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4 min
Minutos de libertad.
Drama |
25.05.13
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Sinopsis

Sácame de aquí.”

 

Una petición clara que él no había podido rechazar, y para qué negar que él nunca había podido decirle no a ese par de ojitos. Tan soñadores, tan vivos, que habían encendido toda una habitación en mitad de una noche de tormenta.

Ay, aquellas noches abrazados... cómo las echaba de menos. Sobretodo después de pasar sus últimas noches en una camilla y una silla de plástico.

La había visto desgastarse entre aquellas paredes de color enfermizo. El mismo color que ella llevaba enganchado a la piel, fundiéndose con ella. Llevándose a la sonrisa de la que se enamoró un día. Una sonrisa, un brillo en la mirada, mechones de cabello y parte de sus órganos. ¿Pero qué sonrisa podría reemplazar a la sonrisa más bonita del mundo? Operaciones de aquí a allá que, lejos de curarla y garantizarle años al lado de él, le había garantizado un distanciamiento que ni entre planetas existía.

Ella ya no le miraba. Asqueada por su aspecto, temerosa por lo que él pudiese encontrar en sus ojos, culpable por verlo allí encerrado y martirizado todos los días; postrado en una silla a su lado... Pero él no le soltó la mano en ningún momento. Ni siquiera cuando la sentó en aquella silla de ruedas y echó a correr con ella por todo el maldito hospital.

Recuerda perfectamente como en aquel momento ella rió, con desquicio pero rió, con histeria, como el psicópata que ríe después de cometer un crimen. Pero cuando sus miradas volvieron a cruzarse sonrió, sonrió de verdad, sonrió tanto que sus mejillas podrían haber estallado en tiras de lo estiradas que estaban. Cubiertas de pecas. Las mismas pecas que él había visto cada mañana y cada noche al dormir y despertar.

Hacía ya cerca de dos años y medio de esas miradas furtivas y él las seguía recordando como si el tiempo se hubiese detenido, y ambos sabían que no era sano, que se iría. Y él... él no podría impedir que se fuera.

 

Conduzco yo.”

 

El joven asintió sin pensarlo un segundo si quiera y la ayudó a sentarse. Ella ya había alcanzado las llaves y escuchaba como el motor rugía como una pantera cuando él cerró la puerta. La sensación que experimentó era lo más placentero que había sentido desde que la suerte había decidido abandonarla para siempre.

Debí de haber sido muy hija de puta en mi otra vida”, solía comentar ella, siempre con ese deje de humor amargo hacía que leves arrugas se formasen en la frente de él. Cuando ella bromeaba de esa forma lo advertía de que no estaba bien. ¿Pero cómo pretendía que lo estuviese si después de tratamientos y operaciones cada vez iba a peor? Sus días estaban contados, sin embargo, lo olvidó tan pronto como pisó el acelerador.

La adrenalina le recorrió las venas tan violentamente como el viento que le revolvió el cabello. Un grito de euforia salió de la garganta de la rubia y él la observó con una adoración que ni una cámara hubiese podido captar. La canción -cuyo nombre desconocía- que comenzaba a sonar fuerte en la radio, se volvió en aquél preciso instante su canción favorita, y sabría que siempre le recordaría a ella. Que no podría olvidar ese momento, viéndola cantar y mover la mano libre en el aire, como si formase parte de una fiesta que solo ella sentía y vivía. Saboreando la misma libertad que se le había arrebatado de forma injusta. Ya no volverían al hospital, ni a más tubos ni doctores. Quería verla así hasta su último suspiro.

Sonrió. Ella se sintió viva.

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