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10 min
Milangas
Humor |
17.10.15
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Sinopsis

El cocinero gordo y grandote cruzó rápidamente a los empujones la cocina de la cantina, hasta llegar al baño mugriento de personal y con el tiempo justo para bajarse los pantalones y sentarse en la tasa en la que casi no entraba. Luego los gases a presión encontraron finalmente la salida con un estruendo prolongado que hizo vibrar las mamparas de madera rayadas, escritas y mojadas, que lo rodeaban. Detrás de estos, la sustancia casi líquida comenzó a chorrear de forma incontrolable con una fuerza tal que le hizo creer que en cualquier momento le seguirían los intestinos. Un olor perfectamente fétido que hacía juego con el de meo original, inundó todo el lugar y al hombre en particular. quería terminar de una vez, pero lamentablemente tenía que seguir agitando las aguas del inodoro. Aun así todo el ardor ya estaba acostumbrado, ocurre que la heroína le causaba estreñimiento, era común y de ahora en más sería más común todavía.

Se recostó en la tapa y vino a su mente la imagen de ese pendejo idiota, mientras lo alzaba del cuello con una sola mano, con la ara inflada en rojo y los ojos inyectados en sangre, que parecía que se iban a salir de las orbitas. Pero no, sólo dejó de patalear cuando se terminó de ahogar en sus arcadas desesperadas. Después se llevó los ladrillos. Ahora sus venas se podían dar el gusto todos los días, todo el año, sólo tenía que procurara no volver a empacharlas.

Pesó, mientras se veía con la cara desfigurada por la grieta que atravesaba el espejo, sin percatarse del silencio que venía de la cocina.

Realmente no podía creer que los Mort hubiesen puesto a semejante imbécil a vender y no había forma de que se diesen cuenta quién les había robado, o por lo menso eso creía, hasta que salió del baño.

La cocina estaba desierta, no entendía cómo, ni porqué se habían ido todos tan rápido, pero sólo necesitó caminar un poco para encontrar la respuesta. Se topó con dos hombres corpulentos con camisas negras. En el medio de estos un hombre de traje del mismo color le sonreía, a su derecha otro de estatura media y delgado le clavaba la mirada verde con una extraña mueca de contemplación, mientras sejetaba a una personita, por delante suyo, con una bolsa de tela en la cabeza y las manos que no podía sacar de su espalda.

Al verlo, el del traje le dijo:

 

-Hola Aníbal, buen día, disculpa si te asustamos -el otro estaba petrificado en el lugar.

 

-Pero pasa, que mis amigos y yo vinimos acá a la cantina a comer unas buenas milangas, pero nos encontramos con las que vos haces, que son un reverenda mierda . Por eso nos pareció una buena idea venir  a acá y enseñarte a hacer milanesas, así te dejas de mandar cagadas -dijo acentuando la última palabra.

A continuación los hombres grandotes trajeron una palangana con huevo y una fuente con pan rallado y lo pusieron en la mesada que estaba a su lado, en la que también estaban las freidoras prendidas.

 

-Y adiviná a quién te trajimos para que te vea aprender la lección.

 

En eso, el de los ojos verdes le sacó la bolsa al niño, en cuyo rostro distinguió a su hijo, con la boca encintada y un filo brillante que le abrazaba el cuello.

 

Al padre, de repente, se le pintó la cara con el color pálido del miedo.

-Bueno chicos, empecemos, que este lugar es un asco. Ah y como no encontramos carne vamos a tener que usar tu mano.

Como una orden, los dos corpulentos se le pusieron a los costados y lo llevaron a la mesada.

 

-Entonces, primero sumergimos la carne en el huevo.

 

El de la izquierda le tomó su muñeca más cercana, Aníbal se resistió, el otro lo aflojó con un codazo que hizo de su nariz un molde. Lo volvió a agarrar y con las fosas chorreándole, le metió la mano en el huevo.

 

-Después la empanamos, dijo el otro mientras se peinaba con la mano.

 

Le sacó la izquierda de la palangana y la puso en la fuente, donde se la sostuvo bien firme, con una le tomaba los dedos y con la otra la muñeca, mientra el otro tipo empezaba a echarle pan rallado encima.

 

-Y acordate que para que se fije bien hay que pegarle.

 

El de su derecha sacó una maza para ablandar carne y la hizo descender sobre el dordo de su mano, especialmente sobre sus dedos, sintiendo primero las terminaciones en punta de la cabeza de metal sobre sus huesitos que luego no tardaron en quebrarse y astillarse al ritmo de sus alaridos de dolor. Paró sólo para echarle más pan, el que tenía a su izquierda le soltó los dedos y Aníbal trató de cerrar la mano, peor era como tener cientos de alfileres dispersos por debajo de su piel. Por debajo de su piel, hasta que el otro bruto volvió a arremeter, multiplicando los diminutos trocitos en miles de puntitas afiladas que se calvaron en tendones, ligamentos, venas nervios y piel, convirtiendo se mano en un muestrario de fracturas expuestas empanadas sobre la que seguía martillando y marcando el tempo de la canción del sufrimiento que entonaba Aníbal.

 

-Dale, no llores, no ves que te está viendo tu hijo. -le dijo el de corbata dorada que se le acercó y le metió un trapo sucio en la boca.

 

Después los otros hombres siguieron con lo suyo, hasta que el manfo de madera de la maza se partió.

 

-Bueno, eso es suficiente, ahora, a cocinarla.

 

Los grandotes tomaron con ambas brazos el suyo y le llevaron su mano cubierta de engrudo amarronado, con manchones rojos, al aceite hirviendo. Aníbal se resistió.

 

-Mirá que si vos no querés aprender le enseñamos al enano. -lo amenazó el del saco negro, mientras le acariciaba la cabeza al niño.

 

El otro cedió lagrimeando de la desesperación y su izquierda se sumergió en lo más profundo e infernalmente caliente de la freidora. Quiso gritar hasta lacerarse la garganta, pero le sonido del aceite  burbujeando sobre su piel, que se cocinaba, le tapó sus alaridos apagados. Intentó sacar la mano.

 

-No, todavía no, tenes que esperar que se cocine bien.

 

El padre, mientras se retorcía y lloraba del dolor, se quedó mirando a su hijo tetando de encontrar fuerzas en sus ojos, que traslucían el espanto.

 

Después de varios minutos, le sacaron la mano de la freidora.

 

-Bueno, ahora comete la milanesa.

 

El grandote de la izquierda le sacó el trapo y le sujetó la mano,  que estaba crujiente y dorada, contra la mesada. El otro, con cuchillo y tenedor, le fue cortando, dificultad, el dedo pulgar, falange por falange y dándole de comer a Aníbal que como podía, masticaba y tragaba su propia carne y hueso molido. Sí se comió su pulgar, después el índice, pero cuando sus dientes estaban forcejeando con el segundo trozo de su dedo mayor, vomitó todo su esfuerzo sobre la mesada, dando se desplegaron todos los cachos de dedos.

 

-Ah Aníbal sos un cochinote. Ahora te comés la asquerosidad que te mandaste y te terminás tu milanga. -lo retó el del traje.

 

Y así lo hizo, quebrándose en lágrimas le hicieron limpiar la mesada con la lengua, volver a tragarse los pedazos de dedos y terminar de comerse el mayor y el indice.

 

Luego, el padre se derrumbó sobre la mesada impecable al tiempo que su llanto se sincronizaba con el de si hijo.

 

Al ver que lo dejaban el de corbata dorada dijo.

 

-¿Qué hacen chicos? Todavía no se terminó la terminó, que se la coma toda la milanga.

 

Los grandotes calvos intercambiaron miradas extrañados y ceños fruncidos. En eso el de lo ojos verdes miró fijo al del traje e intervino fulminante.

 

-Ramirez, la verdad que sos un desperdicio de esperma.

 

-Y ustedes dos son una manga de abortos anabolizados -refiriéndose a los otros.

 

Ni bien terminó de decir esto, desenfundó un revolver calibre 500 S&W

Magnum de su cinturón y en un segundo la cabeza del de la derecha de Aníbal reventó como una piñata con un petardo adentro, enchastrando de dulzura todo el lugar.

Ramirez intentó decir algo, pero su lengua se topó con un caño, que al detonarse, la hizo salir volando desde la nuca.

En eso el padre aprovechó la distracción del otro grandote y lo noqueó con un gancho de derecha que le descolocó la mandíbula. Después, mientras el otro convertía a Ramirez en un jugoso queso gruyere, Aníbalse tiró sobre el pelado y comenzó a apuñalarle la cara con un tenedor, descargando frenéticamente su venganza en cada una de las cuatro puntas que se enterraban y desenterraban en su nariz, boca y ojos, uno de los cuales quedó empalado entre las astas del tenedor, mientras este seguía arremetiendo y salpicando al ritmo de los gritos de placer del padre. Así el hombre terminó ahogándose bajo su cara desfigurada en sangre. Sin embargo Aníbal siguió, hasta que el ojos verdes le pateó la nuca y atontado como estaba,  lo agarró por la cintura, lo alzó, y con las patas en el aire le metió la cabeza entera en la freidora,  donde se quedó un buen rato hasta que logró salir. Para luego caerse al piso, donde se quedó retorciéndose, aullando y tratando de agarrar a ciegas a quien ya se había ido. Mientras tanto el niño miraba la nada con los ojos bien abiertos y el trauma grabado en lo más profundo y negro de sus pupilas.

 

Cuando salió de la cantina, su hermano lo estaba esperando en su deportivo, al entrar éste, le gritó:

 

-Benja, la re concha huesuda de tu vieja sepultada, no ves que me estas chocolateando todo el tapizado.

 

El otro, recostándose en el asiento, le contentó:

 

-Hola sorete, ¿Por qué no me cantas el feliz cumple, te arrodillás y me soplas la vela?

 

-Je je je, como te gusta cagar para adentro a vos -y encendiendo eel auto con el ruido potente de su motor dijo:

-Igual, siempre acordate de quién es el más capo...

 

-¿El masca porongas? Sí, ese definitivamente sos vos.

 

El otro puso cara de orto.

 

-Chupame el culo -y arrancó con el sol de fondo, ocultándose tras los blancos picos, nevados y vestidos en bosques.

 

Es eso Benjamín le preguntó.

 

-¿Qué hay para morfar, tragasable?

 

A lo que su hermano le respondió apenas abriendo la boca.

 

-Milangas.    

 

 

 

                     

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