parsimonia para dejarse coger sin hacer  intento de zafarse. En ningún momento aleteaban. Capturamos dos, los pusimos sobre la chaqueta, y tampoco trataron de volar en esa especie de hamaca, ya con el propósito de devolvernos. Ambos permanecieron quietos como de costumbre. Luego de unos minutos uno de los dos miró hacia arriba como si se preparara a alzar el vuelo, quiso agitar las alas pero no, parecía que le faltaba el aire y cayó de espaldas, en cámara lenta. Nada pudimos hacer, quedó quieto antes de tocar el suelo. Al levantar su cuerpo emplumado se me hizo demasiado frió, como si estuviera tirado sobre la hierba. El otro permaneció en la misma posición por lo menos un cuarto de hora hasta cuando decidimos seguir el camino. No alcanzamos a recoger la chaqueta porque apenas me agaché lo vimos caer silencioso de medio lado.

 

  Nos fuimos siguiendo la sombra de los eucaliptos hasta llegar a una de las piedras que quedan al borde del monte. Allí los pusimos uno junto al otro antes de echarles encima un poco de tierra recién removida. De nuevo el techo transparente de los árboles guareciéndonos del calor. Los demás pájaros volaban sobre las matas de espinos de los lados, indiferentes a las caucheras. Acaso los gatos ya estaban con el estómago saturado de su carne envuelta en plumas amarillosas. Ya no me dieron ganas de cogerlos. Quería seguir sin detenerme y pensé en lo de antes, como sería de bueno saltar de una rama  a otra moviendo las alas, pero ella me interrumpió diciendo que a las tres tenía que estar puntual en la casa para su cita diaria con la telenovela de esa hora. No te olvides llevarme uno o dos pájaros de estos. Me dijo antes di irse por uno de los atajos. Sobre los tréboles habían muchos más, quizá caían recién muertos de los alambres de las cercas. Ya empezaba a no parecer raro. A mí también era como si me escaseara el aire en medio de tanto calor, no llevaba apetito ni ganas de llegar a ninguna parte. Tampoco quería dar explicaciones ni que me preguntaran nada. Sólo mis ganas de no pisar más el suelo, elevarme, volar, irme...

  Pero mi padre iba a venir en cualquier momento a llevarme con él porque ya te estás volviendo hombrecito y no sirve que estés  todo el tiempo corriendo detrás de las vacas y andando como el judío errante río arriba y río abajo embarrado hasta los ojos de tanto buscar huevos en los pantanos y matar a los pobres patos con la escopeta aunque de sobra supiera que a mí nunca me gustó salir a matarlos. Lo acababa de anunciar en la carta que trajo mi tía Verónica esa mañana. Otra carta parecida a las de cada mes, porque mi padre se me estaba convirtiendo en un arrume de cartas metidas entre sobres rasgados de cualquier manera reposando para siempre sobre gavetas de la casa. Sus visitas me recordaban un olor a baúl recién destapado, su ropa defendiéndose de las polillas en los mismos cajones, su poco de herramientas en otras cajas de madera cuyo objeto era limitarse a mirar. Luego proseguía su constante hablar y hablar de maquinaria, como una predica en toda la casa, sobre buldóceres, excavadoras, niveladoras. Algo me iba haciendo sospechar que mi padre iba adquiriendo forma más cuadrada, chata, amarillosa y grasienta semejante al aceite impregnado en el overol negro y correoso de tanto estar metido entre sus adoradas maquinas. Dentro de poco vendría a llevarme con todas las ganas que me arrullaban de seguirlo. Además me empezó a inquietar ese pacto con Daliana; cada rato pensativo mientras iban muriendo los pájaros a mi alrededor.

 --Debes grabarte bien esto en la cabeza, que sólo si nuestros deseos coinciden se puede cumplir.

  Mamá y Daliana en la cocina no se perdían un detalle de la telenovela de las tres, sentadas en la banca de tronco cuadrado. A veces con la boca abierta. Se miraban con su silencio obligado, haciendo gestos de sentirse impresionadas sin atreverse a ningún movimiento sospechoso como si hicieran parte del escenario pero su papel consistiera en escuchar sin dejarse ver de los protagonistas. Se notó mi llegada hasta el final de la novela. Parecieron volver al mundo de un momento a otro.

 --¿Por qué andas tan alejado? –preguntó mamá.

 --Trayendo un encargo para Daliana.

 --¿Y en eso llevas tanto tiempo?

 --¿No han visto la mortandad de pájaros?

--Todavía no, pero ella ya me dijo.

  También dijo que tan pronto los trajera se dedicaría a cuidarlos con intenciones de llevarlos a donde fuera. Horas cuidándolos en el jardín, hablándoles de cosas que siempre nos hicieron reír. Los iba a poner a comer frutas después que todos hubiésemos terminado. Al lado de mamá la veía sentada con los oídos cerca del televisor tan pronto volvía a empezar la novela de las tres, los ojos entrecerrados debajo de sus párpados nocturnos. Empezaba a inquietar mis pensamientos mientras hablaba acurrucada junto a los jazmines en la penumbra de las lámparas. Tantos días caminábamos por el campo recién iniciado el diciembre en medio de esos días brillantes aunque esto acababa pareciéndome cada vez menos romántico, como después de un sueño.

 --De ti depende que se cumpla o no.

 --Mi padre insiste en llevarme y no lo puedo evitar.

  --Haz que los deseos coincidan.

  Fuera de la casa los pájaros continuaban muriendo irremediables justo en las horas de más calor. Se les notaba desde lejos el sofoco y el aleteo desesperado. Nos sorprendían a veces al caer de los árboles o al parecer en los intentos de vuelo inútil. Los oíamos estrellarse igual que frutas maduras contra el suelo. Mis amigos y yo ganamos fama de enfermeros de pájaros en todo el municipio. Nos veían ir y venir en bicicleta con cajas de cartón llenas de huecos hasta la orilla del río, desatábamos la caja, apresurados nos arrimábamos como relámpagos al agua porque la brisa fría los reanimaba aunque no soportaban el frío constante de las noches. Tampoco buscaban la cercanía del agua ni trataban de llegar a la quebrada. Sin embargo se empezó a temer por la llegada de una epidemia que traían los pájaros, lista a contagiar a las demás aves de la región, sobre todo a los patos y las gallinas en los corrales. Por eso varios vecinos nuestros los recogían del suelo en costales con el único propósito de llevarlos arrastrando hasta un potrero desolado, hacían huecos y los enterraban.

  Daliana y yo los atrapábamos vivos y también los llevábamos corriendo al río. A veces el día entero dedicados a nuestro oficio de salvarlos y quedar largo rato acariciando ese plumaje amarillo, esas alas negruzcas de cóndores diminutos, ese porte como si estuvieran hechos de madera. El tiempo se nos consumía entre sol y el viento. A ella se le olvidó un poco la novela de las tres sentada junto a mi madre y a mí por momentos esas ganas de ser  como ellos y alzarme hacia las alturas, posarme en las copas de los árboles... de nuestro pacto hablamos poco, quizá por el cansancio y esos silencios casi de letargo que nos envolvían. Pero mi padre iba a llegar cualquier mañana temprano como solía llegar. Pensaba esto mientras tomaba la sopa cada noche a las ocho sin que me abandonara el mismo desgano. Empecé a contar los días sin saber para qué. Después iniciaría otra cuenta más interminable, parecida a las esperas de mi madre silenciosa entre los muros de la casa. Esa mirada suya hacia la distancia  sentada en uno de los bancos del patio. Dentro de poco empezaría la doble espera suya y esa otra espera mía.

Hasta la mañana en que llegamos como de costumbre al monte y ya no hallamos un solo pájaro vivo en ninguna parte. Pájaros y pájaros tirados sobre la tierra reseca. Una multitud que amarilleaba con su color oscuro el piso. Acaso habían muerto los que hacía poco salvamos. Daliana se sentó a llorar en una piedra. No pude evitar un vacío extraño y profundo como si acabara de perder algo sin atreverme a entenderlo. Regresamos al río a sentarnos en la orilla a mirar el suave arrastrarse del agua sobre las piedras disformes del asiento, rodeado de los espinos grises bajo las sombras redondas de los sauces. 

  --Como me gusta todo esto –dijo cruzada de brazos, las piernas estiradas y la espalda pegada a un tronco.

 --¿Te gusta qué?

 --Le diré  a mamá que no me quiero ir.

--Como si eso fuera todo.

 --Pero se lo voy a decir.

--No lo permitirá... sé cómo es mi tía. Y a mí me espera algo peor, irme con esa cosa que llaman mi padre.

--¡Edgar¡

--Pero es verdad.

--¿Y ya pensaste quien se irá primero?

--No.

 --¿Te das cuenta? Ya empiezan a coincidir nuestros deseos.

 --¿Y qué? Hicimos este famoso pacto y es la hora que no sé nada.

 --¿Todavía no te has dado cuenta lo que significa?

Y otra vez sentí un vago letargo, como si me acabara de embriagar de las flores blancas de los borracheros cabeciagachados de la orilla de la quebrada. Toqué su ropa negra ajustada al cuerpo. Emanaba un olor de animal excitado. Su voz susurraba una de esas canciones de la radio. Y la palabra que definía ese momento, lenta, vaporosa, silenciosa. Dos bocas que se palpan con torpeza, manos tocándose temblorosas como siempre al principio. Ya no importaba para nada el resto. Mi deseo de volar expandido hacia la inmensidad de alzarme sobre las ramas sin importarme a donde. Por un momento me acordé de una historia que escuche en alguna parte, no podía recordar donde ni a quién pero se refería a esto mismo: una pareja de muchachos convertidos en aves en el momento de estar haciendo el amor en un país lejano que tal vez no conocería, y nadie supo qué pasó después. Pero fue recordar algo tan fugaz, ahora en que las ropas yacían apilonadas unas junto a otras cerca de nosotros bajo la sombra del sauce. Fue en ese ahora, apenas un instante arropados por la brisa fría en que nos envolvió ese deseo volcánico recorriendo nuestros ríos internos como una lava arrasadora hasta dejar de ser cada vez nosotros mismos consumidos por algo que corroía nuestra cercanía. Sentí como si el dolor  se alejara río abajo. Vi parecer enormes piedras emergiendo del agua, piedras negruzcas cubiertas de lama y la voz de ella cerca de mi oído:

--Se hace tarde para irnos.

--Déjame despejar un poco. Quiero pellizcarme.

--Creí que esto te iba a matar. No creo que hayas dormido más de diez minutos.

--Era todo tan real. Yo no sé si lo soñé o fue una visión. Los dos éramos los únicos pájaros que nos salvábamos. Desde esas ramas se contemplaban las fiestas de Año Nuevo en las casas. La gente se cansaba de buscarnos. Apenas encontraron nuestra ropa aquí y alguien se quedaba largo rato  mirando desde abajo mientras volábamos.

--Viste, ya se cumplió.

-- ¿Y ahora qué?

 --Tengo que explicarte todo, veras: tu tía Verónica como dices no me va a llevar ahorita cuando se acaben las vacaciones y tú te tendrás que quedar o en último caso nos vamos todos a Bogotá.

 --¿Y a mi padre quien lo va a convencer?

  --Recuerda que hicimos un pacto secreto, eso es todo.

Antes de llegar vimos por entre los eucaliptos el carro color cereza de la compañía donde trabajaba mi padre estacionado cerca del patio y se me helaron los intestinos. Todo se me vino abajo. Ni me dieron ganas de acercarme. Daliana tampoco quiso decir nada. No creí que ocurriera tan pronto. Pero ni modo. Adentro me tendrían empacada la maleta con mis cosas, quedaba muy poco por hacer y sentí un vacío cortante, como un abismo creciendo dentro de mí. Fue entonces cuando ella se atrevió a decirme no creo que te vengan a llevar porque hoy es veintitrés de diciembre y golpeando mi mano izquierda con el puño de la derecha le dije es que de mi papá se puede esperar cualquier cosa, pero no, espera que pasó algo, mira vayamos corriendo. Fue entonces cuando vi asomar en el patio a mi madre llorando y cerca de ella a mi tía Verónica también llorosa aunque en silencio, ambas con ropa de viaje. El conductor del carro detrás de ellas con un llavero en las manos.

--Que su papá se fue a un abismo con el buldócer, ayer tarde, se lo llevó un derrumbe en la carretera y casi no lo pueden sacar. Paciencia, Edguitar, el pobre te quería mucho –Oí decir a mi tía Verónica cuando Daliana y mi madre se me agarraron del cuello. El mundo me dio vueltas mientras me pasó como un relámpago la llegada de los pájaros semejándome un anuncio en medio de un feroz remolino antes de caer desmayado.

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